Capitulo 3
-Sí, entiendo, pero… En serio, ¿no podría? Es… Entiendo. –
La voz gruesa y adusta del alemán se escuchaba en el pasillo de la casa, fuera de la habitación. Gerlinde acababa de despertar. Sus ojos no captaban más que oscuridad, como siempre lo habían hecho desde su nacimiento, más sus oídos no perdían detalle de las palabras de su anfitrión, asomando su cabeza de cabello rojo de debajo de los cobertores.
-Está bien… Veré… Veré que puedo hacer al respecto. Sí, gracias.-
El alemán colgó el teléfono y entró de vuelta a la habitación. El ruido de la puerta hizo sobresaltar a la pelirroja, quien pegó un leve respingo. Se llevó una mano a la sien, frotándosela antes de apretarse el tabique nasal. Respiró profundamente.
- El orfanato al que te iba a enviar fue bombardeado esa madrugada.-
Anunció con un pesado tono de férrea seriedad.
–Vas a quedarte aquí. Enviarte a otro lugar podría ser peligroso para tu seguridad. Yo… -
Inhaló profundamente.
- Yo te acogeré como tutor.-
Gerlinde se quedó anonada un breve momento, cogiendo un mechón de su cabello y jugando nerviosamente con él.
-… ¿No seré una carga para usted?-
Susurró temerosamente.
-Mi mucama, Greta, se encargará de ti por la mañana… Yo me haré cargo de tu instrucción y educación básica. Tendré que… Oh. –
Guardó silencio un momento, al ver que su respuesta tan repentina y directa había provocado que la jovencita se asustara una vez más.
-Lo siento… Como te decía, tendré que ajustar mi horario para ello, pero te haré saber los horarios de manera oportuna. Te veré en el comedor para tomar el desayuno.-
Dijo finalmente antes de retirarse. Respiró profundamente. Toda aquella situación acababa de hacer su vida aún más imposible. La guerra le estaba dando ya bastantes problemas, y hacerse cargo de aquella niña sólo se había vuelto uno más, y no iba a echarla a la calle a que muriera de hambre, frío o una bala perdida; sin un orfanato a donde enviarla, no le quedaba de otra más que cuidarla él. Su agenda estaba tan apretada ahora que sentía que en cualquier momento iba a saltar de su bolsillo a estrangularle, y en efecto, los primeros días de hacerse cargo de Gerlinde fueron el infierno en la tierra para Ludwig. Mientras que la pelirroja disfrutaba de la libertad de explorar y curiosear por el hogar, el alemán hacía circo, maroma y teatro para ajustar sus deberes con el ejército y su responsabilidad en el hogar. Gerlinde, si bien no la pasaba tan mal como Ludwig, a menudo tenía todo tipo de dificultades; por más que explorase la casa no conseguía memorizarla del todo, y su arquitectura monótona y simétrica hacían que le fuera difícil memorizar el lugar o tomar algo como referencia para ubicarse. A menudo se perdía entre las habitaciones del segundo piso, y en sus caminatas por el primero no podía evitar romper algo. Cada noche desde que Gerlinde se volvió una residente de aquella casona, la pelirroja le daba la bienvenida al "señor Ludwig", que a diario llegaba cansado y estresado para escuchar el reporte que la mucama Greta tenía que darle sobre lo que la niña había roto ahora. Tras una cena en la que el alemán no decía ni una palabra y apenas probaba bocado por el estado tan alto de estrés que alcanzaba, se retiraba a su alcoba, seguido por Gerlinde. Ella no había vuelto a dormir en su cama, acostándose en el sofá de dos plazas que había en la pieza, y aunque eso le quitaba un tremendo peso de encima al alemán, la niña seguía quitándole un trozo muy grande de su privacidad, aunque fuera ciega. Sin embargo, si la enviaba a otra habitación sabía que la pobre la pasaría muy mal por su miedo a estar sola, y tener que levantarse a las dos de la mañana a buscarla entre las habitaciones por si se perdía buscándolo a él no era algo que Ludwig pretendía hacer. Eso era lo mejor para ahorrarse futuras tensiones, irónicamente.
Una noche, tras haber escuchado el reporte malhumorado de Greta y cenar un par de bocados, Ludwig se dirigió a su habitación seguido de Gerlinde, como siempre. Se colocó tras un biombo que había hecho instalar y se cambió a sus pijamas, mientras meditaba en conversar con Gerline. Tras dos semanas y algo de ser su tutor, él muy apenas había hablado con la chiquilla, y por sus múltiples ocupaciones tampoco había conseguido hacer un espacio para dedicarse a la educación de la niña. Lo único que sabía de ella era que se llamaba Gerlinde, que no era judía, que era huérfana, pobre y que tenía un hermano mayor… ¡Un hermano mayor! Una idea se iluminó en la mente del alemán, y tan pronto terminó de vestirse, habló.
-Gerlinde, quiero preguntarte algo.-
La pelirroja, que se estaba cepillando diligentemente el pelo, pegó tal respingo que soltó el peine, el cual, antes de caer, se enrredó en un mechón y le dio un formidable tirón. Se lo quitó con un leve quejido y volteó la cabeza hacia su tutor.
-¿S-sí, señor Ludwig? –
Como siempre, la chica le parecía a Ludwig un animalillo indefenso; ahora que la miraba con más atención, se daba cuenta que, a pesar de que ahora vestía una bata y estaba limpia, seguía siendo la misma niña asustada que encontró en un basurero del centro de Berlín.
-Me dijiste que tienes un hermano mayor, ¿no es verdad?-
Con muda sorpresa, el alemán vio como, a la mención de su hermano, la ciega hacía una mueca peculiar. Bajó las cejas, entrecerró sus invidentes ojos, torció a un lado la boca… Claramente, evocar el recuerdo de su hermano no era algo agradable para ella. Pero, ¿por qué?
-Sí, Gerhard…-
Contestó con un hilo de voz.
-Gerhard… Y si dices que es mayor que tú entonces debe trabajar en algo, ¿o no?
-¡Oh, no, señor! –
Replicó la chiquilla, adoptando ahora una mueca sorprendida, como si se acabara de dar cuenta de algo muy importante; una expresión iluminada que deshizo la melancolía anterior.
-Verá, él es mayor que yo, pero tenemos la misma edad… Somos mellizos.-
Mellizos… Aquello hacía que nuevas preguntas se formularan en la cabeza del alemán. ¿Dónde podría estar el tal Gerhard? ¿Por qué se separarían si eran mellizos? ¿Él la estaría buscando? Respiró profundo, pretendiendo lanzar alguna de esas preguntas, cuando fue Gerlinde la que habló.
-¿Y usted, señor? ¿Tiene hermanos o hermanas?-
El alemán titubeó un momento antes de contestar.
-Eh, sí… Una hermana menor y un hermano mayor. Los dos viven aquí conmigo, pero… Están fuera del país desde hace unos meses por la guerra. Por eso no… No has tenido la dicha de, err… Conocerlos.–
En su cabeza escuchó la aguardentosa voz de su hermano mayor burlándose de él por cuidar a aquella niña, haciéndole toda clase de bromas, y luego, al pensar en su hermana menor, se estremeció. Su piel se puso pálida al recordar de quién era la ropa que Gerlinde había estado usando durante todo ese tiempo. Si de por si su hermano era todo un personaje, su hermana menor era el demonio, y algo que la chica no toleraría sería que alguien que no fuera ella estuviera luciendo su preciado guardarropa.
-… ¿Pasa algo malo? –
Preguntó Gerlinde con algo de temor, preocupándose por el prolongado silencio en el que se había sumido Ludwig al pensar en la furia y sorna de sus hermanos.
-No… No, no es nada. Por cierto, mañana a primera hora, Greta te acompañará a comprarte ropa.-
Dijo mientras se frotaba la sien, recriminándose por no haber pensado en eso antes. Ahora, cuando sus hermanos regresaran, sabía que le esperaba una que no iba a tener fin… Gerlinde, por su parte, se sintió tan contenta como apenada. Por un lado le agradaba recibir ropas nuevas, pero por el otro no podía evitar sentirse una molestia al haber usado ropas ajenas.
-Oh… ¿Y cómo se llaman sus hermanos?-
Preguntó para despejarse de aquellos pensamientos.
-Son… Gilbert y…Franziska.-
Dijo, sintiendo un leve calosfrío al escuchar en su mente la risa burlona de su hermano y los gritos ensordecedores de su hermana. Ser el de en medio era difícil.
-¿Podríamos hablar de otra cosa?-
Pidió, sacudiendo la cabeza.
-Oh, está bien… Umm… ¿A qué se dedica?-
-Algo que no sea trabajo tampoco…-
-Oh, lo siento… Err… ¿Está casado, tiene pareja?-
La pregunta le hizo sonrojarse. Ludwig era un hombre muy centrado en su trabajo y no tenía tiempo para esa clase de cosas, o por lo menos, nunca les había dado importancia, por lo que aquella pregunta lo tomó en curva. Sacudió la cabeza en una negativa, y luego se recriminó por ello, recordando que la chiquilla era ciega y no podría notar aquella seña.
-No, no lo estoy.-
Respondió secamente, llevándose una mano a la nuca. Hablar de amores siempre hacía que se pusiera nervioso, aunque fuera una pregunta tan simple como esa.
-Ah… Supongo que es por esto de la guerra… -
Susurró Gerlinde, ladeando ligeramente la cabeza.
-¿Qué cosa?-
La pelirroja dio un respingo y carraspeó nerviosa.
-Perdón, le decía… Tal vez por esto de la guerra no se ha dado tiempo para ello.-
-Sí, es por eso, y ya es muy noche. ¡A dormir!-
Rugió para zafarse de aquel predicamento. Con su grito, la ciega pegó un salto y se acomodó en el sillón en el que dormía, arropándose con las cobijas como una conejita asustada. Ludwig, por su parte, se metió en su cama y apagó las luces, dejando encendida la lámpara de su cómoda para leer hasta quedarse dormido, como lo había hecho cada noche desde que Gerlinde dormía en su habitación. Aquella pregunta no dejaba de rondarle la cabeza, ni tampoco dejaba de repetirse que eran sólo chiquilladas de la pelirroja. Después de todo, a su edad, era normal que una niña pensara en asuntos de amor, pero para él, el amor era la última de sus ocupaciones, y la primera de sus preocupaciones cuando se lo mencionaban. Estaba cabeceando ya cuando la vocecita somnolienta de Gerlinde le sacó un respingo.
-Señor Ludwig…-
-¿Qué pasa, Gerlinde? –
-… Tuve una pesadilla… ¿Podría…?-
El alemán suspiró. Sabía lo que le iba a pedir, y su respuesta fue abrir los cobertores del otro lado de su cama.
-Anda…-
La chiquilla se metió a la cama, acurrucándose mientras el alemán se preguntaba como es que podía ser tan temerosa de cosas como las pesadillas. En el fondo, Ludwig sólo quería recuperar su habitación y su privacidad. Cuidar de Gerlinde y ser su tutor estaba bien a esas alturas, pero si tan solo pudiera tener de vuelta su dorada privacidad… Y entre más pronto fuera, mejor. Si sus hermanos regresaban y lo descubrían con aquella chica compartiendo su habitación, sabía que no pasaría un día sin que no se burlaran de él. Tenía que ponerle punto a esa situación, y tenía que hacerlo ya, antes de que la vena de su sien le reventara.
-A partir de mañana dormirás en una habitación propia, Gerlinde.-
Sentenció, preparándose para recibir una súplica por parte de la chica, pero no escuchó nada. Gerlinde se había quedado dormida casi al instante, acurrucándose hacia él al punto de rozar su espalda con su cuerpo. El alemán se estremeció y dejó salir un suspiro. Aguardó unos minutos y luego la cargó en brazos para recostarla con la mayor delicadeza posible en el sofá. Tras arroparla se sentó un momento a mirarla, acomodándole algunos mechones de su cabellera roja y ondulada. Un sentimiento peculiar recorrió a Ludwig al contemplar el rostro de Gerlinde. Por ese momento, dejó de sentir que fuera indefensa para sentir que la chica dependía de él, que no podía abandonarla a su suerte, a pesar de todos los problemas que le estaba causando. Negó con la cabeza y se fue a acostar con ganas de abofetearse.
Ludwig despertó sintiéndose todavía apesadumbrado. Miró el reloj; todavía no era la hora de levantarse, así que optó por acurrucarse y dormir un poco más. Acomodó su cabeza en la almohada y miró hacia el sofá en el que dormía Gerlinde... Sólo que Gerlinde no estaba en él. Se levantó de la cama apresuradamente y salió de la habitación. Miró a todos lados y notó una silueta envuelta en una cobija bajando las escaleras. Una sensación de alivio bajó por toda su espina y caminó hacia ella, conteniendo sus ganas de gritarle una reprimenda por temor a que la ciega se cayera de las escaleras por el susto.
-Gerlinde, ¿a dónde vas? –
Susurró para llamar la atención. La chiquilla se sobresaltó al escuchar al rubio. Trastabilló y en el acto Ludwig la tomó por la cintura para evitar que se cayera.
-Cuidado…-
Dijo levemente mientras la soltaba, agradeciendo una vez más a Dios que la chiquilla fuera ciega para que no viera lo rojo que se había puesto por eso.
- Gracias… -
Susurró Gerlinde, jugando nerviosa con sus manos bajo el cobertor.
-Dime, ¿por qué querías bajar las escaleras? Sabes que no debes andar sola por ahí.-
Comenzó a reprenderla. Sus azules ojos se clavaron en su rostro. Su carita tenía una expresión de temor y pena.
-Tenía sed, señor.-
Respondió. El alemán tomó aliento para continuar con la reprimenda, cuando un sonido hizo eco desde el vestíbulo; el sonido de la puerta principal abriéndose de par en par.
"Scheisse…", pensó el rubio mientras tragaba saliva.
-¡WEEEEEEEEEEEST!-
Gritó una voz aguardentosa desde la planta baja.
"Scheisse!"
-¿Quién es, señor Ludwig? –
Susurró desconcertada la pelirroja, mientras que el rubio se masajeaba la sien, sintiendo como le daba vértigo.
-Son… Mis hermanos, Gerlinde. Ya regresaron.-
Esta historia continuará… D:
