El ultimo sendero.

El sol se había extinguido en aquel camino que se encontraba a poco mas de cinco minutos de distancia de la aldea escondida de la hoja. El viento soplaba con fuerza y nubes negras cubrían en su totalidad el cielo, comenzando lo que seria la ultima tormenta en el año, y ella esperaba que fuera la ultima tormenta en su corazón.

Era otoño, las gotas caían, las ninfas gritaban alaridos incomprensibles anunciando el mal porvenir y "ella" caminaba cabizbaja por ese sendero, saboreando el dulce sabor de la lluvia sobre sus labios resecos, mientras sus pasos resonaban en las hojas revueltas. Esas hojas de colores anaranjados o amarillentos, que alguna vez le habían maravillado y ahora no eran más que un pútrido desecho mojado. Estaban podridas como todo; como todo lo que alguna vez quiso; como sus fantasías y sus sueños; como sus propias esperanzas.

"Ella" era un alma solitaria. "Ella" era la tonta que se había enamorado. "Ella" era la que pudo haber dado mas, la que debió olvidar y quien más lagrimas no puede derramar. Era una mujer hipócrita, una verdadera regaladora de sonrisa solemnes; es una loca y un recuerdo triste de lo que alguna vez fue.

Ciertamente ya no era lo que solía ser. Sus ojos perlados ya no tenia aquel brillo dulce que se confundía con estrellas crecientes en el firmamento. No, ahora son dos melancólicos copos blancos que revelaban la tristeza inmaculada que su boca omitía. Perdidos o vacíos.

No obstante, si bien el brillo en su mirar era una perdida lamentable. Toda su imagen provocaría un llanto amargo para quienes le conocieron con anterioridad, y experimentaron su calidez infantil. Su piel de porcelana había adquirido un tono grisaséo traslucido por donde se apreciaban las venas que trasportan el liquido vital. Sus labios rosados estaban amoratados y partidos. Sus mejillas de melocotón estaban agrietadas, carentes de todo color. Y su cabellera azabache había perdido brillo. Tenia la apariencia de una belleza que se había agotado con los años o las penas, cuan flor marchita por el frió de a estación.

En efecto, estaba mujer estaba muerta en vida . Tal vez por eso no recibía visitas; tal vez por eso se habían distanciado todos sus amigos, dejándola en la eterna soledad aún si la culpa los consumía. Pues todo era mejor que verla; admirar a esa mujer muerta en vida, cuyo error fue enamorarse de quien jamás le correspondería.

Hinata caminaba por un sendero mojado con un destino poco definido, y con la mirada puesta sobre sus pies, dejándose absorber por una tristeza que creyó jamás volver a sentir. Las gotas de lluvia tocaban una marcha fúnebre, los animales rehuían a sus madrigueras, y el viento la azoraba intentando menguar el alma rota de la azabache sin resultado alguno. Era la sinfonía del destino que dictaba que todo estaba en su sitio para la culminación de una leyenda de puro amor.

El corazón le dolía, se estrujaba con fuerza a cada latido, intentado seguir adelante como un viejo reloj. En algún momento, cuando creyó que la sensación le asfixiaría, detuvo su marcha apretando los labios intentando que mal trago pasará, pero Hinata ya conocía este dolor y sabia que no se detendría hiciere lo que intentase. Seria como veneno que poco a poco le consumiría hasta que ella dejara de funcionar.

Si, este dolor era un antiguo aliado. Una vez experimento este mismo dolor cuando estaba en la plenitud de su vida y aún creía en la fantasía, como formar una familia o ser amada. Empero aquello fue en otra vida, antes del rechazo de su amor, el cual fue su perdición.

Las palabras sobraron en esa ocasión. Ella pensó que al declarase quizás mágicamente empezaría a sentir algo por ella, pero jamás se percato que su dulce rubio estaba muy enamorado de su amiga y compañera de equipo. Y no lo culpaba, ella era todo lo que nunca seria: fuerte, decidida, valiente y muy hermosa. Cosa de la que carecía en todos los aspectos. No obstante, todavía percibiendo el rechazo absoluto, muy en el fondo su frágil corazón guardo las esperanzas de ser correspondida algún día. La muy ilusa...

Mucha fue su impresión cuando se entero del compromiso de ambos; cuando cayó en cuenta que no seria amada. No solo planearon casarse es vez, sino también le invitaron como madrina de bodas, pensando que había superado su amor por el rubio, como si aquello hubiera sido una fantasía absurda. Suposición que fue más que equivoca y además le daño sobremanera. ¿Que acaso sus sentimientos eran ridículos? ¿Eran producto de un capricho? ¡No, ella le amo de verdad!

Pese que su corazón latió moribundo no dijo nada, guardando los reproches en una cajita de pandóra en lo profundo de su ser. Y, en la celebración se obligo a estar quieta, sonriente, sobre todo agradable, mientras su amor se casaba y hacia su vida con otra mujer que obviamente no era ella. Se esforzó a no gritar por él. Se obligo a ahogar el llanto y sufrir en un cómodo banquillo, diciendo cosas que no eran más que mentiras, felicitando a la feliz pareja, cuando dentro moría lento.

Sin embargo, eso fue hace mucho tiempo. Esta vez sabia que no volvería a sonreír jamas. No sobreviviría...

La madura mujer miro a los costados, tratando de distinguir de entre esa fiera tormenta el paisaje que la rodeaba. Pero no podía admirar mas allá de sus pestañas mojadas; apenas distinguía un par de sombras a su rededor y el camino era cada vez mas difuso.

De pronto un poderoso rayo le sobresalto e hizo que posará la mirada en el infierno recién formado. En un árbol las llamas se extendían salvajes y tentadoras, invitandola a que se acercará. De entre el hechizo de luz segadora de las llamas, comenzaron las remembranzas. La luz le recordaba a alguien que quería, un niño que amaba; un pequeño que quería no como un amor enfermizo sino como un amor de madre. Y, casi por una milésima de segundo, lo vio parado frente a ella en el lugar donde ardía el árbol, en el lugar donde moría su corazón.

Ahí postrado sobre el árbol en llamas estaba un pequeño niño de ojos azules como el cielo, cabello rubio, sonrisa calida contangiosa y una infinita energía. Era el fruto del amor entre Sakura y Naruto. El fruto que pudo haber sido suyo.

Es curioso el destino. Debió odia al pequeño. Debió hacerlo después de todo él significó su lamento. Pero en lugar de eso, juro protegerlo, juro que mientras estuviera en sus manos él no sufriría. Una promesa tonta para quien no le correspondía hacer nada. Aún así, trató de alimentar al pequeño, cuidarlo cada vez que sus padres estaban ocupados desempeñando su trabajo: Naruto como Hokage y Sakura en el hospital, así que, en un sin numero de veces, lo tuvo para ella sola. Haciendo de su relación, un amor mutuo, porque sabia que ese niño la amaba mas que a su propia madre.

– "Asahi-kun" – Sonrió al contemplarlo: radiante como siempre.

Le habían puesto ese nombre que significaba "nuevo comienzo", y tal como su nombre lo indicaba, fue su luz, su amanecer y su nueva vida. Luego de la boda entre su amor y una amiga, y de que cayera en cuenta que Naruto realmente era feliz sin ella, él apareció y la rescató. La salvo de una tristeza inmaculada, de días que la arrastraban lentamente al suicidio. Se convirtió en su todo: en su felicidad, en su vida y momentos de alegría. Compartía todo con ese pequeño que consideraba como su propio hijo; le enseñaba e instruía para ser una gran persona, y poco a poco el niño fue adquiriendo el mismo sueño de su padre.

– "Oka-san. Ya lo decidí ¡Algún día, me convertiré en el mejor de los Hokages! ¡Incluso mejor que Oto-san! ¡Ya lo veras, seré muy fuerte, y podré protegerte!"

Sin embargo, nada dura para siempre. El Kami es un dios encaprichado, y ya había decidido el destino del pequeño. Entonces, de la misma forma en que le devolvió la vida y toda esperanza a Hinata, se la quitó, llevándola a este sendero. Este sendero que prometía ser el último de todos...

Lo recordaba bien. Recordaba su desesperación e impotencia al ver al niño tan pálido e incapaz de sonreírle; recordaba la tristeza de Sakura al no poder hacer nada, pues la enfermedad que lo había asaltado era rara incluso para sus infinitos talentos medicos; recordaba el rostro de Naruto, inexpresivo, y muerto, tan inapropiado para él. Recordaba todo… todo como una cruel fantasía. Las cosas sucedieron tan rápidas y trágicas, que pareció irreal. Fue demasiado para ella...

– "Siempre estaré contigo, Asahi-kun. Te lo prometo".

No pudo cumplir su promesa. Parecía que todo lo que hacia y decía era una mentira. Le prometió protegerle y no pudo, se prometió conseguir el amor de Naruto y tampoco lo consiguió. Lo cierto era, que era una vil mentirosa.

Cayó al suelo húmedo incapaz de soportaba el peso sobre sus hombros. El saber que Asahi ya no estaba con ella; que nuevamente estaba sola, era… era demasiado. Quería gritarle al cielo y alegar el porque se lo habían arrebatado; alegar la injusticia con la que se le trataba, pero no podía. Al igual que sus lágrimas, las palabras estaban atascadas en su garganta; asfixiándola; aprisionado el alma que patéticamente se había hecho a la ilusión de vivir. Ilusión, que se convirtió en una dolorosa agonía en cuanto esa extraña enfermedad lo atacó, e ilusión que murió en cuanto él lo hizo.

– "Oka-san…" – Escuchaba la dulce y eufórica voz de su pequeño Asahi, hablándole como solía hacerlo.

– "Te extraño" – Ésto ultimo logró que se desmoronara.

Todo lamento por fin salio a la luz. Un fuerte sollozo escapó de su boca casi con desesperación, mientras las lágrimas escapaban de sus ojos sin tregua. Estaba infinitamente triste, tal vez estaba alucinando y todo esto, la imagen de su pequeño, era parte de su dolorosa verdad. No obstante, también estaba infinitamente feliz, no importaba si estaba muerto o no, no importaba si era una mentira o ilusión, ella igual necesitaba escucharlo, y sentirlo cerca. Extrañaba a su pequeño.

– ¡Asahi! – Grito su nombre desesperada en cuanto se percato que su dulce voz se desvanecía – ¡No me dejes!... por favor – No quería saber si era una ilusión o no. No interesaba, ya no quería averiguarlo, solo… No quería perderle de nuevo. Mas sin importar cuantas veces suplicara, la voz de su pequeño se desvaneció, dejando vació, dejando soledad, dejando lagrimas, dejándola a ella sin él.

Hinata quedo muda por un segundo, pues de pronto subrevinó la comprensión. Ahora lo entendia, sin importar cuanto su pequeño quisiera quedarse, era imposible, él ya no pertenecía a este mundo, él solo había venido a despedirse. Y. lo hizó, aunque sea en breve. El dios de la muerte no es paciente, y a él no le interesa cuantas palabras faltaron por decirse. Él únicamente cumple su labor, llevándose las almas como la de su pobre pequeño.

Rompió en llanto. Permitió que una por una las lagrimas arrastraran cada fibra de sus ser. Se sentía inútil y necesitada, nunca creyó poder amar con tanta intensidad a alguien y menos a un niño que no era suyo. Nunca debió involucrarse, quizás así podría haberse evitado la pena, sin embargo no se lamentaba de nada; lo que vivió con él fue maravilloso. Y quería vivir mas con él…

Lloró amargamente por un periodo indefinido hasta que se agotó el dia en su totalidad. Hasta que la lluvia casi hubo amedentrado contra la vida existente en ese sendero, y una luna generosa comenzaba su vigilancia muda.

Entonces, sintiendo una repentina felicidad interior, se arrastró de poco en poco hasta recobrar la fuerza y se puso de pie, pensando que quizás podría alcanzarle. A eso había venido después de todo; por esta razón camino por este recondito que prometia ser el último de todos. Este era el camino que la llevaría hasta su última morada. Ahora, falta terminar…

Enprendió la marca torpemente, corriendo de pronto exitada mientras su pulso se agitaba y grandes exhalaciones de humo salian por boca. Corrió entre los abetos, las coniferas, las rocas y las ramas de los arboles, hiriendo en veces su delicada piel nivea, pero ella no aminoraba el paso a su destino ni un segunda. Sin tregua, sin descanso, con determinacion. Ya presentia que estaba muy cerca de su pequeño bien amado. Lo alcanzaria. Estaria con él...

En menos tiempo de lo que pensó pudo vislubrar el final de este sendero, por lo que las comisuras de su pequeña boca se distorcionaron en una inexplicable y radiante sonrisa. Apretó el paso, y estando en el sitio, se detuvo, permitiendose disfrutar el paisaje.

El viento azotaba con fuerza, los vestigios de la lluvia arremetían sobre su frágil cuerpo, y sus brazos ya estaban extendidos sobre el tentador vació del acantilado, produciéndole una extraña excitación. Era una adrenalina que le hacia sonreír aun más con sorna. Ciertamente desconocia lo que le deparaba; no sabia si había un mas allá; no sabia si le recibirían con bien. Pero de algo estaba segura: lo vería a él... A su pequeño Asahi.

Entonces se inclinó y le faltó el piso en sus pies.

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Hace mucho publique esta historia con otro seudónimo. Pero quería que estuviera con esta cuenta y por eso lo volvi a publicar y borre la otra a nombre de L´oeil. Ademas, corregí alguna cosas.