- ¡Abrid paso!
Casi de forma mecánica, Satsuki de aplastó contra la pared del pasillo del Hospital para dejar paso a los apresurados camilleros. Levantó la vista de los papeles que iba repasando por última vez antes de entregárselos al Capitán Hellsing y contempló la escena. Otro herido más. ¿Cuántos más tendrían que aparecer antes de que cambiaran las cosas en el Seireitei? ¿Cuántos más tendrían que caer?
Lo peor de todo es que en un estado militar y militarista, el Escuadrón Médico, la Cuarta División de la que Samara Satsuki era Tercer Oficial, estaba completamente marginada a ojos de las autoridades. Es más, les habían sobrecargado de trabajo convirtiéndolos también en los encargados de la logística, donde "logística" no era más que un eufemismo para "servicio de limpieza". Aún recordaba las horas que se había pasado limpiando la mierda en las alcantarillas del Seireitei en sus primeros meses en la División.
Si alguien tenía sueños de gloria, no se apuntaba a la formación específica de la Academia para aspirar a formar parte de la Cuarta División. Y, así, estaban infradotados, incapaces de satisfacer las necesidades de unos salvajes que empuñaban las espadas por las razones más pasajeras. Era cierto, estaban librando una guerra a la que no podían renunciar, pero las consecuencias de todo aquello eran cada vez menores, médicamente hablando.
Las grandes guerras contra los ejércitos de Hueco Mundo, las Guerras de las Almas, hacían tiempo que habían ocurrido. El Gotei 13 era totalmente dueño de la situación y mantenía al enemigo, al verdadero enemigo, a raya. Pero los que gobernaban la Ciudadela eran unos tiranos burgueses sedientos de poder y la paz no satisfacía sus ansias de gloria, así que no les importaba empeñarse en la más estúpidas campañas militares.
Ahora vivían una época de paz. No sabía cuánto duraría, pero era una época de paz. No era como durante aquellas campañas suicidas, como la del Yorokonde. Todavía tenía escalofríos cuando pensaba en las salvajadas que había visto en el Norte... aunque, al menos, había servido para abrirle los ojos acerca de la verdadera naturaleza de sus superiores. A ella y a muchos más.
Pero, a pesar de la calma, el Hospital estaba lleno. Así de infradotados los mantenían. Heridos por culpa de los Hollow, heridos de espada por culpa de entrenamientos que se iban de las manos, Kidohs que habían resultado mal... Eso sin contar con las enfermedades más normales, de las que también se encargaban ellos. Luego estaban los no infrecuentes accidentes en la Duodécima División y los accidentes que se producían en la Academia. Aunque ahora era verano y los estudiantes no frecuentaban el Hospital.
Mientras tanto, fuera de las murallas, más allá de los Distritos más ricos del Rukongai, la gente se mataba por un techo del que cobijarse de la lluvia, viviendo a la merced de los elementos y de la crueldad de los numerosos caciques y tiranos que se aprovechaban de la dejadez y la connivencia de los que tenían que vigilarles. Y sólo cuando la violencia se hacía insostenible y amenazaba con romper el frágil equilibrio en el que se mantenía toda aquella sociedad, sólo entonces, el Seireitei intervenía. ¿Cómo? Aplacando la violencia con una violencia mucho mayor.
La camilla no tardó en pasar a su lado. Instintivamente, se puso a caminar junto a ellos. El herido presentaba quemaduras bastante graves, incluso tenía la piel carbonizada en algunos puntos. Por las magulladuras que se le veía, era probable que tuviera alguna fractura en algún punto. Pero, en apariencia, nada grave. Con las técnicas sanitarias de las que disponían, posiblemente pudiera regresar al servicio en pocas semanas, con nada más que un par de cicatrices.
– ¿Qué ha pasado? – se interesó.
– Esos cabrones lo han vuelto a hacer… – masculló el pequeño suboficial vietnamita Nguyễn Sihn Bình, con tono resentido.
– Una explosión en un puesto de observación de la Decimotercera División – explicó su compañero, Adomas Kapiciauskas.
– ¿Una explosión? – preguntó Satsuki.
– La teoría es que es la misma célula que asaltó el almacén de la Duodécima División hace un par de semanas
«Shoten…», pensó para sí la Tercer Oficial. Pero no cuadraba, Miral siempre había elegido objetivos de carácter táctico o logístico y nunca antes había herido a nadie. Lo sabía perfectamente, porque ella misma había ayudado a sabotear algunos de aquellos puestos. ¿Se le había ido la cabeza definitivamente?
No. Shoten no estaba realmente loco, eso lo sabía perfectamente Satsuki. Era sólo una pose para divertir a los académicos y que la gente de la Sociedad de Almas no lo tomara en serio. Para que toleraran sus frecuentes apariciones en las inmediaciones del Seireitei y sus intromisiones dentro de la Academia. Y, por ahora, la jugada le había salido bien. Nadie sospechaba de él. La cerrazón de mente de los líderes del Gotei les impedía creer que alguien como Shoten Miral pudiera estar de todo aquello. Su excentricidad mal entendida como locura era la excusa perfecta.
Ellos necesitaban otro tipo de enemigo. Alguien más "normal", como Akano Rido, el antiguo Director de la Academia, al que habían hecho, entre otras cosas, responsable de todo lo que hacía Shoten, no sin que este se aprovechara de la circunstancia, convirtiéndolo en una suerte de ideólogo. Finalmente, lo habían ejecutado, acusándolo de asesinato. Aquello había conmocionando a los miembros del movimiento, algunos incluso habían hablado de tomar directamente las armas y de vengar la muerte del "icono" de la rebelión, pero Shoten, una vez más, había conseguido calmar los ánimos y sacar provecho de la situación.
Como si ella misma hubiera puesto la bomba que había causado aquellas lesiones al hombre de la camilla, Satsuki se sintió completamente responsable de lo acontecido. Así que le entregó al suboficial báltico los papeles que llevaba en la mano, le dijo que se los llevara al Capitán y se volcó en la atención del herido. Para su sorpresa, su examen inicial no había dado en el clavo y, después de las primeras pruebas, vieron que el pobre shinigami, que posiblemente no tuviera culpa de nada, tenía poca esperanza de sobrevivir: la onda expansiva de la bomba le había reventado los órganos internos. Era un milagro que hubiera llegado al Hospital.
Cuando Satsuki salió del quirófano, después de hacer lo posible por tapar todas las hemorragias, todavía no tenía del todo claro si el herido sobreviviría. Trató de desterrar la frustración tirando violentamente los guantes de látex a la papelera. Pero ni con esas. A través de la ventana del quirófano, vio como se llevaban al shinigami a la UCI, con la esperanza de que allí se estabilizara. Pero posiblemente fuera una esperanza vana.
– Tsuki – escuchó una voz tras ella. Era el Teniente Xelloss, la única persona en el mundo que le llamaba Tsuki, a excepción de… No, a excepción de nadie. Estaba ya muerto, ¿quién más quedaba? – ¿Estás bien?
– Tsuki, ¿estás bien?
Salió del hospital de campaña con los ojos empapados en lágrimas y la comida, la poca comida que había ingerido aquel medio día, luchando por escalar por su esófago hasta su boca. Inmediatamente, se secó las lágrimas de la cara como pudo e intentó disimular la voz. Un Oficial médico del Gotei 13 no debía alterarse así ante la visión de un herido.
– ¿Por qué no iba a estarlo? – dijo, sin darse la vuelta.
– ¿Sabes? Es totalmente normal – comentó Alessio.
– Sí, ya, normal...
– Es triste, pero en la Academia no nos han preparado para... para ver esto – trató de consolarla. – Tampoco podían haberlo hecho.
Finalmente, se giró y se puso cara a cara con su compañero. Ella no lo sabía, aunque lo sospechaba, pero por mucho que se hubiera secado las lágrimas, se notaban los regueros que habían dejado en sus mejillas y tenía los ojos rojos. Al menos el aire fresco le había ayudado a superar las nauseas.
De repente se dio cuenta de que hacía bastante frío. Demasiado para encontrarse en la mitad de Agosto. Pero ya había aprendido que, aunque el calendario dijera que todavía estaban en verano, en la base del Yorokonde nunca había verano. Inconscientemente, se puso a temblar.
– ¿Por qué estamos aquí, Less?
– ¿Cómo que por qué? – respondió él, sin comprenderla. – Cumplimos órdenes.
– Órdenes...
– Tsuki, piensa que si nosotros no estuviéramos aquí entonces no se salvarían muchos.
– Sí, ya... Pero... ¿Por qué estamos aquí?
– ¿Por qué iba a estar bien? – contestó algo agitada la Tercer Oficial. – Ese chico posiblemente no llegue a pasado mañana. ¿Y todo por qué?
– Es el pan nuestro de cada día, Tsuki – Era la enésima vez que le soltaba el discurso. Pero no podía reprochárselo, tenía razón. – Hay que aprender a...
– ¿A aceptarlo? – le interrumpió. Aunque hubiera escuchado lo mismo una y otra vez, no le parecían más que palabras vacías. – ¿Otra muerte nada más y punto?
– ¿Otra muerte más? No – le sonrió Xelloss, con aquel gesto que siempre le devolvía algo de paz. – Hay que aprender a vivir con ello... y luchar por que no vuelva a repetirse. Date una ducha – le recomendó. – Tranquilízate y pásate por el despacho del Capitán. Todavía necesita esos papeles.
– Se los dejé a... Kapiciauskas para que se los llevara – dijo, recuperando un tono normal.
– Mira que...
– Tranquilo, no se va a poner a cotillear.
– Pues eso, date una ducha y relájate, ¿vale?
– OK.
Hizo caso a su superior y se escapó del Hospital en dirección al Cuartel de la Cuarta División. Podía ducharse y cambiarse en el propio recinto, pero tenía que desconectar un poco y buscar ese momento de paz y tranquilidad que tanta falta le hacía en aquel momento. Llegó a su habitación, cerró la puerta tras de sí y se desnudó para meterse en la ducha.
Mientras el agua resbalaba sobre su cuerpo, se dio cuenta de que no iba a poder abstraerse de lo que había pasado y que la conciencia no le iba a dar tregua. Por más que se dijera que ella no tenía nada que ver en la explosión que había precipitado toda la situación y que, probablemente, Shoten tampoco, no podía dejar de sentirse culpable por lo que había pasado. Tampoco le sorprendía que su conciencia no le dejara en paz. Nunca lo había hecho.
– ¡Escuadrón quince! – gritó el suboficial a través del intercomunicador. – ¡Adelante!
Satsuki se pegó a Alessio, que caminaba sólo unos metros delante de ella. Caminaban medio encorvados, tratando de ser lo menos visibles posible entre los escombros de aquel bloque de casas. Aquel día les tocaba acompañar a un grupo de shinigamis de la Sexta División y proporcionarles el apoyo médico y logístico que pudieran necesitar. En teoría no tendrían por qué necesitarlo, se trataba de una casi protocolaria misión de reconocimiento en una zona más bien abandonada del Distrito 75, que había caído recientemente. Pero habían pasado demasiadas cosas en los últimos días como para fiarse.
Después de una apabullante victoria del Gotei en los primeros días, el ejército del Anillo Exterior se había replegado casi completamente, pero mantenían una relativa presencia en los distritos más exteriores. El Seireitei había tomado rápidamente los distritos 73 y 74 y asegurado una base militar en el 72, conocido como Yorokonde. Las fuerzas más importantes, formadas por Oficiales de alto rango de la Sexta, Novena y Decimotercera División, habían regresado a la Ciudadela, pero se había dejado un destacamento dedicado a asegurar la zona.
Pero el mal ya estaba hecho, la invasión desde el exterior había alentado los ánimos de las facciones rebeldes del Rukongai y se había formado una especie de guerrilla de resistencia que había causado ya muchos problemas al ejército de shinigamis. La Cámara había decidido entonces que su misión dejara de ser la de evitar una invasión a la de aniquilar cualquier indicio de resistencia. Y, teniendo en cuenta dónde se encontraban, "indicio" se quedaba corto. Pronto, lo intuía, los shinigamis de la Sexta División regresarían al Seireitei y serían sustituidos por la Undécima. Sólo con ver los heridos en "entrenamiento" en sus prácticas en el Hospital, Satsuki podía oler la sangre de la masacre que aún estaba por ocurrir.
Caminando entre los escombros llegaron hasta el centro del núcleo de viviendas, que formaba una especie de plaza o de gran patio común donde, muy probablemente, se producía la mayor parte de la vida cotidiana de los que habitaban allí. El líder del escuadrón se paró antes de llegar, se ocultaron todos tras unos montones de madera, escombros de las casas caídas durante la guerra, y dio orden a sus subordinados de que se dividieran en parejas para investigar las casas que les rodeaban.
– Cuatros – se volvió hacia ellos. – Vosotros conmigo.
A Alessio le brillaron los ojos. Satsuki sabía perfectamente que, aunque fuera un miembro del regimiento médico de la Cuarta División, Alessio tenía el corazón de un guerrero. El Teniente Xelloss le había ganado para su equipo durante la Academia, porque había sido médico en su vida mortal, en un hospital de Roma, pero no sin que él hubiera puesto pegas desde el principio. Decía que quería pertenecer a la Décima División, no por nada especial, sino porque algunos de los amigos más veteranos que había conocido en la Academia.
No así Satsuki. Ella siempre había tenido claro que acabaría en el Escuadrón médico, aunque eso significara que tuviera que pasar un tiempo limpiando cloacas. Pero siempre lo había sabido, esa era su vocación. Por eso se había alegrado tanto cuando Alessio le había contado, entre ciertos improperios, que le habían asignado también a él allí. Nunca se habría atrevido a decírselo. ¿Qué iba a pensar de ella? Además, sabía que los jefes no lo permitirían. Puede que vieran bien que algunos oficiales tuvieran ese tipo de relaciones entre ellos... ¿Pero unos novatos? No, tenía que ocultárselo.
– ¿Qué estáis esperando? – les urgió. – ¡Vamos!
Satsuki se aseguró la bolsa reglamentaria sobre su hombro derecho y sacó su todavía inerte espada de la vaina. No es que fuera capaz de muchas cosas con ella, pero era mejor estar preparada que no estarlo.
– ¡¿Cómo?! – gritó.
El pobre novato dio un respingo al escuchar a su Tercer Oficial. Nunca la había visto así. Para Adomas Kapiciauskas, Samara Satsuki era probablemente la persona más dulce del mundo. Verla tan alterada por un paciente no era normal. Era como si un mito se le estuviera cayendo al suelo. Pero, si lo pensaba, nada sobre su comportamiento con aquel paciente había sido el habitual en la Satsuki.
– ¿Cómo que ha muerto? ¡Pero si no hace dos horas que entró en la UCI!
Satsuki resopló tratando de calmarse, mientras arrancaba literalmente de las manos del shinigami la carpetilla con el informe de la víctima de la bomba y la revisó una vez más. No podía estar más cabreada con todo, empezando consigo misma. ¿Cómo es que no había sido capaz de salvarle la vida? Había tratado cosas mucho peores en otras ocasiones. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en aquella situación?
Necesitaba sacárselo de su sistema y el pobre de Kapiciauskas se le había puesto por delante. Ni siquiera había estado en el quirófano con ella. Le había llevado los papeles al Capitán y ella se había quedado con el vietnamita de nombre impronunciable. No merecía que lo estuviera pagando con él, la verdad, pero ahora mismo, Samara Satsuki no pensaba con claridad.
– ¿Qué pasa aquí? – intervino Xelloss, que acababa de llegar, alarmado por los gritos.
El Teniente la miró fijamente, escrutándola en silencio con aquellos profundos ojos violetas. Ese fue el momento que el inexperto shinigami aprovechó para escaparse, dejándolos a los dos solos. Iba a ser mejor para él, no estaba bien pagarla con el mensajero.
– ¿Qué pasa, Tsuki? – le volvió a preguntar su superior. – ¿Qué es lo que ocurre?
No sabía cómo responder a la pregunta. ¿Iba a decirle la verdad? ¿Al Teniente? En más de una ocasión se le había ocurrido que quizás le entendiera. Al fin y al cabo, era amigo de Akano, ¿no? Lo que Shoten defendía no era tan distinto de lo que decía el difunto Director de la Academia. Luego bajaba de la nube y se decía que nunca podría contarle su secreto a nadie, al menos sin antes pasar por el filtro de Shoten.
– Na... Nada – suspiró. – Sólo estoy cansada.
– Eso no es cansancio. Te he visto ahí fuera – repuso Xelloss. – Te has chupado guardias inhumanas y has dado la talla. Por eso estás donde estás – la alabó, aunque en sus elogios iba escondida una profunda preocupación. – A ver... Déjame ver.
Con cierta reticencia, Satsuki le pasó la carpeta a su superior y vio cómo le echaba un vistazo rápido, leyendo en voz baja pero con murmullos ininteligibles algunos fragmentos de lo que allí se decía. Finalmente, se paró, la miró fijamente una vez más y suspiró. Esta vez no había en su gesto preocupación, sino... ¿compasión? No sabría decirlo en aquel momento.
– Tsuki... Sabes que no es él, ¿verdad?
– ¿Que no es...?
– ¡Cuidado!
Less la empujó hacia el umbral de una puerta justo a tiempo para evitar que el techo se desplomara sobre su cabeza. La batalla había empezado hacía pocos días, pero realmente parecía que aquel edificio hubiera estado abandonado décadas. De todas formas, no dejaba de ser demasiado coincidencia que justo comenzara a derrumbarse estando ellos allí. Pero no encontraron nada ni nadie en toda la construcción.
– Adelante, Líder 15 – sonó una voz por el radiotransmisor.
– Aquí Líder 15.
– Esta casa está vacía – informó el shinigami del otro lado de la línea. – Y me da que el resto también.
La intuición del oficial se vio rápidamente confirmada por las noticias que llegaban de los otros grupos que se habían repartido la exploración de los edificios que circundaban la plaza. Decepcionado, el jefe de la expedición afirmó que el suyo también estaba abandonado y que se reunirían en el centro de la plaza.
– Cuatros, vamos – ordenó.
Llegaron al punto de encuentro e informaron al Cuartel Central en el Yorokonde de lo que habían encontrado. O, mejor dicho, de lo que no habían encontrado. La respuesta de la base fue que debían asegurar la zona: aquel asentamiento sería perfecto para establecer el centro de mando de cara a las próximas ofensivas.
– Bien – dijo finalmente Jean Abbaci, "Líder 15". – Habrá que establecer un perímetro. Cincuenta metros desde los edificios.
Alessio se presentó inmediatamente voluntario a acompañar a los miembros de la Sexta División en su exploración, dejándola sola con Abbaci para instalar lo básico del campamento que debían defender en los próximos días hasta que llegaran
– Lo primero es buscar una fuente de...
– No me importa qué sea lo primero – la interrumpió el jefe. – Me importa que lo hag...
La explosión ahogó el final de la frase del shinigami. La onda expansiva los derribó y consiguió que un molesto pitido le taladrara los oídos. Eso en cuanto pudo oír con claridad. Le costó levantarse al principio, estaba desorientada, pero enseguida salió a la plaza. Para aquello era para lo que le habían entrenado. Para aquello era para lo que...
– ¡No! – chilló.
Cuando consiguió orientarse, se dio cuenta de que la explosión se había producido en la dirección en la que él se había marchado. Para aquello sí que no estaba preparada. No podía ser. Tenía que estar equivocada. Tenía que ser cosas de que todavía no se había conseguido ubicar. O mejor, era todo un sueño. Una pesadilla.
Sólo que no lo era. Era real como la vida misma.
«Sabes que no es él, ¿verdad?» ¿Cómo podía estar Xelloss tan ciego? ¡Claro que sabía que no era él! Hacía tiempo que había aprendido a convivir con la falta de Less, de sus caricias, de su sonrisa, de sus bromas... ¿A qué venía aquello? ¿Sólo a que había muerto como consecuencia de una explosión? Por esa lógica, había que agradecer que Less no hubiera muerto por culpa de un Kidoh defectuoso o heridas de espada, no sería capaz de hacer su trabajo.
Pero no podía culpar al Teniente por preocuparse. Realmente eso era lo que le hacía especial, que siempre estaba pendiente de lo que pasaba a todos los que le rodeaban. Así se había ganado el cariño y la lealtad de todos los miembros de la División, a los que prácticamente había escogido a dedo durante sus períodos de formación en la Academia, como había hecho con Alessio. Cariño y lealtad, dos cosas que ahora mismo le eran muy necesarias, teniendo que cubrir al cada vez más enfermo Capitán y que Satsuki era la primera en ofrecer.
Y lo cierto es que tampoco podía contarle realmente lo que estaba pasando. Así que «me recuerda a la muerte de Alessio» no era tampoco una mala salida. Por eso no le había contestado y sólo había asentido, con lágrimas en los ojos, como una niña desamparada.
Realmente, Shoten le había enseñado a mentir muy bien. «Shoten.» Tenía ganas de ir a enfrentarse con él cara a cara y preguntarle qué demonios estaba pensando al preparar un ataque contra un edificio que podría estar ocupado no sólo por cosas. Pero no podía. No en aquel momento. Cualquier precaución era poca, tenía que esperar a recibir la señal.
Casi inconscientemente, Samara puso rumbo a "su rincón privado". Allí, al otro lado del Cuartel, en el punto más alejado del Hospital del Seireitei, la Cuarta División honraba a sus difuntos. Los oficiales tenían un pequeño panteón. Allí descansaría ella un día, seguramente. Para el resto, y entre ellos él, había una extensión más o menos grande de terreno plagada de pequeñas lápidas conmemorativas, con el nombre, el rango y la fecha de la muerte.
Allí se solía escapar cuando necesitaba estar sola, cuando necesitaba hablar con alguien, aunque ese alguien nunca le respondiera. Porque aún después de todos aquellos años, Alessio seguía siendo la única persona con la que era capaz de hablar abiertamente de todo. Y eso era lo que necesitaba ahora mismo, desahogarse, sacar del sistema todo aquel veneno en forma de culpa que la estaba comiendo por dentro.
«No es muerte para siempre», se dijo. Al fin y al cabo, los rumores decían que había gente que había conseguido recuperar sus memorias, que había regresado de entre los muertos. Aunque nunca se lo había llegado a creer, siempre suponía una nueva esperanza a la que podía aferrarse. Aunque fuera muy lejana. Pero ni siquiera eso le ayudaba. Habían pasado ya dos días desde el funeral y todavía no había sido capaz de reaccionar como se esperaba de ella.
– ¿Por qué? – le preguntó a la lápida blanca. – ¿Por qué ha tenido que ser así?
«¿Por qué te tenías que hacer el héroe?», quería preguntarle. «¿Por qué tenías que irte a explorar en lugar de quedarte conmigo?» Pero no iba a servir de nada, ¿verdad? Ni iba a contestarle ni iba a ser capaz de volver atrás en el tiempo para decirle que no se alejara. Aún así...
– ¿Por qué? – le volvió a preguntar a la piedra.
Levantó la vista para secarse las lágrimas que le empañaban los ojos y por primera vez se dio cuenta de las losas que rodeaban la tumba de Alessio. Todos aquellos hombres habían caído en combate, luchando por defender las murallas blancas que le rodeaban. Y ellos eran miembros de la Cuarta División. No quería pensar cómo de extensos serían los cementerios de otras Divisiones.
– ¿Y todo para qué? – se preguntó, mirando más allá del muro que delimitaba el recinto de su Cuartel, hacia la espigada torre que cobijaba la Cámara.
«Para proteger a...», pero incluso hablando consigo misma se vio forzada a detenerse. ¿Proteger qué o a quién? Sí, en la Academia había escuchado hablar de grandes guerras con monstruos procedentes de Hueco Mundo tanto o más poderosos que los shinigamis, los Arrancar. Las "Guerras de las Almas", les llamaban. Satsuki no dudaba de que aquellas batallas sí se habían librado para proteger algo o alguien.
– Pero Yorokonde...
Inmediatamente miró a su alrededor, asustada. No estaba segura de que fuera conveniente cuestionar lo que había pasado. Lo que todavía estaba pasando. Había aprendido ya que "cuestionar" no era un verbo precisamente popular en el Seireitei. El problema es que desde que había llegado al Distrito 72 Norte para unirse a la misión y había visto lo que ocurría no había dejado de usarlo.
– ¿Por qué? – volvió a preguntarle a la fría losa de piedra blanca después de comprobar con alivio que no había nadie alrededor. – ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué estamos luchando?! ¡¿Para satisfacer los deseos de poder de…?!
– Cuidado – le interrumpió una voz desde no muy lejos. – Alguien podía oírte.
«Pero si…», pensó mientras se daba la vuelta, asustada. ¡Se había fijado que no había nadie en toda la explanada del camposanto! ¿Cómo podía ser que la hubieran oído? Entonces lo vio, sentado en una rama de un roble cercano, perfectamente asimilado con su entorno. La sombra de las hojas le ocultaba la cara, así que no sabría decir quién era, aunque sabía que había escuchado su voz en algún lado.
– Alguien que no fuera yo, claro…
De un salto bajó de la rama y se acercó lentamente hacia ella. La cara también le sonaba, aunque le costaba asociarla con el uniforme negro y blanco que llevaba. Era de mediana edad, fuera eso lo que fuera en la Sociedad de Almas, con el pelo castaño que empezaba a abandonar su cabeza y una sonrisa divertida en sus ojos marrones.
– ¿Sho… Shoten Miral? – dijo al fin.
No, no podía ser. Shoten Miral era un loco que merodeaba por los Distritos superiores buscando novatos a los que entrenar para ir a la Academia. Era famoso entre los estudiantes por sus formas totalmente anormales: daba gritos, reía escandalosamente por cosas que no tenían gracia, utilizaba extraños aparatos para dar efectismo a lo que decía, mezclaba idiomas… y solía caminar haciendo el pino. Traía de cabeza a los instructores de la Academia, que no parecían ser capaces de evitar que se colara regularmente en su territorio y tenía cierta cercanía con algunos estudiantes.
Era imposible que aquel hombre "normal" que tenía delante fuera Shoten Miral. ¿Cómo iba a haber llegado hasta allí? Era casi imposible colarse en el Seireitei. Y de colarse… ¿Quién se iba a colar en la Cuarta División? Asumámoslo, eran la oveja negra del Gotei 13, al menos en reputación. Aunque era cierto que eran una pieza importantísima de toda la maquinaria militarista de aquella ciudadela.
– El mismo – confirmó él.
– ¿Co… Cómo?
– Espera, a lo mejor así me crees – dijo. – ¡Yo soy el hombre más increíble from the Distrito 1! – exclamó, dando un salto y aterrizando haciendo el pino. – ¡Aquel del que los hombres huyen y las mujeres se esconden! ¡Shoten Miral!
Era él. Definitivamente era él. Era la misma presentación extraña que le había visto hacer alguna vez en los jardines de la Academia. Pero eso no explicaba qué estaba haciendo allí ni cómo había entrado en la División.
– ¿Convencida? – le preguntó el visitante, que ya había vuelto a una posición normal y se sacudía la hierba de las manos.
– S… Sí.
– Bien, perfecto – sonrió. – Vamos.
Sin darle tiempo a nada, el hombre se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el muro del Cuartel. Ella, sin dudarlo por un momento, como si fuera lo más natural del mundo, lo siguió. No sabía muy bien qué estaba haciendo en aquel momento, la verdad, pero por algún motivo que se le escapaba, no cuestionaba lo que estaba pasando. Hasta que algo le dijo que aquello no encajaba y se paró.
– Espera… ¿A dónde estamos yendo?
– Tú sígueme.
– No – contestó. – Es más, ¿qué estás haciendo aquí?
– ¿No está claro? – se dio la vuelta. – He venido a buscarte.
– Ah, val… ¿A buscarme? – preguntó. – ¿A mí?
– ¿Ves a alguien más? Sí, a ti – respondió. – Necesito tu ayuda.
– Mi… ¿Mi ayuda?
– Tienes que dejar de tartamudear si quieres ayudarme. Sí, tu ayuda.
– ¿Pero para qué?
– ¿No está claro? – se encogió de hombros. – Para hacer lo correcto.
– Estamos haciendo lo correcto – le dijo a la lápida blanca de Alessio. – Estamos haciendo lo correcto.
En aquel momento sólo esperaba que Shoten no le hubiera enseñado a mentirse también a sí misma.
