Disclaimer: Los personajes de S.M pertenecen a Naoko Takeuchi y la historia a Fran Lee. Las cardiacas y moralistas abstenganse de leerlo, ya que cuenta con alto índice M

EL TRABAJO DE SERENA

Capítulo 7

Sere no podía creerlo. El muy cabrón tenía a sus padres y a tres de sus hermanos totalmente deslumbrados. Observaba con frustrado silencio cómo Endimión Shields moldeaba a su familia en torno a sus largos dedos como si fuesen masilla. Diamante era lo bastante joven como para estar fácilmente impresionado por la conversación acerca del estudio de grabación que su esposo/jefe tenía y usaba. Seis de sus álbumes, que habían sido oro y platino, se habían grabado ahí. Una más de sus muchas facetas.

En realidad se había retirado del asunto de las giras y los conciertos hacía ya unos años, pero continuaba siendo un trampolín para otras bandas de rock y grupos de moda que necesitaban un empujoncito en el negocio de la música. Y había tenido mucho éxito con ello, tal y como lo tenía en todo lo que hacía. Maldito sea. Su propia carrera musical lo hizo millonario. Su aguda perspicacia para los negocios había transformado su fortuna en miles de millones.

Ahora Endimión Shields Enterprises era un conglomerado de una docena de punteras y ambiciosas empresas relacionadas con la grabación, promoción y organización de giras para nuevas bandas, el diseño y la construcción de algunos de los mejores instrumentos de música rock más caros de la industria; el diseño y la creación de los mejores productos electrónicos del mercado, y así sucesivamente. El hombre tenía el toque de Midas, y ella estaba más y más cabreada con él a cada minuto que pasaba.

Pero la gota que colmó el vaso fue la forma en que su esposo/jefe desarmó totalmente a los gemelos cuando llegaron a la casa para la fiesta con Sam, el mayor de los hermanos, y los tuvo a todos enseguida comiendo de su mano. Con un gruñido de disgusto, Sere se excusó de la celebración para ir a "refrescarse" y, después de ponerse unos pantalones vaqueros y unos zapatos cómodos, se escabulló por la puerta de la cocina para caminar en un rabioso mutismo a través del jardín de la cocina hasta la terraza de rosas y al bosque de más allá.

No entendía por qué le molestaba tanto ver al hombre que había amado durante los últimos siete años encandilando a toda su gente con esa carismática aura que lo rodeaba tan a la ligera. Esto la superaba. Sin embargo, las lágrimas que le quemaban los párpados, y que luchaba por controlar, eran muy reales. Aceleró el paso hasta internarse en la conocida negrura del camino cubierto de hojas que conducía desde el límite posterior de la propiedad de su familia a la orilla del río. Había recorrido ese camino durante más de veinte años, con sus hermanos o completamente sola. Le resultaba tan cálidamente familiar y acogedora como una vieja y querida amiga mientras inhalaba el profundo aroma caliente del musgo de los robles, las agujas de pino y el humus en descomposición.

Él estaba ahí atrás robándole a los suyos. Infectándolos con su perverso sentido del humor y su abrumador carisma. Ellos ya no eran la fuente de protección que la rodeaba de calidez. Ahora eran sus más recientes aduladores. Incluso su propio padre, ¡por el amor de Dios!, el hombre que había jurado decirle al hijo de puta lo que pensaba de él, ahora estaba riendo jovialmente y dándole palmadas en la espalda cómo si fueran los mejores amigos del mundo. Maldito fuera. Se sentía como una extraña en su propia fiesta de cumpleaños de mierda.

Siguió el sendero suavemente inclinado hacia abajo, hasta la orilla del pequeño río de lento movimiento… bueno, había sido un río a sus seis años, pero en realidad era sólo un ancho canal de riego que se abría paso perezosamente por la parte inferior de esas tierras hacia los antiguos establos y granero que llevaban vacíos desde que podía recordar. En un tiempo pertenecieron a un anciano que murió alrededor de una docena de años atrás, su familia nunca se molestó en limpiar y utilizar la vieja propiedad arbolada. Pero siempre había sido una de sus guaridas favoritas, cada vez que sentía la necesidad de ocultarse del mundo.

Frustrada por la desconcertante ira causada por la deserción de su familia a las filas enemigas, Sere se deslizó en la húmeda oscuridad del estropeado granero, cerrando los ojos e imaginando que volvía a tener diez años y estaba escondiéndose de sus hermanos. Inhalando el familiar, viejo y decrépito olor. Olía a madera antigua quemada por el sol. A gastada piedra caliza que lentamente estaba volviendo a la tierra de donde había sido extraída.

Se dejó caer en el desusado barril que todavía estaba ahí… el que una vez fuera su fiel caballo mientras escapaba de hordas de indios salvajes, pero ahora era simplemente una arcaica pieza oxidada de metal con agujeros en el extremo. Suspirando bajo el peso de su propia confusión, se encontró preguntándose cómo iba a manejar la decepción que su familia inevitablemente sentiría cuando descubrieran que habían sido tocados como un arpa por un maestro estafador. Cuando se enteraran de que su nuevo ídolo dorado había sido simplemente un egoísta, rápidamente ingenioso en mantenerla a su lado, que en absoluto estaba locamente enamorado de ella.

Se mordió el labio inferior y cerró los ojos. Su padre y hermanos se pondrían absolutamente furiosos. Y Sere Tsukino quedaría absolutamente devastada cuando decidiera liberarla de su "contrato" una vez que la novedad desapareciera.

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— ¿Dónde diablos está Sere? —Preguntó Haruka al salir de la cocina—. No está en la casa.

Endi levantó la vista de los planos que el padre de ella estaba mostrándole mientras detallaba el proyecto de renovación de la casa de setenta años de antigüedad, y arrugando su oscuro entrecejo contestó.

—Fue a refrescarse.

—¿Durante una hora? —Preguntó Andrew con el ceño fruncido. Miró a través de la sala de estar a su gemelo—. ¿Has comprobado su habitación? Tal vez se estrelló o se quemó.

—Vengo justo de allí. No está en el baño. La puerta está abierta. No está en la cocina, y fui abajo a la sala de grabación. No está.

Los pensamientos de Endi se centraron en el aparente mal humor de ella cuando se marchó de la sala de estar. Era extraño cuán sintonizado se sentía con sus estados de ánimo desde ayer. Parecía enojada. Nada que él realmente pudiera concretar, pero…

—¿Cogió su bolso?

—Está en la habitación con el resto del equipaje. La llamé al móvil… aún está en la bolsa. Su teléfono vía satélite también está ahí—Las palabras de Haruka detuvieron que Endi marcara el número en el pequeño teléfono a juego que se había sacado del bolsillo.

—¿Quizá saliera al jardín? —Preguntó Ikuko Tsukino a sus hijos.

—Iremos a ver. Mierda, mamá, no puede estar lejos. Es su jodido cumpleaños.

— ¡Haruka, cuida la boca en presencia de tu madre!

Endi ya no estaba prestando atención. Se levantó del sofá y miró a los dos hombres altos y rubios que se dirigían hacia la puerta principal.

—¿A dónde va cuando está molesta?

—¿Molesta? ¿Por qué iba a estar molesta? Acaba de casarse… la familia está celebrando su maldito cumpleaños…

— ¡Haruka!

—Sí… perdón, Mamá.

Endi dio un hondo suspiro.

—Nosotros… tuvimos una riña justo antes de llegar. Creo que sigue cabreada… o sea, enojada conmigo—Rápidamente modificó sus palabras y sonrió a Ikuko Tsukino—. Lo siento, señora.

—Ya te dije que me llamaras Ikuko. Señora me hace sentir vieja—Su dulce sonrisa le recordó la forma curvada de los exuberantes labios de Sere.

—Bueno, Ikuko, creo que todavía está enfadada conmigo… y tiene porqué estarlo. Fui un chico malo—Su mueca maliciosa tuvo el efecto deseado sobre la mujer.

—Solía bajar a los pastos del fondo. Hay un viejo granero allí.

Inhaló profundamente.

—Indíqueme la dirección correcta. Creo que necesito ir sólo y empezar a gatear sobre manos y rodillas—Se fijó en la dirección que Haruka le señaló—. ¿Tienes una linterna?

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Sere se estiró y respiró intensamente el cálido aire picante del interior del granero, antes de acurrucarse de nuevo en la escasa comodidad de la paja húmeda y vieja que había acumulado para un improvisado colchón. No era precisamente su idea de un lugar confortable para pasar la noche, pero al menos estaba caliente, seca y a salvo de la humillación de ponerse a llorar delante de su familia. Nadie la echaría de menos, pensó malhumorada mientras enfurruñaba el gesto. Su esposo/jefe los mantendría ocupados y entretenidos. Escuchó los reconfortantes sonidos de la lluvia golpeteando la vieja madera y las tejas, comprendiendo que estaría varada allí mientras durara el aguacero. Bien por ella.

Vaya puto cumpleaños. Su día especial había sido totalmente arruinado por la presencia de Shields. ¿O era su ausencia lo que ahora la molestaba más? ¿Realmente había sido sólo antes de ayer cuando estuvo tan malditamente decidida a alejarlo de su vida? Y hoy él estaba intimando a fondo con los corazones de sus familiares, sentando las bases para la inevitable decepción y dolor que su egoísmo les traería. ¡Maldito!

Pero incluso mientras la mente le decía que debería odiarlo, el corazón hacía que reconociera esa mentira. ¿Cómo podría odiarlo alguna vez? ¿Cómo iba a poder olvidar alguna vez las pasadas veinticuatro horas haciendo el amor cada vez que el ardiente deseo los golpeaba? Y había golpeado a menudo. ¿Cómo iba a olvidar esa ternura entrañable que le había permitido entrever cuando no estaba siendo un puto megalómano? Hundió la cara entre los brazos y detuvo el sollozo que amenazaba con minar su determinación de no llorar. Pero esta vez ya no consiguió hacer retroceder las lágrimas. Levantó las rodillas hasta el pecho y lloró amargamente por su corazón perdido y por el futuro dolor de su familia.

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Endi logró llegar al final de la pendiente sin romperse una pierna ni caerse de bruces, e hizo una pausa para analizar la disposición del terreno. El antiguo granero que Haruka había mencionado estaba en algún lugar a lo largo de la parte inferior, y a cierta distancia del lento canal que fluía más allá de las rocas del fondo de la ladera. Levantó la vista hacia las amenazantes nubes de tormenta que habían comenzado a hacer desaparecer la luna, arrojando la oscuridad sobre el suelo. Cuando el camino llegó a la orilla del agua, giró a la izquierda y con cuidado, se abrió paso a través del sendero cubierto por agujas de pino con la luz de la linterna que le habían prestado, resbalándose peligrosamente varias veces y maldiciendo en voz baja cuando casi se cae al puñetero canal.

Realmente no creía que fuese muy profundo, pero lo último que le apetecía era estar cubierto de viscosa agua maloliente. Y entonces empezó a llover, lentamente al principio, pero aumentando la intensidad por momentos, por lo que aceleró el paso mientras se limpiaba la cara con una mano. Caía un chaparrón total para el momento en que finalmente divisó el antiguo granero, y sus pantalones vaqueros y suéter ya estaban chorreando. No hacía frío a la intemperie, pero la brisa lo hacía tiritar al caerle el agua a raudales sobre la cabeza y deslizársele por el cuello.

El canal se desviaba a la derecha mientras el camino que él seguía continuaba en dirección a las viejas instalaciones. Su preocupación porque ella pudiese estar herida o asustada, poco a poco se fue convirtiendo en ira por haberlo forzado a una caminata a través de toda esa mierda para llevarla de vuelta a casa. Llegó al establo y tiró de la estropeada puerta de la entrada, pero estaba cerrada desde el interior. Blasfemando violentamente, rodeó la pared, agradecido por el relativo refugio que le ofrecía el techo voladizo. A pocos pasos de la parte trasera, encontró otra puerta más pequeña que colgaba parcialmente abierta, ¡gracias a Dios!

Se deslizó en el interior de la antigua construcción, que olía a humedad, y echó un vistazo al interior. Mierda. Ella no estaba allí. Se limpió los regueros de lluvia fría del rostro y se estremeció, a pesar del comparativo calor del interior. Apuntó el haz de luz de la linterna por todo el enorme espacio vacío del granero, y sacudió la cabeza. Había sido un jodido idiota por haber ido hasta allí, con la esperanza de pillarla sola y disfrutar de ella durante un rato. Probablemente habría vuelto a casa y estaría partiéndose el culo de risa a su costa por haber mordido el cebo.

Suspiró, se dejó caer sobre un viejo barril oxidado que estaba de pie en medio del lóbrego lugar y se sacó el suéter por la cabeza, escurriéndolo y secándose la cara y el pecho con él. Maldiciendo su suerte por quedarse atrapado toda la noche en ese maldito sitio viejo y abandonado. La tormenta apenas estaba comenzando.

Se puso rígido e inclinó la cabeza hacia un lado. ¿Qué demonios había sido eso? El sonido era suficientemente triste para ponerle el vello de los brazos de punta… lastimoso e inquietante… un sollozo… como si alguien hubiese muerto y el mundo estuviera llorándolo. Dulce Jesús. Se puso de pie, tratando de identificar la fuente de los sonidos, y entonces se dio cuenta de que estaba directamente sobre su cabeza.