Cayo

Esos ojos grises, estaban plagados de ira y odio, implacable, alguien en su sano juicio doblegaría sus manos y esperaría la muerte tranquilamente, pero no él, no mi hermano.

Aquello era una carnicería humana, fue el olor putrefacto combinado con el espeso olor fresco que llamo nuestra atención, cuando llegamos nos colocamos justo en las copas de los arboles más altos, aun cuando estábamos a una distancia considerable, para nosotros era fácil observar todo lo que en aquel lugar ocurría.

Para entonces dydi tenía 15 años, mi sed era un poco más controlable, más por obligación que por voluntad propia, dos veces había intentado atacar a mi pequeña hermana, aunque claramente Alessia había impedido que eso sucediera, de alguna forma Dydi había olvidado todo acerca de su vida con su madre, para entonces solo nosotros éramos su familia, había aceptado con toda naturalidad nuestra especie, no se horrorizaba cuando Armand, Alexander, Aaron, Ion, y yo cenábamos, nos observaba siempre con impaciencia al igual que Alessia su cercanía con ella la había hecho una mujer muy segura pues le había asegurado, que nada absolutamente nada le ocurriría mientras estuviera a su lado, y eso se lo había dejado muy claro las dos veces que yo intente atacarla.

Aquella ventaja era realmente avasalladora, de risa, mil hombres enfundados en arsenales de primera clase de aquella época contra dos cientos o trescientos intentos fallidos de hombres.

El grupo reducido al cual pertenecía, el joven apuesto y gallardo de cabellos cenizos dorados estaba siendo aplastado, todos absolutamente todos estaban observando aquella escena terrorífica, aunque el suelo estaba plagado de ese olor nadie parecía inmutarse, claro nadie menos yo.

-Ni lo intentes – Me amenazo Alessia ante mi deliberada decisión, ellos quizás podrían contener su sed pero yo, no estaba dispuesto hacerlo.

Ni siquiera fui consiente cuando aquello ocurrió, ella se había introducido al campo de batalla justo en el instante que aquel joven gallardo era atravesado por una espada amiga, su propio aliado desesperado ante la rotunda negativa de rendirse, vio en esa acción su última esperanza, misma que desvaneció cuando sus ojos se cruzaron con los de ella, le sonrió seductoramente ante la confusión de aquel hombre y justo cuando ella estuvo solo a un paso su mano izquierda atravesó su corazón.

Ante la mirada de Cayo, varios hombres corrieron la misma suerte, parecía una loca, matando a diestra y siniestra no se tentaba el corazón, con algunos se tomaba la molestia de rosar sus labios antes de que ella los ejecutara, y a otros simplemente les perforaba las entrañas. Cuando se hubo cansada de aquel ajetreo, Alexander ya estaba junto a ella impidiendo que otro humano se acercara, algunos intentaron huir, ya no se veían como enemigos, solo querían huir de aquel demonio que los estaba exterminando, una diminuta mujer que era capaz de aventarlos a metros de distancia con las entrañas en las manos y con un risa realmente macabra, pero eso fue inútil, Alexander ya los había hechizado.

Aunque no podía comprenderlo, Cayo estaba satisfecho, una sonrisa triunfal estaba en su rostro.

-Me has observado matar a tus amigos, pero en tus ojos no veo temor alguno, puedo preguntarte porque no temes Caius – Le dijo mientras se colocaba justo a su altura, cayo se hallaba de rodillas, observando cada movimiento que Alessia había hecho.

-Porque ya no tengo nada que perder, esos malditos traidores pensaron en traicionarme debo agradecer tu oportuna intervención - Le contesto casi sin aliento.

-No temes que te mate –Le susurro al oído.

-Ya estoy muerto – Contesto cayo.

-Es verdad, estas muriendo, y aun así no veo temor en tus ojos, sabes –Entonces me observo a mí –He visto a varios temer cuando el momento de su muerte llega - El sonrió con satisfacción, y ella también, eso hizo que me estremeciera, le sonreía con sinceridad algo que nunca recibí de parte de suya.

-Entonces esos hombres han sido unos cobardes – Respondió el rubio

-Pero no tú, tu padre te ha enviado a defender lo indefendible, sabias que morirías y aun así estas aquí debes sentir muy afortunado - Sigo hablando mi diosa.

-Eso ya no tiene importancia, nunca importo, me alegra haber atravesado con mi espada a mi padre - Soltó con una risita.

-Alguna vez te han dicho que pareces un demonio mí querido Cayo – Le dijo Alessia mientras mordía sus labios y acariciaba sus cabellos.

-Estoy seguro que tú no eres precisamente un humano, aunque eres realmente hermosa, si no estuviera muriendo, me aseguraría de llevarte a mi cama - Esa confesión hizo que alessia soltara una sonora carcajada.

-Adios Cayo – Le susurro mientras aquellos ojos se cerraban. –Bienvenido a tu nueva vida. –Sentencio.