Hola a todos! Al fin actualizo! (Bah, no tardé tanto... No se quejen! jajajajaja)

Honestamente, un quilombo la página en los últimos días... Mucho problema para iniciar sesión, no se podía comentar... Asique no voy a quejarme tanto por la cantidad de reviews esta vez XD Eso sí, ahora ya se arregló todo, por lo tanto no hay lugar para excusas... COMENTEN! jajaja

No sé ustedes, pero creo que este capítulo les puede llegar a gustar... Hoy van a aparecer los malos de la historia, y creo que les van a parecer, cuando menos, interesantes. Siempre fui de la opinión que hacía falta un buen psicópata en la historia de HP, aunque Bellatrix podría llenar ese espacio tranquilamente. En todo caso hoy vamos a conocer a otro lindo psicópata, espero que les parezca apropiado.

Por ahora eso es todo, nos leemos más abajo!

Albus Severus

P.D: un saludo especial para mi gran amiga Pottershop, la cual viene escribiendo como maniática y lleva adelante dos historias muy pero muy recomendables! Cualquiera que no las haya leído, los invito a pasar por su perfil. (Pondría el link, pero hoy por hoy no se puede)


Capitulo 6

Sorpresas

La niebla se esparcía por las márgenes del río que corría lentamente. La poca luz proveniente de la luna dejaba entrever una gran casa ubicada prácticamente en la orilla del río. Se trataba de una estructura medianamente vieja, de dos pisos, con ventanas cegadas con tablones. Sin embargo, a través de un resquicio en una de aquellas ventanas que no se encontraba completamente tapada podía observarse una luz temblorosa, como si un fuego se encontrara ardiendo dentro.

Dentro de aquella habitación, un grupo de unas veinte personas, todas cubiertas con capuchas y máscaras, se encontraba sentado alrededor de una larga mesa redonda, en cuyo centro ardía un pequeño fuego que apenas lograba iluminar aquel cuarto.

A unos cuatro metros del suelo, en el medio del techo, podía descubrirse un agujero, el cual servía para que el humo proveniente del fuego no llenara la habitación. Por ese mismo agujero, una lechuza negra como el carbón apareció cayendo a toda velocidad trayendo consigo una carta atada a la pata derecha. Redujo su velocidad con gran habilidad y se aproximó a uno de aquellos personajes, el cual poseía una máscara color rojo oscuro, a diferencia del resto de los presentes quienes llevaban máscaras negras.

El misterioso personaje quitó la carta de la lechuza, la desplegó lentamente y se dispuso a observar su contenido. Luego de leerla, tomó su varita, la agitó e hizo aparecer de la nada una pluma y un tintero. En el reverso de la misma carta escribió la respuesta y ató la nota a la lechuza, la cual inmediatamente emprendió vuelo, saliendo por aquel agujero en el techo.

- Buenas noches caballeros – Dijo el extraño de la máscara roja. – Veo que no han tenido inconvenientes en encontrar nuestra nueva morada.

- Esto está mucho mejor que aquella vieja choza – Comentó un individuo sentado a la derecha. – Veo que estás mejorando tu gusto, Quimera. – Agregó, algo risueño.

- Gracias por el cumplido Esfinge – Contestó el individuo, quien evidentemente dirigía aquel grupo. – Pero te agradecería más si la próxima vez que no te guste nuestro refugio no lo destruyas de inmediato. – Dijo, provocando algunas risas en el grupo.

- ¿Esa porquería? – Respondió algo incrédulo Esfinge- Se veía mejor destruida – Más risas siguieron a ese comentario.

- Tienes razón. – Concedió – Pero de todos modos no estamos aquí para discutir acerca de tus gustos sobre la decoración. Tenemos asuntos ligeramente más importantes. – Añadió, con un tono de voz mucho más frío.

Una vez dicho esto, se puso de pie, y comenzó a caminar dando vueltas por la mesa. Un ligero escalofrío recorrió a la mayoría del grupo, excepto por Esfinge. Todos estaban esperando que Quimera hablara antes de decir nada.

- Banshee. – Dijo, mirando a uno de los miembros, ubicado casi del otro lado de la mesa. - ¿Qué novedades tienes? ¿Algún avance con nuestros compradores de Manchester?

- Encontré a algunos interesados. – Respondió una mujer joven- Quieren hablar con nosotros y discutir nuestras condiciones.

- Perfecto. – Exclamó complacido. – La semana que viene hablaremos con ellos.

- Hipogrifo. – Ahora se dirigía a un hombre, sentado a dos sillas de distancia de Banshee. - ¿Qué puedes decirme?

- Nuestros amigos del este de Londres quieren hacer varios pedidos. – Contestó – Parece que tendremos que aumentar un poco el volumen.

- Excelente – Comentó – Veo que estás aprendiendo bien cómo funciona nuestro negocio. Salamandra es una buena maestra. – Una figura cercana a Hipogrifo cambió su postura y se irguió con algo de arrogancia.

- Muchas gracias – Respondió la figura, con voz femenina, orgullosa de su tarea.

- Y ahora… - Su tono de voz se volvió más frío que nunca. Luego de caminar durante todo ese tiempo, se frenó detrás de un hombre que comenzó a temblar ligeramente. Quimera colocó sus manos sobre los hombros de aquel sujeto, con suavidad, pero luego apretando firmemente, como si quisiera evitar cualquier intento de fuga. – Mi querido Escarbato - Comentó con suavidad. - ¿Qué pasó con el último pedido?

El hombre habló con una voz que intentaba ocultar el terror que sentía por las noticias que debía comunicarle a Quimera, aunque sin lograrlo del todo.

- Fa-fa-fallamos e-e-en la-la ent-t-trega – Dijo Escarbato, con una voz que sonaba cada vez más aterrorizada a medida que las palabras salían lentamente de su boca. – Otra vez Potter nos interceptó. – Agregó rápidamente, antes que aquel tartamudeo lo invadiera de nuevo.

Quimera apretó los hombros de Escarbato con algo más de fuerza.

- Esta ya es la tercera vez que sucede. – Pronunció con suavidad – Creí haberte dicho que ya no toleraría más errores de tu parte.

- Lo… Lo sé – Respondió el joven. – Pero es que…

- No me interesan tus excusas muchacho. – Quimera cortó en seco las palabras de Escarbato. – Me preguntó si estos fallos se deben tanto a las habilidades de Potter o más bien a tu falta de habilidad. Me has decepcionado Escarbato, esperaba mucho más de ti.

- Pe-pe-pero Potter… - Intentó decir antes de ser interrumpido.

- ¡A la mierda con Potter! – Gritó Quimera, visiblemente encolerizado. - ¡Tu deber era evitar que ese cargamento cayera en sus manos! ¡ES LA TERCERA CARGA QUE PERDEMOS EN DOS MESES!

Escarbato no dejaba de temblar por el miedo. Finalmente se arrodilló a los pies de su jefe rogándole que lo perdone.

- Deme una oportunidad, por favor. ¡Se lo suplico! ¡No volveré a fallar!

Incluso a través de la máscara, podía notarse que Quimera lo observaba con asco.

- Levántate – Ordenó serenamente. Esperó a que el joven se levantara y volviera a ocupar su lugar en la silla. – Quiero que me prometas que no volverás a equivocarte. – Dijo, mientras colocaba su mano derecha en uno de los bolsillos de su túnica. – No volverás a cometer ningún error, ¿entendido?

- Sí señor – Dijo Escarbato, con la voz llena de alivio. – Le aseguro que ya no habrá más errores de mi parte.

- Estoy seguro de eso muchacho. – Respondió Quimera. – Me estoy asegurando ya mismo de eso.

Finalmente sacó su mano derecha de su bolsillo, pero esta vez con un cuchillo en su mano. Antes que Escarbato pudiera reaccionar, Quimera había inclinado hacia atrás la cabeza del joven utilizando su brazo izquierdo y colocó el filo del cuchillo en su garganta, pero sin ejercer presión todavía.

- ¿Saben algo? – Preguntó, dirigiéndose al resto del grupo. – Hay algo que envidio de aquellos estúpidos muggles. – Dijo, con algo de enojo, quizás por el hecho de sentir envidia de los muggles. - Es ese placer que logran sentir ellos cuando matan. Los magos nunca supimos verlo, los hechizos no sirven para que nuestras manos sientan como arrancamos la vida de otras personas.- Suspiró - En cambio, de esta manera – Deslizó el cuchillo por la garganta de Escarbato. – podemos sentir como somos nosotros quienes tomamos la vida de nuestro enemigo, como les robamos su alma, por así decirlo.

La sangre salía a chorros a través del gran tajo que había abierto en el cuello de su víctima. El joven inútilmente intentó contener la sangre con una de sus manos. Quimera lo dejó caer de su silla y lo miró fijamente a los ojos hasta que notó como estos se quedaban mirando al techo pero sin verlo. Cuando tuvo la certeza de que el joven había muerto, limpió su cuchillo en las ropas del cadáver y nuevamente lo guardó dentro de su túnica.

- Por eso envidio a los muggles. – Dijo, mientras se paseaba alrededor de la mesa nuevamente. – La sensación de poder que me invade cuando los mato de esta manera es verdaderamente adictiva. Uno puede casi volar de placer cuando vemos la vida abandonando a las víctimas. ¿No es así Esfinge?

- Ciertamente – Comentó el mencionado – Te diría que es algo cercano a un orgasmo – Dijo, con la voz llena de indecente placer y emoción ante la idea de matar.

- Esto – Dijo Quimera, señalando el cuerpo de Escarbato al pasar junto a él – es lo que les espera a quienes me fallen tanto como este idiota. Créanme – Añadió con algo de enojo contenido – que no pienso tolerar errores de nadie sin que paguen por ellos.

Finalmente alcanzó su silla y se sentó en ella, cruzando las piernas encima de la mesa.

- Hipogrifo, Salamandra, Banshee. – Dijo de repente, deteniendo su mirada a medida que nombraba a cada uno de los tres. – Ustedes se encargarán de la zona que acaba de quedar vacante. – Los tres asintieron la cabeza, en señal de conformidad. – Mantícora – Miró fijamente a otro de los presentes. – Te harás cargo de nuestros clientes de Manchester. No cometas los errores de Escarbato, o te juro que serás el próximo en conocer el filo de mi cuchillo.

- Por supuesto que no – Dijo atemorizado por la mirada que acababa de dedicarle Quimera. – Le prometo que no le fallaré.

- Eso espero. – Comentó Quimera. – Es todo por esta noche. – Anunció dirigiéndose a todo el grupo. – Pueden retirarse.

- ¿Qué hacemos con el cuerpo? – Preguntó Hipogrifo.

- ¿Acaso te importa este infeliz? – Replicó Esfinge, mirándolo con algo de desconfianza.

- No – Contestó serenamente – Pero no quiero que apeste el lugar. Y no quiero que tú destruyas la casa sólo porque no te gusta el olor.

Esfinge estalló en una sonora carcajada. – Tienes razón. Arroja el cuerpo al río. – Sin decir nada más, salió del cuarto junto con el resto del grupo. Hipogrifo se quedó solo en el lugar, junto al cadáver del joven.

- Lo lamento por ti muchacho, pero en este trabajo no hay lugar para el error. – Levantó su varita y apuntó al cuerpo. Éste se desvaneció para reaparecer flotando en el río. Luego salió de la habitación y giró sobre sí mismo para desaparecer de allí.

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En medio de la oscuridad de su habitación, Harry despertó transpirado y agitado, como si hubiera corrido durante horas. Sabía que había tenido una pesadilla, pero no lograba recordar cuál era su contenido.

- ¿Qué pasa Harry?

- Nada Alicia, sigue durmiendo – Respondió simulando tranquilidad. – Yo sólo… Tengo que ir al baño. – Al ver que su compañera volvía a dormir, terminó de levantarse de la cama y avanzó hacia el baño ya que no sentía ánimos de volver a acostarse.

Caminando lentamente para no chocar con nada en la oscuridad, llegó a la puerta del baño y, tanteando la pared con paciencia, encontró el interruptor de la luz, el cual accionó. Por un momento estuvo a punto de maldecir al quedar momentáneamente ciego producto de la lámpara que acababa de prender.

Se acercó al lavabo y se mojó la cara para despertarse un poco más. ¿Por qué demonios no le había dicho a Alicia que se volviera a su casa? Siempre que habían estado juntos, era para hablar un rato, divertirse bajo las sábanas y que cada quien durmiera en su propio departamento. Pero aquella vez el cansancio los venció a ambos y, antes que pudieran decir algo más, se quedaron dormidos. "Habíamos acordado que sólo se trata sexo y nada más" Se recordó a sí mismo, "¡sólo falta que piense que me estoy tomando esto en serio!".

Ese pensamiento inquietó un poco a Harry. Él no tenía pensado iniciar ninguna relación, y menos con Alicia. Ella era una mujer hermosa y seductora, eso era cierto, pero no tenían casi nada en común, excepto por la atracción física que sentían el uno por el otro.

Al recordar la cena que tuvieron el mismo día en que besó a Ginny, Harry se sentía algo inquieto. No porque no la hubiera pasado mal, de hecho habían terminado divirtiéndose durante un buen rato en la cama aquella misma noche. Pero tenía expectativas un poco más altas respecto a aquella joven que era tan inteligente y bella.

Al descubrir que no le interesaba el quidditch en lo más mínimo, Harry casi se cae de la silla en medio de aquel restaurant. Aquello había sido tan solo el comienzo de las diferencias entre ellos. Sin embargo se trataba de una mujer divertida a su manera, y definitivamente sabía moverse bastante bien bajo las sábanas… "Y en el piso, en el sofá, sobre la mesa…" pensó con descaro mientras seguía echándose agua en el rostro.

Ya había pasado poco menos de un mes desde aquella cena y Harry se sentía cómodo con aquella situación: una mujer hermosa con la cual divertirse sin la necesidad de estar inmerso en ningún compromiso emocional, simplemente juntarse de vez en cuando para pasarla bien y luego que cada quien volviera a su casa.

Al salir del baño miró su reloj y vio que se aproximaba la hora de prepararse para ir al Ministerio. Decidió despertar a Alicia y pedirle que se fuera cuanto antes, no tenía ganas de desayunar con ella y soportar alguna charla que no llevaría a ningún lugar.

- Alicia, despierta. – Dijo, cerca de su amante, zarandeándola suavemente para que abriera los ojos.

- ¿Eh? – Dijo, más dormida que despierta. - ¿Qué pasó Harry?

- Ya es tarde Alicia, debes ir a tu casa, no tengo ropa para ti en este lugar – Dijo sonriendo un poco. – No creo que mis camisas sean ideales para ti, al menos no en el Ministerio.

Alicia observó su propio reloj y se dio cuenta que verdaderamente Harry tenía razón.

- ¡Demonios! ¡Es cierto!

Inmediatamente se levantó y comenzó a recoger su ropa apresuradamente. Harry hizo un esfuerzo por no reírse ante la desesperación de la joven por encontrar su ropa (la cual había dejado tirada por cualquier lado mientras se dirigían a la cama).

Una vez que se encontró en condiciones de desaparecer hacia su casa, se dirigió a la puerta, pero a mitad de camino se frenó y dio media vuelta.

- ¿Te olvidas de algo? – Preguntó Harry acercándose a ella.

- A decir verdad sí – Respondió. E inmediatamente y antes de que Harry pudiera reaccionar, lo besó de una manera increíble.

Harry se quedó ligeramente sorprendido, pero a pesar de eso se dejó llevar por aquellos labios y aquella lengua que jugaba y luchaba con la suya dentro de su boca. Los besos de Alicia verdaderamente eran muy buenos. Sin embargo, no era la calidad de los besos de su amante lo que lo había sorprendido, sino que ese pequeño juego de "olvidarse" de algo para volver y luego besarlo era algo que solía hacer Ginny durante su relación.

- Ahora sí, ya estoy lista para irme. – Comentó sonriente la joven.

- Nos veremos luego. – Respondió Harry, tratando de sonreír a pesar de los recuerdos que acababan de aparecer inesperadamente en su cabeza. – Y recuerda…

- Sí, ya lo sé – Alicia lo interrumpió sonriente. – Que actuemos con normalidad. Nadie sabe lo nuestro, no te preocupes. – Dijo tranquilamente – Lo que menos necesito es un enjambre de idiotas persiguiéndome a cada paso sólo para saber cómo eres en la cama.

- Y yo menos – Agregó Harry – No es que lo pase mal contigo, pero no quiero que se metan en mi vida privada.

- Te entiendo, a mí tampoco me interesa esa idea.

- Por cierto – Dijo Harry algo inquieto – No lo tomes a mal pero…

- ¿Pero qué? – Preguntó Alicia algo apurada.

- Intentemos seguir respetando las reglas que acordamos hace poco – Respondió Harry algo incómodo – Es decir, que cada quien duerma en su casa.

- ¿Te molesta que me haya quedado? – Inquirió algo dolida.

- No es eso, es que… - Harry se encontraba dubitativo, tratando de encontrar las palabras justas. – No es que sea algo personal o en contra tuyo, simplemente hay momentos en los que necesito estar solo, más que nada cuando duermo.

- Está bien – Replicó Alicia con tranquilidad – Te entiendo.

- ¿Estás enojada? – Preguntó rápidamente.

- No. – Respondió - En serio Harry, no estoy enojada – Agregó ante la mirada de Harry – No te compliques la vida, entiendo lo que quieres decir. Yo tampoco quería quedarme aquí esta noche. Pero – una sonrisa se dibujó en su rostro – anoche terminé destruida, ya no tenía fuerzas para moverme por tu culpa. – Dijo con tono acusador, aunque guiñándole un ojo al mismo tiempo.

- Bueno, a decir verdad yo tampoco podía moverme demasiado – Comentó Harry, tratando de no mostrarse muy orgulloso al recibir un cumplido por su actuación de anoche. – Y eso fue por tu culpa – Añadió, devolviéndole el guiño y provocando que Alicia se ruborizara ligeramente.

- Ahora que hemos aclarado eso, creo que ya es hora de irme. – Alicia se acercó a la puerta de entrada. – Nos veremos en el Ministerio – Y dedicándole una última sonrisa giró sobre sí misma y desapareció del lugar.

Harry se quedó parado durante unos momentos y luego decidió sentarse en su sillón preferido del living. Recordando que tenía poco tiempo para salir al Ministerio se apresuró a levantarse y buscar algo de ropa en su armario. Mientras salía a toda velocidad a su cuarto llamó a su elfo en voz alta.

- ¡Kreacher! – Exclamó. Inmediatamente se oyó un estampido y su viejo elfo doméstico apareció en el departamento.

- ¿El amo Harry me ha llamado? – Preguntó Kreacher mientras se inclinaba hacia adelante levemente.

- Así es. – Respondió mientras lanzaba algunas prendas sobre la cama. – Desayuno. Nada complicado, tengo poco tiempo pero quiero comer algo sencillo antes de irme. – Dijo a toda velocidad mientras se dirigía al baño para lavarse. – ¡Y que sea pronto por favor! – Agregó mientras abría las llaves de la ducha.

Una vez más el agua cayendo sobre su cuerpo sirvió de catalizador para que su cerebro se ponga en acción. "Maldita sea Ginny, ¿ni siquiera puede ser que otra mujer me bese sin que me recuerde a ti?". Frustrado, golpeó la pared del baño mientras su mente seguía a toda marcha "Demonios Alicia, ¿por qué tenía que ser ese beso? ¿Por qué así?". Los pensamientos de Harry iban y venían de una a otra joven sin llegar a una conclusión, simplemente sumando cada vez más incertidumbre y confusión a su cabeza.

Al ver que la ducha no surtía el efecto deseado, finalmente salió, se secó rápidamente y de inmediato fue a su habitación para vestirse, tratando de evitar que su mente continuara pensando en Ginny, aunque sin mucho éxito. Pasando por la cocina se sirvió parte del desayuno que Kreacher le había preparado, el cual ocupaba la mitad de la mesa de la cocina. "Kreacher, dije que sea algo rápido… Tendría que llamar a Ron para que se ocupe del resto" Pensó, mientras se reía imaginando a su amigo frente a aquel espléndido desayuno.

Al final se aseguró de que todo estuviera en orden dentro del departamento, le indicó a Kreacher que se encargara de las sobras del desayuno y se aproximó a la puerta de su departamento.

Antes de desaparecer, un fugaz pensamiento surcó su mente: que quizás Ginny se encontraba haciendo con algún otro hombre lo mismo que él hacía con Alicia. Harry lo había pensado varias veces durante los últimos días, aunque nunca se lo había planteado de manera concreta. La verdad era que Ginny también tenía el camino despejado. "¿Y entonces por qué diablos permitió que la besara? Al parecer nada tiene mucho sentido últimamente" Pensó algo desanimado. Tratando de quitar de su cabeza las imágenes en las que descubría a su ex novia con otro hombre, giró sobre sí mismo, concentrándose en su destino: Ministerio de la Magia.

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- Esto es una porquería. – Exclamó, poniéndose de pie. - Ya estoy harto de recibir dos gotas de información cada vez que nos reunimos. ¿Cuándo voy a conocer a los agentes encubiertos? – Preguntó, golpeando el escritorio con su puño derecho.

Harry se hallaba nuevamente en el despacho de Kingsley. Una nueva reunión con el misterioso hombre había pasado y una vez más Harry se quedaba con las manos vacías cuando intentaba averiguar algo más que lo poco que le decían.

- Ya te dije que no es conveniente – Repitió Kingsley por enésima vez. – Y ya te dije que sólo sabrás lo que sea necesario. Tú no necesitas conocer las identidades de nuestros agentes para hacer tu trabajo. Ellos cumplen con su parte, nos dan la información que obtienen y te la pasamos a ti. Tú cumple con tu parte y sigue evitando que distribuyan las pociones.

- Lo poco que puedo atrapar. – Dijo con resentimiento – Hay mucho más que se nos escapa de las manos. Tú mismo me has dicho que siempre llegan nuevas víctimas a San Mungo.

- Sí, es cierto. – Admitió – Pero necesitas mantener la calma. Todo se solucionará cuando los atrapemos, pero necesitamos tiempo.

- Si ya sabemos quienes dan las órdenes, ¿por qué demonios no los atrapamos a todos de una vez por todas?

-Ya sabemos quienes comunican las órdenes - puntualizó Kingsley - pero todavía no sabemos quién es el jefe que envía las órdenes. – Añadió, con un matiz de irritación en su voz. – Sólo podemos esperar. Sigue presionando.

- Está bien. – Dijo Harry levantándose del asiento. – Pero ya me estoy cansando de esto. Dijiste que iba a recibir más información y tú y aquel idiota sólo dicen cada vez menos.

- Ten algo más de respeto por nuestros agentes, Harry – Exclamó algo enojado. – No te daremos toda la información que tú querrías, pero él se está jugando la vida en esto. No te lo tomes tan a la ligera.

- No es que me lo tome a la ligera – Respondió, intentando tranquilizarte mientras volvía a ocupar su lugar – Pero quiero avanzar algo más en esta situación. Estamos perdiendo el tiempo, necesitamos actuar. A este paso empezarán a vender sus pociones fuera del país mientras nosotros nos conformamos con reunirnos en tu oficina. – Concluyó sin poder ocultar del todo su sensación de impotencia.

- Si quieres información, tendrás que buscar por tu cuenta. – Anunció Kingsley – Yo no puedo darte más que esto. Lo lamento Harry, es todo lo que puedo hacer. – Señaló la puerta de su despacho, como hacía siempre para indicarle que la reunión ya había terminado. – Después hablaremos.

- Entonces tendré que hacer algo de investigación. – Dijo Harry, mientras se acercaba a la puerta. – Después te diré si logré averiguar algo interesante. – Concluyó, saliendo del despacho.

Harry trataba de contener su furia y su impotencia mientras caminaba por los pasillos del Ministerio en dirección a su propia oficina. Era increíble que después de todo lo que había pasado todavía siguiera sin recibir más información acerca de aquel grupo de traficantes. "¿Cómo demonios quieren que esto pare si no hacemos nada para evitarlo?" Pensó con amargura.

Finalmente pasó por la puerta de la oficina de su secretaria e ingresó a su despacho antes que ella pudiera decirle ni una palabra. Luego de cerrar la puerta y dejarse caer en el sillón delante de su escritorio, se dijo a sí mismo que debía hacerle caso a Kingsley. "No puede ser que me quede aquí como un idiota. Necesito salir de este lugar si quiero obtener algo que me sirva". Tomando una decisión repentina, se levantó nuevamente del sillón y salió deprisa de su despacho.

- ¿Pasa algo Harry? – Preguntó su secretaria, sorprendida de nuevamente tan sólo unos segundos después.

- Sí, salgo. – Dijo Harry lacónico. – Si alguien pregunta, tú no sabes dónde estoy. ¿De acuerdo?

- ¿Adónde vas? – Inquirió, aún más sorprendida por el anuncio de Harry.

- No te lo voy a decir. –Respondió, algo cortante.

- Bueno, al menos no voy a mentir cuando diga que no tengo idea dónde estás. – Comentó Sara, resoplando de impaciencia.

- Así me gusta – Replicó Harry mientras le dedicaba una sonrisa que logró apaciguarla. – Nos veremos en un rato. – Sin agregar nada más, se apresuró a caminar por los pasillos mientras sujetaba su varita dentro de su bolsillo.

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Ginny se encontraba acomodando unas cosas en los estantes del negocio. Luego de poco tiempo de trabajo, había progresado mucho y ahora se manejaba con mucha presteza por entre las numerosas mesas, vitrinas y estantes que ocupaban el local.

- ¡Ginny! – Un grito se oyó proveniente de la oficina situada en el fondo de aquel comercio.

- ¡Ya voy Mike! – Respondió la pelirroja, gritando de la misma manera.

Ginny se encontraba muy agradecida con Mike Adams por haberle ofrecido aquel empleo como ayudante en su negocio. Se trataba de un puesto sencillo, en el cual tenía que encargarse de mantener todo en orden, atender a los clientes que llegaban al local y ayudarlos en lo que necesitaran. Quizás no parecía muy emocionante trabajar en un negocio de antigüedades sobre el Callejón Diagon, pero a veces venían personas tratando de vender objetos verdaderamente muy interesantes.

Lamentablemente, no se trataba de un negocio que tuviera muchos clientes ya que estaba demasiado cercano al Callejón Knocturn. Aunque no siempre eso significaba algo negativo, debido a que por suerte podía disfrutar de algunos momentos de tranquilidad. Incluso a veces podía llegar a decirse que era provechoso que estuviera cercano a aquel lugar, porque algunos clientes se acercaban con objetos que nunca aparecerían en pleno Callejón Diagon. Eso les permitía hacer buenos negocios, gracias a que esos clientes generalmente trataban de irse inmediatamente del lugar para no levantar sospechas, y aceptaban cualquier precio con tal de venderlo.

En esos momentos, mientras terminaba de apilar algunos libros bastante antiguos sobre una estantería situada en la pared detrás del mostrador principal, la campanilla de la puerta sonó fuertemente.

Un hombre que aparentaba unos treinta años acababa de ingresar al local. Se trataba de una persona de cabello castaño rizado, de ojos marrones y contextura algo atlética. Una tupida barba ocultaba gran parte de su rostro, pero no alcanzaba a disimular del todo una cicatriz que asomaba sobre la mejilla derecha.

- Buenas tardes. – Saludó amablemente Ginny.

- Muy buenas tardes señorita. – Respondió el hombre con cortesía. Su voz era gruesa y sonaba algo rara, como si se hubiera recuperado de una fuerte gripe. – Yo diría que ahora que la veo a usted son incluso mejores. – Añadió, con una sonrisa en su rostro. - ¿Es usted nueva aquí? Debe ser la primera vez que entro a este negocio y me encuentro con una joven tan bella como usted.

- Muchas gracias – Dijo Ginny, quien por alguna razón se hallaba bastante halagada por el cumplido que le dedicó aquella persona. Ella estaba acostumbrada a las fogosas miradas y los comentarios desubicados de los jóvenes de su edad, y quizás el hecho de que alguien se dirigiera a ella de una manera tan cortés, y sin embargo halagadora, ayudaba a que se encontrara mejor predispuesta a atenderlo. – No se equivoca, empecé a trabajar hace poco.

- Debo admitir que mi amigo Mike tiene una gran capacidad para seleccionar su personal entonces. – Comentó el hombre. – Tendré que decírselo en cuanto lo vea. ¿Se encuentra aquí?

- Sí, ahora está algo ocupado, pero en cualquier momento vendrá aquí.

- Perfecto. Quizás pueda mostrarme algunas novedades mientras esperamos a Mike, ¿qué opina?

- Me parece una idea estupenda – Dijo Ginny, pensando que con algo de suerte podría hacer una buena venta antes que Mike apareciera. – Acompáñeme – Le indicó un pasillo entre las mesas y vitrinas para mostrarle algunos objetos.

Aquel cliente se desplazaba por el local con la misma facilidad que Ginny, lo cual hizo que la joven advirtiera que esa persona conocía el lugar. Al parecer se trataba de un cliente habitual.

A medida que iba enseñando los diversos objetos, pudo darse cuenta que aquella persona sabía bastante acerca de la mercaderías que se encontraban en ese negocio. "¿Quién diablos es este tipo?" Se preguntó varias veces mientras seguía atendiéndolo.

– Discúlpeme si me encuentro confundido – Dijo de repente el hombre, luego de haber analizado durante unos minutos un extraño libro sobre criaturas legendarias - pero usted me hace acordar mucho a quien fuera la novia de Harry Potter. ¿Es usted familiar de ella?

- De hecho soy ella. – Respondió Ginny, sin poder ocultar del todo la amargura en su voz.

- Veo que no le interesa mucho que le recuerden eso. – Comentó el hombre.

- A veces creo que es parte de un pasado que quisiera olvidar. – Dijo la joven, la cual no pudo evitar expresar sus pensamientos en voz alta. Por alguna extraña razón, se sentía muy cómoda hablando con aquel extraño a pesar de que lo había conocido hace unos minutos. Quizás fuera la necesidad de hablar con alguien acerca de los pensamientos que venían surcando su mente desde aquel beso que Harry le robó en el Ministerio.

- ¿Y eso a qué se debe? – Preguntó el hombre, algo sorprendido por la respuesta de Ginny.

- No lo sé, supongo que son muchas cosas por las que pasé y que necesito olvidar. - Dijo, luego de unos segundos de reflexión.

- ¿Algo relacionado con lo que pasó hace un año? – Aventuró el personaje.

- Quizás – Respondió, lacónica. "¡Demonios que este hombre es perspicaz!" – Por cierto, creo no haber oído su nombre. – Agregó, tratando de desviar la conversación hacia cualquier otro lado.

- Mil disculpas. – Dijo el hombre. – Pero es que no se lo había dicho aún. Eric Freeman es mi nombre. – Extendió su mano para estrechar la de Ginny.

- Un placer. – Ginny estrechó la mano de aquel hombre. Por alguna razón, sentir el contacto con aquella piel le causó una extraña sensación, como si no fuera la primera vez que hablara con ese sujeto.

- El placer es todo mío sin dudas. – Exclamó, dedicándole una nueva sonrisa. – Asique quiere olvidar su pasado con Harry Potter. – Comentó, retomando la conversación previa.- Un personaje fantástico, si me lo permite. Debe haber sido increíble compartir tanto tiempo con él.

- Sí, lo fue en su momento. – Replicó Ginny, algo angustiada por la catarata de recuerdos que aparecieron en su mente luego de escuchar las palabras de Eric.

- Qué lástima oír tanta tristeza por parte de una joven tan bella como usted. – Dijo, al ver el rostro de Ginny. – Debería sonreír más a menudo.

- Para lograrlo primero yo debería ser feliz, ¿no lo cree? – Preguntó, mientras intentaba no pensar en Harry. Aunque a cada segundo parecía más obvio que se trataba de algo imposible.

- ¿Eso quiere decir que no es feliz? – Inquirió Eric, algo preocupado por Ginny.

- Eso quiere decir que antes sí era feliz. – Respondió, con la amargura plasmada en su voz. – Y ahora no es tan fácil serlo, pero hay momentos en que lo logro. – Agregó, tratando de que una sonrisa apareciera en su rostro.

- Veo que todavía siente cosas por el señor Potter. – Comentó. Ginny no respondió, pero el hombre supo interpretar correctamente su silencio – No sería tan extraño, puesto que el señor Potter todavía siente cosas por usted. – Añadió, como si intentara levantar el ánimo de la joven.

- ¿Y usted cómo sabe eso? – Preguntó, sorprendida por lo que acababa de oír. – ¿Usted conoce a Harry Potter?

- ¿Cómo no voy a conocerlo? – Replicó el hombre. - ¡Todo el mundo mágico lo conoce!

- Sí, lo sé – Exclamó Ginny, algo impaciente – Me refería a si conoce a Harry personalmente, si ha hablado con él.

- Ah, eso… Bueno, digamos que nos hemos visto las caras varias veces con Harry. – Respondió, con una enigmática sonrisa. Ginny notó que Eric ahora había llamado a Harry por su nombre. – Y puedo decirle que se nota que él todavía siente cosas muy intensas por usted, se lo puedo asegurar.

Ginny se sentía a punto de soltar el torrente de amargos pensamientos que invadía su mente y decirle a aquel extraño que ya no podía soportar el peso que sentía dentro. Que a veces quería que Harry nunca hubiera existido tan sólo para que los recuerdos dejaran de aparecer a cada rato y pudiera vivir su vida en paz.

- ¿Todavía lo ama? – Preguntó, al ver que la joven aún seguía sumida en sus pensamientos.

- Yo… - Ginny no sabía si animarse a responder aquella pregunta. Decir en voz alta que todavía amaba a Harry significaba aceptar que seguía atada a él, a su pasado. No quería decirlo, no quería aceptar que dependía tanto de él incluso estando consciente del dolor que generó en su vida. – La verdad es que sí. – "La puta que me parió… ¿Por qué abrí la boca?"

- ¿Pero qué? – Eric estaba sorprendido por la sinceridad de la joven.

- Es cierto que todavía lo amo. – Respondió finalmente. Al mirar el suelo mientras expresaba esa frase en voz alta, no alcanzó a observar una fugaz reacción en el rostro del hombre al oír las palabras de Ginny. - Pero también lo odio. Hay cosas que no puedo perdonar aún, y mucho menos olvidar. He sufrido mucho por su culpa, y eso no es algo que pueda pasar por alto.

- Lo entiendo perfectamente – Dijo el hombre, acercándose a Ginny un poco.

- No, usted no puede entenderlo. – Replicó Ginny de manera cortante, algo enojada. – Usted jamás tuvo que pasar por lo que yo pasé.

- Quizás se equivoque señorita. – Comentó Eric, mirando fijamente a la pelirroja.

- ¿Y usted cómo demonios lo sabe? – Ginny estaba exaltada, ¿qué podía saber aquel infeliz acerca de lo que pasó en su vida, acerca de su sufrimiento? Estaba a punto de soltar una catarata de insultos sobre aquel hombre cuando una fuerte voz sonó detrás de ella.

- ¡Ginny, te llamé hace un buen rato! – Mike había aparecido finalmente detrás de Eric, con aspecto algo malhumorado y una gran pila de papeles amontonados en sus manos. - ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué no me dijiste que vino un cliente? Necesito que me ayudes con esto.

- Disculpa Mike, pero quise atenderlo yo misma. – Respondió Ginny, agradecida de que Mike hubiera aparecido en aquel momento para evitar que cometiera una tontería al seguir hablando de sus sentimientos con aquel extraño. El encuentro con ese hombre había provocado que se olvide de que Mike lo había llamado.

- Perdónala Mike, yo insistí en que me mostrara los nuevos objetos. – Dijo Eric, volteándose para quedar de cara al jefe de Ginny.

Al ver el rostro de Eric, la seria expresión de Mike cambió rápidamente, formando una sonrisa en su rostro.

- ¡Harry! – Dijo, alegremente – ¿Cómo has estado?

- ¿Harry? – Ginny no entendía lo que estaba pasando. – Este hombre se llama Eric.

- ¿Eric? – Preguntó Mike mientras reía - ¿Ese es tu nombre ahora? – Dijo, mirando al otro joven. – Demonios, quítate ese ridículo disfraz y da la cara.

El joven extrajo su varita mágica de uno de sus bolsillos y la agitó delante de su rostro. La barba se contrajo y la cicatriz de la mejilla desapareció. El cabello se volvió negro y los ojos cambiaron su color a un verde intenso. Una cicatriz con forma de rayo apareció en la frente del joven. Era Harry Potter en persona, sonriendo ante el desconcierto total de Ginny.

- Hola Ginny. ¿Cómo estás?


No me digan que no les gustó el final! Me imagino la carita de Ginny al ver a Harry. Se debe haber querido matar ahí mismo... O quizás matarlo a él! jajajajajajaja

En el próximo capítulo vamos a ver cómo reacciona la pelirroja y si pasa algo interesante o no. Sólo les pido que tengan paciencia, y más que nada que sigan dejando reviews. Mientras más dejen, más rápido actualizaré!

Hasta la próxima!

Albus Severus