N/A: *muere* Antes que nada, tengo que decírles que edite esto mientras lloraba amargamente frente a la computadora. ¿Motivo? Le hice caso a una amiga norteamericana de leer cierto fanfic Johnlock y... bueno, actualmente estoy un poquito descorazonada y no he podido dejar de pensar en eso y preguntarme el por qué. Ya con eso, les doy la bienvenida al tercer capítulo!
Anuncio que me tardaré un poco con el cuarto capítulo porque... porque me esta costando un poquito escribir algo decente. Así que, tenganme paciencia. Espero el sábado tener algo decente para subirlo y mientras tanto: ¡FELIZ LUNES DE CALZONES ROJOS!
Disclaimer: Los personajes aquí usados no me pertenecen, son de Sir Arthur Conan Doyle con la bella ambientación de Mark Gatiss y Steven Moffat (MOFFAT!).
Advertencia: Angst. Advertencia de spoilers, así que si a estas alturas no has visto Reichenbach Fall: ¡¿qué demonios estás esperando?!
Capítulo III. Quiet Heart.
'Todos los corazones están rotos. Todos los cuerpos están muertos. Preocuparse no es una ventaja'.
'Perdóname Mycroft pero, esta vez, preocuparse es la única ventaja que tendrán en mucho tiempo'.
Ya no había vuelto a ver a John desde aquel incidente. Y de eso habían pasado tres años, con sus días y sus noches. A veces imaginaba que su celular vibraba y que Sherlock le mandaba mensajes, pero estaba segura de que ya no. Sherlock llevaba tanto tiempo fuera que dudaba que siquiera pensará en regresar y darle las gracias. Ahora pasaba más tiempo en la morgue, rodeada de cadáveres, haciendo disecciones, olvidando que necesitaba un poco de contacto humano de vez en cuando.
Por las noches tenía pesadillas, cosa extraña, pues ella jamás había sentido su consciencia ser tocada por algo ajeno. Pero esto llevaba tiempo que había dejado de ser ajeno a ella. Soñaba con lo que había hecho, lo que había provocado. Los veía, como si nada hubiera cambiado, pero entonces… entonces también lo veía a él y todo se rompía en pedazos. En ese instante se despertaba y miraba la oscuridad, sintiéndose asfixiada. Odiaba guardar el secreto. Lo odiaba todo. Pero tenía que tragárselo todo, acabar con su propio sufrimiento, porque se miraba en el espejo y aunque sentía repugnancia, aún podía decir que 'las cosas están bien aún', y rezaba porque todo empezará de nuevo.
Hasta que le avisaron.
Mike Stamford había entrado corriendo, con un gesto de clara preocupación en el rostro. Estaba ocupándose de papeleó y limpiaba los aparatos que había usado para la última autopsia. A Molly aquello la desconcertó, pero la oración que le siguieron la dejaron sin palabras: 'Acaban de internar a John, alguien… alguien le disparó… ¡tienes que venir, Molly!'
Las cosas se le cayeron de las manos, la misma morgue tembló como una hoja de pepel y sus ojos avellana se abrieron tanto que sintió que se caerían de sus cuencas, el estomago se revolvió. Quería vomitar.
'¡Prométeme que estará seguro, Molly!'
'Tú promete que regresarás para mantenerlo a salvo'.
'Mentiroso, mentiroso… egoísta mentiroso', jadeó cuando siguió a Stamford fuera de la morgue, camino a terapia intensiva. Tenía los nudillos blancos a causa de la presión que su piel ejercía sobre sus huesos. Tenía sus puños fuertemente apretados y temblaba con violencia, sintiendo como el nudo en su garganta la dejaba con menos aire.
Había gente fuera de la habitación que John ocupaba: la señora Hudson, que había presenciado el suceso y estaba siendo atendida a causa del shock; Lestrade que había aparecido tan pronto como había podido y Mycroft, apartado de todos, con un rostro indescifrable. Y entre esas personas, una mujer de cabello castaño que lloraba, como si la estuvieran flagelando. Mike se le acercó, dejando a Molly allí, a un lado de la puerta, y por primera vez vio a John, a través del cristal de la puerta.
Se le veía más delgado, más blanco, más cansado y envejecido. Había un médico y una enfermera revisando sus signos y administrándole los sedantes. Su vientre estaba fuertemente vendado, quien había tirado no había querido matarlo, o quizás, se había equivocado al momento de tirar el gatillo. De nuevo sintió la necesidad de vomitar, hasta que el médico y la enfermera se retiraron.
'¿Harriet Watson?', la mujer alzó el rostro, con los ojos tan hinchados que sus pupilas parecían haber desaparecido por completo.
'S-sí, soy yo…', jadeó, acercándose al médico y desapareciendo de la vista de Molly, porque ella ahora no podía volver a ver lo que pasaba frente a sus ojos. Harriet era una mujer con un corazón que alguna vez fue noble, hasta que se perdió en el alcohol y perdió el piso.
Aprovechó la distracción y confusión general para colarse en el cuarto de hospital. John era un hombre atractivo a su manera, pero definitivamente, no era un cadáver que ella quisiera abrir. Se sentó a su lado, mirando en silencio las vendas, sus manos callosas y su rostro inquieto.
'Los corazones no viven mucho tiempo fuera de sus cuerpos'.
Con un temblor absurdo tomó la mano de John. ¿Quién le había hecho? ¿Por qué…? ¿Por qué estaba allí, tan solo y abandonado? ¿Tan agonizante?
'Tienes que ser fuerte John, no por ti… por ustedes', se mordió el labio, hablando muy bajito, muy cerca del rostro intranquilo de John. 'He sido peor que Sherlock, me aleje… perdóname John, lo siento tanto, pero él me lo pidió… y yo tenía tanto miedo de decírtelo… de que un día, simplemente, ya no pudiera guardar el secreto', el rostro de John cambio, como si aquello lo lastimara más profundamente, las palabras que tenía que decir iban en contra de su amistad con el Holmes, pero ya no le importaba en lo más mínimo su amistad con él. Lo que le estaba haciendo a John. Lo que se estaba haciendo a sí mismo, era imperdonable. Se armó de valor, sintiendo como su corazón frío y blanco latía con fuerza, moviéndose contra sus costillas.
'John, él está vivo y es un maldito egoísta. Un maldito, desgraciado egoísta pero… pero él lo ha hecho por ti. Porque tú eres su corazón y el cuerpo debe proteger al corazón…'
'… pero no abandonarlo', el corazón helado de Molly se congeló aún más. Dejó de moverse, incapaz de poder decir algo más, apagando por un momento la vida y de pronto, reanimándolo todo. ¿Así es como se sentían los corazones expectantes? ¿Así es como se sentía John ahora? Sí, definitivamente, se debía sentir como si lo hubieran desconectado, para mostrarle cosas aún más bellas.
A su lado, Sherlock estiró una mano, tomando con delicadeza las vendas de John, acariciando con sus dedos lo que cubría la piel de su amigo, de su médico, de su escritor… de su corazón. John, en sueños, comenzó a derramar lágrimas y Sherlock, con sus largos y blancos dedos, comenzó a remover una a una, sin importarle nada.
'Decía que no era de sentimientos. Pero eso era porque sus sentimientos vivía en alguien más'.
Molly se volvió un testigo silencioso de las lágrimas de Sherlock. Del cambio en el semblante de John, y no se movió de su lugar, hasta que sintió que era necesario, dejándolos a ambos solos, porque al fin, podía ver que Sherlock tenía vida y que John ya no agonizaba en esa cama de hospital. Y porque sabía que su presencia ya no era requerida en aquel sitio.
Mycroft era el único que quedaba, fuera de la habitación de John y dirigió una mirada significativa hacia Molly. Era mitad agradecimiento, mitad reproche, mitad mascara rota.
'Supongo que debería de agradecerle a usted, el hecho de que mi hermano este vivo ahora mismo', Mycroft se sentó, de pronto, veinte años más viejo, incapaz de seguir en esa posición de político. Con la máscara de frialdad tan mal puesta.
'Sabe, señor Holmes', habló Molly, mientras se acercaba al político, que sujetaba con cuidado un vaso de unicel con lo que presumía, era café. El mayor de los Holmes alzó una ceja, esperando. 'Nunca comprendí porqué había personas tan frías, tan reacias a sentir que tuvieran corazones tan nobles y humanos. Ustedes los Holmes, tienen corazones peculiares'.
Y se retiró, antes de que Lestrade regresara, con un café negro cargado, sentándose a un lado de Mycroft y apoyando una mano en la de él, sin esperar nada más que un leve apretón de reconocimiento. El Inspector demostraba todas las emociones que Mycroft, simplemente, se negaba a mostrar.
Molly sabía que debía agradecerle a Mycroft por la aparición de Sherlock, pero en secreto, muy en secreto, sabía que no sólo había sido él. Muy, muy dentro de su corazón frío, rodeado de instrumentos quirúrgicos, había un rincón muy pequeño, donde una niña jugaba con lazos rojos y creía fervientemente en las almas gemelas.
Por primera vez, en mucho tiempo, sintió como el nudo en su garganta se liberaba y volvía a respirar con tranquilidad.
'La verdad nos hace libres'.
¿Un review?
¿Serán los Dioses Ocultos o serás tú?
¿Será una decisión mortal~?
