Capítulo 2
- Por favor, señor Ludwig… Déjeme dormir con usted.-
Suplicó la chiquilla pelirroja, sumamente apenada por aquella repentina propuesta. El alemán abrió los ojos como platos, sobrecogido por aquella repentina petición. Pero, tan pronto su sorpresa se disipó, vino como una cascada la fuerza de su carácter estricto.
- ¿¡Qué! … Esto debe ser una broma, ¿no es verdad?-
Preguntó, clavando sus azules ojos en la figura pequeña de la joven. Aquella petición era tan altisonante como comprometedora; ¿cómo iba a consentir tener en su cama a una niña que acababa de recoger de la calle? Todo aquello parecía una historia salida de un libro erótico. La tensión del rubio se elevó, al ver que la niña negaba con la cabeza. Estaba hablando en serio.
- Señor Ludwig, es que… Me da miedo dormir sola. M-mi hermano y yo compartíamos cuarto, y yo… Me a-asusta dormir sin alguien conmigo… -
Explicó la pelirroja, quien de nuevo temblaba de miedo por la recia respuesta del alemán. Ludwig se llevó una mano a la sién, frotándose suavemente, como hacía siempre que se metía en un lío de aquella índole, y suspiró. En cierta forma, sentía un gran alivio dentro de sí, y a la vez se reprochaba de haber dudado de la honra y el decoro de la jovencita.
-Ya entiendo… Pero aún así, no. –
Repitió su negativa, esperando que Gerlinde no se empecinara y siguiera insistiéndole. Le estaba empezando a doler la cabeza.
- Pero… -
- ¡Nada de peros! –
Atajó con un grito estricto y duro.
- ¡Tú no vas a dormir conmigo, ni en mi cama, ni en mi habitación, y punto! ¡No se hable más del tema! –
Agregó, en un tono igual de recio y malhumorado. Respiró profundo, y suspiró, dejándola en el interior de la habitación, cuando un sollozo lo detuvo en seco. Felicidades, Lu; sus gritos habían conseguido hacer a Gerlinde llorar. Aún así, se mantuvo firme en su desición, tratando de ignorar los sollozos de la pelirroja. Cerró la puerta de la habitación y caminó hacia la suya, al final del pasillo, haciendo rechinar los dientes; aún a través de la gruesa puerta y las paredes, el llanto de la niña podía escucharse hacia el interior de la pieza. Un ácido remordimiento le empezó a trepar desde el estómago por su garganta. Quizás esta vez se había excedido, Gerlinde era sólo una pobre huérfana; no tenía por qué haberla tratado de esa manera, cuando la niña sólo buscaba reconfortarse. Dios sabría cuánto tiempo llevaba ahí, vagabundeando en la basura y sufriendo las bajas temperaturas de la ciudad de Berlín. La culpa acabó por ganarle, y se dirigió a la puerta del cuarto donde había metido a Gerlinde.
- Está bien… Pero vas a dormir en el sillón, ¿entendido? –
El rostro tierno e infantil de la chiquilla pelirroja se iluminó, y asintió con la cabeza mientras se enjugaba el rostro con las mangas de aquella bata que le quedaba demasiado grande para su cuerpo adolescente.
- Gracias…-
Gimoteó, sonriendo levemente antes de que se le escapara un bostezo. Ludwig se frotó la sien, y la condujo hacia su habitación, la cual no era tan diferente a la que le había ofrecido a la chiquilla, aunque ella no pudiera notar la diferencia. El rubio encendió la luz de la habitación y la llevó hasta un sillón que no era muy amplio para él, pero del tamaño suficiente para que la pelirroja pudiera dormir acurrucada. Con la poca delicadeza que tenía, Ludwig la sentó en el mueble, le pasó una cobija y una almohada, y se apartó a su ropero para sacar su pijama mientras la pelirroja se acomodaba en el sillón; un nuevo problema surgió. ¿De verdad iba a cambiarse ahí, en presencia de la niña? Tragó saliva. Si bien Gerlinde era ciega, un sentimiento de indecencia le invadía ante la sola idea de desvestirse frente a ella. Se escondió dentro del armario, y ahí dentro se cambió de ropa hasta ponerse el pijama. Cuando salió se dirigió directamente a su cama, y estaba por subir a ella cuando la vocecita de Gerlinde le hizo sobresaltarse.
- ¿Señor Ludwig?-
Susurró con la voz adormilada.
- ¿Sí? –
Replicó, sintiéndose extrañamente nervioso.
- Buenas noches…-
Dijo, y momentos después se quedó sumida en un profundo sueño.
-Ah… Buenas noches… -
Respondió de la forma más amable que pudo y apagó la luz de la habitación; luego, se recostó en la cama y se dispuso a dormir. Habían pasado unos minutos cuando el alemán escuchó algunos quejidos provenientes del sillón. Se levantó de la cama y se dirigió a donde estaba la chica, notando como temblaba constantemente .
"Tal vez necesite otro cobertor…"
Pensó, para luego coger una cobija y ponérsela encima a la jovencita. Eso pareció apariguarla. Contuvo un pesado suspiro y se dirigió de vuelta a la cama. Las horas pasaban una tras otra y Ludwig no lograba conciliar el sueño, pensando en toda clase de preocupaciones y deberes que tenía por delante al día siguiente, y más encima el cuidado de la pelirroja, aunque solo fuera por aquella noche. ¿Cómo pudo consentir que esa niña se quedara en su casa, y en su cuarto? La primera parada al día siguiente, tras tomar el desayuno a las siete y media de la mañana, como todos los días, sería el orfanato. Abrumado por esos pensamientos, decidió ponerse a leer el libro que ya había empezado la noche anterior, para así pensar en otras cosas y poder, por fin, conciliar el sueño. Encendió la lámpara que estaba en la mesita de noche, y reanudó su lectura tras ponerse un par de gafas. Y, para su desventura, no pasaron ni cinco minutos cuando escuchó a la pelirroja sollozar.
- ¿Ahora qué? Ya estás durmiendo aquí… ¿Qué más quieres?-
Preguntó de mal humor.
… Soy una inútil y una carga para todos… Y todo por ser ciega, soy una desgracia… –
Se lamentó la pelirroja, derramando gruesas lágrimas sobre la almohada. De nuevo, al alemán se le hizo un nudo en la garganta al escuchar aquellos amargos lamentos, pronunciados por la frágil voz de la chiquilla. La amarga sensación del remordimiento lo golpeaba una y otra vez, recriminándose lo hostil e inflexible que era con Gerlinde. Respiró profundamente.
- Oye… No digas eso… Err… No eres una carga… -
Trató de reconfortarle, pero un nuevo embate de amargura salió de la chiquilla.
- ¡Claro que lo soy! Apuesto a que usted piensa que soy una buena para nada… Todo por no poder ver… -
Exclamó en un sollozo, levantando su cabeza y dirigiendo su rostro hacia el del alemán. Incontables lágrimas escurrían de sus ojos de un pálido color azulado, rodando por sus blancas mejillas llenas de pecas.
- Por eso… Por eso mi hermano me abandonó… Dijo que era una carga para él…-
Ludwig se quedó pensativo, sintiendo pena por la jovencita. Respiró profundamente, reflexionando lo que Gerlinde le había dicho; ahora comprendía su situación, su estado de vagabunda era a consecuencia de una marginación provocada por el resentimiento de su hermano.
- Si no fuera por usted, no sé lo que me hubiera pasado allá afuera… -
Susurró la pelirroja, recargando su cabeza en el pecho del rubio y aferrándose a él en un abrazo. El alemán la miró con lástima, dejando que se desahogara, percatándose verdaderamente de lo delgada, pequeña y frágil que era la niña. Quizás, en el peor escenario, Gerlinde no habría sobrevivido esa noche en el estado tan precario en el que se encontraba. La pena dio paso poco a poco a la incomodidad, pues la pelirroja no le soltaba ni tampoco dejaba de llorar. Una mala idea se le ocurrió, y sin embargo era eso o seguir escuchando su llanto y no dormir en toda la noche.
- ¿Por qué no duermes en la cama?... Debes estar incómoda en ese sillón…-
La pelirroja se apartó de él al escucharle decir eso, bajando su rostro.
- Pero, eso no es correcto…-
-No… No hay problema, puedes dormir en el lado derecho de la cama… -
Ludwig no se podía creer lo que estaba diciendo, pero si aquello servía para que la pelirroja se estuviera callada y le dejara dormir, estaba dispuesto a hacerlo. Guiada por él, Gerlinde se acomodó en el espacio que el alemán le cedió en su lecho, y como por ensalmo, se quedó profundamente dormida tan pronto como el rubio ocupó su lugar a su lado.
-Menos mal… -
Murmuró viéndola dormir. Parecía tan tranquila, en una paz completa y una tranquilidad enorme, a diferencia de él, que estaba hecho ya una bola de nervios. No podía creer que la hubiera dejado dormir en su dormitorio… ¡Y menos en su cama! Pero, aquello había logrado que, por fin, la pelirroja se durmiese y le dejara tener algo de tranquilidad, sin que Ludwig se imaginara lo que esa desición le traería en el futuro…
Esta historia continuará…
