Capitulo 4

El rubio escondió a la chica detrás de él bruscamente, haciendo que se desconcertara aun más. En su mente pensaba las acciones y palabras que tendría que ejecutar para que la situación no fuera tan lejos. Desde el oscuro pasillo podía escuchar los pasos de sus hermanos, que se acercaban cada vez más a la sala. Comenzó a sudar frio. Jamás pensó que estaría en esa situación. Había pensado que ellos llegarían un par de semanas después, que la presentación de Gerlinde a sus hermanos sería más formal y que sería capaz de explicar la situación con mayor detalle. Para su mala suerte, no sería así. Los pasos se acercaban cada vez más y el tiempo se le acababa. En ese instante recordó que había una puerta a aproximadamente un metro y medio de donde se encontraba parado; sin decir nada tomó en brazos a la chica, se lanzó hacia la puerta, la abrió de golpe y la metió ahí, sentándola en una silla.

-Quédate aquí y no hagas ningún ruido, yo manejare la situación y vendré por ti cuando se haya aclarado todo, ¿está bien?

Le ordenó en voz baja. Gerlinde asintió, encogiéndose en la silla mientras que el hombre salía de la pieza y cerraba la puerta tras de sí. De unas cuantas zancadas ya estaba en las escaleras, donde un par de personas se detuvieron frente a él.

-Gilbert.-

-¡West!

Grito la estrepitosa voz, esta vez más cerca que nunca. Le pertenecía a un sujeto albino, de piel cetrina y centellantes ojos rojizos. Vestía un uniforme militar pletórico de condecoraciones militares. La otra persona era una chica rubia, de cabello corto y penetrantes ojos azules. Lucía el uniforme negro de la temible Schutzstaffel, y aunque no llevaba al pecho tantas medallas como su hermano, las que poseía eran las máximas preseas alcanzables. Su mirada escudriñaba cada rincón del lugar disimuladamente, mientras que su hermano mayor no dejaba de hablar a un volumen casi estridente.

-Hubo un cambio de planes.- Declamaba el albino -El "señorito" se tuvo que quedar en nuestros puestos. Regresamos debido a que el sábado tendremos una reunión con nuestros aliados y era importante que ella estuviera presente.-

Indicó a la rubia con su mirada. Sonaba bastante cansado, pero ni siquiera eso abatía sus ánimos de ser el centro de atención, inclusive a media noche. Ludwig iba a responder ante la repentina noticia cuando fue interrumpido por una voz clara y fría.

-¿Se puede saber qué hacías en mi recamara, Ludwig?-

Preguntó en un tono que habría provocado que un oso pusiera tierra de por medio. Un escalofrío bajó por la espina del alemán. Apretó los dientes. "Maldición, su habitación es…"

-¿De qué hablas, Franziska?

-No te hagas el imbécil. Conozco como rechina la puerta de mi cuarto. Ahora, quiero que me digas por qué estabas en mi recamara. ¿O es que se te olvidó que lo tienes prohibido, y sobre todo si no estoy en casa?

Ludwig había metido la pata hasta la rodilla. Su hermana no era una de las personas que aceptaban las equivocaciones y las explicaciones de última hora; tendía a salirse de sus casillas cuando eso ocurría. La chica lo empujó a un lado violentamente para abrirse camino hacia su alcoba, mientras Gilbert observaba el incidente, medio divertido, medio preocupado de perder a su hermano menor.

La puerta de la habitación rechinó al abrirse. Después, un grito y un chillido provocaron que a Ludwig se le helaran las entrañas. Corrió hacia el cuarto seguido por Gilbert, que comenzaba a estar más divertido que preocupado. Franziska tenía el cañón de su pistola reglamentaria sobre la frente de Gerlinde.

-¡Ludwig! ¡Dime quién es esta!- Vociferó la rubia.- ¿¡Qué haces aquí, cucaracha gitana!?

Gerlinde lucía al borde de un ataque de pánico; abría y cerraba la boca, sus palabras se le ahogaban en gemidos de miedo y confusión. De sus ojos invidentes brotaban gruesas lágrimas de horror. Franziska se desesperó ante eso y oprimió con mayor fuerza la punta de la pistola en la frente de la pelirroja.

-¿¡No vas a hablar, perrita!? ¡Bien! ¡Te mueres!

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Gerlinde al escuchar el sonido del gatillo siendo apretado poco a poco por Franziska. Gerlinde cerró con fuerza sus ojos ciegos. Un disparo retumbó en la habitación…

Y después, el estridente reventar de la ventana.

-¡Ludwig, imbécil! ¡Eres un imbécil, ¿qué diablos haces!?

La rubia trataba de hacer que su hermano le soltara las muñecas, forcejeando inútilmente. Gilbert, por su parte, se limitó a soltar una tremenda carcajada al ver la pelea entre sus hermanos menores. Gerlinde, sin embargo, no quiso saber nada y cayó desmayada por tantas impresiones recibidas tan de prisa. Tras un par de minutos de forcejear, Franziska comenzó a calmarse, dejando salir de sus labios un bufido de completa molestia.

-No sabía que te gustaba traer "amiguitas" a la casa mientras no estábamos, Ludwig...- Comenzó a decir con profunda saña. -Pensé que eras un hombre más serio.-

Ludwig tragó saliva y se sonrojó ante el comentario de su hermana. Le soltó las muñecas y después carraspeó.

-Se llama Gerlinde, y no es una prostituta, como tú crees. Es una huésped en esta casa, por lo cual pido que se comporten bien con ella y que no sean tan bruscos, en especial tú, Franny.-

La rubia gruñó al ver como los ojos de su hermano se clavaban en los de ella mientras pronunciaba ese odioso apodo. El alemán tomó en brazos a la pequeña Gerlinde y la recostó con cuidado en la cama a pesar del numerito que su hermana menor le había hecho apenas hacía unos instantes. Los tres salieron del cuarto entrecerrando la puerta y Ludwig les explicó con la mayor brevedad posible la historia de cómo había encontrado a Gerlinde y como se había convertido en su protegida, omitiendo, por razones obvias, el hecho de que la chiquilla se había quedado a dormir en su cuarto y que había estado usando la ropa de Franziska por las ultimas semanas. Una vez que se hubo aclarado la situación, Ludwig optó por cambiar al otro tema que le abrumaba.

-En cuanto a la junta… ¿Es el sábado, cierto?

Gilbert asintió.

-Tenemos dos días para preparar todo si queremos que nuestros aliados se sientan en un ambiente para planificar las estrategias. Le diré a Greta que limpie la sala de juntas mañana.-

-Espero que esta próxima reunión sea mejor que la anterior, ese estúpido de Feliciano no hizo más que roncar durante más de la mitad del tiempo, verdaderamente patético.-

Refunfuño Franziska, recordando la expresión bobalicona del italiano. A partir de ahí, estuvieron discutiendo acerca de cómo estaba yendo en los campos de batalla durante todo el resto de la noche, sin darse cuenta de que Gerlinde había despertado y les estuvo escuchando en silencio detrás de la puerta. Aquella interminable conversación de los hermanos, que sonaban algunas veces entusiasmados y otras molestos o preocupados, le hizo perder completamente el sueño.

Cuando los rayos de sol iluminaron a Berlín, el trío de militares se encontraba somnoliento y con enormes ganas de tumbarse en cualquier lugar mullido para descansar tras su larga plática. Ludwig abrió la puerta con la intención de sacar a Gerlinde del cuarto de su hermana, y se llevó una auténtica sorpresa al verla tan desvelada como él.

-¿Qué ocurrió? ¿No pudiste conciliar el sueño después de lo de anoche?

Gerlinde asintió, temerosa de admitir que les había estado escuchando. A Ludwig se le hizo un nudo en la garganta al verla con cara de preocupación.

- … Gerlinde, debo disculparme contigo por eso. Actué sin tener en mente que aquí duerme mi hermana y casi te matan por ello. Perdóname.

No obtuvo respuesta más que un ligero gesto de descontento por parte de la pelirroja que salió a tientas de la habitación. Ludwig apretó los puños por unos momentos, enojado consigo mismo por su tremenda torpeza. Tras un suspiro, decidió irse a su habitación a tratar de dormir un poco, sin saber que Gerlinde se encontraba en aquellos momentos contra la pared, amenazada con una pequeña navaja que le rozaba ligeramente el cuello por Franziska.

-Escúchame con atención, escoria… Quizás seas la protegida de Ludwig, pero vuelve a hacerme enfadar, basura… Vuelve a hacerme enfadar y vas a lamentar haber nacido.- Con fuerza le tomó el cabello, pegando su frente contra la suya.- ¿Me entendiste, inmundicia?-