Disclaimer: Todos los personajes y escenarios pertenecen a J.K. Rowling.

Enjoy.


Ese día se encontraba echada en el sillón del espacioso departamento en el que vivía dentro del campus, junto a la ventana, escuchaba las porras del equipo de porrismo y los golpes de los jugadores de rugby mientras practicaban. El día se tornaba cada vez más grisáceo, como era típico en Londres, pero aún no llovía.

Observó su reloj y en un instante ya estaba en la ducha, se le hacía tarde para llegar al café donde le habían dado empleo. Salió de la ducha y se colocó lo primero que encontró en el armario, una polo azul marino y un par de jeans bien ajustado con unas balerinas negras que hacían juego. Se arregló el cabello en una coleta alta de la que salían sus perfectamente ordenados bucles castaños y decidió solo colocarse corrector para las ojeras, rímel y brillo labial.

Tomó su abrigo y sus llaves y bajó por el ascensor, acelerada, se le hacía tarde.

Si tan solo no me hubiese quedado hasta tarde en la biblioteca, pensó.

Al abrir la puerta de local, sonó la campanilla y saludó a Hannah, su compañera. Tomó un delantal negro con dos bolsillos donde estaba una libretita y un lápiz. Clientes entraban y salían sin parar, ella tomaba órdenes con rapidez y llevaba pedidos a las mesas, siempre con una sonrisa, aunque fuese falsa.

Escuchó la campanita de la puerta principal una vez más y levantó la vista inconscientemente. Delgado, y pálido, un rubio esbelto y elegante entró al café. El cabelló largo, liso y platinado brillaba con la claridad de la tarde y su caminar era demasiado sofisticado. De jeans y zapatos converse, con un jersey típico de la tienda de suvenires de la universidad arremangado en los antebrazos, lentes oscuros que se veían súper costosos y un tatuaje del escudo de Slytherin en lugar de la marca tenebrosa en su antebrazo izquierdo.

La castaña se escondió detrás de la barra, hasta que la encargada del café la obligó a atenderle. Se acercó, no sin antes tropezarse un poco con sus propios pies. Respiró profundo mientras él observaba el menú que se hallaba en su mesa. El chico bajó el menú y lentamente devolvió la mirada hacia donde estaba ella, llevándose una sorpresa.

-¡GRANGER!- dijo él, sonriendo de oreja a oreja, la chica casi se cae del susto.

-Calla, Malfoy. Vas a matarme de un infarto- susurró ella. El chico volvió a sonreír.

-Que sorpresa encontrar a alguien conocido- dijo él, llevándose una mano al cabello- Este lugar es…

-Malfoy, necesito tomar tu orden o irme a atender otro cliente- dijo ella con amargura, colocándose un bucle travieso que había escapado de la coleta detrás de su oreja.

-Tráeme una malteada de doble chocolate, espero esté bien hecha. Y sí, solo eso, ver tu rostro ya me asqueó la tarde- dijo el rubio y sonrió cínicamente, la chica torno sus ojos y se dio media vuelta.

Le dejó la malteada, minutos después, en un vaso alto de vidrio con delicadeza y se fue a atender otros clientes. El rubio la observaba entretenido desde su asiento, trataba de disimularlo utilizando su iphone, pero ni el Angry Birds lograba distraerlo.

Le pidió la cuenta y dos minutos después, sonó la campanilla de la puerta anunciando su partida. La castaña sintió un alivio demasiado grande y se llevó una sorpresa cuando retiró el dinero de la cuenta y el vaso de la malteada. El rubio había puesto cien libras esterlinas en el servilletero como propina. Más de lo que ganaba en una semana por su medio tiempo de trabajo.

Rápidamente se le pasó el tiempo mientras limpiaba mesas y repartía hamburguesas, así que al salir de allí se fue directamente a la piscina techada que pertenecía al grupo de natación y nado sincronizado en la universidad. La única actividad física que hacía desde dos meses atrás además de trotar en el campus.

No podía sacarse al rubio de la mente en ningún momento, pero prefirió no dejar que la afectara demasiado. Tenía hambre, sueño, cansancio y más que todo tristeza en el fondo de su ser. Llegó al departamento como alma en pena, colocó un trozo de lasaña en el microondas y engulló como animal para luego quedarse dormida mientras tan solo encendía el computador, recostada en su cama.

Despertó a la mañana siguiente, renovada. Tomó una larga ducha, lavó su cabello con su shampoo favorito con aroma a duraznos y luego desayunó rápidamente.

Sus clases en la facultad de leyes eran bastante entretenidas así que disfrutaba cada momento de ellas. Aunque no conocía a la mayoría de sus compañeros, ya tenía un pequeño grupito con los que iba al cine o jugaban a los bolos los fines de semana.

Como ya era de esperarse, se le hizo tarde para llegar al café sin siquiera haber almorzado, se acercó corriendo al lugar entre la tardanza y la tormentosa lluvia de la tarde. Sonó la campanilla como de costumbre al entrar por la puerta principal y se dirijo a la cocina para dejar sus pertenencias en un estante. Se colocó su delantal negro y tomó la pequeña libreta y el lápiz.

No se esperaba, al salir de la cocina, encontrar al mismo rubio impertinente e insoportable sentado en la misma mesa, a la misma hora, con diferente vestuario. Llevaba un pantalón negro de vestir, zapatos costosos y una blusa de mangas largas abotonada color gris plomo. Resaltaba como reflectores el gris de su mirada y le hacía lucir una blanquecina tez que encandilaba a los demás clientes.

La castaña se acercó, intentando que el rubio notara su desgano.

-Nos encontramos de nuevo- dijo altivo el muchacho. Frunció el ceño contrariado.

-Será porque trabajo aquí- dijo ella con cierto desprecio, el rubio esta vez sonrió de lado. Típico Malfoy, pensó.

-Vengo en son de paz, camarera- dijo, llevándose como de costumbre la mano al cabello, lacio, rubio, brillante.

-Conseguirás que me despidan- susurró ella.

-Vine por un café, atiéndeme- dijo él, observando el menú.

La alta castaña tomó la orden y se dirijo a tomar la orden de otros dos clientes para en pocos minutos llevar el pedido de Malfoy a su respectiva mesa.

Al llevarle la cuenta, el rubio osó en introducir su mano al bolsillo del delantal de la chica, sacar el lápiz y la libreta, anotar un número telefónico y volverla a introducir al bolsillo con rapidez además de dejarle otras cien libras de propina antes de retirarse y como la tarde anterior, el sonar de la campañilla de la entrada consiguió apaciguar sus nervios.

Se negó, con cierta dificultad a leer la notita con el número dentro de su bolsillo, tanto así que tomó una libreta distinta para terminar su jornada de trabajo. Se sentía extrañamente amenazada con la presencia de aquel rubio, ricachón, malcriado y sobre todo sexy muchacho.

Terminó la jornada de trabajo y se fue directamente al departamento, sin ganas de nada además de ducharse y comer algo fácil y rápido. Pera su sorpresa, había olvidado un importante deber para su clase de ética con fecha de entrega inmediata.

Otra noche que se iría tarde a la cama por tener la mente en otro lugar.

¿Cómo pude haberlo olvidado si debía terminarlo anoche?, pensó ella, Todo es culpa de Malfoy.

Se lamentó por ello, ¿cómo podía haberle afectado?

Era su némesis, su peor enemigo, su rival, y ahora la mantenía en un estado bastante extraño de duda y curiosidad. Revisó el papelillo con un poco de nerviosismo y soltó un gritito de exaspero cuando leyó su contenido.

Su compañera de dormitorio, Sally, leía por encima de su hombro.

Si te interesa salir, 0532-283-658

-¿Es guapo?- fue lo primero que logró preguntarle Sally, con brillo de emoción en sus ojos. Hermione la observó sonrojada.

-Bueno… A decir verdad… Es guapísimo- dijo ella- Pero era mi peor enemigo en mi antiguo instituto- hizo ademán de molestia.

-Entonces, ¿qué esperas para mensajearle?- preguntó divertida, observándola directamente a los ojos, tan solo para intimidarla.

-No lo sé… Ron... Es complicado- dijo con pesadez. Bajó la mirada al suelo y observó sus zapatos por un momento.

-Venga Hermione, ¡hazlo!- pausó- No pierdes nada-

Hermione levantó la mirada y tomó su teléfono. Brillaba con la luz de la lámpara la pantalla de su iphone.

Soy Granger, éste es mi número- Escribió ella con dificultad gracias a sus nervios.

Pasaron severos cinco minutos hasta que vibró el menester y con rapidez abrió la aplicación de mensajes.

¿Interesada en una cita el siguiente sábado?-

Sus ojos exaltados en emoción no podían con tanto, así que Sally tomó el móvil y escribió:

Sólo como enemigos que somos-

Al cual el rubio respondió:

Hecho, el sábado te veo en la entrada del café a las seis-

Hecho-