FullMetal Alchemist y su película, "El conquistador de Shamballa", pertenecen a Hiromu Arakawa y BONES.


"La joven de los lirios"


Era la hora del almuerzo, y todo Múnich respiraba un aire ligero y refrescante, como ajenos a la disgregación social que comenzaba a destruirlos por dentro. Edward ya ocupaba su lugar habitual en la mesa, al lado izquierdo de Alphons, que estaba en la cabecera. Frente a él, Noah comía con sus modos discretos.

—El día está como para salir a pasear —dijo el alemán en un momento, con la buena disposición de siempre. Hizo un mohín de molestia—. Es una pena que tenga que trabajar. ¿Por qué no salen ustedes dos?

Edward miró a la gitana y ésta se encogió de hombros.

—Quizás, Alphons. No sé si Edward se encuentre de humor para salir hoy.

Ella había dado justo en el clavo, con ese matiz incierto en la voz, que Heidrich jamás podría haber advertido, pero él sí. Por supuesto que no estaba de humor para salir, por más que Múnich pudiera verse, a veces, como un éxodo primaveral libre de cualquier peligro.

La cuestión confusa era que quería salir, pero no debía.

Se enfrascaron en otra charla intrascendente antes de que Alphons se fuera a trabajar. Edward aún se debatía si enfrentarse de lleno a la luz del sol, cuando Noah le pidió si no la ayudaría a terminar de secar los platos. No se negó. Un motivo más para retrasar su decisión.

En un instante de la situación, mientras Noah permanecía a su derecha, ocupada fregando los cubiertos que habían usado para almorzar, su mano morena se cerró rápidamente sobre la suya. El contacto húmedo de su piel contra la propia y el extraño escalofrío que sintió viajar por su columna, lo estremeció. No dijeron nada por unos segundos; sus dedos aún apresando su faz.

—Ya veo. Entonces esa mujer que vi una vez, existe.

Se deshizo de su agarre, fingiendo no entender.

—¿Disculpa?

—La mujer de la que te enamoraste es real. Pero ella no está aquí.

Edward sonrió con la habitual melancolía. Winry Rockbell. Había sido tan idiota como para admitir que le gustaba, demasiado cerca del final; y había entendido que la amaba cuando ya era lo suficientemente tarde. Se preguntó qué recuerdos de Winry habría visto Noah en sus sueños.

—Ya terminé, Noah. Iré a dar una vuelta —Le dijo.

Ella puso una mano en su hombro antes de que pudiera traspasar el umbral y lo miró con sus profundos ojos marrones.

—Sé que no es asunto mío, pero lo he visto en ti. Por favor, no olvides que ella no está aquí.

Edward supo exactamente a qué se refería, pero no le respondió nada; solamente cabeceó y fue hacia la florería Rosenzbell.

—¡Edward! —Lo saludó Wendy, ataviada esta vez con un vestido celeste que hacía juego con sus ojos— ¿Cómo estás?

Él observó la deslumbrante sonrisa que le dedicaba, y no se arrepintió de haber decidido salir. Volvería a ver a Winry en algún momento, así como a Alphonse y al mundo al que pertenecía.

—Bien, ¿y tú?

Pero, durante la agónica espera, podía recrearse viendo a Wendy. Ella era como una pequeña ancla que lo mantenía fijo en ese mar tempestuoso, desconocido. Era como Alphons. Una prueba de que, en algún lugar fuera de esa dimensión, todos estaban a salvo.

Había acostumbrado, con temor a verse como un acosador desesperado, visitar a Wendy entre las sombras un par de veces a la semana. La observaba desde lejos, apoyado contra una columna oculta, saludar a los clientes en la entrada, regar las plantas y trabajar con esmero. Al principio no supo por qué lo hizo, pero una vez que comenzó, no pudo detener la extraña rutina.

Con el pasar de los días, se había vuelto levemente más arriesgado. A veces volvía a entrar al negocio y pedía unos lirios que terminaba por colocar en un solitario jarrón del departamento de Heidrich. Sólo por verla unos instantes, por escuchar su voz. Por admirar los carácteres entremezclados de ambas mujeres, cada una en su propia dimensión, con una vida propia. Una en la que él no estaba incluido. Porque había abandonado a Winry y a Amestris por quién sabe cuánto tiempo en pos de Alphonse; y de Wendy no era más que otro cliente, quizás un poco más íntimo que los demás, pero un cliente al fin. Porque no dudaba que ella no advirtiera la mirada que, inevitablemente, se le instalaba en los ojos al verla.

¿Qué pensaba Wendy que pensaba Edward de ella? No lo sabía a ciencia cierta pero, de algún modo retorcido, le gustaba.

Por eso no lo había mandado a volar y puesto en evidencia cuando lo descubrió espiándola tras una columna. No había hecho la dramática escena de aventarle un ramo de rosas espinozas en la cara, como había ocurrido un par de veces con otros clientes que se habían tomado demasiadas confianzas. No había rechazado que, poco a poco, el extraño muchacho se terminara metiendo en su rutina.

—¿Lirios otra vez, verdad? —Le dijo burlona, cuando vio que él observaba ese sector en especial del recinto— Me pregunto para quién serán.

Internamente, esperaba que para nadie. Edward se encogió de hombros.

—Un hombre tiene que mantener bien decorada su casa —Wendy se rió, sabiendo que ni él se creía lo que había dicho—. ¿Estás esperando a que te diga que vengo porque quiero incordiarte?

Wendy se sonrojó y tomó aire antes de decir lo que pensaba.

—En realidad, estaba esperando que me dijeras que vienes aquí porque te agrada estar conmigo.

Lo repentino de su frase pareció tomar por sorpresa a Edward. Wendy se mordió el labio, pensando que acababa de ir demasiado lejos. Quizás era una costumbre amestrina (de donde supo que era él, a pesar de que jamás había escuchado de un país llamado Amestris) espiar a jóvenes floristas, luego visitarlas y darles charlas intrascendentes pero divertidas y fructíferas entre lirios y geranios y, finalmente, alejarse con esa apariencia excéntrica de ojos y cabellos dorados, y ese aire de misterio arrolladora.

Sí, quizás tendría que dejar de pensar que quizás ella le gustaba a él, cuando era más que evidente para sí misma que Edward Elric le gustaba. Y mucho.

Carraspeó, intentando disipar el mutismo que se había cernido sobre ambos, y dispuesta a terminar lo que había comenzado. De todos modos, su abuela le había dicho alguna vez que ciertos hombres (por no decir la gran mayoría) eran bastante cortos de entendederas. Y ella no era una dama, sino una mujer moderna. Acarició unas hortensias que colgaban, simpáticas, sobre el mostrador, antes de volverse a ver a Edward, que parecía a punto de decir algo poco coherente. Ella daría el primer paso.

—Estaba pensando que me gustaría conocerte mejor —Se sonrojó al pronunciar esto, sin saber bien cómo explicarse. Enfrentó la mirada ámbar del joven—. ¿Quisieras que nos veamos fuera del trabajo? Ya sabes, para charlar —Se apresuró a aclarar, nerviosa, aunque resuelta—. Hay muchas cosas que me interesan saber sobre ese país del que vienes. Parecen tener una cultura interesante.

Los ojos azules de Wendy traspasaron a Edward con una fuerza que le hizo temblar las manos. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Había terminado por seducir a la jovencita alemana? Él sólo quería ser ese estúpido observador, el pequeño entrometido que se deleitaba viendo a Winry, aunque fuera sólo en su versión paralela. Pero, ¿por qué ahora Wendy lo estaba observando exactamente del mismo modo que su amiga? ¿Por qué sus orbes zafiro brillaban de esa manera tan intensa, tan Rockbell?

Edward comenzaba a creer en lo que todos decían de él a sus espaldas, que era un loco. Comenzaba a enloquecer. Eso era totalmente incorrecto.

Entonces Wendy sonrió persuasivamente, y él se sintió devastado.

—De acuerdo —respondió, y en ese momento pensó que era un auténtico hijo de puta.

Y que se había vuelto débil, demasiado débil.


Notas de la autora:

Alooooó. Bueno, acá está el segundo "capítulo" (es demasiado corto para mi gusto como para que lo considere capítulo, es un embrión de capítulo)(?) xDD ¿Qué les pareció?

Sé que esto no tiene mucha coherencia, pero me da ilusión escribirlo, espero que les haya gustado. Ya se viene el tercero (y el último), así que veremos el desenlace de todo esto. Pobre Edward, YO soy la que está loca xDD

En fin... espero sus críticas. ¡Un beso!