Konichiwa, Nakamas queridos!
Pues, hubiera querido actualizar antes, pero... Si bien no hay excusa que valga, digamos que he querido disfrutar mis úlitmas semanas de vacaciones.
Porque, –para los que se preguntan ¿Cuando estuvo de vacaciones, que no tuvo la amabilidad de decirnos?– desde Noviembre hasta la fecha he estado libre de la tortur.. Digo, los estudios... Y dentro de dos semanas la vida buena se me acaba... Kami...
Pero, no por eso cambiará el ritmo de conti´s. Así que.. Que tengan buenos inicios de año y... Deséenme suerte T.T
Disclaimer('s):
-Ni Naruto, ni ninguno de sus muchos personajes me pertenecen a mí, sino a Kishimoto-sama y bla bla bla...xD
-La trama ó idea principal tampoco, sólo es una humilde adaptación mía de una película de Disney, MULÁN.
Capítulo 11: Batalla.
Cayendo de su caballo, cuando intentaba sacar la flecha que le había quedado aferrada a su brazo, un agitado rubio apenas logró dar una orden concisa, firme y clara...
Y obvia por demás decirlo.
–¡Dispércense!
Al instante, el reducido grupo corría en todas direcciones con el fin de evitar ser el blanco de las flechas. Todos ellos excepto la pelirroja.
Por muy responsable que fuera el endemoniado zorro por causar eso, lo primero que hizo fue querer tomar las riendas del caballo que tiraba de la carretilla. Haciendo así, un intento de salvarle el pellejo al Bijū.
Sorprendiéndose en masa, observaron a las flechas que lanzaron contra ellos en una segunda ronda; Traían una especie de aleación con el cual se mantenía el fuego en estas durante largo tiempo. En algún momento, una a una, cada saeta rodeada de fuego recayó en la carreta, donde un contrito Kyūbi apenas y esquivó los infernales proyectiles.
Para entonces darse cuenta que, viajar en una carretilla llena de explosivos no parecía tan buena idea.
–¡Los cañones! –alertó un aterrado Minato por las funestas consecuencias.
Unos que otros lograban rescatar los preciados morteros para después alejarse del lugar; el caballo que halaba de la carreta relinchaba presa del pánico también, hasta que la Uzumaki ni bien llegó a su lado para cortar las riendas y liberarle. En un movimiento limpio, ágil y firme, producto de su duro entrenamiento, ella se subió al corcel con gran destreza para cabalgar a toda prisa, justo antes de que la carretilla explotara con los pocos cañones que quedaban en su interior.
La explosión apenas y los alcanzó, pero fue lo suficiente fuerte como para hacerle perder el equilibrio y caer ambos en la nieve, y en seguida cayeron junto a ellos el grillo y el demonio con una que otra cola ligeramente quemada.
–¡Oh, claro! ¡Salven al inútil caballo!... ¡Y que parta un rayo al Biju! –acusó con sarcasmo un resentido Kyūbi.
Rodando los ojos, lo tomó entre sus brazos para montar de nuevo al caballo y alcanzar así a la tropa que iba muy por delante de ellos, estando aún en la mira de los francotiradores.
Cerca de alcanzarlos, observó con aprehención cuando se dispusieron bajo la protección de una zanja en el terreno. Cada hombre, y la médico incluída, se deslizaron por el terreno que les servía de relativa protección. Haciendo posesión de las artillería detonante se colocaron con rígida precisión apoyando los cañones en una sola dirección, bajo las órdenes de Jiraiya y Minato, seguramente.
Alzando su violácea mirada al tiempo que resbalaba por el zurco, contempló sobresaltada las difusas siluetas casi inhumanas que estaban situadas sobre una alta montaña: sus atacantes, cuya posición les daba una clara ventaja al momento de lanzar más flechas.
–Sé que no es el momento, pero hay algo que contarte... –le comentó el Bijū a su oreja, asomando entre las sombras. Porque ellos, tan ocupados como estaban, ni siquiera notarían a un zorro con nueve colas hablándole a un recluta.
Y no es como si ella tuviera tiempo para atenderse con él.
–Escogiste un muy mal momento para hablarme ¿No crees? –añadió exasperada, al tiempo que un fatigado Yahiko llegaba a tenderle un mortero para no dejarle fuera de combate. Parpadeando un par de veces, este solo dejó el explosivo en su posesión para regresar a su posición.
Asumiendo que el animal parlante era producto de su mente ante la ansiedad por la batalla.
En cuestión de minutos, y a la señal del Capitán, todos encendieron los morteros, y cubrieron sus oídos como vaga protección; los dirigieron hacia sus atacantes que vanamente se confiaban en su posición en la montaña. Contemplaron con satisfacción cuando los proyectiles les alcanzaron. Dando todos en 'el blanco', produjeron una desconcertante humareda al impactar en contra. Al principio rojiza, y luego tomando matizes más grises... Aquello hasta parecía artístico.
Unos cuantos jadeos de júbilo y alivio, seguidos de otra ronda con los morteros.
~-o-~
Maldiciendo en voz baja cuando llegó un recluta a coger los morteros que le servían de un improvisado muro, Danzo ahora estaba totalmente expuesto y temblando. Cosa que mentalmente le atribuía al frío.
Mirando con recelo la escena llena de humo en las alturas, volteó con indiferencia, posando esta vez su mirada en cada uno de los que defendían tan apasionadamente sus vidas.
Porque, eso era lo único que él, el honorable Consejero del Emperador, podía hacer.
Y, ya que de ninguna manera tomaría parte en la refriega, se dedicó a observarlos. Algunos cubiertos de nieve y residuos de la pólvora, notablemente fatigados. Observó a Minato dirigir íntegramente los ataques con gran maestría, como si realemente él hubiera nacido para dirigir, para mandar... Para gobernar.
Se estremeció con la mera idea.
Poniendo ahora su atención en los alumnos del Emperador, y el posterior discípulo del Saninn, no le era difícil saber porqué habían obtenido tanta fama dentro de las batallas, siendo justificada solo si, como en tales momentos se podían percibir las ansias que tenían por chocar espadas contra los enemigos.
Absurdamente suicida, pensó.
Aburrido, fijó su vista hacia el extremo de la línea de hombres. Ahí, recostado de lleno contra el suelo al igual que el resto, estaba el pelirojo recluta que le había ocasionado tantas dificultades anteriormente. El único que le brindó el suficiente coraje y valor al resto durante el entrenamiento, y por el que sentía una inexplicable antipatía.
Sin embargo, su precavido rostro le siguió observando más tiempo del planeado.
Y es que, desde su distancia solo lograba ver un borrón rojizo asomándose sobre su cabeza, que fácilmente se podría confundir con su cabello. Pero al tiempo que ponía más atención, se dió cuenta que el color de eso desentonaba notablemente.
Irritado con su visión obsoleta, no tuvo de otra más acercarse para entonces, quedarse pasmado de la sorpresa... En definitiva, eso, no era cabello. Agitándose para después erguirse en sus cuatro patas sobre su hombro, un zorro de nueve colas le hablaba al recluta.
No, no un zorro. Si no el zorro.
Incrédulo y atemorizado, el anciano ex-combatiente fue presa del pánico al saber que tal monstruoso demonio estaba entre ellos. Se negaba a aceptarlo, porque no encontraba la manera en que el Bijū hubiera permanecido entre ellos sin ser percibido.
Lo conocía, sí... Peor aún... Él había presenciado años atrás, cuando este había sido invocado.
Y, conociendo al demonio, no iba a estar precisamente alegre al verlo. Aún así, se dijo, tendría que averiguar la razón por la que el demonio parecía tener alguna conexión con el tal Kushimaru.
~-o-~
Habiendo dejado la montaña cubierta del humeante rastro de pólvora, el rubio detuvo a Shikaku quien se disponía a usar el último mortero.
–No lo enciendas, todavía –advirtió a su subordinado.
Asintiendo a regañadientes, algo relativamente común en el Nara, lo vio guardarse los cerillos en el bolsillo. Porque algo le decía al Namikaze que no debían acabar del todo con su efectivo armamento.
Y entonces, llegó el momento... De la espera.
Con el corazón marcando un ritmo imperioso, se mantuvieron todos en sus posiciones. Temerosos de mover un solo músculo, para romper la tensión que se había formado en general. Tratando de imaginar, cada quien a su manera, lo que estaba por venir.
El viento comenzó a soplar de manera casi anti-natural, arrastrando el humo de las montañas a su derecha. Cada vez más tensos,ansiosos e impacibles, aguardaban las señales de vida de sus oponentes.
Y el condenado viento seguía...
Hasta que, se podría decir que el mismísimo viento, accediendo a su silenciosa y suicida petición, dejó entrever a una enorme distancia un pequeño valle formado por la cercanía de dos montañas. Sin embargo, no fue la superficie lo que les importó.
Ahí, apareciendo magistralmente entre la cortina grisácea, estaba la figura de un hombre a caballo.
Madara.
Sin duda alguna; Solo él tendría la osadía de mostrarse abiertamente ante sus adversarios.
Uno, dos, tres...
Casi imperceptibles los segundos que pasaron, al tiempo que, escuchando un profundo y ronco grito de guerra, aquel sujeto se dirigía sin titubeo o indesición alguna hacia ellos.
Minato tensó su mandíbula producto de la presión, cuando el grito fue haciendo eco en todos los alrededores, apoyado por centenares, quizá miles, de las voces furiosas pertenecientes a los hombres del Jinete.
La vasta y delgada línea que delimitaba en el horizonte, fue invadida por incontables figuras a contra luz.
Emergiendo cual funestas apariciones, y al momento que su líder comenzó a cabalgar por la empinada llanura, los afamados "Akatsuki" a la cabeza de la formación, lo siguieron rumbo a su ejército pequeño, y en comparación, insignificante.
Demonios.
~-o-~
–Protégenos, Kami-sama, y cuando regrese haré un altar en tu honor –pronunció solemne el Yamanaka ante la mirada sorprendida de su compañero.
–No pensé que fueras religioso –comentó Shikaku en un susurro.
–Es un buen momento para serlo –admitió.
–Totalmente de acuerdo –añadió el Akimichi, recostado al otro lado del pelinegro.
Suspirando, mientras negaba con la cabeza detrás de ellos, Yahiko estaba silenciosamente divertido por la pequeña diatriba de ellos.
Sin embargo, al alzar sus ojos, su imperceptible sonrisa se borró.
De acuerdo, él se había preparado psicológicamente para re-encontrase con sus amigos, pero eso no significaba que por eso dejaría de estar tan sorprendido de verlos. A la distancia Konan y Nagato, inmediatamente detrás, y a la izquierda y derecha del líder, respectivamente, galopaban sobre la nieve con agilidad y decisión.
Por un instante, pensó que su corazón se detuvo.
Ojalá así hubiera sido. Porque era preferible morir de un ataque cardíaco, que de la mano de sus mejores amigos. Porque, aunque ellos habían traicionado todos sus pacíficos ideales, en el fondo sabía que los seguía estimando como a hermanos.
Razón por la cual, decidió que, de haber oportunidad sería él quien los traería de regreso por el buen camino.
Por la buenas, o las malas.
~-o-~
Tomando finalmente la desición más correcta y viable que pudo encontrar, Minato se dirigió de nuevo al Nara.
–Apúntalo al líder –ordenó, consiguiendo un asentimiento por parte este.
Que, para variar, lo hizo sin añadir réplica.
–Caballeros –anunció Jiraiya con vehemencia, ganando la atención de todos aun cuando no apartaban su vista del frente–, nos llegó la hora, levántense y preparen sus espadas. Si vamos a morir, lo haremos con honor.
–¿Y que hay de mí? –protestó la rubia médico en vista que no podía estar al nivel de los guerreros. Siéndose impotente por ello.
–Ponte a salvo –contestó.
Sí, justo lo que temía. Una de las deventajas de ser una mujer. Pero, a raíz del tono autoritario que utilizó el peliblanco, supo que no aceptaría queja alguna.
~-o-~
Desenvainando su espada, o la espada de su padre para ser precisos, la Uzumaki observaba aterrada la infinita cantidad de hombres que descendían por el valle hacia ellos. Y es que desde su punto de vista, eran tantos y estaban tan lejos que se veían cual hormigas u otros diminutos insectos...
Suspirando, deseaba que todo eso fuera un tonto, incoherente, y delirante sueño. Pero, dirigiendo su mirada hacia sus amigos y compañeros, regresó a la realidad.
Ese no era lo más remotamente perecido a un sueño, una pesadilla tal vez, pero aún así estaba segura que si no hacía uso de todo su entrenamiento y de las ganas de volver a ver a su familia, ese mismo día, moriría.
Su familia.
Moriría sin ver sus rostros de nuevo. Su madre, su abuela, su padre, e inclusive era apreciable la casamentera en esa situación.
Su padre.
Dirgiendo su mirada hacia la espada que sostenía en sus manos, sonrió con sorna. La misma espada que blandía su padre en las batallas, era lo único a lo que se aferraba.
Frunció el entrecejo, cuando, poniendo su atención en un particular reflejo en la ancha y reluciente hoja, vio un vistazo de lo que parecía ser la parte una cima cubierta de nieve. Alzó sus ojos en busca de lo que se reflejaba ahí, hasta que dio con la montaña que se levantaba imponente justo detrás del ejército enemigo.
Haciendo uso de los conocimientos matemáticos que debió aprender todos esos años y viendo el tumulto de nieve precariamente adherida a la montaña, mientras guardaba nuevamente la espada en su funda decidió hacer lo que cualquiera consideraría como una locura.
–¿Pero que...? ¡Oye!–alcanzó a protestar Shikaku cuando fue empujado por un remolino pelirrojo, que le arrebató el mortero en el acto.
–¡Kushimaru! ¡Regresa! –escuchó que le gritaba Minato sin atraverse a perseguirlo, gracias a que iba con todo y mortero justamente al frente.
Y corrió con todo lo que le dieron sus piernas, sin poner atención en que casi sufría de hipotermia,pues lo único que importaba era seguir adelante.
En un arranque de extrema y casi ridícula valentía, fijó el cañón en el inóspito suelo, estando prácticamente en medio de ambos bandos, y esperó con impaciencia el momento adecuado, entretanto el infame Madara se acercaba cada vez más conforme pasaban los segundos.
–Está loco –afirmó un estupefacto Shikaku observando con atención al pelirrojo.
–De ser así, es el loco más valiente que he conocido –apremió Inoichi.
–¿Y qué hay de nosotros? ¿Nos vamos a quedar aquí solamente observando? –dijo un indignado Choza.
Al instante, los tres camaradas estrecharon mirada cómplices, para después vociferar al unísono:
–¡AL ATAQUE!
~-o-~
Madara Uchiha sonrió con arrogancia.
En todos sus años no había visto que un soldado hiciera algo tan estúpido. Y no es que se molestara por ello, si el tipo era lo sufcientemente idiota como para desobedecer claramente a su jefe, sin duda sería el primero en morir... En especial porque se dirigía hacia él.
Suicida.
Con indiferencia, se acercaba cada vez más a ese pelirrojo, con todo sus hombres y los refuerzos de su aldea aliada a sus espaldas.
En cierta forma era atrevido de su parte tomar tanta distacia, pero en vista de la poca amenaza que representaba el puñado de hombres, y más aún, tratándose de él, practicamente no había ninguna cosa que saliera mal.
O eso pensaba.
Abriendo desmesuradamente sus ojos azabaches, propios de todo Uchiha, notó una sombra rojiza de cuatro patas que se situó, en algún momento, junto al soldado del proyectil. Y por desgracia, reconoció de inmediato tal criatura.
–Kurama... –masculló con voz cansina.
~-o-~
Respiraba de manera desigual producto del agitamiento, pero en ese momento era lo de menos. Habiendo esperado a que las huestes enemigas se acercaran lo suficiente, comenzó a trazar lo que sería su improvisado plan.
Y entonces, se dió cuenta de algo.
–A ver a qué hora se te ocurre encenderlo –protestó Kyūbi quien, sorprendentemete había aparecido a su lado.
Increíblemente oportuno.
–Oye Kyūbi-chan, recuerdo que me dijste que podías hacer muchos trucos con tus super poderes de demonio, 'ttebane –alegó con actitud pensativa.
–Sí, y apreciaría que me quitaras el "chan", pero, lo que más apreciaría es que hicieras lo que sea que tienes planeado... YA.
–Y para eso te necesito –admitió retraída–, porque yo... No traje fósforos.
El zorró le miró como queriendo estrangular lo más próximo a él.
–¿Cómo, condenados infiernos, pudiste olvidarte de los fósforos? ¡Si estabas a cargo de llevar los explosivos! –farfulló de lo más indignado con ella.
–Ese no es el caso, lo importante es que necesito que enciendas esta cosa –declaró con impaciencia, al menos hasta considerar las amenazas como factor–... Y yo que tú lo hiciera, no vaya a ser que reconsidere aquello de quitarte las colas...
–Ya voy, mamá –refunfuñó mientras subía sobre el artefacto, para así tener un mejor ángulo con respecto a la mecha.
Sin previo aviso, giró la cabeza antes de encenderlo, observando como la mismísima encarnación del demonio, cosa que viniendo de él de por sí era mucho, se acercaba con unos metros de distancia.
Entrecerrando los ojos, para tratar de controlarse y no dejar sucumbir a sus impulsos, el Bijū miró al hombre que a cada segundo tenían más cerca.
Inhala... Exhala...
Por más que quisiese, ese no era el momento para saldar cuentas con el Uchiha. Por lo que, deseando que el mortero le atravesara a ese hombre, lo encendió sin importarle que no había bajado.
"Primero muerto, antes que dejarme controlar otra vez"
Pero, su impredecible protegida tenía otros planes.
Comenzó a cambiar la inclinación del la pieza pirotécnica, elevándola bruscamente. Y cuando el mortero explotó, se llevó al zorro que estaba adherdido a este, lo más lejos posible, mientras se escuchaba a la criatura gritar recriminante:
–¡QUÉ HICISTE! ¡Estaba a un metro de tí! ¡Y fallaste!
~-o-~
Colérico y furioso.
El líder Akatsuki observó como el que, sin duda alguna era el Demonio de Nueve Colas, escapaba de su alcance. Tan rápido como había aparecido ante él, se había ido. Tan cerca había estado de poseer de nuevo tal codiciable poder.
Y todo por el estúpido soldado que estaba bajo su caballo.
Blandió su espada en el aire, como queriendo desquitar la frustración que aquello le causó. Y hubiera acabado con el soldado de un golpe, de no ser porque se volteó a tiempo, logrando que solo le hiriera en el costado. Mientras intentaba controlar a su caballo, que no dejaba de relinchar, quiso vanamente rematar contra él.
Pero el estruendoso sonido de un impacto lo detuvo.
Aterrado,vio como los restos del cañón ennegrecían una alta montaña que, recibiendo la fuerza del choque, dejó caer la suficiente nieve como para formar una mortal... avalancha.
Un músculo palpitó en su mandíbula producto de la tensión, al observar como el derrumbe se dirigía hacia sus hombres, desde atrás. Y, solo entonces, pensó que el soldado había fallado adrede. Fue su error subestimar a esa persona.
Quien resultó jodidamente astuta.
Bueno, supongo que eso es todo por hoy.
Por cierto, pido disculpas si estaban esperando cuando descubre a Uzu-chan, pero como vieron, el capi quedó tal cual, que no pude adelantar más... Suminasen.
Y, por ser el primer capi del año... pido más rw ¬¬.
Ok, es broma n_n. Pero, ya saben, los rw son lo mejor que puedo recibir n_n.
Por eso les doy mil gracias a quienes me comentan.
Minakushi-chan.
Tek-chan.
Isi-san.
Umeki Nara.
Tsukimine12.
Tsubaki Nice.
Hasta la próxima!
-Sayop!-
