«Papeles, papeles y más papeles», pensaba mientras maldecía la hora en que había aceptado el puesto de Director de la Academia y la burocracia que gobernaba el Seireitei. Llevaba ya un par de horas repasando informes de trabajo cuando alguien llamó enérgicamente a la puerta, provocando que diera un salto en la butaca de su despacho. El corazón estaba a punto de salírsele del pecho a causa de la sorpresa. ¿Quién estaría llamando a aquellas horas, en la Academia, a aquellas alturas del verano?

Sea quien fuere, tenía prisa. Volvieron a llamar otra vez y él lo tomó como el estímulo que faltaba para levantarse, arreglarse ligeramente el viejo uniforme que utilizaba cuando trabajaba en privado y echarse la capa por encima. Otra vez retumbaron los golpes en la puerta, así que respondió con tono claramente molesto poco antes de abrirle a quien quiera que estuviera llamando con tal insistencia en medio de la madrugada.

Ejecutores. Seis. No era un buen presagio. Los enmascarados de la Segunda División nunca venían con buenas noticias, lo sabía bien: no era la primera vez que lo molestaban con sus golpes en la puerta y nunca había sido para llevarle noticias agradables. Esta vez tampoco, pudo adivinar cuando, sin mediar palabra, le entregaron un pequeño dossier que, seguro, contenía algún tipo de información confidencial. Información confidencial y ejecutores no eran buenos aliados. Abrió la carpetilla y, efectivamente, contenía algún tipo de fotos de vigilancia.

Los primeros rayos del sol de la mañana le daban directamente en la cara y eso acabó por despertarle. La cabeza le daba botes como si fuera un balón de baloncesto y tenía la boca pastosa. Demasiado pastosa. Hacía tiempo que no tenía una resaca como aquella. Quizá por eso le costaba ubicarse entre las legañas. O quizás porque no era su propia habitación. Era la de…

– Mierda – bufó, tratando de no hacer demasiado ruido y despertar a su acompañante.

Al otro lado de la cama, ella dormía placenteramente, con su pelo azabache y blanco revuelto ocultándole la cara. Al menos no la había despertado con su protesta. Se había prometido que no lo iba a volver a hacer, que al final sólo complicaba las cosas, pero... ¿Tan gorda había sido la noche anterior? Habían decidido celebrar que Rido se había librado, más o menos, de lo que podía ser algo muy grave y, de paso, celebrar su "jubilación", aunque fuera forzosa. Pero tampoco habían cometido muchos excesos. O eso creía.

Se levantó sin hacer el más mínimo ruido y comenzó a recoger rápidamente su ropa. Pero no se vistió. Era prioritario huir de allí antes de que Gaby se despertara y la situación fuera más violenta. Quizá fue por eso por lo que se alegró cuando vio entrar una mariposa infernal por una rendija de la ventana. La tomó con el índice de su mano derecha y escuchó el mensaje que le convocaba urgentemente en el Cuartel. No es que no lo fuera a hacer, pero ahora ya tenía la excusa oficial.

El Teniente fue vistiéndose mientras bajaba a trompicones las escaleras, deseando que todos los asistentes a la fiesta estuvieran todavía dormidos o hubieran regresado cada uno ya al lugar del que habían venido. Tampoco es que le apeteciera dar muchas explicaciones al hecho de estar vistiéndose por un pasillo. Pero claro, aquel día la Fortuna no estaba de su lado.

Buenos días. ¿Té? ¿Café? – propuso Rido con una media sonrisa.

De todas las personas que se podía encontrar en aquel momento era la última con la que le habría apetecido toparse. Al fin y al cabo, Rido había aprendido de Nalya, o ella de él, o el uno del otro en una relación simbiótica, a perfeccionar el arte de burlarse de los demás aprovechando los más mínimos detalles. En la Academia ya habían herido más de una sensibilidad con aquellos jueguecitos y, sobre todo desde que había recuperado sus recuerdos, ni el uno ni el otro los había abandonado del todo.

Aunque, si lo pensaba, casi cualquier miembro de la Novena División era un experto en aquello. Y, aún así, decían que ninguno llegaba a la altura de Pandora. Si ni Rido ni Nalya ni Eliaz llegaban a aquellos niveles, casi se alegraba de no haber conocido a la que fuera antecesora suya en un contexto más íntimo y distendido.

De todas formas, Rido llevaba una temporada de capa caída, aunque a veces tratara de forzar la sonrisa. Primero la muerte de Nalya, después los problemas que había tenido con el Gotei, la mala prensa que recibía… y el golpe de gracia había sido la reencarnación de Nalya. Eso sí no lo había sabido encajar. Quizás por eso aún tenía en su mano una botella de whisky y estaba completamente desaliñado. ¿Se habría pasado toda la noche bebiendo? No es que Rido hubiera sido abstemio en algún momento, la verdad. Sin embargo, últimamente se le veía beber mucho más, aunque Db nunca se había atrevido a decírselo.

Buenos días – resopló. – Paso… tengo que salir ya para el Cuartel. Me ha llegado una mariposa infernal que me dice que me presente urgentemente…

¿Qué ha pasado?

Ni idea…

¿Te llevas al oso que está roncando en mi sofá?

Db echó un vistazo al salón. Sólo podía ver a Bone, aunque era cierto que no podía ver toda la estancia. Habiendo dicho "oso", lo más lógico es que Rido se refiriera a Eliaz, a quien le habían puesto ese apodo hacía muchos años. Pero quizá se refiriera a Bone que, a juzgar por sus gruñidos, parecía totalmente un plantígrado. Hombre, siempre podía llevarse a ambos.

Llamaron a la puerta mientras él trataba de adivinar si era a Bone o a Eliaz a quien Rido se refería. El barbudo miró extraño hacia la entrada mientras decidía que hacer. Quizá pretendía hacerse el loco y no responder. Desde luego no eran horas para llamar a casa de nadie. Entonces volvieron a sonar los golpes en la puerta. Era algo urgente que no podía esperar. Y Rido, visiblemente nervioso, lo sabía.

Buenos dí… – abrió.

La súbita parada de Rido le llamó la atención lo suficiente como para que él también se acercara, aunque se mantuviera a una distancia prudencial desde donde no pudiera ser visto, por si acaso. Y no era para menos. Los inoportunos visitantes que habían aporreado la puerta de los Akano a aquellas horas eran nada más y nada menos que un pelotón entero de Ejecutores, con su rostro cubierto con la capucha. Posiblemente, incluso, hubieran llevado sus armas desenfundadas, ya que al menos uno de ellos estaba devolviéndola a su vaina.

¿Es usted Akano Rido? – preguntó el líder.

Saben que sí – respondió. – ¿Qué es lo que pasa?

Tiene usted que acompañarnos.

Llegáis tarde… – les espetó el de barbas. – Mi juicio fue ayer.

Ese era muchas veces el problema de Rido, que, bien tratando de resultar amable o simplemente por quitar hierro a las situaciones más críticas, siempre terminaba haciendo algún chiste. Y no siempre sus interlocutores estaban en disposición de entenderlos. Y el Teniente apostaría su mano a que un grupo de Ejecutores en acto de servicio no era precisamente el mejor de los públicos.

Me temo que esto no tiene nada que ver con…

¿Se puede saber qué pasa? – decidió intervenir Db.

Teniente – saludó el jefe de los Ejecutores, y todos sus subordinados se cuadraron.

Sí, sí… Es muy temprano para saluditos – comentó después de corresponder al gesto de los agentes.

Tenemos orden de arrestar a Akano Rido.

¿Puedo verlo?

El líder del escuadrón tendió al Teniente de la Novena División un papel oficial, del estilo en el que venían redactadas las órdenes y los memoranda que pasaban día sí y día también por su despacho. Aquello fue suficiente para que comenzara a atar cabos con la mariposa infernal que había recibido. Algo había ocurrido en el Seireitei. Algo que estaba relacionado con Rido y que debía ser especialmente grave.

Lo que no se podía esperar Db era lo que se encontró cuando sus ojos comenzaron a desfilar sobre las palabras impresas en el papel. Una sensación de ira le consumía. Luego llegó la tristeza más profunda y la incredulidad. No, aquello no podía ser cierto. Nunca podía haberlo hecho. Pero… El Gotei nunca daría un paso como aquel sin pruebas. No justo después de ponerlo en libertad

Rido, – le miró – dime que esto no es cierto…

¿El qué? – inquirió él, que comenzaba a ser presa del pánico. – ¡Pero si no sé ni de qué va todo esto!

Vete con ellos – le recomendó.

¡¿Pero por qué?! – bramó.

Hazlo… – insistió, con la cabeza baja, mientras devolvía la orden a los shinigamis.

Akano Rido, queda usted detenido por el secuestro de Laylah Asharet y el asesinato de su mayordomo, Jules Valonnais.

Db no podía mirarle a la cara, porque, realmente, no sabía cómo iba a reaccionar. Aún así, se quedó plantado en la puerta esperando a ver cómo se desarrollaba todo. Querría haber hecho algo, pero tenía la mente en blanco. Por eso, al final, lo único que logró hacer fue ver cómo su amigo, completamente impotente, se alejaba.

Regresó un momento al interior de la casa. Si Eliaz estaba allí, sería mejor que fuera con él a la División para enterarse bien allí de lo que había pasado. Pero en el salón sólo estaba Bone. Él era, finalmente, el oso al que se había referido Rido. Decidió no despertarle, decírselo sólo iba a causar más problemas.

Por un momento valoró informar a Tilly y Youichi, o a Káiser, o a Gaby. Pero ya tendrían tiempo de enterarse. No iba a despertarlos para aquello. Y tenía que presentarse rápidamente en el Cuartel, ahora sabía ya bien por qué.

– A ver… – dijo con resignación en medio de un bostezo.

– Nuestros expertos lo han revisado varias veces – se adelantó el oficial antes de que pudiera si quiera fijar la vista en las fotografías. – Estas imágenes no han sido manipuladas de ninguna forma.

Las palabras del Ejecutor alimentaron su curiosidad lo suficiente para que examinara con interés la primera de las fotos. Era claramente un despacho de la Academia, a juzgar por el mobiliario. De pie, inclinado sobre el escritorio, se podía ver un hombre que examinaba curioso unos papeles. Estaba más delgado, y el paso del tiempo no le había jugado una buena pasada. Pero era él. Y eso era imposible.

– No puede ser – exclamó, con los ojos como platos. – ¡Está muerto!

– Pero si… – siguió pasando las fotografías. Había unas más muy parecidas y, al cabo de un rato, apareció una segunda figura, la del propietario del despacho. – Mierda, Bone… Estas fotos tienen que estar trucadas – comentó, blandiendo la primera foto que le habían mostrado, tratando de alimentar las esperanzas. – Medio Seireitei vio cómo moría.

– Disculpe, mi Teniente, pero, a juzgar por las fotografías, no lo está – le entregó otra hoja de papel. Esta vez contenía las órdenes. – El Consejo quiere que usted dirija el dispositivo.

– ¿El dispositivo?

– Los analistas tienen una idea clara de a dónde se dirige el sujeto. El Consejo nos ha ordenado capturarlo y le ha puesto a usted al cargo de la misión.

– ¿Cuándo?

– Ahora.

– Está… Está bien.

Cerró la puerta y se apresuró a cambiarse. Afortunadamente siempre guardaba un uniforme de repuesto en su despacho. La cabeza se le fue inmediatamente hacia la colina que dominaba el centro del Seireitei. Dos años antes. Lo había visto con sus propios ojos, era imposible que alguien hubiera sobrevivido a eso. Pero las imágenes eran claras: estaba vivo y estaba de vuelta.

Sentimientos contradictorios lo invadieron. Por un lado se alegraba enormemente de que su amigo, el más antiguo de los que le quedaban, se encontrara vivo. Por el otro, le maldecía por lo que había hecho, le maldecía por haber huido, le maldecía por haber vuelto. Porque sabía lo que se suponía que tenía que hacer llegado el caso.

¿Sería capaz de hacerlo? Mientras tomaba a Sikanda de su suporte y se ajustaba la vaina al cinturón de su uniforme no dejaba de darle vueltas a aquella pregunta. ¿Sería capaz de hacerlo? Sabía que los Ejecutores… Mejor dicho, sabía que el Gotei no le había puesto al frente de aquel dispositivo por casualidad. No era lo común que un Oficial de una División distinta a la Segunda, por muy Teniente que fuera, liderara un escuadrón de Ejecutores. Pero si él había vuelto, había que medir la lealtad de sus "socios". Así pensaban ellos. Y él, aunque sintiera un poco de vergüenza por ello, no dejaba de ver la lógica en el razonamiento.

Se ajustó sobre el brazo el brazalete con la silueta de la amapola y se dijo que su misión era la protección del Seireitei. Que, aunque le jodiese, aunque fuese su amigo, era una amenaza para el Seireitei y su misión era su misión. No le convencía. Pero de alguna forma tenía que motivarse para hacer lo que se suponía que tenía que hacer.

Con la mano en la manilla dio un último suspiro antes de volver a abrir para enfrentarse a lo que le esperaba en el exterior. Aún no había caído el sol y ya sabía de sobra que aquella iba a ser una noche muy larga.

– Tenía que haberme marchado con Data – bufó, cerrando tras de sí la puerta.

– ¿Perdón?

– Nada, nada… – meneó la cabeza. – Informe.

– El dispositivo de vigilancia indica que el sospechoso se dirige al recinto residencial Sur.

– La mansión Ashartîm – concluyó él, mientras volvía a examinar las fotos.

¿Por qué iría a buscar a Eliaz? ¿Por qué ahora? Había esperado dos años para hacerlo. No tenía sentido. A menos que volviera con Mitsuko. Pero no, por lo que parecía en las fotos, viajaba solo. Había conseguido un uniforme de shinigami y cubría su rostro con una capucha. Pero era él, era indudable.

Hacía meses que no había vuelto a ver al Oficial Asharet. Realmente, si se ponía a contar las veces que había coincidido con él desde que la noticia del secuestro de Mitsuko pusiera sus vidas patas arriba, le bastaban los dedos de una mano. Kyrek había creído conveniente concederle una baja temporal en espera de que se solucionara la situación. Pero, dos años después, todavía no había novedades. Ni en un sentido ni en el otro.

Con mucho dolor de su corazón, cada vez estaba más convencido de que nunca volvería a ver a Mitsuko con vida. No le gustaba ser pesimista, ni alarmista, ni desesperanzado… pero a cada minuto, a cada hora… a cada mes que transcurría sin noticias, parecía más claro que el resultado de la investigación – que sólo se mantenía viva por ser Eliaz quien era – no sería el que todo el mundo hubiera soñado.

Eso sí, ni a él ni a nadie se le hubiera ocurrido expresar en alto aquellos sentimientos. Estaba convencido de que más o menos todo el mundo en la División pensaba más o menos lo mismo, pero nadie lo verbalizaba. Porque sería darle cuerpo a la idea. Y nadie quería demostrar que había perdido la esperanza.

Pero quizás…

– ¿Teniente? – le preguntó el líder del Escuadrón de Ejecutores, sacándolo de sus pensamientos.

Quizás, sólo quizás, podía ser el momento para comenzar a hablar de esperanza de nuevo.

– Vamos – ordenó Db.

Realizaron el camino hasta la zona residencial en completo silencio. Eso le permitió al Teniente unos minutos más para organizar sus pensamientos y hacerse a la idea de lo que podía llegar a acontecer. Podía tener que enfrentarse a él. Podía tener que llegar a extremos que nunca había imaginado. Se suponía que debían luchar hombro con hombro, espalda con espalda, no frente a frente.

O peor aún. A lo mejor tenía que meterse entre ellos dos. Entre uno que había escapado del mismísimo Dúo Terminal y otro que era el heredero directo de uno de los hombres más poderosos de la historia. «Créeme, nunca querrás ver a Eliaz realmente cabreado», le había dicho él alguna vez. «Yo lo he visto una vez y una y no más.» Además, ¿quién era él para meterse entre ellos dos?

– Juro solemnemente proteger al Seireitei de todos sus enemigos, internos y externos – se recordó el bando en que estaba, recitando en un susurro las palabras del juramento que había pronunciado el día que, por fin, había vestido el negro.

Pocos días antes de aquello también había tenido la oportunidad, la primera que recordaba, de luchar mano a mano con él. Sólo esperaba que lo que había sucedido en aquella ocasión no se repitiera. Sólo esperaba que, esta vez, no tuviera que morir nadie. Aunque las órdenes lo decían claramente: eso no era una prioridad.

El shinigami que ocupaba la vanguardia del pequeño grupo de Ejecutores levantó el puño de su mano izquierda, dando la señal de parada. Inmediatamente todos reaccionaron y tomaron posiciones a cubierto, esperando a que llegase su momento. Era el momento de la decisión crucial: ¿qué hacer?

Ante ellos se alzaba, tétricamente, la mansión Ashartîm. Iba a ser una noche de poca luna, en un par de días alcanzaría la "plenitud" del novilunio, y las nubes tapaban parcialmente los últimos rayos del sol de la tarde. Entre aquello y el descuido que había sufrido la otrora resplandeciente casa en los últimos dos años, la gran mansión parecía un viejo edificio en ruinas. Era toda una metáfora del estado de su ya único ocupante, lo cual no dejaba de resultar descorazonador.

– ¡Muerto! ¡Muerto! ¡Muerto! – sonó de repente la voz de Eliaz a través de las ventanas.

Pero después volvió a hacerse el silencio. El líder de los Ejecutores que le acompañaban le miraba interrogante. Tenía que tomar una decisión ya. ¿Entrar? ¿Esperar? ¿Qué era lo que debía hacer? Sabía lo que tenía que hacer. Sabía que, en el fondo, era lo que iba a terminar haciendo: él no era Rido, él no era Bone… A él le resultaba mucho más difícil romper las normas.

Pero en aquel momento quiso ser como Rido, como Bone, como Eliaz, como Gaby… Quería saltarse directamente las normas, engañar a los Ejecutores y juntarse con sus dos amigos y arreglar las cosas como hacen los amigos. «Juro solemnemente proteger al Seireitei de todos sus enemigos, internos y externos», volvió a sonar en su cabeza.

– Mierda – resopló, bajando la cabeza.

Entonces notó una presencia más. Era extraño, ninguno de sus acompañantes, que estaban especialmente entrenados para aquello, parecía haberse dado cuenta de que alguien más había "entrado en escena". Afiló un poco más sus sentidos y lo entendió: aquel reiatsu tenía una "marca" muy específica con la que Db era muy familiar. Echó un vistazo hacia la fuente de aquella energía y un rápido destello plateado confirmó sus sospechas.

– Káiser – murmuró entre dientes.

«¿Qué hago?», volvió a preguntarse. Si el viejo Lobo estaba allí eso significaba que todo iba a ser más complicado. Pero si algo había claro es que no podían no hacer nada. Ya llegaba con que Bone fuera a ser acusado de traición como para que ahora también recayera sobre él alguna sombra de duda.

El líder de los Ejecutores seguía mirándole inquisitivo. Db echó una mirada a su alrededor y evaluó la situación. Entonces se dio cuenta. Estaba tan obnubilado en lo que estaba sucediendo en aquel momento que ni siquiera se acordaba de que ella había estado allí. Poco antes de que secuestraran a Mitsuko, poco antes de que detuvieran a Rido… Se había encontrado con ella allí. ¿Cómo podía haberlo olvidado? ¿Cómo se podía haber olvidado de los subterráneos? ¿De ella?

– Adelante – decidió al fin.

Los Ejecutores recorrieron a toda velocidad el poco trecho que les separaba de la mansión Ashartîm, con Db a la cabeza. Si había que hacerlo, se hacía, pero por lo menos quería ser el que tomara la iniciativa. Llegado el momento de tener que hacer algo que no quería hacer, no quería que su amigo pensara que era un cabrón que apuñalaba por la espalda. Ya le llegaba con que le fuera a considerar un traidor.

Y, también, llegado el momento, Db sabía que había más opciones de no tener que llegar a aplicar todas las previsiones incluidas en la orden de la misión si era él el que se enfrentaba directamente al sospechoso. Los encapuchados que le acompañaban no iban a tener tantos miramientos como él llegado el caso.

Tomaron el porche los siete miembros del destacamento y Db envió a cuatro de ellos a rodear la mansión para evitar cualquier salida por la superficie. Había esperanza. Ninguno de los Ejecutores había mencionado nada acerca de los pasadizos subterráneos que conectaban el sótano de la mansión con el de la mansión Muriami y que Nadie había utilizado como refugio y lugar de culto años atrás.

Llamó a la puerta. Dentro se escuchaba un ligero canturreo, pero nada más. Llamó otra vez. Fue a la tercera llamada cuando Eliaz acudió a abrirle. Estaba desaliñado, con su melena, siempre perfecta, sucia y enmarañada, y con la ropa arrugada y visiblemente desgastada. Si no estuviera allí, quizás no se hubiera creído que estaba hablando de su amigo el noble, que siempre parecía más preocupado por su aspecto que el común de los mortales.

– Está aquí, ¿verdad? – preguntó.

Eliaz no le respondió, pero no hizo falta, porque entonces lo vio. Se estaba escapando por la trampilla que había en la sala principal de la casa. Como tantas veces habían hecho mientras las exploraban en busca de respuestas. Se estaba escabullendo entre las sombras. Y sus dos miradas se cruzaron. Notó cierta decepción en la mirada de su amigo cuando se encontraron, pero enseguida vio cómo se le pasaba. Casi podría decir lo que estaba pasando por su cabeza.

Por un momento no supo lo que hacer. Así que volvió a preguntarle a Eliaz, para tratar de ganar tiempo. Sus compañeros no parecían haberse dado cuenta de lo que estaba ocurriendo dentro de la casa, así que tenía tiempo para arreglar la situación. Aunque pronto no hubo nada que encubrir ya, que, libre de oposición, la trampilla ya se había cerrado y, posiblemente, ahora se encontraban camino de la mansión Muriami para escapar por aquí.

Podía cerrarles el paso allí. Dejar un par de Ejecutores allí por si acaso daban la vuelta e ir a capturarlo cuando emergiera por la otra salida. Pero había visto confianza y determinación en la mirada de su amigo. Y eso había terminado de convencerle.

Era cierto, albergaba la esperanza de poder hablar con él. De detenerlo y tratar de arreglar las cosas "pacíficamente". Pero eso era imposible. Ni él se iba a dejar atrapar por el sistema, ni el sistema iba a resultar transparente. Si algo conocía bien Db era la clase de triquiñuelas que se jugaban en las altas esferas. La última vez que lo habían detenido, lo habían escondido en una mazmorra hasta el día de su ejecución y ni él ni nadie había sido capaz de poder acceder para hablar con él.

Quizá era mejor que se escapara. Si Eliaz le había ayudado a hacerlo, es que había más detrás del telón de lo que se apreciaba a simple vista. A lo mejor, si hablaba con el noble conseguía averiguar lo que realmente estaba ocurriendo. No era lo óptimo, desde luego, pero por lo menos era algo. Y su amigo seguía vivo y bien.

– Revisen la mansión – dijo Db, mientras se plantaba estratégicamente sobre la trampilla que conducía a los subterráneos.

Esta vez no iba a dejar que jugaran con él.

¡Teniente!

Un shinigami trataba de alcanzarle sin éxito mientras Db atravesaba a la carrera los corredores de la Novena División hacia el despacho de Kyrek. Sin embargo, no se paró. No estaba de humor para atender a nadie. Quería resolver aquello cuanto antes.

– ¡Teniente! – insistió el shinigami. – El Capitán Kyrek le está buscando.

¡Ya lo sé! ¡¿Qué te crees?! – le gritó, ante la mirada atónita del joven. – ¡¿Que voy corriendo por los pasillos de los Cuarteles a estas horas por gusto?!

Inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho. Seguramente aquel chaval, Jarek, uno de las últimas incorporaciones de la División, no tendría culpa de nada. Y sólo estaba cumpliendo las órdenes que le había dado su Capitán. Realmente, la detención de Rido le había desquiciado.

Perdona… – se disculpó.

Di… Dijo que le esperaba en la Sala de Juntas.

Eso sólo podía significar que Kyrek no estaba solo, como pudo comprobar cuando, al llegar, se encontró con la Capitana Savas y el Capitán Yuber. Ver a la Comandante de los Ejecutores y a otro Capitán en una situación como aquella nunca era buena señal. Y la expresión de su propio Capitán no ayudaba a calmar la situación.

He llegado lo antes que he podido…

Teniente, – habló Savas – agradecemos su colaboración con los Ejecutores. Mis hombres acaban de comunicarme que su intervención ha sido decisiva para que…

– Con todo el respeto, no lo he hecho por usted ni por los Ejecutores – le espetó sin pensar.

Teniente.

Kyrek le fulminó con la mirada. Posiblemente él también lo estaría pasando mal, pero no era el momento de enfrentarse a otros Capitanes. Después del juicio de Rido su posición había quedado muy debilitada. Y teniendo en cuenta lo que había pasado, no hacía falta leer mentes, como su antecesora, para saber que la capa blanca del joven estaba sobre la cuerda floja.

No se preocupe, Capitán – meneó la cabeza Savas. – Entendemos la situación.

Como ya sabes, Rido ha sido acusado de secuestro, asesinato… y traición – le explicó Kyrek.

¡¿Traición?!

A la vista de los últimos acontecimientos, la Cámara de los 46 ha decidido revisar la sentencia de ayer – explicó Yuber, como si estuviera hablando del último partido de curling y no como si hubiera vidas en juego.

¿Eso es posible? – preguntó balbuceante Db, que no daba crédito.

Sus ojos interrogantes se cruzaron con los de su inmediato superior y supo perfectamente que él tampoco se tragaba nada de lo que había ocurrido en las últimas horas. Bajo los ojos grises de Kyrek, las ojeras delataban que había sido una noche muy larga. Y no precisamente a causa de alguna fiesta. Incluso se dio cuenta de que su voz era algo ronca. A saber lo que había estado luchando aquella madrugada.

Akano será recluido en el Nido de Gusanos mientras dura la investigación y se decide cuál será su pena…

La protocolaria hipocresía de la Capitana le cogió algo por sorpresa. Nunca la habría considerado nada ingenua, pero mucho menos la había visto como una persona así de mezquina. «Muerte en el Dúo Terminal». No había mucho que decidir, la verdad. Db sabía que la sentencia ya estaba dada. Ahora sólo faltaba ver cuándo sería ejecutada. Al final aquellos cabrones se habían salido con la suya.

«¿Seré yo el siguiente?», pensó, mientras la cara de una mujer, aunque parcialmente oculta por una de las capuchas de Nadie, se paseaba por su mente.

– ¿Podré verlo? ¿Hablar con él?

La Cámara ha decidido que la Segunda y la Sexta División conduzcan la investigación, Db – intervino Kyrek.

La seguridad del Seireitei es nuestra mis...

– La Cámara considera que esta División está demasiado implicada para conducir una investigación imparcial – le interrumpió el Capitán Yuber.

«Y somos menos dóciles».

¿Pero podré verlo?

Db, lo llevan al Nido de Gusanos…

Agotado, de regreso a la Novena División, Db se fue directamente al despacho de Kyrek. Era muy temprano todavía, apenas comenzaba a amanecer, pero sabía que su jefe estaría despierto. No se equivocaba, inclinado sobre un informe, posiblemente el de lo acontecido aquella noche, ni siquiera levantó la cabeza cuando el Teniente le dio los buenos días.

– Estoy viendo que la misión ha sido un completo fracaso – dijo en un tono neutro, en lugar de devolver el saludo.

– Cuando llegamos no había nadie – mintió Db, sin saber todavía a qué atenerse. – Los Ejecutores siguen rastreando la zona.

– No van a encontrar nada, ¿verdad? – comentó el Capitán, alzando la vista. Su expresión era tan críptica como su tono de voz.

– Pues…

– ¿Y Eliaz?

– He destinado a tres hombres para custodiar la casa: Irah O'Rourke, Jarek Nowak y Arai Aika – informó.

– Me refiero a cómo está.

– Mal… – confesó el Teniente. – No parecía él… Aunque… estaba tranquilo.

– Bien, bien – asintió Kyrek. – Tráelo a la División para interrogarlo.

– ¿Perdón? Los Ejecutores ya le han…

– … tomado declaración – concluyó el Capitán. – Sí, he visto la transcripción.

– ¿Entonces?

– Quiero que tú lo interrogues – explicó. – Quiero llegar al fondo de este asunto.

– De… De acuerdo – asintió el de inferior rango.

– No me has entendido.

Db le miró interrogante y, por primera vez, Kyrek dejó que parte de sus emociones se pudieran atisbar en su rostro, a través de una ligera sonrisa. Entonces Db lo entendió. El Capitán estaba decidido a llegar al "fondo del asunto": a por qué Rido estaba vivo, a quién había fingido su ejecución… y eso significaría también averiguar dónde estaba Mitsuko.

– Poco antes de irse, Henkara me dijo que esta División era el hogar de los ángeles y los demonios… o algo así – añadió. – Algo que decía la Capitana Kuroda, al parecer. A veces toca ser lo uno y otras veces ser lo otro. Esta vez a mí me toca hacer de ángel.

«Y a mí de demonio».