Los personajes pertenecen de S.M pertenecen a Naoko Takeuchi y la historia a Fran Lee. Yo sólo lo adapté para entretenimiento sin fines de lucro.
EL TRABAJO DE SERENA
Capítulo 3
La cabeza debía habérsele caído. No. Todavía estaba allí, porque le dolía como el infierno. Su lengua sabía cómo un viejo fieltro verde que había sido arrancado de una mesa de billar antigua. Le dolía hasta el pelo. Levantó la mano para comprobar si estaba en llamas. No encontró nada excepto rizos enmarañados y una almohada sobre la cabeza. Un quejido escapó de sus labios. ¡Ay! Incluso eso hacía que le doliera. ¿Qué había sido? ¿El Champán? ¿Era Dom Pérignon? ¿O era Cristal? Ooohhh, Dios. Si alguna vez veía otra botella de ese líquido, vomitaría.
Gimió sobre el colchón y decidió no molestarse en abrir los ojos. Se preguntaba si incluso ese pequeño movimiento la haría sentirse más enferma de lo que ya estaba. Probablemente. Lo mejor era permanecer quietecita. Dio varias respiraciones profundas y lentas. Frotó el dorso de la mano sobre su nariz para detener una picazón, y casi se la parte.
¿Qué demonios? Parpadeó, enfocando empañadamente su mano debajo de la almohada, iluminada por la tenue luz que venía desde alrededor de las esquinas. El frío brillo de un enorme diamante casi la ciega.
¿Eh? Oh sí, el pedrusco. Sus ojos bajaron cerrándose de nuevo, y entonces los abrió de par en par. ¿Eso era… un brazo rodeándola? Inspiró hondo, y comprobó que el peso de un brazo humano estaba sujeto posesivamente alrededor de su cuerpo. ¿Su… Cuerpo… Desnudo?
Esto era un mal sueño. Tenía que serlo. Una alucinación inducida por el alcohol. Sí. Pero entonces el brazo de esa alucinación la apretó lentamente, tirando de ella contra otro cuerpo desnudo. Uno que tenía duros y sólidos músculos. Y un músculo en particular estaba aguijoneando la parte baja de su espalda como el maldito poste de una verja. Sus ojos se volvieron a cerrar con fuerza.
¿Qué infiernos? ¿Qué demonios estaba haciendo en la cama con un hombre desnudo? ¿Y qué hombre desnudo estaba con ella en la cama? Visiones repentinas de Seiya Kou se sacudieron a través de sus pensamientos… la manera en que se pegó a ella y le había ofrecido ser su gran papi le hicieron tragar. Su estómago se tambaleó peligrosamente.
Oh Dios. ¿Había vomitado y dejado que ese imbécil la llevara a la cama? Visiones de pequeños Seiyas corriendo a sus pies fueron barridas por el bendito recuerdo del implante anticonceptivo que había decidido ponerse el verano pasado, después del susto que se llevó por un intento de violación que había ocurrido en su complejo de apartamentos. Gracias a Dios por la paranoia.
Oh, la cabeza le palpitaba. Pero de ninguna manera se iba a quedar en la cama con Seiya Kou. El famoso, guapo, promiscuo, totalmente caliente Seiya Kou. Se apartó la almohada de la cabeza e hizo una mueca de dolor ante la brillante luz de la mañana que se extendía a través de las ventanas de la desconocida habitación. Obligó a su borrosa mirada a revisar la parte de la habitación que era visible, y vio el vestido de color zafiro y dorado arrojado sobre la espalda de una antigua silla. Encima de un esmoquin negro. Mierda. ¿Y ahora qué?
Él no se había movido. No había hablado. A lo mejor aún estaba dormido. Muchos hombres tenían erecciones matutinas. ¿Verdad? Se movió con cuidado y trató de deslizarse silenciosamente por debajo del brazo, sólo para conseguir tenerlo enrollado incluso más fuerte alrededor de su cuerpo, arrastrándole la espalda contra su músculo caliente y sólido. El hombre desnudo detrás de ella respiró hondo y se estiró lentamente. Oh, infiernos. Estaba completamente despierto.
Tratando con fuerza de separar el culo de esa polla merodeadora, empujó el brazo y dijo con un distante y calmado chillido:
—Mira, simplemente déjame levantarme y salir de aquí, ¿vale? No se lo contaré a nadie si tú no lo haces.
Unos labios rozaron la parte posterior de su hombro desnudo, enviando escalofríos a lo largo de todos los nervios que poseía, y dio un grito asustado.
—¡Detente! Todo esto fue un enorme error. Sólo suéltame y no empezaré a gritar… ¿de acuerdo?
Una mano se deslizó por debajo de ella para cubrir su seno, mientras que la que estaba arriba se deslizó lentamente hacia abajo sobre la curva de su cadera para descansar entre sus muslos. El hombre desnudo detrás de ella susurró con voz ronca contra su oído.
—No estabas tan cabreada anoche, Tsukino.
Nop. Nada de Seiya Kou. El hombre desnudo era el mismísimo bastardo. Con un gesto de dolor por sacudir su palpitante cabeza, girándola como Linda Blair para mirar la cara bigotuda de Endimión Shields, Sere dio un grito de terror y luchó como un salmón atrapado por un oso, pero él sólo le permitió darse la vuelta en la cama para enfrentarlo, con lo que se colocó en una posición aún peor que la que mantenía cuando le daba la espalda. La erección ahora estaba empujando húmedamente contra su monte de Venus.
—¿Qué diablos has hecho, maldito seas? —Gritó histéricamente—. ¿Te aprovechaste de mi estúpida mente mientras estaba bebida? Oh, siempre supe que eras un hijo de puta, pero nunca soñé…—Rechinó los dientes furiosamente, con su cabeza latiendo y el estómago dando tumbos.
—¿Ni siquiera un dulce beso de buenos días para tu marido? —Le preguntó en voz baja.
—Déjame ahora…—Se quedó boquiabierta. Los ojos se le abrieron como platos—. ¿Mi QUÉ?
Sus oscuros ojos azules brillaron con algo que no reconocía.
—Oíste bien la primera vez. Salvo que ya no puedo llamarte Tsukino. Creo que Shields sería más apropiado.
—Esto NO es nada divertido. ¡Ja, ja! Gran broma. Ahora déjame de una puta vez y retomaré mi camino.
La cabeza le punzaba como el diablo. Condenada fuera su confundida lengua. Despertar desnuda con este hombre no era su idea de la mejor forma de terminar una relación jefe-empleado, pero que así fuera. Un sueño húmedo largamente anhelado, sin duda, pero esta no era exactamente la manera en la que una mujer debería presentar el preaviso de dos semanas.
—Gracioso. No fuiste tan espinosa cuando nos casamos anoche. De hecho, fuiste bastante adorable, tierna y risueña. Las resacas parecen convertirte en una maldita cascarrabias—Apretó los brazos para mantenerla firmemente contra su pecho y con el pene duro como un clavo descansando sólidamente entre los muslos de ella—. Me gustas desnuda, Shields. Si hubiera sabido antes cuán jodidamente bien te sentías de esta forma, creo que te hubiera tenido así desde hace mucho tiempo atrás.
— ¡No hay manera de que estemos casados, Endimión Shields! Sólo por comprarme un diamante con tu tarjeta de crédito no quiere decir que estemos enganchados, maldita sea—Su contoneo sólo estaba consiguiendo que ese invasor, tan sólido como una piedra, se metiera más profundo en su raja increíblemente húmeda.
—No, pero tú firma y la mía en nuestro certificado de matrimonio lo hace muy oficial, diría yo.
Sere se puso rígida.
—Pero… no puedo estar casada contigo. Odio tu carácter.
—Así me lo dijiste anoche— Sus largos dedos le trazaron la espalda, enviando temblores fríos y calientes a lo largo de su columna.
—Nunca me habría casado contigo. Tú… tú eres un…
—Un bastardo egoísta y machista. Claro. Y no puedes soportar verme. Porque te trato como a una esclava…—Arrastró los labios lentamente por su frente, haciéndola marearse de nuevo, pero por una razón completamente distinta.
—Yo iba a decirte que…
—Tomara mi trabajo bien pagado y me lo metiera en el culo. Sí, lo escuché— El ligero toque de su lengua en la mandíbula le hizo morderse los labios para no gemir.
Sus manos se estremecieron donde descansaban contra el duro, musculoso torso, y se preguntó si debía moverlas. No. Si lo hacía, sus senos se aplastarían contra el pecho de él, y no creía poder manejar la sobrecarga sensorial. Le dolían los pezones por sentir su cuerpo liso y duro. Se moría por sentir su caliente y hambrienta boca. Débiles recuerdos de la noche anterior se acuñaron en su conciencia. La sensación de la erección de seda dura como el acero entre sus muslos le trajo recuerdos de sentirlo enterrado profundamente en el interior de su cuerpo mientras se movía lenta y deliciosamente para complacerla. No. ¡Imposible!
—Tú no te casarías con alguien como yo—Espetó ella. "Eres uno de los más misóginos, tercos, imposibles de arrinconar, podridos de dinero solteros sobre la faz de esta tierra".Bueno, eso había sonado bien. Lástima que no la soltó.
Endi rozó con los labios su garganta, siguió el movimiento hacia abajo para probar su clavícula, luego un arrugado pezón rosado, su lengua giró con avidez alrededor del pico hinchado mientras poco a poco movía su cadera contra la de ella, frotando la polla por encima de sus doloridos pliegues húmedos.
—Me declaro culpable de los cargos—El aliento caliente sobre su pezón la hizo gemir—. Tengo que admitir, Sra. Shields, que eres la amante más impresionante que he tenido en mucho tiempo.
—Tú, completo y total hijo de puta—Susurró cuando la hizo rodar con más firmeza bajo él y acuñó las caderas entre sus muslos, deslizándose profundamente en su interior con un duro y uniforme movimiento, que llevó sus cuerpos a encontrarse, provocándole un quejumbroso gemido de necesidad.
—¡Oh, Mi Dios! Eso se siente tan condenadamente bien—Su mente se fundió bajo el ataque sensorial del grosor de Endi Shields, de su pene totalmente decadente enterrada fuerte y profundamente dentro de ella, empujando y saliendo con un acompasado e insistente ritmo que le hizo perder la noción de lo que había estado diciendo. Ni siquiera era capaz de recordar su propio nombre.
—Es posible que me detestes como jefe, Serena Shields—Dijo con tono áspero mientras se conducía en ella una y otra vez—, pero como amantes, encajamos perfectamente—Su voz era un gruñido gutural en la garganta mientras ella le envolvía las piernas sobre las caderas para tomarlo aún más profundo, surcándole la espalda con las uñas a la vez que echaba la cabeza hacia atrás y culminaba con un grito de placer, con el coño sujetándose alrededor de su polla, tan caliente y ceñida que no podía sentir nada excepto esa longitud llenándola.
Aferrándose a él, mientras seguía dirigiendo su exuberante miembro dentro y fuera de ella, se preguntó si habría muerto e ido al cielo, o si habría muerto e ido al infierno. Se sentía como en el cielo, pero el diablo no podía ir allí, ¿verdad? Así que si Endi Shields estaba haciéndole el amor, ella no podía estar en el cielo.
Montando la más decadente ola de placer orgásmico, Sere se arqueó para tomar cada deliciosa pulgada de ese cuerpo pétreo dentro de sí misma y otro clímax alucinante la estremeció como fragmentos de vidrio calientes.
Él siguió un poco más con esos poderosos embates antes de impulsarse profundo y llegar con tanta fuerza que se le giraron los ojos. Yació sobre su cuerpo dulce y suave con la cabeza llena de su exuberante aroma. El olor a mujer, mezclado con el del embriagador y delicioso perfume preferido por ella, esa esencia que lo había llevado a infernales sueños húmedos durante los siete años anteriores. Lo único que le había impedido hacer algún intento desde hace mucho tiempo atrás era el hecho de que las aventuras fugaces y ardientes, invariablemente destruían las buenas relaciones de trabajo, y también el que ella jamás hubiese hecho el más mínimo movimiento que se pudiera interpretar como una invitación. Y Endi Shields no iba donde no era invitado.
Pero anoche, después de haber vomitado su extremadamente caro champán, ella había admitido que a pesar de que no le gustaba ni malditamente un poco, la indiferencia que le mostraba como mujer la cabreaba.
Así que, eso podría ser razonablemente interpretado como una invitación. Él simplemente la había aceptado. Y, de paso, asegurado bajo llave a su inestimable tesoro de asistente personal con un contrato de larga duración. Por el miserable precio de un vestido original de alta costura, un par de zapatos de mil quinientos dólares, un cuarto de millón en joyas y una licencia de matrimonio de setenta y cinco dólares. No había sido una mala noche de trabajo.
Para colmo, ella era completamente increíble en la cama. Adorable. Deliciosa. Y cuando dichosamente se volvió a enterrar en su suculento cuerpecillo caliente, se dio cuenta de una cosa más… tenía que conseguir que se enamorara lujuriosamente y hasta los tuétanos de él. Porque tan cabreada como estaba ahora mismo, podrían terminar en el tribunal de divorcios antes de que acabase la luna de miel.
