Hola a todos nuevamente! Esta vez decidí subir el capítulo un poco antes de lo planeado. Estaba pensando en revisarlo un poco, pero creo que ya está en condiciones de ser leído.
La verdad que son hijos del rigor! Si me pongo a presionar un poco me llueven reviews, ahora que aflojo se borran todos y nadie escribe. Si serán jodidos! jajajajajaja
Bueno, ahora verán si sus hipótesis eran las correctas luego de leer la primera parte. Por cierto, son 23 páginas de Word, definitivamente me fui al diablo! En total son casi 40 paginas, o sea que estuve destrozando el teclado como un loco.
Espero que disfruten la lectura y varias de sus dudas hayan sido aclaradas (por más que falta mucho por aclarar).
Para quienes se pregunten qué tiene que ver el título con la historia, más abajo les voy a dejar un par de comentarios para que lo entiendan mejor.
Nos vemos en un rato.
Capítulo 9
Mayo de 2002
Segunda Parte – The great gig in the sky
Harry se quedó suspendido en el aire sobre su escoba, al igual que todos los demás jugadores. Ninguno de ellos podía asimilar lo que veían, lo que estaba sucediendo en ese preciso instante. La tribuna se caía a pedazos, y podían ver también como los cuerpos caían al suelo, podían oír los gritos de desesperación provenientes de todos los rincones del campo de juego, cómo el terror cubría a la multitud como una gigantesca ola que arrasaba con todo, sin dejar nada más que miedo y pánico.
Instintivamente Harry acercó su mano a la túnica con la intención de tomar su varita, pero luego recordó que la había dejado en poder de Hermione. Mientras tanto, varios magos del Ministerio se dirigían al campo de juego para hacer frente al grupo de encapuchados. Al ver a los magos, los desconocidos apuntaron sus varitas y de inmediato varios haces de luz salieron despedidos contra la gente del Ministerio.
La desesperación de Harry crecía al notar que varios de esos haces de luz podían tratarse de maleficios asesinos. "¿Acaso son Mortífagos?". No podía hilar sus pensamientos, parecía hallarse preso de la impresión, del horror.
- ¡Harry! – Gritó Ron, sacándolo de su estado de letargo. - ¡Tenemos que hacer algo!
- ¡Ve y busca a Hermione! – Le ordenó. – ¡Consigue las varitas! – Giró su cabeza hacia el resto del equipo. - ¡Vayan por lo demás, organicen las defensas! ¡Que Corell y Smith se ocupen del grupo que cuida a la multitud! ¡El resto vayan a combatir!
El miedo aumentó considerablemente cuando los encapuchados recorrían el campo de juego lanzando maleficios contra todo lo que tuvieran delante, incluyendo a los propios jugadores, que se dispersaron al instante.
- ¿Qué demonios está pasando Harry? – Wood se acercaba a toda velocidad, todavía montado en su escoba.
- ¡Vete de aquí! – Le ordenó. - ¡Esto es muy peligroso! ¡Llévate al resto del equipo contigo!
- De ninguna manera, ¡quiero ayudar! – Dijo con la mirada llena de determinación.
- ¡Maldita sea, Oliver! ¡No tengo tiempo para discutir! – Harry lo miraba enojado, aunque por dentro sentía miedo; no quería ser responsable por la muerte de gente inocente.
- ¡Entonces dime cómo diablos puedo ayudar y te dejaré en paz! – Gritó Wood, igualmente de enojado.
- ¡Ve y únete al resto para proteger al público! – No podía perder más tiempo, Harry necesitaba buscar al resto de los Aurors presentes y coordinarlos para capturar a los encapuchados.
Tras la discusión con Wood, Harry se lanzó a toda velocidad en busca de sus compañeros para dirigirlos y repartir órdenes. "Necesito una varita…" Pensaba mientras recorría la marea de gente en busca de Hermione, tratando de alejar de su mente los miedos respecto a Ginny.
Cinco minutos más tarde, y luego de cruzarse con todos aquellos que podrían prestar ayuda, seguía sin encontrar a Ron, Hermione o Ginny. Supuso que se encontraban peleando contra aquellos que habían provocado semejante masacre, aunque eso no lo ayudó a tranquilizarse.
- ¡La puta madre! ¡Necesito una varita! – Gritó, lleno de impotencia y desesperación.
De repente una idea apareció súbitamente dentro de su cabeza. Pero se trataba de una medida extrema. Se quedó unos segundos en el aire, ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor, mientras buscaba una opción a la decisión que estaba a punto de tomar. No quería hacer lo que su mente le decía que era la única salida, pero todo parecía indicar que su cerebro tenía razón.
Los segundos parecían eternos para Harry. Vio varios haces de luz chocando entre sí veinte metros por debajo de su escoba, cuerpos cayendo de uno y de otro bando, gente corriendo para refugiarse, niños llorando… No había más tiempo para dudar.
Rogando para que su decisión fuera la correcta, enfiló su escoba hacia la orilla del lago y voló lo más rápido que pudo.
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Ron volaba por encima de la multitud, acompañado por Ginny, en busca de Hermione, aunque sin mucho éxito. La desesperación iba en aumento por dentro suyo mientras intentaba reconocer aquella melena castaña en medio de la gente que huía en todas direcciones.
Finalmente, cuando parecía del todo imposible, ocurrió el milagro. Hermione se hallaba fuera del estadio, peleando contra uno de los encapuchados para proteger a un niño que lloraba muerto de miedo detrás de ella. A pesar de la falta de práctica que tenía la joven, peleaba de igual a igual contra el encapuchado, bloqueando todos los maleficios que le lanzaba, aunque sin poder contraatacar.
- ¡No! – Gritó Ron, aterrorizado por la escena que estaba contemplando. - ¡Vamos! – Dijo, alentando a su escoba y pegándose al palo para ganar mayor velocidad.
De repente, el encapuchado logró golpear a Hermione con uno de sus hechizos, haciendo que la joven volara tres metros hacia atrás por la fuerza del impacto. La varita quedó fuera del alcance de la joven, se hallaba indefensa ante el invasor que se aproximaba lentamente, como queriendo disfrutar al máximo de aquel momento. Al final quedó delante de Hermione y apuntó su varita directo al pecho.
- ¡Hermione! ¡No! – Ron se hallaba completamente loco de desesperación. Todavía se hallaba fuera del alcance de su novia y no tenía una varita con la cual atacar al invasor.
- Has peleado bien, pequeña. – El desconocido estaba delante de Hermione y mantenía su varita apuntándole directamente al pecho de la joven. – Pero se te acabó la suerte, ya es hora de…
El hombre no pudo completar la frase, ya que Ron lo había embestido a toda velocidad con su escoba, evitando el ataque y cayendo bruscamente al suelo luego de tan terrible golpe. Intentó incorporarse luego de unos segundos, pero un insoportable dolor en el hombro izquierdo lo mantuvo en el suelo.
- ¡Ron! – Hermione había llegado a su lado, con lágrimas en los ojos, producto del miedo y de la impresión. - ¿Estás bien?
- ¿Tú estás bien? – Preguntó el joven.
- Sí, sí. – Respondió su novia. – Sólo muy asustada.
- Si tú estás bien, entonces yo también lo estoy. – Dijo, tratando de sonreír aliviado, aunque el esfuerzo le costó una nueva oleada de dolor. – Diablos, eso dolió más de lo que esperaba. – Soltó una carcajada que luego lamentó al sentir como si le hubieran dado hachazo en el hombro.
- ¿Qué te pasó? – Ginny acababa de llegar al lado de su hermano. - ¿Qué tienes en el hombro? ¿Te duele? – Lo tocó lentamente.
- ¡La reputa madre Ginny! – Gritó Ron al sentir la mano de la joven. – Y encima es mi madre también, no puedo insultarte tranquilo al parecer. – Sonrío nuevamente a pesar del dolor. – Si me llegas a tocar nuevamente el hombro te juro que te mato. – Agregó seriamente.
- Tranquilízate. – Dijo la pelirroja. – Sólo te dislocaste el hombro. Tienes suerte, podría haber sido mucho peor. – Se volteó para ver a su amiga. – Herms, danos nuestras varitas.
- ¿Qué? – Hermione seguía con la vista clavada en Ron.
- ¡Las varitas Hermione! – Chasqueó los dedos delante de ella. - ¡Reacciona! ¡Dame las varitas!
- Sí, lo siento. – La joven finalmente recuperó algo de aplomo y abrió su pequeña cartera. Segundos después sacó dos varitas y se las entregó a Ginny en la mano.
La bruja tomó su propia varita y apuntó al hombro de su hermano.
- ¡Espera! – Dijo Ron. – ¿Qué vas a hacer? – Se lo notaba algo atemorizado cuando vio que Ginny estaba a punto de hacerle un hechizo.
- No seas tan miedoso. – Lo reprendió. – ¡Habrase visto a un Auror asustado porque su hermana quiere curarle el hombro! – Una sonrisa asomó brevemente en su rostro.
- No te digo nada porque Hermione se encuentra aquí y se espantaría. – Respondió Ron, mirándola enojado. – Haz ya el maldito hechizo y cierra la boca.
- De acuerdo. – Ginny se veía risueña a pesar de la gravedad de la situación. – Quédate quieto. – Apuntó su varita al hombro de su hermano y se produjo un fuerte destello rojizo.
- ¡Con un demonio! – Ron trató de contenerse para no lanzar más insultos al aire mientras se revolcaba de dolor por unos segundos - ¿Por qué no me avisaste que dolería tanto? – Preguntó, incorporándose.
- Porque no me habrías dejado hacerlo. – Respondió llanamente. – Ahora quédate aquí, te acabo de acomodar el hombro, pero no intentes moverlo porque verás las estrellas. – Miró a su amiga. – Tú también quédate aquí con él y cuídalo.
- ¡No! – Hermione se puso de pie inmediatamente. - ¿Adónde crees que vas? ¡Te ayudaré!
- No Hermione, necesito que cuides a Ron, por favor. – Ginny colocó una mano en el hombro de su amiga. – Si quieren vayan a ayudar a proteger al resto del público, pero ustedes no están en condiciones de ayudar a nadie más, ya hicieron mucho por hoy.
- Está bien, Ginny. – La joven estaba completamente sorprendida por el tono de voz de la pelirroja. No era para nada igual al que solía oír, sino que era serio, mucho más maduro de lo que jamás la había escuchado hablar. De repente comprendió que ella no iba a aceptar otra respuesta de su parte. – Ve y ayuda a los demás. Nosotros iremos con el resto del público.
Mientras la joven salía corriendo a toda velocidad hacia donde continuaba la parte principal de la batalla, cerca de la puerta principal de Hogwarts, Hermione y Ron observaban de pie cómo se perdía de vista en dirección al castillo.
- ¿Quiénes son estos malditos? – Preguntó Ron señalando al encapuchado que se hallaba golpeado y tirado en el suelo, inconsciente.
- No tengo idea. – Respondió su novia. – Pero creo que lo vamos a saber ya mismo.
Se acercaron lentamente al personaje y Hermione levantó la varita que se hallaba en el suelo, perteneciente al encapuchado. Usando su propia varita, hizo aparecer unas cuerdas que se enroscaron fuertemente alrededor del desconocido. Una vez que estuvo segura que no podía moverse ni un milímetro, la joven se acercó y le quitó la capucha.
Una máscara con forma de calavera se hallaba debajo. Impaciente, Hermione removió aquel objeto y se encontró de cara a un hombre que había visto hace tiempo.
- ¿Este no es Macnair? – Ron parecía no entender nada.
- Sí… ¿Eso quiere decir que son Mortífagos? – Hermione parecía aún más asustada de lo que estaba hasta aquel momento.
- Ahora sí que se complicó todo. – Lamentó el joven. – Espero que los demás estén bien. ¿Dónde está Harry? – Preguntó de repente, recordando a su amigo.
- No lo sé, Ron. – Respondió. – Pero la que me preocupa es Ginny, ¿cómo se le ocurre ir a pelear estando embarazada? ¡Se volvió loca! – Exclamó sin pensar.
- ¿Embarazada? – Ron se había quedado con la boca abierta.
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Harry volaba a toda velocidad rumbo al lago, todavía planteándose si lo que estaba a punto de hacer era lo correcto.
- ¡Es que no tengo opción! – Gritó al aire, en un intento de aliviar un poco la presión de su consciencia.
Finalmente llegó a su destino. El gran sepulcro blanco seguía intacto, sin haber sido afectado por los años que pasaron desde la última vez que Harry estuvo en Hogwarts. Un sinfín de emociones atravesó su corazón mientras juntaba fuerzas para hacer lo que había ido a hacer. Pero era momento de pasar a la acción, no de seguir dudando. Muchas vidas dependían de su prisa.
- ¡Kreacher! – Gritó en medio de aquella soledad.
Inmediatamente apareció su elfo doméstico, llevando el mismo repasador blanco de siempre.
- ¿El amo Harry me ha llamado? – Preguntó, inclinándose ante el joven.
- No hay tiempo, por favor necesito que rompas el sepulcro. – Pidió sin más preámbulos.
- ¿El amo Harry desea que destruya la tumba de Dumbledore?
- Kreacher, no tengo tiempo. – Harry estaba desesperado. – ¡Hazlo ya mismo!
- Como el amo desee. – Respondió Kreacher, volviendo a inclinarse. Acto seguido, se incorporó y se aproximó al sepulcro blanco. Levantó sus manos y, luego de un destello enceguecedor, Harry pudo observar que el sepulcro había sido reducido a escombros.
- Bien hecho, Kreacher. – El elfo se inclinó agradecido. – Ahora corta la mortaja.
Kreacher volvió a levantar sus manos y la tela que envolvía el cadáver de Albus Dumbledore se cortó por la mitad.
Allí se encontraba el anciano director, todavía con los anteojos con forma de medialuna colocados sobre su torcida nariz, con el cuerpo prácticamente intacto y la Varita de Saúco en el lugar donde Harry la había colocado al devolverla a la tumba luego de vencer a Voldemort.
Pensando amargamente en aquel día en que vio al mismo Voldemort haciendo algo muy similar a lo que él estaba haciendo en ese preciso instante, tomó la varita de las manos del cuerpo de aquella persona tan querida para él.
- Lo lamento mucho, profesor. – Le dijo al cuerpo inerte que se hallaba contemplando en ese momento, mientras una lágrima descendía lentamente por su rostro. – Prometo devolvérsela en cuanto termine con esto. – Se volteó hacia el elfo. – Kreacher, muchas gracias por tu ayuda. Ahora vete de aquí, es muy peligroso. – Kreacher se inclinó una vez más antes de desaparecer del lugar.
Harry tomó su escoba, dispuesto a abandonar el lugar, pero a último instante se frenó, dio media vuelta y levantó la Varita de Saúco para usarla por segunda vez en su vida.
- ¡Reparo! – Exclamó, apuntando a la tumba, la cual se reparó al instante, quedando en perfectas condiciones. – Disculpe profesor, casi me olvido de eso. – Secó sus lágrimas y montó en su escoba, pisó fuertemente y, pegándose lo más posible al palo, se lanzó a toda velocidad de regreso al campo de batalla.
Al aproximarse al estadio de Quidditch, pudo observar no menos de un centenar de cuerpos esparcidos por todo el terreno, tanto encapuchados como Aurors y gente inocente. A pesar de eso, todavía había numerosos combates a los largo del campo.
Aprovechando su posición estratégica, lanzó hechizos a todos los encapuchados que tenía a su alcance. Sin embargo, pronto se dio cuenta que no estaba usando cualquier varita; evidentemente la fama de la Varita Letal no era injustificada. No importaba qué clase de encantamiento defensor usaran los invasores, los hechizos de Harry traspasaban las defensas como si no hubiera ningún obstáculo en el camino. Emocionado por ese descubrimiento, descendió de su escoba para incorporarse a la batalla desde el suelo.
Nada podía contra él, incluso los Aurors se hallaban estupefactos de la facilidad con la que Harry derrotaba a los encapuchados. Mientras la situación parecía a punto de ser controlada, Harry se acercó a Mike Adams, que se hallaba en el campo de juego junto con algunos Aurors heridos.
- ¡Mike! ¿Te encuentras bien?
- ¡Sí, sí! – Respondió. – Llegaste justo a tiempo. Algunos encapuchados se dirigieron al castillo. Envié un grupo para que los persiga. – Tomó a Harry del brazo. – Son Mortífagos, Harry.
- ¿Estás seguro? – Preguntó, sorprendido por aquella revelación.
- Completamente. – Se veía convencido. – Reconocí a uno de los Carrow cuando se le cayó la capucha y la máscara.
- ¿Carrow? – Harry estaba confundido. - ¿No estaba en Azkaban?
- Se suponía que sí. – Mike cambió su expresión por una de preocupación. – Al parecer se fugaron todos los que se hallaban encerrados y decidieron venir a visitarnos.
- ¡Harry! – Ron y Hermione se aproximaban a través del campo. – ¿Estás bien? ¿De dónde sacaste esa varita?
- Sí, estoy bien, no se preocupen. Después les explico. – Observó que Ron se apoyaba sobre el hombro de Hermione, haciendo muecas de dolor. - ¿Qué te pasó?
- Es una larga historia.
- ¿Y Ginny? – El miedo se apoderó del joven al notar que su novia no se hallaba con sus amigos. - ¿Dónde está Ginny?
- Fue a ayudar a los Aurors. – Respondió Hermione. – Se fue al castillo.
Sin esperar respuesta, Harry levantó su varita para convocar su Saeta de Fuego. La atrapó al vuelo y montó de inmediato.
- ¡Harry! – Gritó la joven mientras lo veía a punto de despegar. - ¡Cuida a Ginny! ¡Está embarazada!
Pero Harry no alcanzó a oír las últimas palabras de su amiga. El viento silbaba en sus oídos mientras volaba a toda velocidad en dirección al castillo. Trataba de espantar las imágenes terribles se formaban en su mente, cada latido de su corazón parecía bombear miedo y ansiedad por conocer el estado de su novia.
Aterrizó bruscamente junto a la puerta principal, arrojando la escoba a un lado mientras corría a más no poder por el vestíbulo.
- ¡Harry! – Un Auror salía del Gran Salón, tenía una oscura marca en un costado de la cabeza y parte de su túnica hecha jirones. Por lo demás parecía ileso.
- ¡Wallace! ¿Qué noticias tienes? – Lo apremió al instante.
- Hemos derrotado a los que estaban en el Gran Salón, pero unos cuatro o cinco se escaparon por las escaleras hacia los pisos superiores. – Respondió de un tirón. –Otros intentaron salir a los jardines, pero los atrapamos antes que lo consiguieran.
- ¿Queda algún civil adentro?
- No, por suerte estaban todos en el estadio, viendo el partido. – Se lo notaba algo angustiado, ya que eso también significaba que podrían haber muerto durante el primer ataque.
- No es tiempo para lamentarse. – Dijo Harry. - ¿Cuántos enviaste a perseguir a los que subieron?
- A todos los que pude enviar, quizás unos diez… - Comenzó a responder.
- ¿Estaba Ginny con ellos? – Lo interrumpió.
- Creo que sí, al menos no estaba aquí abajo con nosotros. – Respondió Wallace, algo nervioso por la expresión de su jefe.
- Reúne a los que puedas, vamos a ayudar a los demás. – Ordenó rápidamente. – ¡Diles que suban cuanto antes!
Harry subió los escalones de tres en tres mientras trataba de encontrar a su novia. A medida que revisaba los pisos sin hallar rastros de su Ginny, la desesperación se hacía más grande y se le dificultaba pensar con claridad.
- ¡Nick! – Había visto al fantasma de Gryffindor volando por el pasillo.
- ¿Harry? – Nick Casi Decapitado se frenó al instante. - ¡Te estaba buscando a ti! ¡Se trata de la señorita Weasley!
- ¿Ginny? ¿Dónde se encuentra? – Harry se acercó inmediatamente al fantasma. - ¿Qué pasó con Ginny? ¡Respóndeme Nick!
- En la sala de trofeos. – Respondió atemorizado. – La vi peleando con dos de esos malhechores, ¡necesita ayuda!
Harry no necesitó oír eso para salir corriendo hacia el lugar. Sentía que tardaba una eternidad en avanzar. Un pasillo, doblar a la derecha, otro pasillo, una puerta, una escalera, siguiente piso, pasillo, doblar a la derecha. Conocía el castillo de pies a cabeza, pero tener los datos en su mente no lo ayudaban a ir más rápido, sino que el hecho de saber la secuencia sólo le hacía pensar en lo mucho que faltaba para llegar a su destino.
Únicamente podía oír sus pasos resonando en la fría piedra, no era consciente de su respiración, la cual era cada vez más agitada, ni podía percatarse de los latidos de su corazón, el cual parecía a punto de explotar en el esfuerzo de bombear sangre hacia sus extremidades. Sentía a sus piernas comenzando a acalambrarse, pero eso solamente sirvió para apresurar el paso.
Cuando todo indicaba que no llegaría a tiempo, comenzó a oír los característicos sonidos de un duelo. "Todavía está peleando… ¡Resiste Ginny!" Rogó su cerebro mientras alcanzaba a divisar la puerta de la sala de trofeos, la cual se hallaba abierta de par en par.
- ¡Vamos pequeña! – Una fría voz burlona que arrastraba las palabras podía escucharse proveniente del recinto. - ¡No podrás defenderte para siempre!
Harry ingresó a toda velocidad y, sin pensarlo dos veces, lanzó un hechizo contra el primer Mortífago que pudo encontrar en la sala. Al recibir el impacto, el personaje (que todavía permanecía encapuchado) voló por los aires hasta estrellarse contra la pared opuesta de la sala. Luego del golpe, cayó deslizándose por la pared y no reaccionó. Un espeso hilo de sangre brotaba de su cabeza, se hallaba indudablemente muerto, o camino a estarlo.
- ¡Harry! – El aterrado grito de su novia lo sacó inmediatamente de su sentimiento de triunfo.
Volteó buscando el origen del sonido y se encontró con dos figuras que parecían estar abrazadas como dos novios adolescentes. En realidad uno de ellos era Ginny, quien se encontraba atrapada por un brazo que la sostenía por el cuello, impidiendo cualquier movimiento brusco. Su varita había caído al suelo, lejos de la improvisada pareja. La joven se hallaba despeinada, con algunos rasguños y quemaduras en su túnica de quidditch y algunos cortes en el rostro, incluso podía percibirse que uno de ellos seguía sangrando.
- ¡Quédate quieta maldita puta! – Ordenó un hombre de lacio cabello rubio, el cual caía directamente sobre sus hombros. Su voz arrastraba las palabras de la misma manera en que Harry lo oyera hablar por última vez, cuando era arrastrado por los guardias de Azkaban. – ¡Hola, Potter! Tanto tiempo sin vernos… - Una macabra sonrisa se dibujó en su rostro.
- ¡Lucius! – Respondió Harry, como si se trataran de viejos amigos. – Es cierto, ha pasado algo de tiempo. Pero reconozco que no me parece demasiado. Quizás unos cincuenta años más habrían sido más apropiados. – El desagrado no pudo ser disfrazado mientras Harry miraba fijamente a Lucius.
- ¿Qué modales son esos Potter? – Lo retó mientras no dejaba de sonreír. - ¡Vengo de tan lejos a saludarte! ¡Ni se te ocurra hacer ninguna idiotez o tu novia pagará el precio! – Dijo colocando su varita sobre el cuello de Ginny al ver que Harry estaba a punto de levantar la suya.
- ¡Maldito infeliz! – La sangre hervía de odio al observar la sonrisa de su enemigo. - ¡Créeme que no pienso dejarte salir con vida de este puto lugar! ¡Llegas a hacerle algo a Ginny y te prometo que te haré sufrir hasta el último instante! – Observó a su novia, la cual miró a Harry con expresión segura.
- ¡Ni se te ocurra hablarme de esa forma! – Gritó, lleno de rabia. - ¡Me despojaste de mi vida! ¿Dónde quedó el apellido Malfoy? ¡Antes lo escuchaban con respeto! ¡Con temor! – El resentimiento se apoderó de su rostro. - ¡Y ahora somos basura por tu culpa! ¿Quién te crees para arruinar mi vida de esa manera?
Harry aprovechó el pequeño exabrupto de Lucius para hacer contacto visual con su novia. Un segundo alcanzó para que ella entendiera el mensaje, ahora era cuestión de provocar la distracción.
- A Draco no parece alterarlo demasiado. – Comentó, tratando de hacerle perder los estribos. "¡Vamos, apúntame a mí! ¿Qué esperas?" – Es más, te diría que ya piensa en cambiarse de apellido. – Imitó la sonrisa burlona del Mortífago. - ¿Qué te parece Draco Potter? – Veía cómo la furia se acumulaba en Lucius. - ¿O por qué no Draco Weasley? ¡Sería un hermoso traidor a la sangre!
Lucius explotó de furia y apuntó su varita directo al corazón de Harry, olvidándose por completo de su rehén. Era la oportunidad de Ginny. Rápidamente golpeó al rubio en el rostro usando su codo, aunque Lucius alcanzó a lanzar su hechizo y un chorro de luz blanca brotó de su varita en dirección a Harry.
El joven reaccionó de manera instintiva, a puro reflejo. Rápidamente creó un escudo, bloqueando el hechizo, pero provocando que éste se desviara, pasando por en medio de las dos personas que se hallaban delante suyo e impactando de lleno en la pared. La onda expansiva lanzó a Lucius y a Ginny contra distintos estantes repletos de trofeos.
Harry alcanzó a ver cómo su enemigo había sido arrojado contra una vitrina. Al acercarse a él, los ojos verdes se encontraron con una mirada inexpresiva que apuntaba a la pared opuesta, enmarcada de rojo debido a la sangre que brotaba por los numerosos cortes. Un tajo profundo en el costado derecho de su cuello lanzaba chorros escarlatas que cortaban el aire debido a la fuerza con la que el corazón de Malfoy intentaba seguir bombeando. Segundos después, el chorro decreció en su intensidad, anunciando que las fuerzas lo abandonaban.
El joven se quedó allí parado, mirándolo fijamente con la vista repleta de asco y repulsión. No sentía el menor remordimiento de observar la muerte de aquel hombre que causó tanta muerte y dolor.
- Lo único que lamento de esto es que no vaya a durar más, Lucius. – Dijo mientras miraba cómo el hombre intentaba contener el chorro inútilmente. – Quisiera haberte visto sufriendo el resto de tu vida. – Con una última y pequeña sacudida, el hombre murió, con la vista clavada en la nada y su brazo todavía pegado al cuello.
-¿Harry? – La voz de Ginny sonaba débil, provocando que el terror invadiera nuevamente al joven.
Al voltearse para ver a su novia, el alma se cayó a sus pies. Ginny se encontraba sentada contra una de las estanterías, con el rostro calmo, parpadeando lentamente, como si le costara un gran esfuerzo hacerlo. Algunos diminutos destellos en el pelo y la ropa de la pelirroja evidenciaban los pequeños fragmentos de vidrio que la cubrían.
A pesar de que no se observaba nada grave en su novia, Harry no podía dejar de presentir que algo andaba mal. Resbalando sobre los vidrios y el polvillo que cubría el suelo de la sala, se apresuró a colocarse al lado de su novia.
- ¡Ginny! – La joven sólo atinó a parpadear mientras Harry se arrodillaba. Fue entonces cuando reparó que ella tenía las manos colocadas sobre un costado de su cintura.
Rápidamente las retiró para comprobar que su peor temor se estaba volviendo realidad. Las manos de Ginny estaban empapadas en su propia sangre, un fragmento mediano, pero afilado, de vidrio se hallaba incrustado en su cintura, sobre el costado derecho.
- Tengo mucho miedo, Harry. – La voz de Ginny era apenas audible y llorosa, lo cual no auguraba nada bueno. Parpadeó lentamente una vez más. – No quiero morir.
- No vas a morir, Ginny, te lo prometo. – Harry luchaba por mantener la calma y evitar que sus lágrimas salieran a la luz. La tomó en sus brazos y se dirigió a la salida de inmediato.
- ¡Harry! – Mike apareció en el pasillo corriendo a toda prisa hacia él. - ¿Qué le pasó a Ginny?
- ¡Está herida! – Cada segundo que transcurría significaba una tortura para Harry, el pánico empezaba a dominarlo. - ¡Tenemos que hacer algo!
- ¡Vamos a San Mungo! – Lo apremió Mike. - ¡Tenemos que aparecernos ya mismo!
- ¡Maldita sea Mike, no podemos aparecernos! – Harry no podía entender cómo era que Mike no conocía una regla tan básica de Hogwarts.
- ¡Sí que podemos! – Respondió. – McGonagall quitó el embrujo hace media hora para que podamos trasladar a todos de inmediato. ¡Toma mi mano!
- Harry… - Un susurro casi inaudible escapó de los labios de Ginny.
- Ya vamos, mi amor, ya vamos. – Intentó tranquilizarla Harry, pero era imposible cuando él mismo no podía calmarse.
- ¡TU MANO! – Le gritó Mike. Saliendo de su trance, Harry lo obedeció. – Agárrate fuerte. – Dijo, antes de girar sobre sí mismo en dirección al hospital.
- Todo va a salir bien, amor.
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- ¿Qué crees que haya pasado? – Preguntó Ron en medio del silencio que envolvía al campo de juego.
El resto de los Aurors se hallaba sumergido en diversas tareas, tratando de rescatar los cuerpos que estaban ocultos bajo los restos de la tribuna, llevando a los Mortífagos que habían sobrevivido a la batalla para mantenerlos apresados, colaborando para atender a los heridos y llevarlos a San Mungo.
No había celebración por la victoria conseguida. Allí por donde posaran las miradas solamente podía verse rencor y tristeza. Se trataba de una victoria vacía, o peor aún, una victoria que había costado el sacrificio de demasiadas vidas. La tragedia era demasiado grande como para terminar de asimilarla. Las personas que se hallaban en el lugar parecían en estado de shock. Todos actuaban como si sus mentes estuvieran en cualquier otro lugar.
- No lo sé. – Respondió Hermione, con la mirada perdida en el horizonte. Intentaba aislar su mente de todo lo ocurrido. – Deberíamos ir al castillo, ¿no crees?
- Tienes razón. – Ron se puso de pie, tratando de disimular el dolor que acompañaba a sus movimientos.
- Será mejor que nos aparezcamos, será más rápido. – Sugirió, interpretando correctamente los gestos que intentaba ocultarle su novio. Sin esperar una respuesta, tomó su mano y giró sobre sí misma.
Inmediatamente aparecieron en el vestíbulo del castillo. Podían ver poco movimiento allí, aunque intuían que minutos atrás la actividad debía ser frenética.
- ¿Qué hacen aquí? – Preguntó un Auror de apariencia imponente.
- ¡Buscamos a Harry! – Respondió Ron apremiante.
- Salieron hacia San Mungo hace diez minutos. – Anunció. - Al menos ese fue el mensaje que recibí.
- ¿Estaba mi hermana con ellos? – El pelirrojo se hallaba desesperado por recibir información, algo que calmara sus temores. – ¡Mi hermana! ¡Ginevra Weasley! – Añandió, dado que el hombre no había comprendido de quién hablaba.
- Ella ha sido transferida a San Mungo. – Dijo. – Desconozco su estado, lo mejor será que vayan hacia allí cuanto…
Pero antes que el hombre terminara de decir algo más, Ron ya había tomado la mano de su novia y girado sobre sí mismo para ir a su siguiente destino en busca de algo que lo tranquilice.
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Harry se hallaba en la sala de espera cuando sus amigos aparecieron de repente. Pudo observar que Ron seguía lastimado cuando notó los gestos que hacía a cada paso que daba.
- ¿Qué te pasó? – Preguntó apenas se encontraron lo suficientemente cerca.
- ¿Qué me pasó a mí? ¿Qué te pasó a ti? – Replicó su amigo, mirándolo con los ojos como platos.
- ¿Qué? ¿Qué tengo? – Harry no entendía la reacción de su amigo.
- ¡Tienes sangre en toda tu ropa! – Hermione señalaba la túnica del joven, que se hallaba empapada de un color rojo oscuro. Harry se miró a sí mismo como si no se hubiera dado cuenta de aquel hecho. Sin embargo su rostro no mostraba sorpresa alguna, sino simplemente miraba su túnica como un objeto ligeramente curioso.
- No es mi sangre. – Aclaró Harry. La siguiente frase se encontraba atorada en su garganta. Expresarlo en voz alta significaba aceptar la realidad y volver a rendirse para que todos sus miedos volvieran a hacerse presentes. – Es de Ginny. – Aclaró finalmente. Y acto seguido comenzó a relatar los hechos de la sala de trofeos ante los rostros consternados de sus amigos.
Ron tuvo que apoyarse contra la pared para no caer al suelo. En tanto Hermione sólo atinó a llevarse las manos a la boca para no expresar en voz alta todo lo que pensaba.
Un sanador apareció caminando apresuradamente por el pasillo. Se trataba del sanador que había atendido a Ginny en cuanto Mike y Harry aparecieron en el hospital.
- Señor Potter. – Dijo secamente. – La señorita Weasley se encuentra estable. –Anunció, respondiendo la pregunta que los jóvenes estaban a punto de hacer. - Perdió muchísima sangre y el trayecto desde Hogwarts la debilitó. Pero a pesar de todo han llegado justo a tiempo. – Sin embargo Harry notó que eso no era todo lo que tenía que anunciar el sanador.
- ¿Y el bebé? – Preguntó Hermione, soprendiendo a Harry.
- ¿Cuál bebé? – Harry la miraba como si pensara que Hermione estaba equivocada, o al menos confundida. - ¿Cuál bebé, Hermione? – Insistió, ya que su amiga lo miraba completamente angustiada, pero sin decir ni una palabra.
- El bebé de Ginny. – Respondió con un hilo de voz.
- No entiendo. – El joven no terminaba de asimilar la respuesta de su amiga. - ¡Pero si Ginny no está embarazada! – Exclamó intentando convencerse. – Ginny no está… - La mirada de su amiga era todo lo que necesitó para confirmar que él estaba equivocado.
El silencio se hizo presente en aquel pasillo, un silencio que parecía absoluto mientras Harry sentía un miedo atroz, infinitamente superior al que había sentido hasta ese momento. Toda la destrucción presenciada, todas las muertes, todo lo que había sucedido en el colegio horas atrás parecía una nimiedad. Sólo podía pensar en aquel vidrio incrustado en el costado de su novia, en la sangre que manaba lentamente de aquella herida, en los lentos movimientos de los párpados de Ginny, en las palabras que ella pronunció. "Tengo miedo". La frase resonaba una y otra vez en su mente. Ahora entendía qué terrible significado llevaban aquellas dos palabras.
- ¿Por qué nadie me lo dijo? – Fue lo primero que atinó a decir.
- Ginny se enteró hace pocos días. – Dijo Hermione, mientras intentaba contener el llanto. – Quería guardarse la sorpresa para cuando terminara el partido. - Añadió en un hilo de voz. Ron se levantó para ayudarla a tomar asiento. – Lo lamento tanto. – Alcanzó a agregar antes de llamarse a silencio.
- ¿Qué pasó con el bebé? – Preguntó Harry, volteándose hacia el sanador, aunque en su interior la respuesta, la terrible y horrible respuesta, comenzaba a gestarse a través de sus miedos.
- Lo lamento mucho, señor Potter. – Respondió el sanador, tratando de mantener un tono neutro a pesar de ser plenamente consciente de que su noticia era la más terrible que había anunciado en toda su carrera. – La señorita Weasley había perdido mucha sangre cuando llegó aquí. Simplemente no pudo resistir. Entienda que es un milagro que ella siga con vida. Le repito que lo lamento mucho.
Pero su cerebro se desconectó luego de oír las primeras tres palabras. Había escuchado lo único que le importaba, lo único que valía la pena oír. El resto eran simples condimentos que no lo afectaban en lo más mínimo. Se encontraba en estado de shock, allí sentado, con la vista perdida en la pared opuesta al banco donde se hallaba sentado, tratando de entender lo inentendible, de comprender que había sido el causante de un hecho tan terrible que las palabras no eran suficientes para expresarlo.
- ¿Y Ginny? – Alcanzó a oír las palabras de Ron como si éste se hallara a kilómetros de distancia, un simple eco de algo que en realidad no oía, sino que le parecía haber oído. – ¿Cómo se encuentra ella?
- Por el momento se halla estable, aunque temo que todavía no ha recuperado el conocimiento. – Contestó el sanador. – No sabemos muy bien qué le sucede. Lo más seguro es que el esfuerzo la haya dejado demasiado agotada. Es probable que permanezca en esa condición durante algunos días. De hecho, - agregó – lo mejor será que así sea, al menos hasta que esté en condiciones de asimilar la verdad de lo que sucedió. En el estado en que se encuentra ahora mismo es demasiado complicado, cualquier emoción desproporcionada podría causar una recaída muy fuerte.
Harry se levantó nuevamente. Necesitaba salir de aquel lugar, desaparecer del mundo, olvidarse de quién era, olvidarse de todo. Su mente no dejaba de torturarlo con las imágenes de la sala de trofeos, como si quisiera recalcar la cadena de errores que llevaron a la desgracia, tan imponente e innegable que amenazaba con llevárselo todo. Sin pensarlo dos veces, giró sobre sí mismo y desapareció del lugar. Necesitaba estar a solas.
Su mente lo llevó a su departamento, el cual se hallaba inmaculado, ajeno a la desgracia que había caído sobre su vida. El silencio era insoportable, la quietud era insoportable, encontrarse en aquel recinto y no hacer nada era algo que no podía concebir. La furia lo dominó y comenzó a arrojar todos los objetos que tenía a su alcance. Mesas, frascos, cuadros, el televisor, libros, todo lo que podía ser lanzado hacia algún lado volaba por el aire para estrellarse contra las paredes o el suelo.
Minutos después el cansancio se hizo presente de tal forma que no podía mantenerse en pie. Mareado de dolor e impotencia, cayó de rodillas y apoyó las manos sobre los destrozos que cubrían el suelo de la sala. Las lágrimas hicieron acto de presencia y caían sobre el suelo, evidenciando la terrible desesperación de Harry.
- ¡NOOOOOOOOOOO! – El joven gritó con todas sus fuerzas, desgarrando su garganta del mismo modo que sentía su alma desgarrada. - ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡MALDITA SEA! ¡NOOOOOOOOOOOO! – Los gritos no alcanzaban, romper cosas no era suficiente. El dolor simplemente seguía allí, importándole poco y nada todo lo que el joven hiciera para que abandonara su cuerpo.
De repente observó la ventana de la sala. Se hallaba en un octavo piso. Hizo un rápido razonamiento y calculó que tendría éxito fácilmente. Sólo se trataba de un pequeño salto y todo el dolor acabaría al instante. Se puso de pie, hipnotizado por el gran ventanal que ofrecía una gran vista de Londres, pero que para él sólo significaba un alivio para su sufrimiento.
En ese instante, Ron apareció en el departamento. Harry se volteó y los ojos verdes hicieron contacto con los azules.
- ¿Harry? – El pelirrojo lo miraba muy asustado.
- Lo lamento mucho, Ron. – Anunció con serenidad - Dile a Ginny que ojalá algún día pueda perdonarme. Lo lamento por todo. – Finalmente se volteó y tomó impulso hacia la ventana.
- ¡No! –Gritó Ron antes de levantar su varita.
Un metro antes de atravesar el vidrio, Harry sintió como su tobillo era jalado por una cuerda invisible, frustrando su intento.
- ¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO? – Gritó el pelirrojo, mientras veía a su amigo colgado en el aire.
- No me mires así, Ron. – Harry parecía haber recuperado algo de su cordura. Pero las lágrimas volvieron a acudir y él no podía hacer nada para evitarlo. – Bájame por favor. – Le rogó sollozando.
Ron, viendo que su amigo había abandonado su momento de locura, volvió a levantar su varita, dejándolo caer al suelo.
Harry no hizo ningún intento por levantarse. Simplemente se quedó en la misma posición en la que había caído, dejando que sus lágrimas corrieran libremente por su rostro.
- ¡Fue mi culpa! – Decía entre sollozos. - ¡Fue mi maldita culpa!
- Basta. – Ron también lloraba mientras se acercaba a su amigo. – Lo que pasó fue terrible, pero fue un accidente. Ten, toma esto. – Le alcanzó una pequeña botella. – El sanador me la dio para que pudieras calmarte un poco, definitivamente lo necesitas.
El joven esperó que su amigo tomara la poción y que esta hiciera efecto antes de abrir nuevamente la boca.
- Hermione está en camino. – Dijo, cortando el silencio. – Está hablando con el sanador. En cuanto termine vendrá hacia aquí. Allí no tenemos nada que hacer por el momento.
- No le digas lo que estuve a punto de hacer. – Harry miraba suplicante a su amigo. – Por favor, no se lo digas.
- No te preocupes, no se lo diré a nadie. – Le aseguró Ron. – ¡Casi me matas del susto!
- Lo siento mucho. Por todo. – Seguía mirándolo lleno de arrepentimiento.
- Descuida. – Acto seguido se acercó un poco y se fundieron en un fuerte abrazo que duró un buen rato.
- Gracias. – Dijo Harry. No era capaz de decir nada más. Pero su amigo comprendió al instante todo lo que quiso decir con esa palabra.
- Ahora hay que arreglar esto. – Comentó, levantando su varita y haciendo un amplio movimiento. Inmediatamente todos los objetos se repararon por sí solos, dejando la sala como había estado antes de la llegada de Harry.
- ¿Cómo supieron dónde estaba? – Preguntó de repente.
- Lo supusimos. – Respondió intentando componer una sonrisa que no terminaba de formarse. – Fue el primer lugar que se nos ocurrió.
- ¿Cómo está tu hombro?
- Mejor. – Dijo con tranquilidad, moviéndolo para mostrarle que ya no sentía dolor. – El sanador tardó dos segundos en tardar de repararlo.
Un fuerte estampido les indicó que Hermione también había llegado al departamento. La joven observó la escena y de inmediato se acercó a Harry para abrazarlo de la misma manera que lo había hecho Ron.
- Lo lamento tanto. – Dijo, con la cabeza pegada al pecho de su amigo.
- Yo también, Hermione, yo también. – Respondió, acariciando los cabellos de su amiga. Luego de unos segundos de silencio, la apartó con delicadeza. - ¿Qué te dijo el sanador?
- La trasladarán a una sala para ella sola. – Comunicó, luego de recuperar el aplomo. – Estará allí unos días mientras la mantienen dormida mediante pociones. En cuanto crean que se encuentra curada, la despertarán.
- ¿Podría pedirles un favor? – Se dirigía a sus dos amigos, los cuales asintieron de inmediato. - ¿Se pueden quedar? – Harry sentía miedo de intentar hacer alguna otra idiotez como la que había evitado su amigo.
- Por supuesto. – Respondieron al unísono.
- Muchas gracias. – Dijo, antes de tomar asiento y sumirse en sus pensamientos, al igual que la joven pareja, esperando la llegada de noticias en aquella sala que permanecía ajena a los terribles hechos de hace unas horas.
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Los días se sucedían y el espanto no parecía tener fin. Los periódicos continuaban haciéndose eco de los hechos de Hogwarts y palabras tales como "masacre", "muerte", "terror", "dolor" y muchas otras aparecían continuamente en los artículos.
Las investigaciones habían revelado que algunos Mortífagos que continuaban libres se lanzaron al asalto de Azkaban, liberando a todos los reclusos sin que el Ministerio pudiera enterarse. Luego de eso, todos ellos atacaron Hogwarts con la intención de generar un acto de terrorismo para llamar la atención de la comunidad mágica. Sin embargo, todos los responsables de aquella masacre que sobrevivieron lograron ser recapturados y nuevamente encarcelados en Azkaban.
Personajes de todos los ámbitos parecían tener una opinión al respecto. La mayoría de ellos seguía echando la culpa a Kinglsey, quien "ha incumplido su principal deber de evitar que los antiguos seguidores del Innombrable permanecieran tras las rejas", y a Harry, quien era preso de su propia fama, lo cual significaba que todos sus detractores seguían enumerando las causas por las que él debería renunciar a su cargo.
- ¿Entonces estás seguro de lo que quieres hacer? – Hermione realizó por enésima vez la misma pregunta. La joven se hallaba sentada junto a su novio en el sofá de la sala. En los últimos días no habían abandonado la vivienda de su amigo más que para irse a dormir a su propio departamento.
- Sí. – Ron no amplió la respuesta, su voz sonaba cansada.
- ¿Pero por qué? – Ella no parecía entender la postura de su novio.
- ¿Por qué? – La miró a los ojos. – Porque entendí que ingresé al Escuadrón por las razones equivocadas. – Dijo finalmente. – Porque me di cuenta que yo no estoy hecho para este trabajo. Porque no puedo soportar las pesadillas, ver una vez más a todos aquellos cuerpos cayendo de la tribuna, escuchar los gritos de terror, revivir el pánico que sentí cuando pensé que te perdería para siempre. - A pesar del tono lleno de tristeza, su rostro no mostraba más que determinación. – Y porque es una oportunidad única en la vida.
- ¿Asique lo haces por el Quidditch? – Hermione se veía resentida.
- ¿Acaso no escuchaste lo que te acabo de decir? – Ron se esforzaba por no levantar demasiado el volumen de su voz, aunque sus nervios lo obligaron a ponerse de pie. – No puedo seguir siendo Auror.
- ¡Eso es una estupidez! – Replicó su novia, quien todavía seguía sentada. - ¡Eres un gran Auror!
- ¡Pero tengo miedo! – Gritó Ron, sin poder controlar su voz. - ¡Tengo miedo de estar en esa misma situación y que no pueda rescatarte! Hace unos días te salvé de casualidad y sólo gracias a que usaba una Saeta de Fuego. ¡No pienso arriesgarme otra vez! ¡Yo no estuve a tu lado en ese momento y no quiero que vuelva a suceder! ¡No quiero perderte!
Hermione no sabía qué responder a aquella declaración, por lo que se quedó en silencio, tratando de asimilar las palabras de su novio.
- Sigo pensando que estás equivocado. – Se animó a decir después de un momento. – Pero te apoyaré si tú crees que tienes que hacerlo. – Se apresuró a añadir, luego de observar la mirada del joven. Ron logró recuperar la calma y se volvió a sentar. Hermione lo rodeó con sus brazos para confortarlo.
- ¿Dónde crees que estará? – Preguntó Ron, haciendo una clara referencia a Harry, con la intención de cambiar de tema.
- En el Ministerio, supongo. – Hermione abrazaba a Ron con la mirada perdida en la pared de la habitación. – Dijo que tenía cosas que hablar con Kingsley.
- ¿Qué cosas?
- No tengo la menor idea. – Respondió la joven, encogiéndose de hombros.
Harry apareció en el preciso instante en que Hermione terminaba de responder la pregunta de su novio, se lo veía con el semblante grave, al igual que toda la semana. Las ojeras evidenciaban sus problemas para dormir, producto de los nervios que día tras día lo invadían cuando se enteraba que tendría que seguir esperando hasta que pudieran despertar a su novia. Sin embargo, la castaña notó que el aire sombrío del muchacho se debía a otro hecho.
- ¿Qué pasó? – Preguntó rápidamente.
- Renuncié. – Dijo lacónico.
- ¿Cómo que renunciaste? – Gritó Ron, levantándose velozmente.
- Lo que acabas de oír, Ron. – Respondió sin ánimos de nada. Se sentó en el sillón más próximo y se cubrió la cara con las manos por unos segundos. – Ya no puedo dirigir el Escuadrón, no después de todo lo que pasó.
- ¿Y qué vas a hacer ahora? – Preguntó Hermione, algo enojada por la decisión de su amigo. - ¿Quedarte en tu casa todo el día sin hacer nada?
- Antes que nada, cálmate un poco Hermione. – Harry bajó sus manos y la miró a los ojos. – Yo solamente dije que renuncié al cargo de Jefe del Escuadrón, no que me iba del Escuadrón.
- Lo siento. – Se apresuró a disculparse. – Pero entonces… ¿Quién quedará como Jefe?
- Kingsley. – Una vez más procedió a ocultar su rostro entre sus manos, sin notar que Hermione y Ron se quedaron de piedra al escuchar eso. - Al parecer quiere cargar él con la culpa de todo, aunque cuando me lo dijo parecía extrañamente aliviado. Quizás quería dejar el cargo, y con todo lo que pasó, aprovechó la presión de los periodistas y mató dos pájaros de un tiro: alivia la presión que hubo contra el Ministerio todos estos días, y se permite abandonar el cargo sin tantas sospechas. – Dijo en medio del silencio mientras sus amigos no sabían qué más decir.
- ¿Entonces no hay vuelta atrás? – Preguntó Ron, todavía esperanzado.
El silencio de Harry fue la única respuesta que necesitó.
- Yo sí me iré del Escuadrón. – Anunció el pelirrojo.
- ¿Acaso te volviste loco? – Harry salió de su ensimismamiento al oír aquellas palabras.
- No. – Respondió de inmediato. – Dejaré mi puesto y es mi decisión final. – Añadió, mirando al morocho con determinación.
- ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Acaso no tienes sentido de la responsabilidad? – Preguntó, algo enojado por la actitud de su amigo.
- Por supuesto que la tengo. – Contestó de inmediato. – Pero tú me dijiste una vez que ser Auror era una vocación, y yo ya no siento que esa sea mi vocación. – Bajó la cabeza para no encontrarse con la decepción reflejada en el rostro de Harry.
- ¿Y ahora qué harás? ¿Vivirás de tu novia? – El joven río ante la reacción de sus amigos.
- A decir verdad, voy a jugar Quidditch. – Replicó el pelirrojo. – Los Chudley Cannons quieren contratarme como Guardián. – Anunció, dejando a Harry con la boca abierta.
- ¿Qué? – No podía creer lo que acababa de oír. – ¿Cuándo ocurrió eso?
- Hace dos días volvimos de noche al departamento y encontramos una lechuza esperando en nuestra ventana. – Relató Hermione. – Parece que estuvo mucho tiempo ahí afuera, porque mordió el dedo de Ron después de que él le desatara la carta. – Soltó una pequeña risa. – En fin, abrimos la carta y nos encontramos con el mensaje proveniente del presidente del club. Decía que, a pesar de la tragedia, habían notado grandes condiciones en Ron y que querían contratarlo lo antes posible.
- ¿Y tú qué les dijiste? – Preguntó Harry, dirigiéndose a su amigo.
- Esta mañana respondí la carta. – Dijo, sorprendiendo incluso a Hermione. – Y les dije que hablaría con ellos cuando quieran para escuchar su oferta. Todavía espero su respuesta.
Hermione se disponía a quejarse por el hecho de que su novio no le hubiera avisado de aquella carta, cuando una lechuza entró volando por el ventanal de la sala. El ave dejó caer hábilmente un pequeño rollo de pergamino e inmediatamente giró en el aire para emprender el viaje de vuelta.
Harry reaccionó antes que sus amigos y tomó el pequeño mensaje, lo desenrolló y se dispuso a leerlo.
Señor Potter:
Le escribo para comunicarle que la señorita Ginevra Weasley se encuentra en condiciones de ser despertada mañana al mediodía.
Por lo tanto, le pido que acuda al Hospital San Mungo mañana a las nueve de la mañana para hablar con el sanador a cargo de la señorita Weasley para que éste lo informe detalladamente.
Mis más cordiales saludos,
Paul Stevenson
Hospital San Mungo de Enfermedades y Dolencias Mágicas.
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Ginny se encontraba inconsciente en una cama. Su cara estaba cubierta de golpes, cortes y agulladuras, los cuales estaban a punto de curarse. Ya no había indicios de que su salud corriera grave peligro, dormía apaciblemente y su respiración era normal.
Su cabello pelirrojo cubría parte de su cara, sus manos aferraban las blancas sábanas como si fueran un salvavidas. La joven comenzó a agitarse en sueños y finalmente se despertó bruscamente respirando rápidamente.
Lo primero que vio al despertarse fue una habitación impecablemente limpia, con escaso mobiliario y una ventana que daba a la ciudad. Mientras fijaba su vista en la ventana, recordaba los hechos anteriores a perder el conocimiento. Se trataba de hechos terribles, muertes, violencia, explosiones. En un intento por alejar esas imágenes de su mente, continuó observando la habitación donde se hallaba.
- ¿Dónde estoy? – La pregunta que estaba dando vueltas por su cabeza salió de su boca en voz alta.
- Ginny, estás en San Mungo – Dijo una voz a su izquierda.
Harry se encontraba sentado en una silla ubicada a un par de metros de la cama. Sin esperar una respuesta, se acercó a la cama y la abrazó con todas sus fuerzas. Unas lágrimas silenciosas se escapaban de los ojos de ambos sin que ellos hicieran ningún esfuerzo por evitarlo.
- ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? Estuve muy preocupado todos estos días – Dijo Harry, secándose sus lágrimas mientras acercaba su silla para estar al lado de la cama de Ginny.
- ¿Cómo que "días"? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? – Preguntó, con la sorpresa reflejada en su rostro.
- Hoy ya es viernes… Asique pasó casi una semana desde que te trajimos aquí – Respondió Harry luego de sacar cuentas mentalmente.
Ginny tenía la cabeza llena de preguntas, pero no sabía por dónde empezar.
- Harry, ¿Qué pasó? – La pregunta más obvia salió de sus labios.
Antes que Harry pudiera responder a esa pregunta, la puerta de la habitación se abrió y un sanador ingresó a través de ella.
- ¡Paul! ¿Qué haces tú aquí? – Ginny estaba sorprendida una vez más.
- Hola Ginny. Soy sanador aquí en San Mungo, ¿no lo sabías? – Respondió Paul Stevenson tranquilamente mientras revisaba unas notas en una hoja de pergamino. – No me extraña que no lo supieras, entré hace unas semanas nada más.
Después de terminar el curso de Aurors, recibí la visita de un par de personas de San Mungo y ellos me ofrecieron entrar aquí. – Comenzó a explicar - Dijeron que mis notas en los exámenes que había rendido en Hogwarts y en el curso de Aurors eran lo suficientemente buenas para que pudiera entrar directamente como sanador en el hospital. Entonces no lo dudé demasiado, acepté su oferta e ingresé aquí.
Tú sabes que nunca había mostrado el mismo entusiasmo en el curso que el que mostraba ante la idea de ayudar a las personas a sanar. – Concluyó con una ligera sonrisa, que suprimió al instante en vista de la expresión de Harry.
-¿Ustedes se conocen? – Preguntó extrañado.
- Sí, Harry. Éramos compañeros en el curso de Aurors. – Harry se dio vuelta para mirar a Ginny, quien había respondido en lugar de Paul. Parecía que no recordaba la razón por la que había llegado a San Mungo. – Pero él se fue antes de terminarlo.
- Simplemente no me sentía cómodo con la idea de ser Auror – Se anticipó a responder Paul antes que Harry hablara. – Estoy mejor ayudando a las personas aquí.
- Perdonen que interrumpa el grato reencuentro – Dijo Harry, algo molesto por la demora del sanador en tocar el tema más importante. – Pero me gustaría hablar con Ginny. A solas. – Agregó, algo cortante. Al parecer, Paul no tenía la menor idea acerca de las noticias que él debía comunicarle a su novia.
- No hay ningún problema. – Anunció Paul. – Es un gusto volver a verte. – Se acercó a la puerta. – Quizás podamos hablar en otro momento, hasta luego. – Se despidió de la pareja y salió serenamente de la habitación.
- Ginny, ¿cómo te sientes? – Preguntó el joven, una vez que estuvo seguro que no había nadie escuchándolos. - ¿Qué es lo último que recuerdas? – Quería comprobar si Ginny tenía recuerdos de todos los hechos.
- Me acuerdo de haber dejado a Hermione y a Ron. – Se había sentado en la cama, apoyándose en la pared que se hallaba detrás suyo. – Y después salí corriendo hacia el castillo… - La joven se quedó observando a su novio ya que no sabía cómo continuar. Sabía que había pasado algo más, pero su cerebro no reaccionaba.
- ¿No recuerdas nada más? – Harry parecía preocupado. – Te fuiste al castillo y perseguiste a los Mortífagos, ¿no es así? – Intentaba contarle los hechos para reactivar su memoria.
- Yo… - De repente las imágenes de lo sucedido en la sala de trofeos acudieron a su mente. Pudo recordar la batalla contra los dos mortífagos, cómo vio desprenderse la máscara de uno de ellos y reconocer a Lucius Malfoy, la llegada de Harry, una gran explosión y luego un dolor lacerante en el costado derecho, su sangre brotando de la herida, y el miedo que la dominaba por completo.
- ¿Lo recuerdas o no? – La apremió ansioso por escuchar una respuesta.
- Sí, ya lo recuerdo. – Ginny se hallaba confundida y completamente aterrada. Tenía que preguntar por su bebé, pero Harry no tenía idea de que ella estaba embarazada. ¿Cómo podría verlo a los ojos cuando se diera cuenta que le había ocultado algo tan importante? Sin embargo, se dio cuenta que se trataba de un asunto minúsculo en comparación con lo que había ocurrido hace casi una semana. Tomó aire y se decidió a contarle la verdad a su novio. – Harry… Yo tengo que contarte algo…
- Ya lo sé, Ginny. – El rostro de Harry se contorsionó de dolor luego de pronunciar aquellas palabras. El momento de anunciar la peor de las noticias había llegado y sin embargo no conseguía atreverse a pronunciar las palabras. – Hermione me lo dijo cuando llegó a San Mungo. – No reunía la entereza necesaria, no podía decirlo. – Yo te traje antes conmigo y ella llegó más tarde con Ron. - ¿Por qué le hablaba de asuntos tan triviales? ¿A quién podía interesarle eso cuando había algo que ella debía saber cuanto antes? ¿Acaso se había convertido en un cobarde? "No, debo decírselo ya mismo" Pensó con determinación.
Sin embargo fue Ginny la primera en provocar una serie de frases que llevarían definitivamente a la horrible verdad.
- Perdóname por no habértelo contado antes, Harry. – La joven interpretó el dolor que había aparecido en el rostro de su novio sin saber que se trataba de algo muchísimo más profundo. – Sé que estuve mal.
- Ya no importa. – Respondió Harry.
- Sí que importa. – Ginny seguía sin comprender lo que trataba de decirle. – Fui una tonta y…
- No lo entiendes, Ginny. Ya no importa, ya no tiene sentido que te disculpes. – Las lágrimas comenzaron a recorrer silenciosamente el rostro del joven.
- ¿Qué quieres decir? – La pelirroja observaba a Harry preocupada, no entendía por qué decía esas cosas. Pero de repente una idea demasiado horrible como para ser pronunciada en voz alta apareció súbitamente en su cabeza. – No…
Harry no podía decir nada, no se atrevía a confirmar la sospecha que acababa de nacer en la mente de su novia. Simplemente se quedó observándola mientras las lágrimas seguían corriendo por su rostro.
Ginny tocó su vientre instintivamente, como si de alguna manera pudiera confirmar su terrible idea. Al acariciarlo como lo había hecho mientras hablaba con Hermione en el Gran Salón notó algo distinto. No se trataba de la misma sensación, había algo que estaba mal.
Su cerebro parecía a punto de desconectarse. ¿Qué sentido tenía haber despertado de aquella manera si se trataba de una pesadilla? No podía ser cierto, y sin embargo el sentimiento era cada vez más concreto, más irremediable. La verdad cayó como un puño sobre su cabeza, dejándola completamente aturdida, sin saber qué pensar o qué decir.
- Lo siento mucho, Ginny. – Dijo Harry, colocando su mano sobre la de ella. – De verdad lo siento mucho, pero…
- No lo digas. – Susurró la joven. Se negaba a escucharlo, necesitaba mantener la idea en su cabeza sin que nadie la confirme. El hecho de que alguien le dijera que su peor pesadilla se había cumplido era demasiado para ella. – Por favor, no lo digas Harry.
- Lo perdimos, Ginny.
- No… Por favor, dime que no es cierto… - Ginny rogaba que todo fuera una terrible equivocación, pero las lágrimas brotaron nuevamente de los ojos de Harry, y no necesitó oír nada más.
- Fue mi culpa. – Harry no podía controlar sus lágrimas. – Todo fue por mi maldita culpa.
- ¡No! No, no, no, no… - Pero por más que siguiera rehusándose a aceptarlo, en su interior sabía que era verdad, que todas sus ilusiones habían desaparecido y que todos los sentimientos que habían surgido en ella durante esos últimos días de felicidad ahora no eran más que un espejismo que acababa de desvanecerse en el aire.
Harry la rodeó con sus brazos para sostenerla en el instante en que parecía a punto de caer de la cama. La contuvo mientras Ginny dejaba salir aquel grito que nació en el preciso momento en que la terrible idea se gestó en su mente. Sin embargo, su grito era silencioso, y era el sonido más terrible que podía imaginarse, porque no existía sonido capaz de expresar el dolor que inundaba a la joven. Y las lágrimas corrían en silencio por su rostro, un llanto inútil que no servía para reflejar su tristeza, que no representaba en lo más mínimo los sentimientos de Ginny.
- ¡NOOOOOOOOOOOOOOOO! – La voz regresó a la joven para expresar ese deseo desesperado, esa necesidad de sentir que su garganta sufría lo mismo que ella. El grito fue terrible, desolador, como si todo su ser quisiera salir por su boca para escapar de aquel dolor.
Allí se quedó Harry, abrazándola, tratando de consolarla en un momento que no había consuelo alguno, sosteniéndola en sus brazos para que no se desplomara en el suelo, atrayéndola a su cuerpo mientras ella también lo abrazaba como si fuera su único sostén en medio de un mar embravecido.
Y en medio de aquella sala que no emitía ningún sonido, ajena completamente al sufrimiento de la pareja, Harry no podía imaginar qué harían después de ese momento. Toda su vida había sido violentamente sacudida y no encontraba una solución.
- Saldremos de esto, Ginny. Lo prometo. – Dijo, aunque, en lo más profundo de su ser, sabía que ya nada sería como antes.
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Bueno, espero que no me odien demasiado por lo que acaban de leer. Extrañamente creo que fue lo mejor que escribí hasta el momento.
Respecto al título del capítulo: El nombre es de un tema de Pink Floyd (banda grosa en la historia del rock si las hay), y trata acerca de la desesperación y el horror que trae la muerte. Creo sin dudas que es el tema más apropiado para este capítulo. Para quien le interese, le recomiendo que lo escuche y tenga en cuenta su significado (o de lo contrario van a terminar pensando que se trata de una mina gritando con música de fondo, lo cual sería un grave error de interpretación).
Si alguien tiene ganas, que escuche el tema mientras lee la útlima escena, ahi sí que se va a entender el concepto del tema.
En fin, en el próximo capítulo vamos a ver qué paso con Harry después de salir borracho de sus recuerdos y con algo de suerte también sabremos qué pasó con Ginny.
Saludos y hasta pronto!
Albus Severus.
P.D: dudo mucho que vaya a tardar tan poco tiempo en subir el capitulo que sigue, pero quién sabe? capaz que sí...
Sigan atentos y dejen reviews, porque estoy muy interesado en saber qué opinan ustedes acerca de mi justificación para que Harry y Ginny se hayan separado.
