– Sargento… – escuchó entre sueños. – Sargento O'Rourke… – insistía la voz. – ¡Sargento!
Alterado por el grito y la urgencia de la voz de la que había intentado abstraerse, decidió sucumbir por fin a los intentos de despertarle y abrió los ojos para descubrir a Sal Hopkins a escasos centímetros de su cara. «Me cago en la puta», protestó para sí. «¿Qué cojones querrá ahora?» Sal Hopkins, el novato más inepto, impertinente y molesto que había tenido a su servicio desde que había accedido al cargo. De esa gente que nunca daba una a derechas. Irah todavía se preguntaba como había logrado sobrevivir a la Academia.
Con desdén y pereza, el de Limerick estiró la mano derecha y la posó nada delicadamente sobre el rosto del shinigami que le había reclamado de un sueño bañado en whisky y ale. Luego le apartó bruscamente, tanto que el novato trastabilló y casi se cae de espaldas. Otro indicio más de que no era apto para formar parte del Gotei.
Lo cierto era que, por mucho que el Sargento se quejara, Hopkins no estaba tan lejos del nivel de sus compañeros de promoción. La Academia había mejorado mucho, sí, pero sólo en lo que respectaba a la formación de los que accederían a los puestos de Oficiales, de mayor o menor rango, pero los que accedían a los puestos más bajos de la jerarquía militar del Seireitei no eran entrenados con la misma dedicación. Eran vistos y tratados prácticamente como despojos.
– ¡¿Qué hora es?! – preguntó, tratando de enfocar la vista en el despertador a su derecha. – ¡¿Las cinco de la mañana?! ¡¿Estás loco, Hopkins?!
– Lo... Lo siento, Sargento – se excusó el otro.
Irah se quedó observándolo con enfado, esperando a que continuara la frase. Pero el shinigami se había trabado y le miraba hasta con miedo, sin terminar de explicar qué era lo que le había traído hasta la habitación de su superior a semejante hora. «¿Será melón?», se preguntó. Estuvo seriamente tentado a formular la pregunta en alto e, incluso, reforzarla con un par de bofetadas; sin embargo, decidió que iba a ser mejor tratarlo con más "cariño". Al fin y al cabo, ni siquiera a un torpón como se le habría ocurrido despertar a su superior para nada. O quizás es que la tentación de seguir en la cama – porque no se había levantado todavía – era bastante mayor.
– ¿Y bien? – dijo al fin. – ¿Qué te trae por mi cueva?
– Eh... – respondió el otro, extrañado por las palabras de Irah. – El... El Teniente le busca.
– ¿El Teniente? – ahora era él el extrañado.
– Sí... – asintió Hopkins. – Bueno...
– ¿«Bueno»? – resopló, procurando no ceder a las ganas de gritar y terminar de despertar al resto del barracón. – ¿«Bueno» qué?
– Realmente ha mandado llamar por usted – explicó al fin, tras una pausa que al irlandés se le hizo eterna. – Le esperan en la sala de comunicaciones.
– Vale... – suspiró.
Abandonó por fin su cómodo refugio entre las sábanas y se fue al cuarto de baño a asearse rápidamente antes de ir a cumplir con su deber. Cuando se miró al espejo, se dio cuenta de que todavía no se había acostumbrado a su nuevo look, perfectamente afeitado. «No tenía que haber hecho esa apuesta con Vega», lamentó, recordando la ocurrencia que había tenido dos días atrás: jugarse el bigote, su preciado bigote en una partida de dados.
Echaba de menos su frondoso mostacho, perfectamente unido a las patillas, como los nobles de antaño: siempre se había recordado así desde que tenía uso de razón. Bueno, desde que tenía uso de razón y edad para criar semejante mata de pelo. Pero, hey, había conseguido dejar de beber. Vale, aún seguía soñando con whisky y cerveza, pero si había vencido a la bebida iba a superar un afeitado.
Cuando salió del baño, Hopkins aún estaba en la habitación, tratando de mantener una postura protocolaria. Irah tuvo que vencer una vez más la tentación de gritarle, así que con un gesto le indicó que se marchara. Se dio la vuelta, se vistió y cuando se encaminó a la puerta, Hopkins aún seguía allí.
– A ver... Hopkins... – trató de expresarse con toda la calma del mundo. – ¿No estás de guardia esta noche?
– Sí, Sargento.
– Y no me tienes que guardar a mí, ¿verdad, Hopkins?
– No, Sargento.
– Pues... – le hizo un gesto con los dedos haciendo como si uniera cabos, pero era lento hasta para eso. – No sé a qué estás esperando...
Al fin lo había entendido. Irah esperó hasta que el shinigami cerrara la puerta tras de sí para, tras un largo resoplido de descontento, acabar de vestirse. Cuando salió al pasillo y se encaminó a la sala de comunicaciones, vio que el ambiente confirmaba que realmente había pasado algo. No era usual tanto movimiento en los corredores del Cuartel a esas horas de la madrugada, ni siquiera los días de fiesta. Había ocurrido algo y había puesto a buena parte de la División en marcha.
– ¿Qué ha pasado? – le preguntó al primero que se cruzó.
– Dicen que han detenido al Oficial Headbone.
– ¡¿Qué?!
– A mí no me preguntes – se encogió de hombros el otro. – Yo me acabo de enterar también.
Irah se apuró por los pasillos del Cuartel, camino de su cita. Le había prometido a Rido que le ayudaría con la mudanza fuera de su apartamento en la Academia. Tenía el día libre y era lo menos que podía hacer por su amigo.
Aquello no ayudaba para nada a su resaca y la necesidad de contener las náuseas, pero había adquirido un compromiso y lo iba a honrar, siempre había sido un hombre de palabra y no iba a ser hoy la primera vez que faltara a ella. «Relájate, O'Rourke», se dijo – Irah siempre se refería a sí mismo por su apellido en sus monólogos internos, era una manía que había adquirido en los campos de Limerick –, «Rido estaba peor que tú ayer, seguro que llegas antes.»
Sin embargo, no podía dejar de darse prisa. Había quedado bastante pronto, era verdad, pero era porque Rido quería dejar el apartamento vacío ese mismo día. Y Irah no era de llegar tarde. Su padre les había inculcado – por la vía dolorosa, todo había que decirlo – a su hermano Pad y a él un estricto sentido de la puntualidad. Eso y una inclinación por el whisky a la que el último de los O'Rourke estaba maldiciendo en aquellos momentos.
Finalmente las náuseas pudieron finalmente más que las ganas de llegar pronto y tuvo que apresurarse hasta los baños más cercanos para inclinarse sobre el primer retrete que encontró y echar prácticamente hasta la leche materna de tres reencarnaciones anteriores. «Nunca más voy a beber», se mintió ritualmente. «Así me hagan Capitán General del Gotei.»
– Náuseas matutinas... – anunció una voz jocosa a su espalda. – ¿Está embarazado, Sargento?
– Gambas en mal estado – replicó el irlandés con sorna. – O una ensaladilla pasada de fecha.
– Sí, ya... – rió Blod. – Debe ser la que me pusieron a mí anteayer.
El Sargento le devolvió la sonrisa mientras el pelirrojo le tendía una mano para ayudarle a levantarse. Parecía que lo peor de la vomitona ya había pasado. Irah asintió agradecido. No era normal la relación que tenía con los Oficiales de la División. Al menos juzgándola por lo que conocía a través de sus compañeros que servían en otros escuadrones. Quizá también tenía que dar las gracias a Rido por eso.
– Yo tengo excusa que acabo de llegar de una misión y estoy completamente sobrio – comentó Blod. – ¿Pero tú?
– ¿Yo qué?
– ¿Qué haces levantado a estas horas? – preguntó. – O es que acabas de llegar...
– No... De hecho ya salía.
– ¿Con esta resaca? ¿A estas horas? ¿No deberías estar en cama?
– Quedé con Rido – explicó. – Le voy a ayudar con la mudanza.
– Vaya moral – sonrió el Oficial. – Pues nada, que os sea leve – auguró, estirándose y bostezando. – Yo voy a sobar todo lo que pueda antes de que Db venga a darme el coñazo con el informe de la misión.
Se dio la vuelta y salió del baño, levantando la mano como gesto de despedida. Irah se inclinó sobre el lavabo se echó agua a la cara y luego se enjuagó la boca para aliviar el sabor a vómito que le había quedado. Luego se paró unos segundos con los ojos cerrados, tratando de controlar un nuevo arranque de náuseas, antes de reemprender su camino hacia la Academia.
El sol hacía rato que había aparecido encima del Seireitei y el brillo de la luz al reflejarse en las paredes blancas por poco le deja ciego. Pronto se acostumbró a la nueva claridad y al rato había llegado al apartamento de Rido. Pero él no estaba allí. Quien sí estaba era un escuadrón de shinigamis de la Segunda División, pudo adivinar, al ver a uno de sus suboficiales, Uwe Hirsch, custodiando la entrada.
– ¿Qué está pasando? – preguntó el irlandés.
– Lo siento, Irah – contestó. – No puedo dejarte pasar.
Al parecer tampoco podía contarle qué estaba pasando, descubrió el de la Novena División en el siguiente intercambio de palabras. Sólo que el apartamento de Rido estaba siendo registrado por motivos que a él «no le concernían». Las cosas se iban poniendo tensas, y un Oficial de la Segunda División al que no había visto en su vida le ordenó que se retirara. Estuvo a punto de ofrecer más resistencia, pero no tenía el cuerpo como para pelear con nadie en aquel momento. Y mucho menos la cabeza.
Ya descubriría algo de vuelta al Cuartel.
Llegó a la Sala de Comunicaciones sin conseguir encontrar una mísera persona que le supiera decir qué estaba pasando. Allí estaba, como siempre, Franco, agarrado a una taza de café, intentando no caer dormido sobre los controles de la consola del equipo que controlaba. Sin siquiera girarse hacia él, le tendió unos auriculares con micrófono.
– Buenas... noches – saludó Irah, entre bostezos, colocándoselos. – Aquí O'Rourke.
– Irah, necesito que cojas a dos suboficiales más y os presentéis inmediatamente en la Mansión Ashartîm – ordenó Db.
– ¿Qué está pasando? Aquí todo el mundo...
– Nowak y Arai – especificó el Teniente, nombrando a los que serían los compañeros de Irah en la misión. – Cuando lleguéis, nadie entra ni sale sin mi autorización o la del Capitán, ¿entendido?
– De acuerdo, pero... – asintió O'Rourke.
– Ahora no, Irah – le interrumpió. – Ahora te necesito aquí cuanto antes.
Maldiciendo tanto secretismo, devolvió el comunicador a Tomatto y regresó al pabellón de suboficiales, a buscar a Jarek y Aika y comunicarle las órdenes que acababa de recibir. Y mientras tanto, trataba de procesar todo lo que le habían dicho desde que el inútil de Hopkins le había despertado: Headbone detenido, algún tipo de problema en la mansión Ashartîm... Ese cuento ya se lo habían contado... y no tenía final feliz.
– ¿Alguien me puede decir, por favor, qué cojones está pasando?
El irlandés le gritaba a una habitación vacía. Cualquiera que lo viera pensaría que estaba loco. Aunque él sabía que no estaba solo realmente, que lo estaban observando y que estaban escuchando perfectamente lo que decía. Los Ejecutores que le estaban esperando a la puerta del Cuartel cuando volvía de la Academia le habían llevado a la Torre y lo habían metido allí, en aquella habitación desnuda excepto por la austera mesa y el par de sillas que había en el centro. Y lo habían dejado solo.
Al principio había intentado estar tranquilo, sentado de cara a la puerta, esperando a quien fuera que iba a venir. Pero aquella silla era un verdadero martirio, así que pronto comenzó a pasear por la habitación, hasta que la impaciencia le venció y había comenzado a hablarle a quienes fuera que estuvieran al otro lado de los micrófonos y las cámaras. Tampoco entraron inmediatamente, sino que lo hicieron esperar aún un poco más.
Finalmente, entró un hombre en un kimono completamente blanco, con la camisa interior y la cinta de la cintura negras, como si fuera el negativo del uniforme oficial. Entró él solo, aunque Irah pudo ver fugazmente a dos Ejecutores al otro lado de la puerta antes de que la cerrara. El recién llegado se sentó en la silla más cercana a la puerta e indicó al shinigami que hiciera lo mismo.
– Sargento O'Rourke, ¿verdad? – Irah asintió. – Sólo queremos corroborar unos datos.
Aquel hombre, con su cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda, resultaba totalmente nuevo para él. Y no era una novedad agradable. No sabía si eran sus ojos del color del hielo, muy a juego con su forma de mirar, por cierto, o si era el tono gélido con el que le hablaba, pero había algo en él que le provocaba intranquilidad. Mejor dicho, había mucho en él que le ponía nervioso. Y que no lo hubiese visto nunca o que no llevara ninguna variante del uniforme reglamentario era lo que menos le inquietaba.
– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Akano Rido? – le preguntó el hombre
– ¿Perdón?
– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Akano Rido?
– A... Ayer por la noche – respondió con duda. – ¿Por qué? ¿Le ha pasado algo?
– ¿Ayer por la noche? – siguió preguntando el otro.
– Sí, en una fiesta en su casa... Bueno – se corrigió. – En la casa de su familia.
– Ya veo... – comentó, escribiendo unas cosas. – ¿Es eso normal?
– ¿Normal?
– Un suboficial como usted de fiesta con los oficiales...
– Rido y yo nos conocimos en la Academia – explicó. – Somos buenos amigos desde entonces.
– De hecho, por eso pidió el traslado desde la... Séptima División, ¿cierto?
– Cierto.
– Y el ex-Director le ayudó a alcanzar el status de Sargento, ¿verdad?
– S… Sí – afirmó el irlandés. – Vamos, no hizo nada ilegal, sólo me ayudó a estudiar…
– Sí, sí, por supuesto – aseguró el interrogador. – No es eso lo que estamos investigando. Su trabajo está asegurado… de momento.
A Irah no le gustó nada aquella frase, pero trató con todas sus fuerzas de no demostrarlo. A decir verdad, no le gustaba nada de lo que estaba pasando. Principalmente porque estaba totalmente desorientado. Nunca había sido el más listo de la clase, eso se lo dejaba a Pad, y a Rido, y a… y a casi todo el mundo que le rodeara. Pero podía suponer sin temor a equivocarse que algo iba mal, para eso no tenía que ser un lumbreras. Y que tenía que ver con Rido, cosa que también estaba clara. ¿Pero qué? Y aún encima tenía aquella maldita resaca, que no le dejaba pensar con toda claridad.
– Volviendo a noche… De fiesta, dice.
– S... Sí.
– ¿No es poco oportuno?
– Celebrábamos que la sentencia no había sido todo lo grave que Rido temía – aclaró Irah. – Era una forma de levantarle la moral después de…
– No me refería a eso… ¿Dónde fue esa fiesta?
– En la casa de los Akano.
– ¿Estuvo con él toda la noche?
– Con él, con él… un rato – contestó. – Es decir… es una fiesta…
– Entonces lo perdió de vista en algún momento…
– Sí, bueno… hubo un momento que salió. Supongo que al jardín – aventuró. – Era lo habitual en él.
– ¿A qué hora? ¿Lo vio regresar?
– Pues… Sé que era bastante después de medianoche pero no sé la hora exacta – respondió. – Y… No, yo me fui poco después de que saliera al jardín.
El hombre seguía anotando cosas en la carpeta. Irah intentó echar un vistazo de refilón, pero no reconoció lo que estaba escribiendo. Quizás fuera en alguna clase de código extraño. Unas pocas líneas después, dejó el lápiz al lado, se recostó sobre la silla, y clavó en el irlandés sus ojos fríos e interrogantes. En silencio. En total y absoluto silencio. Así estuvo unos instantes que al shinigami se le hicieron eternos. Luego se levantó, cogió la carpeta y salió de la sala.
A Irah lo dejaron unos minutos más, para que meditara bien en lo que estaba ocurriendo, seguramente. Pero él no tenía idea de nada. Nadie le había dicho nada. Simplemente lo habían cogido en el Cuartel y lo habían metido allí. Nada más.
– Una cosa más – dijo el hombre, abriendo la puerta otra vez. – ¿Por qué fue esta mañana al apartamento de Akano?
– Me ofrecí a ayudarle con la mudanza…
– Ya veo…
Sin darle siquiera las gracias, el interrogador volvió a irse, cerrando la puerta tras de sí. Al poco apareció un miembro de los Ejecutores y le dijo que podía marcharse. Pero él tampoco le explicó al irlandés qué era lo que estaba pasando. Y sumido en la más completa ignorancia y envuelto en un mar de dudas, regresó a su Cuartel.
– Irah – le llamó el Teniente.
– ¿Sí?
– Los Ejecutores van a querer hablar contigo – le informó.
– Ya lo han hecho…
– ¿Ya? ¿Tan rápido? – Db parecía sorprendido.
– Sí… pero… ¿Qué está pasando? Nadie me dice nada.
– ¿No te lo han dicho?
– No…
– Han detenido a Rido – explicó por fin. – Le acusan de haber secuestrado a Mitsuko.
La mansión Ashartîm parecía una casa encantada. La había conocido tiempo atrás, en todo su esplendor, en alguna visita en la que había acompañado a su amigo. Pero ahora estaba sucia, desordenada… como su dueño. No llegaba a ser un desastre, pero comparada con su habitual elegancia, el Eliaz que ahora tenía delante parecía un mendigo. Aunque no se lo imaginaba tanto, no le había cogido del todo por sorpresa: en el Cuartel se decía que se había vuelto completamente loco desde la desaparición de su esposa.
Jarek Nowak y Arai Aika custodiaban la entrada principal. Irah estaba en la biblioteca, con Eliaz. Desde allí tenía una buena vista de la puerta que daba a los jardines, aunque seguramente fuera mejor pedirle al Teniente que destinara un par de shinigamis más para el destacamento y así montar una guardia como se debía también en la puerta trasera. Como antes o temprano tendría que venir a evaluar el estado de la cuestión, se lo diría entonces.
De todas formas, seguía sin saber por qué debían vigilar la mansión, pero dudaba que la detención de Headbone estuviera totalmente desligada de aquello. Para cuando habían llegado a la casa del noble, los Ejecutores que debían haber estado de guardia hasta que ellos aparecieran ya se habían ido y el ocupante de la mansión se había negado a explicarles de qué iba toda la historia.
«Y, como siempre, no les importa a nadie», maldecía para sí. Poco a poco, se había ido acostumbrando a ser el último mono a la hora de enterarse de las cosas. Lo que había pasado con Rido era un buen ejemplo: lo habían echado del apartamento, lo habían "detenido", lo habían interrogado… pero no se habían molestado en decirle siquiera por qué. ¿Para qué? Al fin y al cabo era un suboficial, lo más alto de los insignificantes del Gotei, pero insignificante al fin y al cabo. Ahora pasaba algo parecido. La Sociedad de Almas había sobrevivido así más de 4000 años, no iban a cambiar.
Eliaz no tenía muchas ganas de hablar, ni de lo que estaba pasando ni de ninguna otra cosa. Pero, para bien o para mal, iban a estar encerrados allí un buen rato. De hecho, apenas había dicho nada en todo el día. Y lo que había dicho se reducía a «no toques eso» o «la comida está en esa alacena». Nada de interés, vamos.
Irah llevaba una hora o así echándole un vistazo a la biblioteca. Le recordaba a la del viejo párroco de Limerick: un cura bonachón, algo dado a la bebida, tan santo como feo, según decían las ancianas. De pequeño le había cogido mucho cariño porque solía darles caramelos a los niños después del catecismo. No sólo eso, les había enseñado a leer y escribir, en aquella magnífica biblioteca plagada de libros. Más de una vez se había acordado de ella y pensado cuánto habría disfrutado Rido en ella. Pero claro, la casa del cura la habían quemado unos cabrones… y Rido ya no estaba allí tampoco.
Comenzaba ya a anochecer y se acercaba ya el fin de su primer día de guardia. Confiaba al menos en que Db les mandaría relevo para el turno de noche. No era lo mejor para el Asharet, pero Irah no pudo evitar disfrutar por un momento la idea de que el inútil de Hopkins tuviera que hacer la guardia de noche. No. Nunca lo harían: Eleazar Asharet, el último heredero de la última casa noble del Seireitei tendría la mejor protección que pudieran ofrecerle. Si no, Nowak y Arai no estarían allí, habrían mandado con él a dos shinigamis rasos y no a dos suboficiales.
– Así que éste es el libro en cuestión... – murmuró el irlandés.
El diario de Sadoq Asharet, el padre de Eliaz descansaba en un atril. Rido le había hablado de él en una ocasión, recién encontrado. Lo tomó en sus manos y lo acercó a la vela más próxima, tratando de descifrar algo. Al parecer, lo que contenía ese libro era sumamente importante… pero para Irah todo eran garabatos. Suavemente, pasó de página y trató de leer algunas líneas más a ver si había suerte, pero fue en vano. No reconocía la escritura, y la poca luz que había complicaba aún más la misión.
– No vas a poder leer nada, O'Rourke. – le dijo al fin Eliaz. – No con esta luz.
– Ya... Eso suponía – respondió el Sargento, con una sonrisa algo autodeprecatoria, sin levantar los ojos del libro. – De todos modos, es un ejemplar fascinante. Único. El capitán Yuber fue muy generoso al permitir que tú lo tuvieras. Al legártelo.
– Créeme. Ahora no lo considero precisamente un regalo – sentenció con tono frío el noble.
El tono de la respuesta hizo que Irah deseara haberse tragado sus palabras. Hacía tiempo que no se sentía tan incómodo en una conversación. Normalmente era al revés: era él el que incomodaba a los demás con sus chistes fuera de lugar o aquel humor que muy pocos conseguían apreciar debidamente. Así que no pudo hacer otra cosas sino asentir levemente en silencio ante las palabras de Eliaz.
– Sí... claro – dijo, dejando el libro en el atril.
El irlandés se dio la vuelta y quedó mirando la puerta que daba al jardín. El sol del atardecer entraba de lleno, dejándole ver únicamente la silueta del bosque que comenzaba al fondo del patio. Se dio cuenta de lo cansado que estaba, llevaban allí todo el día y la noche anterior no había conseguido dormir bien. Ni siquiera antes de que le vinieran a despertar a deshora. Instintivamente, se llevó la mano hacia la boca, dispuesto a mesarse el bigote. Pero sólo había piel perfectamente afeitada, así que se pasó la mano por los cabellos y suspiró cansadamente.
«Demasiadas cosas en demasiado poco tiempo», se dijo, meditabundo, mientras alisaba las inexistentes arrugas de su uniforme de shinigami: la campaña contra Rido, el secuestro de Mitsuko, la detención de Rido y su ejecución y ahora esto... No podían dejar de estar conectados. Headbone siempre había sido fiel seguidor de las teorías de Rido, así que no dejaría de ser lógico que lo hubieran detenido por algún motivo relacionado. Pero a saber cuál.
Irah se quedó mirando al infinito mientras trataba, inútilmente, de atar cabos. Esa nunca había sido su virtud. Él cumplía órdenes: la ideología, la investigación y la estrategia se la dejaba a otros. Siempre lo había hecho. Y no aspiraba a más. Se había hecho una buena vida recibiendo y ejecutando órdenes. No. Aquello de pensar era mejor dejárselo a otros a los que se les daba mejor que a él.
Suspiró profundamente una vez más y siguió mirando al horizonte. El silencio que inundaba la estancia era sobrecogedor. No se escuchaba más que la respiración de Eliaz, que seguía agazapado en el suelo con la espalda en una de las estanterías y el murmullo de la conversación entre Arai y Nowak al otro lado de la puerta principal. El resto de aquel escenario parecía casi un espejismo, una ilusión, una maqueta inerte.
Finalmente, volvió a la realidad de la habitación en la que estaba y pensó que estaría bien intentar entablar algún tipo de conversación con aquel a quien debía proteger. Siempre había mantenido una buena relación con Eliaz y con Mitsuko, gracias a Rido. Quizás por eso le había elegido el Teniente. Cuando se acercó, se dio cuenta de que el noble estaba temblando, pero no por el frío. Eleazar Asharet era prácticamente una sombra de lo que había sido: ya no emanaba aquella seguridad y confianza, sino que ahora desprendía soledad y tristeza. Irah se dio cuenta de que agarraba algo con sus manos.
– ¿Puedo? – preguntó, con cálida voz, el suboficial.
Al principio, el noble se mantuvo en silencio, callado, con la mirada perdida. Sin embargo, pasados unos segundos, alargó la mano derecha hacia él y le ofreció una pequeña figura de mimbre, algo parecido a un caballo. Entonces recordó que Mitsuko estaba embarazada cuando la secuestraron – Irah seguía sin aceptar que Rido hubiera estado detrás de todo aquello. – Posiblemente fuera un regalo para el pequeño que estaba por nacer. Irah no pudo evitar sonreír ante el juguete.
– ¿Lo hizo ella?
– Sí. – contestó, con la voz teñida de nostalgia. – Lo hizo mi mujer.-
Asintiendo para sí, el irlandés siguió examinando el animal de mimbre. Ahora que lo veía bien, quizás no fuera un caballo. ¿Una jirafa? No era importante. Aquel juguete le recordaba a su propia infancia y, también, a aquellas tardes en las que había hecho de "niñero" para Kyo cuando Nalya o Rido no estaban disponibles. Finalmente, se acercó a Eliaz y se lo devolvió. Luego apoyó su mano sobre su hombro y le sonrió.
– Eliaz...
Pero aquella buscada sensación de calidez que procuraba transmitir terminó de repente. Un súbito escalofrío le recorría la espalda y le decía que algo iba mal. Puede que Irah no fuera el más inteligente de la clase, pero tenía un sexto sentido para el peligro. Al otro lado de la puerta, escuchó dos golpes secos: Nowak y Arai habían caído. Se puso en guardia y…
Una sombra le cubrió. Se intentó dar la vuelta pero era tarde.
Primero fue un golpe seco.
Y después…
La nada.
