Capítulo 1
-Sólo será por esta noche.- Dijo el rubio mientras la cargaba en brazos rumbo a su hogar. La joven pelirroja no podía verlo, pero la casa del alemán era enorme y espaciosa, parecida a una mansión en aspecto y tamaño. Guardias armados cuidaban las rejas de aquel lugar. Al verle arribar se cuadraron y saludaron de forma marcial, absteniéndose de hacer cualquier comentario sobre la chiquilla que llevaba en brazos. Él, a su vez, no dijo absolutamente nada.
Entraron a la casa. El interior de la morada era ostentoso, con bellas obras de arte alemanas y excelente mueblería; las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas de terciopelo rojo. Frente al vestíbulo se extendía imponente una gran escalera que llevaba a las cámaras superiores, flanqueada por dos banderas del Tercer Reich. La jovencita pelirroja no pudo contener un ligero temblor; no podía ver el lugar, pero sí podía sentir el ambiente pesado y estricto de aquella casa. Era un hogar donde la risa y las palabras cálidas y alegres no habían existido en mucho tiempo, una mansión fría y lóbrega, carente de amor entre sus muros. Bajó a la jovencita, parándola en la alfombra roja del vestíbulo; sus azules ojos se posaron en el rostro pecoso de la pelirroja. A la luz, el alemán podía notar la suciedad que manchaba su carita y su cuerpo apenas vestido por ese miserable ropaje.
-Disculpa, ¿Cuál es tu nombre?- Inquirió el rubio. Era verdad, había olvidado preguntar su nombre por la prisa que llevaba. La chiquilla dirigió sus invidentes ojos hacia él, y contestó en un susurró tímido.
-Gerlinde Schiele-Un nombre tan alemán como él; normalmente los judíos tenían nombres como Horowitz o Schneider.
-Yo soy Ludwig Weilschmidt… Represento a la nación alemana.-
-¿Cómo?- Preguntó la niña, sorprendiéndose por esa respuesta.
-No es algo fácil de explicar… - Contestó el rubio. Una campanada evitó que continuara; un gran reloj situado al fondo de las escaleras daba la hora con sus repiques: Las nueve en punto. –La cena será en media hora exactamente.- El rostro de Gerlinde se iluminó con la mención de la comida. –Pero primero debes darte un baño. Le avisaré a la criada para que te lleve a la ducha y te auxilie en lo que necesites.-
Calló por un momento. No podía dejarla andar en harapos, ni mucho menos presentarla así el día siguiente en el orfanato. Sólo había otra persona en la casa con su misma talla de ropa, y Ludwig sabía que tomar uno de sus vestidos para la jovencita iba a tener una mala consecuencia, pero tampoco pensaba dejarla andar desnuda por ahí.
-Luego de que te bañes, ella te ayudará a vestirte. Te espero en el comedor a las nueve y media exactas.-
Gerlinde asintió con la cabeza y el alemán se apartó de ella, dejándola en el vestíbulo. En breve llegó una mujer robusta que fácil pasaba de los cincuenta, de largas trenzas rubias y cara regordeta, vestida en el uniforme de la servidumbre alemana. Miró a la chiquilla de pies a cabeza, y su instinto maternal se disparó. Le tomó su manita, y con voz suave y familiar, le pidió que la acompañara; llevándola con cuidado hacia la planta superior, indicándole cada escalón, la acompañó hasta el cuarto de baño. Le auxilió a desvestirse, la bañó con agua caliente y lavó su cabellera pelirroja. Gerlinde se sentía contenta; pocas veces en toda su vida le habían dado tantas atenciones, y era la primera vez que gozaba de los lujos de la riqueza. Cuando estuvo completamente limpia, la criada la envolvió en una bata de baño blanca, y le indicó que esperara; iba a buscar su ropa.
Cuando dieron las nueve y media exactas, la puerta del comedor se abrió para dar paso a la robusta criada, quién llevaba de la mano a la tímida jovencita. Ludwig ya estaba ahí, ocupando una de las sillas del vasto comedor; era el único presente en aquella habitación, y su soledad hacía ver ese lugar más grande de lo que era en verdad. Un ligero escalofrío recorrió el cuerpo de Gerlinde; a pesar de su ceguera, podía sentir el ambiente del lugar, y nunca en su vida había percibido tanta ni tan profunda soledad. El alemán volteó a ver a la joven, y por un momento se quedó pasmado: La jovencita poseia una belleza sobrenatural, opacada por la suciedad. Su pobre ropaje había sido reemplazado por un vestido amarillo canario con encajes blancos; llevaba medias blancas y zapatillas de charol. Con el tacto, la chiquilla se acomodó en un asiento del comedor, ante la mirada casi atónita del oficial.
-¿Señor?- Preguntó la jovencita, tras un silencio abismal roto por el tintineo de los platos que servía la criada sobre la mesa, frente a su jefe y a la invitada. La voz de la chica sacó al alemán de su ensimismamiento, pegando un respingo como si alguien le hubiese clavado un alfiler.
-¿Mande?-
- ¿Se encuentra bien? Su voz suena diferente…- Comentó la chiquilla con un tono de preocupación en la voz.
-¿Eh? Claro que lo estoy.- Replicó molesto ante la pregunta de la joven, asustándola por su reacción. Tal vez se le había pasado la mano, había sido demasiado brusco en su forma de contestar. Suspiró y cerró los ojos, llevándose una mano a la sien.
-Disculpa…- Dijo en un tono más calmado. Pensaba alegar algo más a su favor, algo que no hiciera que la chiquilla pensara de él como un monstruo o un mal anfitrión. Estaba a punto de decir algo cuando la criada llegó con la cena, sirviendo sendos platos de estofado para los dos.
-Huele delicioso.- Susurró Gerlinde con una sonrisa de oreja a oreja; se veía aún más hambrienta con la cena servida ante ella. El alemán estaba preparado para no decir alguna cosa inoportuna si la chiquilla comenzaba a comer de manera desenfrenada, después de todo, era de esperarse. Sin embargo, y a diferencia de todo lo que creía que podía ocurrir, sintió que algo atrapaba su dedo índice; las puntas de los dedos de la chica acariciaban su dedo tratando de descifrar qué era. La mano de la jovencita siguió tocando inquisitivamente la mano recia del hombre, y al percatarse de lo que era en realidad, quitó la suya rápidamente y la escondió bajo la mesa, poniéndose tan colorada que parecía que la piel de su rostro se pegaba a su cabello.
-Lo… Lo siento, no sabía que era su mano… Yo… Yo estaba buscando los cubiertos- Aclaró avergonzada. –Perdone…-
-No hay problema.- Respondió el rubio en voz baja. Se sentía aún más incómodo que antes; el ambiente se tornó tenso entre ambos. A pesar de ese incidente, le había causado gracia que la joven fuera tan ingenua como para no haberse percatado que era su mano y no los cubiertos.
Tras la cena, que pasó sin incidentes mayores que algo de estofado derramado, la criada se encargó de llevar a la chica a la recamara en donde se quedaría esa noche, acompañándolas el alemán, para cerciorarse de que no ocurriera alguna otra clase de aparatoso problema. Como pijama se le dio una bata que, para su tamaño, era demasiado grande: Las mangas le colgaban, y la tela resbalaba por el suelo. La habitación era amplia, un tanto más acogedora que el resto de aquella casona, más sin embargo seguía teniendo ese pesado aire de exagerada pulcritud. Un escalofrío recorrió de nueva cuenta a Gerlinde, mientras la criada se alejaba a atender otros menesteres nocturnos antes de irse a acostar a las recámaras de la servidumbre.
-Espero que duermas cómoda.- Pronunció el alemán desde la puerta. –Y no olvides, es sólo por esta…-
-No me gusta dormir sola, señor…- Interrumpió la pelirroja en voz baja, dirigiendo sus ojos invidentes hacia él. Un suspiro escapó de la boca del rubio, y algo le decía que estaba a punto de escuchar una niñería.
-¿Y qué quieres que haga al respecto? – Preguntó con hastío, tratando de adelantarse a cualquier cosa que la joven pelirroja pudiera decirle. Sin embargo, lo que Gerlinde contestó no se acercaba ni por asomo a lo que Ludwig imaginaba.
-¿Podría…?- Empezó a decir la joven, tartamudeando con timidez. Respiró profundo, y completó la frase.
-¿Podría dormir con usted esta noche?-
Esta historia continuará…
