Hola a todos! Gracias por los reviews!
Pensaba subir este capítulo durante el fin de semana, pero no hubo mucho tiempo para escribir. Ahora si, a pesar de los casi 40°C que hay dando vueltas, pude encontrar un momento de inspiración para terminar.
LLAMADO A LA SOLIDARIDAD: cualquier alma caritativa que desee enviar un aire acondicionado (en buenas condiciones, claro esta) para un escritor de fics con mucho calor, será bienvenido! jajajajajaja
En fin, espero que les guste el capitulo.
Si no les gustó, diganlo, no tengan miedo de dejar su opinión, eso es lo que hace que la historia crezca y mejore de a poco. Prometo responder cualquier duda que tengan (salvo que quieran q adelante cosas de esta historia, para eso tienen que esperar que siga subiendo capitulos! jajajajaja)
Y si les gustó, tambien diganlo! Eso sirve para saber si estoy haciendo las cosas bien... Y ademas alimenta mi ego! jajajajajaja
En fin, a aquellos que vivan en Argentina (como yo), espero que no se cocinen demasiado con este hermoso y caluroso verano y disfruten de la historia!
Albus Severus
Capítulo 2
Noches Mágicas
Una joven se encontraba inconsciente en una cama. Su cara estaba cubierta de golpes, cortes y magulladuras. A pesar de eso, no había indicios de que su salud corriera grave peligro, dormía apaciblemente y su respiración era normal.
Su cabello pelirrojo cubría parte de su cara, sus manos aferraban las blancas sábanas como si fueran un salvavidas. La joven comenzó a agitarse en sueños y finalmente se despertó bruscamente respirando rápidamente.
Lo primero que vio al despertarse fue una habitación impecablemente limpia, con escaso mobiliario y una ventana que daba a la ciudad. Mientras fijaba su vista en la ventana, recordaba los hechos anteriores a perder el conocimiento. Se trataba de hechos terribles, muertes, violencia, explosiones. En un intento por alejar esas imágenes de su mente, continuó observando la habitación donde se hallaba.
- ¿Dónde estoy? – La pregunta que estaba dando vueltas por su cabeza salió de su boca en voz alta.
- Ginny, estás en San Mungo – Dijo una voz a su izquierda.
Harry Potter se encontraba sentado en una silla ubicada a un par de metros de la cama donde ella estaba acostada. Sin esperar una respuesta, se acercó a la cama y la abrazó con todas sus fuerzas. Unas lágrimas silenciosas se escapaban de los ojos de ambos sin que ellos hicieran ningún esfuerzo por evitarlo.
- ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? Estuve muy preocupado todos estos días – Dijo Harry, secándose sus lágrimas mientras acercaba su silla para estar al lado de la cama de Ginny.
- ¿Cómo que "días"? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? – Preguntó, con la sorpresa reflejada en su rostro.
- Hoy ya es viernes… Asique pasó una semana desde que te trajimos aquí – Respondió Harry luego de sacar cuentas mentalmente.
Ginny tenía la cabeza llena de preguntas, pero no sabía por dónde empezar.
- Harry, ¿Qué pasó? – La pregunta más obvia salió de sus labios.
Antes que Harry pudiera responder a esa pregunta, la puerta de la habitación se abrió y un sanador ingresó a través de ella.
- ¡Paul! ¿Qué haces tú aquí? – Ginny estaba sorprendida una vez más.
- Hola Ginny. Soy sanador aquí en San Mungo, ¿no lo sabías? – Respondió Paul Stevenson tranquilamente mientras revisaba unas notas en una hoja de pergamino. – No me extraña que no lo supieras, entré hace unas semanas nada más.
Después de terminar el curso de Aurors, recibí la visita de un par de personas de San Mungo y ellos me ofrecieron entrar aquí. – Comenzó a explicar - Dijeron que mis notas en los exámenes que había rendido en Hogwarts y en el curso de Aurors eran lo suficientemente buenas para que pudiera ingresar directamente como sanador en el hospital. Entonces no lo dudé demasiado e ingresé aquí. Tú sabes que nunca había mostrado el mismo entusiasmo en el curso que el que mostraba ante la idea de ayudar a las personas a sanar. – Concluyó con una ligera sonrisa, que suprimió al instante en vista de la expresión de Harry.
-¿Ustedes se conocen? – Preguntó extrañado.
- Sí Harry. Éramos compañeros en el curso de Aurors. – Harry se dio vuelta para mirar a Ginny, quien había respondido en lugar de Paul. – Pero él se fue antes de terminarlo.
- Simplemente no me sentía cómodo con la idea de ser Auror – Se anticipó a responder Paul antes que Harry hablara. – Estoy mejor ayudando a las personas aquí.
- Perdonen que interrumpa el grato reencuentro – Dijo Harry, algo molesto por la demora del sanador en tocar el tema más importante. – Pero me gustaría saber cómo se encuentra Ginny.
- Tienes razón, mil disculpas – Exclamó Paul, un poco ruborizado. – El estado de la señorita Weasley es bueno. Tiene varios golpes, algunos hematomas, pero no es nada que no se solucione fácilmente. En unas horas se encontrará en perfecto estado y lista para volver a su casa.
- ¡Perfecto! – Exclamó Harry – Entonces en un rato estaré de vuelta aquí. Ahora debo irme a…
Pero Harry no alcanzó a completar la frase. Un individuo cubierto con una capa hecha jirones ingresó a la habitación enarbolando su varita.
- ¡Eres mía maldita! ¡AVADA KEDAVRA!
Antes que el chorro de luz verde alcanzara a Ginny, un cuerpo se interpuso en el camino para luego caer desplomado al recibir el impacto del hechizo. Sus ojos verdes miraban sin ver, su boca estaba ligeramente abierta y su cuerpo yacía de cualquier manera en el suelo, como si se tratara de una marioneta a la cual le habían cortado los hilos.
- No… No, no, no, no, Harry no, no, por favor no… - Ginny apenas podía entender lo que había pasado. Su cerebro parecía desconectado, incapaz de procesar lo que todos sus sentidos le indicaban: Que Harry acababa de recibir un maleficio asesino y se encontraba muerto.
- ¡MALDITO HIJO DE PUTA! ¡AVADA KEDAVRA! – El hechizo de Paul impactó de lleno en el pecho del desconocido y lo impulsó hacia atrás para luego caer indudablemente muerto.
Ginny se acercó al cuerpo de Harry sin terminar de comprender que ya no se encontraba con vida, que jamás volvería a oír su voz, que jamás volvería a estar a su lado, que el futuro que alguna vez imaginó ya no tenía chances de convertirse en realidad.
- Ginny… ¡Ginny! ¡Respóndeme! - Paul se había colocado de rodillas a su lado tratando de contener los temblores de Ginny, quién todavía no lograba detener su desconsolado llanto. -¿Estás bien? – Preguntó, con un hilo de voz.
De repente Ginny se incorporó rápidamente, había dejado de llorar y sonreía abiertamente.
- Por supuesto que sí. La verdad que el muy maldito se lo tenía merecido – Dijo, mientras continuaba sonriendo. – Hace tiempo que ese desgraciado me caía mal. – Y, una vez dicho esto, una sonora carcajada salió de su boca. Era un torrente de alegría, como si la muerte de Harry fuera el hecho que más feliz la había hecho en toda su vida.
- Ahora podemos estar juntos, ¿no es cierto mi amor? – Dijo Paul, tomando a Ginny de la mano.
- Por supuesto, el cabeza rajada ya está muerto. Ahora no hay nada que evite que estemos unidos – Una vez dicho esto, Ginny se acercó a Paul, lo abrazó como si se tratara de su amor de toda la vida y lo besó apasionadamente.
Ginny despertó bruscamente en su cama, transpirada como si hubiera corrido sin parar durante horas, respirando de forma acelerada a causa de la impresión del sueño. ¿Qué demonios había sido eso?
Observó a través de la ventana de su habitación todavía en penumbras y comprendió que todavía era de noche, aunque el cielo azul oscuro y una tenue luz en el este le indicaban que en cualquier momento podría amanecer.
Las imágenes de esa pesadilla (o quizás un sueño, todavía no lograba decidirlo) seguían frescas en su mente. Había comenzado de manera similar a lo que sucedió meses atrás: ella acostada en una cama de San Mungo, golpeada y con varios cortes en su rostro, y Harry sentada a su lado. Paul luego había ingresado para comunicarle algo, y luego todo distinto.
Sus ideas se esfumaron cuando su repaso mental llegó al momento en que besaba a Paul. Sólo habían estado juntos un par de veces, y sólo de manera ocasional. Para Ginny se trataba de un buen amante, bastante bueno de hecho, pero no más que eso… ¿O sí?
El maldito sueño solamente complicó las cosas en su mente. ¿Qué sentía por Paul? Él había sido un gran apoyo en los últimos meses, la ayudó a salir adelante y a aliviar ese sentimiento de soledad que la embargaba de vez en cuando. Pero ella lo veía únicamente como un gran amigo, nada más que eso. Y estaba segura que él consideraba las cosas de la misma manera.
De todas formas Ginny no creía encontrarse en una situación ideal para querer estar en una relación seria con Paul ni con nadie. Quizas en algún momento del futuro sí. Pero había demasiados asuntos pendientes que debía resolver antes de ocuparse de su vida amorosa.
Su mente volvió a ocuparse del sueño que había tenido hace unos momentos. Harry muerto, ella llorando, y luego ¿feliz? ¿De verdad estaba feliz en su sueño? ¿Desde cuándo su mente se alegraba con la idea de la muerte de Harry? ¿Tanto resentimiento tenía guardado en su interior como para alegrarse con su muerte?
Ese pensamiento dio vueltas en su cabeza por unos minutos mientras se paseaba desnuda por su habitación. Un fuerte dolor de cabeza y un ligero malestar en su estómago delataban su resaca. La oscuridad que dominaba su habitación poco a poco iba siendo vencida por la luz que lentamente ingresaba por la ventana y adquiría mayor intensidad.
A medida que la mañana se hacía presente en el departamento de Ginevra Weasley, podía comenzar a apreciarse el contenido de su habitación. Una gran cama de dos plazas se ubicaba en la pared opuesta a la ventana, la cual daba al este. Un gran armario se encontraba a la derecha de la cama, y en la otra pared se alcanzaba a vislumbrar una cómoda con varios cajones en la parte inferior y un gran espejo en la parte superior.
Lo único que alteraba la soledad de Ginny era un muchacho de casi treinta años que todavía dormitaba en un lado de la cama. El joven respiraba acompasadamente, sin inmutarse por los movimientos de Ginny a su alrededor. Ella apenas recordaba su nombre ¿Peter? ¿Leonard? En realidad daba lo mismo, en cuanto saliera de su departamento ni siquiera se acordaría de lo que pasó.
Esa era la ventaja de acostarse con muggles, podía hacerles un embrujo desmemorizante sin temor a que su víctima se defendiera. Si acostarse con muggles fuera ilegal, entonces se trataría del crimen perfecto. ¿Quién podía acusarla de eso si nadie se enteraba? – Una sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en eso.
Esas noches eran simplemente lo que necesitaba, algo para pasarla bien y olvidarse de todo lo demás aunque sea por unas horas. Darle rienda suelta a un poco de lujuria, dejarse llevar aunque sea un poco y que sus hormonas inundaran su cerebro en lugar de pensamientos y recuerdos que sólo la hacían sentir cada vez más triste.
¿Qué mal le hacía al mundo si ella salía una noche al mes y se llevaba a algún joven muggle bastante atractivo a su departamento para pasar un buen momento en la cama? Ella se cuidaba, por lo cual no corría ningún riesgo absurdo… ¿Entonces por qué una parte de su mente se sentía tan culpable cuando lo hacía? ¡Maldita conciencia!
Si tan solo pudiera quitarse el fantasma de Harry de encima… Era insoportable sentirse tan apegada a él a pesar de todo lo que pasó. ¿Por qué no podía olvidarlo aunque sea por un día? Un odio contra todo lo que la rodeaba brotaba en ella cada vez que pensaba en eso.
Quería desaparecer del mundo, no recordar nada. Odiaba todo, a ese muggle que dormía en su cama y la hacía sentirse tan idiota, odiaba ese departamento, odiaba sentirse tan atrapada en su cuerpo, odiaba a Harry y odiaba que una parte de ella siguiera amándolo a pesar de todo el dolor que ello le provocaba.
Eso la llevaba a salir una noche cada tanto para ahogar sus penas en alcohol y sexo. Le agradaba la sensación de estar entre muggles, olvidar su condición de bruja y todo lo relacionado con el mundo mágico. Ginny llamaba a esas noches como sus "Noches Mágicas". La idea le causaba cierta gracia al pensar en ese nombre, pero era irónicamente perfecto: el hecho de que en esas noches no se sintiera tan mal con todo lo que había a su alrededor era definitivamente mágico, aunque no en los términos que se manejaban en el mundo de los magos.
En lugar de hacerle caso a un deseo latente de arrojar a aquel joven por la ventana de departamento (lamentablemente eso estaba prohibido por las leyes muggles y las mágicas también), decidió ir a bañarse para tratar de terminar de despertarse, calmar su enojo y aliviar su dolor de cabeza.
Al igual que Harry cuando fue a bañarse al regresar de su misión contra los Dementores, mientras el agua caía sobre ella, Ginny recordó aquellos momentos en que acompañaba a su ex novio en la ducha para divertirse un buen rato mientras Kreacher preparaba la cena. Malditos recuerdos… ¿Acaso su mente no pensaba dejarla en paz durante ese día? – Pensó solicitando una tregua urgente con su cerebro.
Al menos su trabajo era lo suficientemente interesante para distraerla mientras lo cumplía. Mientras lo hacía, al menos podía aislarse unos momentos, necesitaba concentrarse en lo suyo sin necesidad de pensar en Harry o en nadie más que sea ajeno a su trabajo.
Ginny salió del baño todavía desnuda, caminando al tiempo que usaba una toalla para terminar de secarse. Cuando estaba llegando a la puerta de su dormitorio, su estómago lanzo un rugido de protesta y le recordó que habían pasado varias horas desde la última vez que probó bocado. Entonces se apresuró a colocarse algo de ropa, luego salió de su habitación, pasó a través de un pequeño pasillo e ingresó a la cocina, donde se puso a buscar algo para comer.
No había demasiado en la heladera, pero afortunadamente encontró restos de la pizza de anoche. Sacó un par de porciones, las colocó en un plato y dedicó unos minutos a calmar a la hambrienta bestia que a veces habitaba su estómago.
- Hola belleza. ¿Cómo te encuentras esta mañana?
Ginny casi salta de su silla al escuchar esa pregunta. ¿No podía tener ni siquiera cinco minutos de tregua con su vida? ¿Por qué demonios aquel idiota tenía que saludarlo de la misma manera en que lo hacía Harry por las mañanas?
Meses atrás, Ginny se habría alegrado de escuchar esa pregunta. Pero en este momento un odio intenso hacia ese muchacho se apoderó de ella. Era una suerte que el joven se hubiera vestido un poco, o probablemente habría perdido sus chances de tener hijos biológicos. ¿Quién se creía aquel idiota para aparecer en la cocina como si fueran una pareja estable? ¿Es que hay gente que no comprende lo que es una relación de una noche?
- Bien. Lo que no comprendo es por qué sigues en mi departamento. – Ginny respondió acompañando la frase con una indiferencia glacial ante la sonrisa del joven.
- Bueno, parece que alguien se levantó de mal humor. – El joven se acercó a Ginny todavía sonriendo.
- Equivocado. Me levanté bien hasta que te vi acostado en mi cama. – Respondió tajantemente – Recuerdo haberte dicho que te fueras de aquí apenas terminaras.
- Yo no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que la pasamos bastante bien anoche- Dijo sonriendo aún más - Asique creo que merezco un buen desayuno por ello. – Agregó, colocándose a su lado.
Ginny por poco no le clava el cuchillo que tenía a su lado en la mano que el muchacho apoyó en la mesa de la cocina. ¿Quién demonios se creía que era aquel cretino arrogante?
- Lo lamento, pero creo que creíste mal, valga la redundancia… Si quieres hacerme un gran favor, junta tus cosas inmediatamente y vete de aquí. – Ginny finalizó la oración con un ligero gesto de su mano, señalando la puerta de la cocina para que salga de allí.
- Me parece, chiquita, que estás equivocada – Su sonrisa estaba volviéndose casi una mueca burlona- Y, además, hay un gran "favor" que puedo hacerte otra vez, si así lo deseas. – Añadió guiñándole un ojo.
- ¿"Chiquita"? – Preguntó, soltando luego una sonora carcajada – "Chiquita" es la cosa minúscula que tienes entre tus piernas. Asique, si no tienes alguna otra estupidez que decir, junta tus cosas de una vez por todas y vete de mi apartamento. – "¡Pero qué idiota! ¿Por qué no se va de mi vista? ¿Acaso quedan tan pocos hombres con algo de cerebro?" Pensó Ginny, visiblemente irritada.
El joven había cambiado de a poco su expresión, y ahora su rostro ya no se asemejaba para nada a la expresión sonriente de hace unos minutos. Más bien su gesto denotaba odio y su cuerpo se encontraba tenso, como si estuviera listo para golpearla.
Antes que se diera cuenta del peligro que corría, el muchacho se colocó a su lado y rodeó el cuello de Ginny para inmovilizarla. Luego se acercó a su oído y le susurró alegremente:
- Vamos a divertirnos esta mañana, ¿de acuerdo chiquita? No quieras hacerme enojar en serio, es algo que no te lo recomiendo para nada si quieres que esto termine bien. – Besó su oreja y luego recorrió su cuello usando su lengua. – Que niña tan deliciosa – Dijo pervertidamente.
"¡Maldita sea mi suerte para elegir a los hombres!" Pensó Ginny luego de recuperarse de la primera impresión. La adrenalina comenzó a correr por sus venas, dejándola lista para luchar. Intentó controlarse, tal y como había aprendido en el curso de Aurors.
"No te dejes llevar por el miedo. El cuerpo genera adrenalina, úsala a tu favor"
Las palabras pronunciadas por uno de sus maestros del curso acudieron a su mente. Ginny hizo un esfuerzo por recordar dónde había dejado su varita ("Maldita sea, ¡piensa idiota!"), y luego de unos segundos la imagen de ella guardándola en uno de los cajones de la cómoda del vestíbulo llegó a su cerebro.
"Muy bien, ahora librémonos de este imbécil de una vez por todas" Ginny decidió que debía actuar cuanto antes y tomar su varita antes que aquel desgraciado hiciera algo grave.
Sin que el joven alcanzara a reaccionar, Ginny inclinó su cabeza hacia adelante y luego la movió rápidamente hacia atrás, impactando con violencia en la nariz del joven. Éste, debido al golpe inesperado y a la sorpresa, cayó al suelo y quedó tirado allí unos segundos, tomándose la nariz, la cual sangraba profusamente.
Acto seguido, aprovechando el momentáneo desconcierto de quien momentos antes la hubiera inmovilizado, corrió velozmente hacia el vestíbulo, abrió el primer cajón de la gran cómoda que allí se encontraba y sacó su varita segundos antes que el joven la alcanzara.
- ¿Qué piensas hacer con el palito, mocosa? – Preguntó, riendo a carcajadas. - ¿Tirármelo por la cabeza? Por favor, amorcito, ven aquí a jugar antes que te lastimes –
- No me digas "amorcito", idiota. – Ginny se encontraba furiosa. Si aquel idiota seguía hablando, definitivamente la pasaría muy mal. – Vete de aquí antes de que me arrepienta de dejarte con vida. – Dijo, apuntando su varita directamente al rostro del joven, el cual continuaba sonriendo burlonamente.
- Oh, vamos amor. ¿No me digas que crees que puedes hacerme daño con un mísero palito? – Otra carcajada salió de su boca. – Parece que voy a divertirme mucho esta mañana. Eres un manjar delicioso, y quiero probarte de nuevo. No te creas que esta es la primera vez que hago algo parecido. – La sonrisa que apareció en su rostro parecía provocada por gratos recuerdos. - Y no hay nada que puedas hacer por evitarlo, de eso no tengo dudas. – El joven comenzó a acercarse a Ginny sonriendo de manera peligrosa.
- Otra vez lo de "amor"… - Ginny suspiró, al parecer esa no iba a ser una mañana demasiado tranquila – Muy bien imbécil, tú lo has pedido. – Ahora era su turno de sonreír.
Tomó firmemente su varita y apuntó al joven, el cual salió despedido contra una estantería llena de libros, los cuales cayeron uno tras otro sobre su cabeza.
- ¡¿¡¿Qué demonios? – La sonrisa del muchacho desapareció, dando lugar a una expresión de terror.
- Te lo advertí maldito idiota. – Ginny se acercó al joven, estaba tan furiosa y tan avergonzada de haberse acostado con aquel infeliz que le era difícil controlar el impulso de arrojarlo por la ventana de la sala para que viajara unos veinte metros en dirección a la calle. – Te dije que te fueras de mi departamento. – Nuevamente apuntó su varita al pecho del joven, que continuaba en el suelo.
- Ahora tendré que perder la mañana hablando con los idiotas del Ministerio para justificar toda la magia que voy usar contigo. Pero al menos haré que valga la pena – Añadió, con una expresión alegre en su rostro. Por fin podría aliviar un poco su enojo, al fin tenía una válvula de escape. Al menos el hecho de que ese bastardo hubiera estado en su departamento tendría algo de utilidad.
Ginny levantó su varita, y esta vez el joven salió despedido hacia la puerta de su vivienda. Quería verlo arrastrarse por el suelo, que alguien sufriera de la misma manera que ella habría sufrido. Que alguien sintiera lo que ella sintió durante los últimos meses.
Tenía ganas de torturar a aquella basura, de verlo retorcerse de dolor cuando ella usara el maleficio Cruciatus con él. Pero su conciencia le estaba avisando que se arriesgaba a ir de por vida a Azkaban. A su vez, otra parte de su mente le decía que bien valía la pena el riesgo, que si lo hacía, su frustración se iría para siempre. Pero ella sabía que eso era mentira, descargar su furia con un desconocido no serviría de nada. Era con Harry con quien quería descargar su enojo, su frustración, su odio.
Él era quien debía sufrir lo mismo que sufrió ella, él era quien la dejó sola en el mundo, quien la abandonó cuando todo era sombras, cuando su mundo se caía a pedazos. Él era el responsable de todo, y debía pagar las consecuencias.
De repente, el muchacho pareció ser Harry, y Ginny sintió todo su odio acumulado a punto de salir. Levantó su varita ("Al diablo con Azkaban, ¡vas a pagar por todo lo que sufrí!"), y apuntó directo a la cara del Harry que apareció ante sus ojos.
La puerta de su departamento de se abrió estruendosamente. Antes que alcanzara a levantar su mirada y ver por qué se había abierto la puerta, otra voz femenina se oyó en su departamento:
- ¡EXPELLIARMUS!
La varita de Ginny salió despedida de su mano, golpeó el techo lanzando unas cuantas chispas doradas, y aterrizó en el suelo a unos metros de donde se encontraba ella.
- ¡¿QUÉ DEMONIOS CREES QUE ESTÁS HACIENDO? ¡¿ACASO TE HAS VUELTO LOCA? – Una joven de cabello castaño atravesó la entrada del departamento mientras gritaba en dirección a Ginny.
Ginny respiraba agitadamente, bajó el brazo que segundo antes sostenía su varita y se giró en dirección a Hermione, la cual caminaba hacia ella.
- Cálmate, Hermione. Tengo total derecho a defenderme de un idiota que intenta abusar de mí, ¿O acaso no te enseñaron eso en el Ministerio? – Preguntó tranquilamente. Ginny parecía haberse calmado, y ya respiraba de manera normal, aunque su mirada seguía desprendiendo un odio intenso hacia el muggle que se encontraba en el suelo, en estado de shock.
- Sí, estás en todo tu derecho, pero eso no significa que tengas que arrojarlo contra la pared – Respondió Hermione, mirándola severamente. – Sabes perfectamente que podrías haber utilizado un encantamiento de petrificación total o uno de aturdimiento. Entonces mejor que te calmes un poco y comiences a pensar bien lo que haces.
- Al diablo con eso, el maldito se lo merecía. Y probablemente se merece más que eso. – Añadió seriamente la pelirroja. – Por lo que me dijo, esta no es la primera vez que abusa o intenta abusar de alguien.
- Bueno, eso tiene solución, ¿Sabes? – Hermione apuntó al muggle, éste se levantó inmediatamente y se acercó a ella. Entonces la bruja adoptó una expresión de intensa concentración mientras dictaba órdenes al joven. – No recordarás nada de lo que pasó ni hoy ni anoche. Tomarás tus cosas y te irás directamente a la estación de policía y confesaras todos y cada uno de los delitos que hayas cometido de abuso sexual. Estarás arrepentido y le darás toda la información y evidencia que tengas a las autoridades. ¿Entendido?
- Si, entendido. – El joven juntó sus cosas, se vistió y salió del departamento sin mirar ni a Hermione ni a Ginny.
- Gracias – Dijo Ginny. – Algún día tienes que enseñarme a hacer ese hechizo, me vendría de maravillas algunas veces. – Una sonrisa asomó en su rostro.
- No, paso. – Respondió Hermione seriamente - Primero porque yo ni siquiera tendría que saberlo, este hechizo sólo lo utilizan los miembros del Departamento de Operaciones Mágicas Especiales y los desmemorizadores que se encargan de borrar las memorias de los muggles. Asique si te llegan a atrapar usándolo sin siquiera pertenecer al Ministerio, la que perderá su trabajo soy yo. Segundo, porque es bastante complicado de hacer y no tengo tiempo de enseñarte a hacerlo.
- ¿No hay un "tercero"? – Preguntó Ginny sonriendo.
- Por supuesto que sí – Respondió riendo – Tercero, porque sólo quieres utilizarlo para seducir muggles en tus malditas "Noches Mágicas" – Dijo, utilizando sus dedos para hacer comillas – Como si eso te hiciera falta, con el cuerpo que tienes. Maldita, ¡Cómo te envidio esa figura! – Hermione rió otra vez.
- Supongo que tienes razón – Ginny sonreía pícaramente.
- ¿Sobre qué? ¿Acerca de que piensas usarlo con los muggles o que envidio tu figura?
- Ambas – Dijo guiñándole un ojo y todavía con la sonrisa iluminando su rostro.
- Maldita – Hermione lanzó una carcajada. – En fin, ¿necesitas ayuda para limpiar este desorden? – Preguntó, señalando los libros y los trozos de madera que quedaron esparcidos sobre la sala.
- No, deja. Yo me encargo. Por suerte mamá me enseñó unos buenos hechizos para arreglar la casa. – Contestó Ginny – Se ve que tuvo mucha práctica con Fred y George en la casa. – Hermione rió.
Ginny levantó su varita y realizó un amplio movimiento alrededor de la habitación. Al instante todo se veía exactamente como antes que ella lanzara a su agresor de un lado a otro de la sala.
- Mucho mejor – Su estómago rugió de manera importante. – Parece que la pizza no sirvió de mucho. – Lanzó una carcajada ante la cara de Hermione cuando ella nombró la pizza fría. – ¿Qué pasa? Es el mejor desayuno después de una noche agitada.
- Será mejor que te prepare un desayuno como corresponde – Dijo la castaña, caminando hacia la cocina.
- Te lo agradecería. Por cierto… ¿Qué haces aquí? – Preguntó extrañada.
- Hoy es sábado.
- ¡Ah! Cierto… - Dijo Ginny golpeándose la frente con la palma de la mano derecha – Tienes razón, ya pierdo la cuenta de los días.
Hermione iba todos los sábados a la mañana (a veces acompañada por Ron) a verla, para ayudarla con el departamento, prepararle algo de comida (Hermione opinaba que Ginny no se alimentaba bien, lo cual era cierto), y principalmente para hablar.
Prácticamente Ginny usaba a Hermione de psicóloga, aunque ella no se quejaba por eso. Muchas veces Hermione había sido una gran fuerte de consuelo para esos momentos en que Ginny necesitaba alguien con quien hablar. Y ella sabía que aunque la pelirroja aparentara haber superado lo que pasó hace tan solo unos meses, no se encontraba en un buen momento de su vida.
- Ven aquí, el desayuno está listo. – Hermione la llamó desde la cocina.
Al llegar allí, Ginny observó que había tocino, huevos fritos, avena, té, leche, tostadas, mantequilla y tres o cuatro mermeladas distintas. También había puesto los platos y las tazas frente a dos sillas colocadas una al lado de otra.
- Veo que estuviste algo ocupada. ¿Cómo hiciste esto tan rápido? – Preguntó Ginny sorprendida.
- Cuatro años con tu hermano me enseñaron que tengo que saber cocinar bien y rápido. Aunque a veces Ron come tan rápido que pareciera que apenas siente el sabor de lo que come. – Comentó Hermione riendo. – Ahora, ¿Qué te parece si desayunamos?
- No es mala idea – Ginny se sentó junto a Hermione y dedicaron unos minutos a comer sin parar.
Luego de tragar una tostada entera untada de mermelada y mantequilla, Ginny preguntó: - ¿Y dónde está mi querido hermano?
- Supongo que durmiendo, o al menos estaba durmiendo cuando salí hacia acá. – Respondió Hermione tranquilamente.
- ¿Qué le dirás cuando lo veas? – Preguntó como al pasar, aunque Hermione sabía que estaba muy interesada y preocupada.
- Que estaba todo bien, como siempre.
- Eso espero, no quiero que después aparezca por aquí preguntándome si estoy bien o si necesito algo. – Ginny se veía irritada por esa idea.
- ¿Cuando aparezca quién? ¿Ron? ¿O Harry quizás? – Preguntó sonriendo.
- ¿Hace falta que lo nombres? – Retrucó Ginny, mirándola con enojo.
- ¿Hace cuánto que no hablas con él? – Insistió Hermione.
- No lo sé, no cuento los días. Un mes, quizás más. – Respondió fingiendo indiferencia.
- No, claro… No cuentas los días, cuentas las horas, los minutos, los segundos sin él. – Arremetió - Quizás mucha gente se trague el cuento de que ya superaste todo lo que pasó, pero incluso Ron se da cuenta que no está todo bien en tu vida. Estamos preocupados por ti, incluso Harry, aunque él no quiera admitirlo.
- A Harry no le importa lo que me pase, lo mismo que a mí no me importa lo que le pase. – Ginny trató de parecer convencida de ellos, pero apenas hizo contacto con los ojos de Hermione supo que había fallado en su intento.
- No me vengas con esa basura, por favor. Soy tu amiga, Ginny, ni siquiera tu misma crees lo que dices, ¿Por qué intentas que yo lo crea? – Hermione se acercó un poco a Ginny – Dime la verdad: ¿Lo extrañas?
- Demasiado. – A Ginny le dolía aceptar esa verdad, pero necesitaba decírselo a alguien, y Hermione era la persona indicada. Ella sabía que nunca se lo diría a nadie, y mucho menos a Harry. – Pero a la vez no quiero volver a verlo. Todo fue demasiado doloroso, y todavía no me siento lista para perdonarlo, o para perdonarme. Los últimos meses fueron desastrosos, apenas nos dirigíamos la palabra, tú lo sabes. Necesito salir adelante, no puedo quedarme con la idea de que todo va a ser igual que antes, porque no lo será.
- Tienen que verse, tienen que hablar. No pueden esconderse el uno del otro para siempre – Dijo Hermione con sensatez – No creas que si se pasan el resto de sus vidas evitándose las cosas saldrán bien, porque sabes bien que no es la solución. No digo que vayas ya mismo a hablar con Harry (de todos modos sé que no lo harás), pero empieza a prepararte para verlo algún día y que sea pronto.
Hermione se acercó a Ginny y la rodeó con sus brazos. Se sentía mal por no poder hacer demasiado por ella. Pero se trataba de algo que tenía que resolver ella sola, tenía que ir con Harry y que ellos mismos solucionaran todo. No era algo que fuera a pasar de un día para otro, pero estaba segura de que en algún momento alcanzarían a darse cuenta que se necesitaban el uno al otro. "Sólo espero que no se den cuenta demasiado tarde" Pensó con algo de pesimismo.
- ¿Cómo te sientes? – Le preguntó sonriendo para animarla un poco
- Mejor creo, gracias por todo Hermione. De verdad, eres una en un millón. – Le dijo agradecida.
- Lo sé, no te preocupes por eso, cada día que me despierto sé que el mundo me lo agradece – Respondió, fingiendo soberbia y logrando que Ginny lanzara una carcajada. – Bueno señorita, debo irme. Ron ya debe estar a punto de despertar y seguro querrá desayunar algo antes de ir a entrenarse. Es increíble lo que puede entrar en su estómago, a veces no logro entender cómo es que su escoba logra levantarlo del suelo, debería pesar doscientos kilogramos ya. – Comentó soltando una carcajada.
- Los Weasley somos así, podemos engullir kilos y kilos y no engordar ni un gramo.- Ginny sonrió con suficiencia, sabía que le debía un gran favor a su metabolismo, o no podría mantener su figura de esa manera.
- Y no te preocupes del incidente de esta mañana, yo me ocuparé. – Dijo, guiñándole un ojo -Probablemente ni siquiera se hayan enterado.
- Qué suerte que tengo de que mi mejor amiga sea miembro del Ministerio. – Le respondió Ginny con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando Hermione se lo proponía, podía levantarle el ánimo de una manera increíble.
Hermione le dedicó una última sonrisa desde la puerta de la cocina y giró sobre sí misma para desaparecer del departamento.
Ginny se quedó unos segundos observando el lugar del cual Hermione desapareció. Pensaba que ella tenía razón, en algún momento tendría que dar el paso adelante y verlo, no podía pasarse todo el día jugando a las escondidas con Harry.
Se levantó de la silla y comenzó a limpiar el desorden que había quedado en la mesa y luego, con una sacudida de su varita, los platos comenzaron a desfilar en dirección al fregadero para lavarse y luego acomodarse en sus respectivos estantes y cajones. Una vez finalizada esa labor, Ginny se cambió y salió de su departamento para ir a su trabajo.
Esa misma noche, Harry se encontraba en su departamento analizando unas carpetas con los resultados de los exámenes de los alumnos de último año en el curso de Aurors. Había un par de proyectos muy interesantes entre los aspirantes. Pero todavía faltaba mucho para que terminaran, principalmente los exámenes de aptitudes psicológicas.
Esas pruebas se hacían más que nada para poder filtrar a aquellos magos que se querían ingresar sólo para impresionar a los demás o porque eran adictos a la adrenalina pero podían dejarse llevar por ella. Y en muchos casos, para eliminar a aquellos candidatos que no podían soportar la presión ante situaciones límite.
Con nostalgia, Harry recordó su época de ingresante, los momentos donde se la pasaba encerrado en su habitación leyendo, repasando, practicando, analizando viejos casos. O aquellos momentos de prácticas, teniendo serios duelos contra Aurors experimentados, donde verdaderamente se ponía a prueba su capacidad de combate.
A medida que pasaban los años, uno de aquellos Aurors (Mike Adams) fue convirtiéndose en su mentor, orientándolo durante su último año. Harry podía afirmar tranquilamente que sus mejores duelos de práctica fueron contra él, y también que fueron mejores que algunos duelos que tuvo contra magos tenebrosos.
Mientras seguía pensando en eso, su mente divagó hacia la idea de convertirse en profesor dentro del curso de Aurors. Mike se lo había propuesto unos días antes de la tragedia, y él había aceptado gustoso, ansioso por volver a experimentar lo que vivió con el ED. Pero después de aquellos sucesos del año anterior, Harry decidió recluirse y abandonó la propuesta de Mike. No creía ser capaz de ver las jóvenes caras de los nuevos aspirantes y poder enseñarles algo útil mientras él se sentía tan deprimido por todo lo que había pasado.
Desechando por enésima vez de su cabeza la idea de él como profesor, prosiguió con su tarea de examinar a los candidatos que podrían terminar la carrera a mitad de ese año. Marcó algunos expedientes con una marca azul, identificando a aquellos estudiantes que él creía que podrían empezar un poco antes a trabajar en el Departamento, y luego, con un movimiento de su varita mágica, hizo desaparecer la montaña de carpetas para enviarlas a su despacho. El lunes tendría tiempo de enviárselas a Kingsley para que también las revise y de su aprobación para los novatos.
Distraído, Harry encendió el televisor y se puso a hacer zapping sin mirar nada en particular. Finalmente dejó un canal de noticias, en el cual se anunciaban cosas en las cuales nadie se interesaba. Recordó los años anteriores en los que los últimos mortífagos seguían haciendo de las suyas, y todo el tiempo aparecían noticias en los noticieros muggles acerca de extraños accidentes y misteriosas muertes.
En eso estaba Harry cuando un lince plateado apareció en medio de la sala. Trepó ágilmente a la mesa en la cual Harry estaba apoyando sus pies y abrió la boca para dejar salir la voz de Kingsley Shacklebolt:
- Hay cosas de las que tenemos que hablar este lunes, iré a buscarte a tu despacho. No respondas este mensaje, nadie más del escuadrón está implicado excepto tú y será mejor que continúe así. Esto es estrictamente confidencial. NO HABLES CON NADIE DE ESTO.
Harry se quedó a medio levantarse durante un minuto, todavía conmocionado por haber visto el lince de Kingsley apareciendo en su sala. Sin embargo, una parte de él se preocupó al llegar a una intrigante conclusión: Kingsley sólo había comunicado órdenes utilizando su Patronus para enviar mensajes que no quería que nadie más supiera. Eso sólo podía significar que había algo que no estaba bien en el mundo mágico.
- Parece que volvemos a la acción – Dijo después de unos segundos, y, a pesar de que las noticias eran preocupantes, no pudo evitar sonreír al pronunciar en voz alta lo que su mente estaba pensando desde que el Patronus se esfumó: - ¡Perfecto!
Parece que finalmente Harry va a ver algo de acción, no? Quizas en el proximo capitulo sepamos bien de qué se trata.
Saludos acalorados
Albus Severus
