Perdón por la tardanza lectores... soy un desastre. Se merecen este capítulo, muchas preguntas van a ser respondidas!
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Todo lo Humano que podemos ser.
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Capitulo 3
Luego de una larga discusión habían conseguido acordar algo coherente y satisfactorio para ambos.
Su Tío iba a ir a buscarlo al orfanato, sacándolo de su aburrimiento y de tener que cumplir con la diaria tarea de ayudar con la limpieza de la cocina (cosa que detestaba hacer), para acompañarlo a recorrer Londres por aquellos caminos, rincones, centros y barrios que el joven conocía tan bien como la propia palma de su mano.
A pesar de que no era el plan más entretenido para nuestro protagonista, ciertamente era una distracción y una forma de llegar a conocer más a su pariente. Él no planeaba aceptar la intromisión de su Tío en su vida, menos después de tantos años… pero tenía que admitir que, por lo que había podido percibir y cualquiera con dos ojos de frente podría haber adivinado, el hombre pertenecía a una escala social notablemente más elevada a la suya (a pesar que no se necesitaba mucho para serlo) y, aunque nunca había alardeado de ello, Arthur era de una de esas personas que se daban cuenta de los detalles más insignificantes, tanto en la forma de ser de las personas como en sus acciones o miradas, e iba a sacarle todo el provecho posible a su situación, habiendo ya notado que el hermano de su odiado padre tenía un corazón piadoso. Después de todo Arthur era, como creo que muchos de ustedes Queridos Lectores son, alguien práctico, a pesar de que contaba con el alma característica y soñadora de los artistas. Esa esencia que lo hacía más perceptible, a veces más sentimental y melancólico.
Pero a pesar de todo, aunque lo intentaba ocultar con todo aquello que su mente le aconsejaba, su corazón, su sencillez, su forma de ser, no le permitían ignorar la sensación de cierta calidez que le provocaba saber que alguien lo había buscado, que alguien se preocupaba, aunque por deber o compasión, de él como persona, como un simple muchacho que había empezado a enfrentar a la vida desde muy pequeño, cuando apenas podía descifrar aquellos garabatos que más tarde se convertirían en sus mejores amigos.
Y estaba confundido. Era la primera vez que tantas emociones se encontraban, dividían, y entrelazaban, aparecían antes de conciliar el sueño por las noches y se reencontraban, formando un tumulto de pensamientos, un remolino tan extenso que hasta pensarlo le causaba duda.
Y por estas mismas razones, mis Queridos Amigos, nuestro personaje tan solo podía esperar. El viernes era el día, y ese día, era el siguiente.
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Era un día húmedo. Uno de esos otoñales, fríos y tristes.
Era una tarde llena de movimiento, la gente yendo y viniendo, los llamativos e iluminados carteles buscando atraer a los turistas, en los negocios y en la calle la tensa atmósfera de una ciudad activa y despierta. Eran muchas luces, y esa era una de las razones por lo que odiaba ir al centro de la ciudad.
Pero, mis Amigos, a pesar del ceño fruncido y de su postura antipática frente a su tío, una pequeña sonrisa estaba oculta entre los pliegues del pañuelo alrededor de su cuello.
Desde hacia una hora y tanto que estaban caminando.
Recién ese día Arthur se había enterado del nombre de su pariente, sinceramente no le había interesado saberlo, pero se negaba a llamarlo "Tío" frente al resto del mundo, a pesar de que cada tanto le decía así sin pensarlo. Le había costado trabajo creerlo, pero de su mente había borrado el nombre de su verdadero padre. Era gracioso de alguna manera, ¿no? Recordar el nombre de tu tío antes que el de tu propio padre...
A pesar de todo, Arthur no podía negar el hecho de que simplemente sabía que su Tío lo había engañado. Era obvio que el hombre conocía la ciudad, nunca tan bien como él, pero no era un extraño tampoco. Después de todo había encontrado su orfanato… ¿no?
El día se acortaba y nuestro protagonista estaba impaciente. Su pariente estaba ahí, hablándole de cosas que a él no le interesaban, haciendo comentarios innecesarios, usando una confianza que él no sabía de donde había sacado. Pero en ningún momento de la tarde Arthur había escuchado al otro intentar hablar del tema que sabía que carcomía a su Tío y a él mismo. Qué hacer con su vida.
Llegó un momento en el que, mis amigos, ya no pudo contenerse. Habían recorrido un gran número de calles, negocios y edificios, su impaciencia se había convertido en nerviosismo y cansancio. Podía intentar aparentar que no le importaba el hecho de que, seguramente, esa tarde se iba a decidir qué rumbo iba a tomar su futuro.
Estaba por dejar salir algunas palabras de su boca cuando, finalmente, escuchó la voz de su Tío.
-"Vamos a ese café, mis piernas no dan más" le dijo con una media sonrisa, a la que su sobrino tan solo correspondió con una incrédula ceja levantada y un leve movimiento de cabeza, asintiendo.
Luego de un par de pasos, entraron en la confitería.
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Francis Jaques Bonnefour se había apoderado del apellido de su madre poco tiempo después de haberse muerto su padre. Este último no había sido el mejor ejemplo ni para él ni para su hermano menor quienes, de chicos, se habían criado en el corrupto ambiente de la burocracia política.
Su madre, de liberales entrañas francesas, había intentado guiar a sus hijos con sabiduría y con el único apoyo de las misas de los domingos a la mañana. Su esposo, Ministro de la Salud Pública inglesa, se había dado por vencido como maestro y padre de sus hijos, encargándoselos a su mujer, ofreciéndoles su particular cariño desde lejos pero nunca proviniendo ese apoyo tan necesario en la vida de dos jóvenes en formación.
Francis no lo odiaba por ello. Gracias a su personalidad tan parecida a la de su madre, había aprendido a aceptarlo y a seguir adelante con su vida, tan solo soñando con abandonar Inglaterra e irse a vivir al origen de su herencia materna, Francia, objetivo que alcanzó con esfuerzo y un poco de ayuda del apellido de su padre que más tarde cambiaría por aquel con el que se sentía más identificado.
Cuando consiguió irse, perdió la única forma de contacto que había tenido con su hermano, el haberse criado en la misma casa.
Él sabía que nunca habían tenido una relación muy estable ni feliz. Desde chicos habían peleado por naderías, ignorándose casi completamente de adolescentes. Ambos miraban la vida de una manera muy diferente; Francis tenía una personalidad más suave, carismática, amaba cocinar, el francés, era exquisito con sus gustos y no le había molestado en absoluto cambiarse de apellido luego de utilizar el nombre de su padre para conseguir, de entrada, un puesto importante dentro del Consulado Inglés en Francia. El otro hermano, en cambio, contaba con una forma de ser particular, más mal llevada pero débil a la vez, era perseverante como él solo y guardaba un profundo y bien escondido rencor hacia el apacible abandono de su padre, enorgulleciéndose siempre de sus propios triunfos, descuidando más sus costumbres y pareciéndose, con respecto a la vida que llevaba, mucho a su desgraciado progenitor.
Cuando a principios del mismo año en el que nuestra historia se desarrolla, y luego de siglos de no recibir noticias (ni enviarlas tampoco), entró en el despacho de Francis una mucama con una carta del express norteamericano, tan solo dudó unos segundos antes de tomar el primer vuelo de la madrugada del día siguiente, directo a los Estados Unidos de América.
Nadie lo había recibido al bajar del avión de las ocho, ni nadie se había molestado en guiarlo a través de las concurridas y alborotadas calles neoyorquinas de un temprano y frío martes a la mañana, a fines de Enero. Tan solo había contado con las bruscas indicaciones de un taxista medio dormido y una dirección anotada con rapidez sobre un pedazo de papel en su bolsillo derecho. Su hermano vivía en un barrio de casas residenciales y jardines ostentosos, su hogar sobre alguna calle de Manhatan que Francis no conseguía memorizar y que tampoco le importaba hacerlo. Cuando llegó al número 1026, tocó la puerta y no tuvo que esperar mucho para que una muchacha le abriera la puerta.
La mucama lo guió por las ricamente decoradas y amuebladas habitaciones hasta llegar frente a una en un extremo de un corto e iluminado pasillo. Cuando ella abrió la puerta y lo dejó solo (no sin antes mirarlo bien por última vez, sonrojándose levemente), Francis suspiró y entró en el cuarto.
El dormitorio combinaba a la perfección con el resto de la casa. Una cama de doble plaza se encontraba a medio camino del centro de la habitación y la ventana y, entre sus blancas, frescas y almidonadas sábanas, se encontraba la débil figura de su hermano. Medio hundida en mullidos almohadones, se encontraba descansando su cabeza, el cabello rubio y despeinado sobre sus cansados pero aún vivos ojos verdes, sus cejas tal cuales él las recordaba.
-"Viniste"
Las palabras habían salido con esfuerzo y agradecimiento de entre sus labios, los cuales, secos, intentaban dibujarse en una sonrisa. Francis no pudo hacer otra cosa más que sentarse sobre la cama, al lado de su hermano, aquel hombre que tan solo era un par de años más joven que él y que ya estaba en sus últimos días de vida, carcomido por un cáncer atroz surgido en los linfocitos que, impulsado por el hecho de ser hombre y de tener SIDA, había infectado todos sus inofensivos glóbulos blancos y se había expandido rápidamente desde su sistema linfático a toda su médula ósea.
Francis le sonrió tiernamente. No podía hacer otra cosa.
-"En el primer avión."
Fue el turno del enfermo de sonreír.
-"Necesito que me ayudes." Dijo luego de unos minutos de silencio, que tan solo habían sido interrumpidos por el sonido de los autos pasando bajo la ventana y de algún que otro pájaro desentendido de todo problema de la vida, del reencuentro que los hombres en la habitación estaban viviendo.
Su hermano lo incitó a seguir, asintiendo levemente con la cabeza.
-"La única cosa que voy a hacer correctamente con mi vida, es morir." Empezó, bajando su vista del vívido rostro de Francis, no atreviéndose a continuar con la mirada suave pero intensa del hombre. Suspiró y dirigió sus ojos a través de la ventana, hacia un árbol seco de la calle. Y sin más miramientos comenzó a explicarse, primero arrastrando las palabras, luego juntando el poco valor que le quedaba, y sacó de su corazón todos sus secretos, vacío la privacidad de sus culpas y se confesó con la persona que más alejada había estado y, a la vez, más lo entendía.
Le contó sobre su último año en Inglaterra. Como había conocido a la portadora de sus desgracias, una bellísima mujer, de ojos claros, piel cobriza y cabello castaño, quien lo había seducido en una de las tantas fiestas políticas celebradas a casi mitad del año anterior a abandonar definitivamente su patria por América. Como en cualquier fiesta, el alcohol no había faltado y, gracias a este, su mente había entrado en un remolino de acciones tan desenfrenadas e irreales, que había terminado dándose cuenta de su estupidez al día siguiente, cuando había sentido las suaves sábanas y el calor de otro cuerpo alrededor suyo, y cuando había abierto los ojos, encontrándose con la mirada astuta y peligrosa de aquella mujer que había aprovechado su momento de embriaguez.
En ese momento frenó su relato y volvió sus ojos hacia los compasivos de su hermano.
- "Esa había sido mi supuesta fiesta de despedida… de irme para siempre de Inglaterra y de soltero."
Luego continuó, admitiendo que todo eso había sucedido cuando él ya se encontraba comprometido con una muchacha, Amelia Jones, en Estados Unidos, quien había conocido a través de un amigo cuando apenas había instalado en ese país su oficina a principio de aquel año, siendo un miembro bastante importante (y acomodado gracias a contactos) en el Consulado Inglés, contando con tan solo 23 años de edad.
-"Imagina mi desesperación cuando me llegó esa maldita carta." Agregó con rencor no superado, desviando nuevamente la mirada hacia la ventana.
La carta en cuestión había sido depositada en su despacho unos días antes del casamiento con su legítima esposa, dándole a entender que aquella noche de pasión y amnesia que había pasado con la bella pero desconocida muchacha había venido con un precio, y uno muy caro.
Esa noche su vida se volvió un caos: La terrible noticia de un extraño hijo bastardo, el chantaje, la intranquilidad y el cargo de conciencia que prevalecería por el resto de su miserable existencia. A pesar de que ella había prometido mantener el secreto del bebé gracias a una generosa recompensa, él nunca confió, y pasó noches enteras desvelado, acostado al lado de su mujer, temeroso de tantas cosas capaces de salir mal, de revelar el error de su juventud a su verdadero amor, de la vida de aquella pobre criatura que había abandonado, actuando en contra de las enseñanzas y consejos que su propia madre había volcado tanto en su hermano como en él mismo.
-"Nunca se lo conté a Amelia… a partir de esa carta me opuse a tener otro hijo, pero me insistió tanto que al final tuvimos un bebé, para ella el primero y, en secreto, para mí el segundo. Con el paso de todos estos años me fui dando cuenta de mi error al abandonar al otro bebé. Mi hijo legítimo me proporcionó tanta felicidad, tantos momentos preciados, que cada día que pasaba me sentía más y más arrepentido de haberlo abandonado. Todo, todo había sido mi culpa, ¿por qué el pobre chico tenía que sufrir por mi estupidez? Pero nunca me atreví a acercarme, ni siquiera cuando me enteré mucho tiempo después que su madre había muerto y había caído en manos del sistema de adopción." Admitió con vergüenza, reflejando su sentimiento de ahogo en el frenético movimiento de sus manos, apretando con fuerza el pañuelo entre las mismas.
-"Y luego el SIDA," siguió, sin frenar, temeroso de continuar escondiendo su secreto, sus deshonras, "¿Cuál fue la excusa pública? Cuando yo me enteré, mi familia se enteró, mis jefes se enteraron, salió la noticia de mi caso en cada medio de comunicación existente en Nueva York bajo el título de 'Transfusiones de sangre infectadas: nadie está a salvo del monstruo del HIV'. ¿Pero sabes cuál fue la verdad? Si tuviera que publicarlo, el título de mi crónica sería 'Escándalo político: Kirkland se contagió de una desgraciada enfermedad de transición sexual gracias a la noble ayuda de su secretaria.' "
El enfermo se rió, con la garganta seca, de una manera sarcástica y amarga. Francis suspiró.
-"¿Qué quieres que haga?"
El mayor sentía una infinita lástima y compasión por su hermano. A pesar de su incondicional distancia y de su escasa relación cómo familia, le conmovía el hecho de que el otro lo hubiera buscado, aunque en el lecho de su muerte. Era una triste y sufrida vida la que había transitado, y Francis entendía su necesidad de aplacar su mente y de dejar el tema que había cargado a lo largo de extensos años resuelto y en buenas manos. Francis sabía que lo había llamado porque estaba desesperado y desconcertado sobre a quién acudir por ayuda. Y sabía que una promesa de ayuda de su parte era oro.
-"Por favor hermano. Encuentra a mi hijo en Inglaterra y cuídalo, o ayúdalo, o algo. Ya se que puede tomar tiempo, que hace mucho que nosotros no nos vemos y que nunca lo viste a él… ni que me debes nada. Pero por favor, por favor, haz algo, aunque sea para morirme tranquilo sabiendo que alguien conoce su existencia, o que su futuro no está tan perdido." El enfermo exclamó con vehemencia y desesperación, agarrando las manos de su hermano entre las suyas, clavando su mirada llena de esperanza en la figura del otro, quien se encontraba un tanto sorprendido por su arrebato de emoción.
Francis supo, en aquel momento mientras tomaba una decisión, que la paz de su tranquila vida como diplomático había terminado, y que las penas y la humillación de su hermano serían calmadas, aunque tan solo cesarían en el mismo momento de su muerte.
-"Veré lo que puedo hacer."
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N/A
Tenía este capítulo por la mitad... y agarré y ahora que estoy de vacaciones lo termine! Perdón, perdón, perdón!
Quise probar otro estilo cuando corté el relato y comenzó la narración con la historia de Francis y del padre de Arthur... es que justo estaba leyendo en la escuela a García Márques, jaja.
Espero que hayan entendido algo de la historia del padre de Iggy, tuve que hacer muchos cálculos con las edades. Él tiene 40 años, y Francis 43.
Bueno, espero que algunas dudas hayan sido saciadas.
