No sé por qué coloqué dos veces el disclaimer. Soy una pelotuda.
"La joven de los lirios"
—Vaya que estamos sociables, eh —comentó Alphons un minuto antes de que Edward pudiera atravesar la puerta de salida, con aire risueño—. Ya sabía yo que lo que te faltaba era una hermosa jovencita.
Edward había terminado por contarle a su compañero de su situación con Wendy; en parte, porque necesitaba la opinión sensata de alguien relativamente cercano. Por otro lado, se preguntaba si no era también la apariencia de Heidrich, tan terroríficamente idéntica a la de Al, la que le daba esa sensación de familiaridad. Sin querer indagar al respecto y sin dar tampoco demasiados detalles, le había dicho que Wendy le recordaba mucho a alguien, y de allí nacía básicamente su interés hacia ella.
El alemán había hecho caso omiso de cualquier excusa y lo había alentado a continuar sus (según él) intentos románticos. Edward sabía de sobra que su amigo diría cualquier cosa por sacarlo de su estado de constante taciturnidad y hermetismo.
—Vuelvo en un rato —dijo solamente, sin contestar realmente a Alphons, y dirigiéndose al parque a ver a Wendy.
La vista de su silueta femenina envuelta en un vestido amarillo pastel y, de nuevo, de su sonrisa, volvió a hacerlo suspirar de pena. El cabello cobrizo ondeaba libremente sobre sus hombros y Edward casi podía decir que ella resplandecía al verlo llegar.
¿Cuántas veces habían salido? ¿Tres, cuatro? ¿Cinco? ¿Seis, quizás, si contaba aquella nueva visita improvisada que le había hecho el viernes pasado, después del toque de queda? ¿Por cuánto tiempo más iba a continuar ignorando las constantes punzadas de culpa, el nudo en el estómago que se le formaba al cavilar en lo que hablaban, en cómo lo hablaban? Wendy parecía interesada en todo lo concerniente a él. Le reprochaba a menudo que fuera tan escueto para las palabras, y habían discutido alguna que otra vez, por diferencias tontas que después él trató de solucionar con una sonrisa y una disculpa, al pensar que la había herido de algún modo. Su relación era un eterno deja vú.
Pero allí radicaba el problema: no podía abandonarlo. Ella era realmente la versión paralela de Winry: la misma apariencia, los mismos gestos, la misma voz, el mismo carácter entre explosivo, dulce y bonachón. Wendy hasta tenía la costumbre de arrojar flores espinozas contra las personas cuando se fastidiaba, como lo hiciera su amiga con las llaves inglesas.
Podría haberse enamorado tan fácilmente de ella. No hubiera sido tan malo, después de todo, haber sanado un poco su corazón con sus sonrisas, su dulzura y su aroma a flores frescas.
Ella tomó su mano, nerviosa, y el contacto lo hizo estremecer. No se había puesto rojo hasta la raíz del pelo, como le hubiera pasado con Winry. No, ya no era un chiquillo. Ese roce no poseía ninguna inocencia para él, nada de lo que sentirse enternecido, avergonzado o esperanzado. Porque era un maldito masoquista, un hijo de puta y un enfermo. Jugaba con una muchacha inocente que había terminado por interesarse demasiado en él. Y cada palabra que le dedicaba, cada atención, abría más sus alas.
Eso tenía que terminar.
—Wendy, ¿podemos hablar? —dijo, intentando no sonar demasiado severo.
Se sentaron en un banco de piedra caliza que bordeaba una plaza concurrida. Los niños revoloteaban por doquier, en su feliz inocencia, con juguetes y globos en sus manos. Las hojas de los árboles reverberaban con el viento y algunas escapaban, terminando en el suelo. La primavera estaba en su punto más álgido y rebosante de vida.
—¿Sucede algo, Ed? —preguntó ella.
Edward se volvió para enfrentar su mirada. Wendy llevaba un prendedor de diamantes con forma de crisantemo. Ni las joyas más caras del mundo podrían haberle hecho competencia a la belleza que destilaba esa mujer.
Sintió ganas de llorar. Ella estaba enamorada de él, por Dios Santo.
—No podemos seguir viéndonos —largó de pronto, como si tuviera una bomba en las manos.
El rostro de la muchacha se contrajo con preocupación.
—Pero... ¿por qué así de pronto? ¿Es algo que hice mal? —Volvió a tomarle de las manos en su regazo— Sé que soy un poco ruidosa y hablo mucho, pero p...
—No hay nada malo en ti, Wendy. No te disculpes por ser como eres —Le dijo—. Eres maravillosa.
Realmente lo era. Wendy Rosenzbell podía ser la versión alterna de la mujer que Edward amaba pero, además de eso, era una persona estupenda. No merecía nada de lo que estaba ocurriendo.
—Tú también, Ed —confesó, pensando qué tendría en la cabeza ese hombre, que se veía tan perturbado.
Era demasiado tarde para ella, se dijo, ya se había enamorado como una tonta.
Le habían cautivado sus historias sobre Amestris, ese país tan lejano y fantástico del que venía, su inteligencia y su ingenio sagaz. La habían deslumbrado su sonrisa de niño pequeño y sus enormes ojos dorados, rebosantes de un misterio que no podía esperar resolver. Le había gustado su cuidado, como si ella fuera una frágil flor y él temiera romperla. La realidad era que Edward Elric la enloquecía, y no estaba dispuesta a que se echara atrás. Había notado la gran turbación que bullía dentro suyo. Ocultaba algo que lo hería. No iba a permitir que ese secreto los alejara.
Y, si algo caracterizaba a los Rosenzbell, era la perseverancia.
—No soy maravilloso como crees, Wendy. Hay demasiadas cosas que no sabes de mí, y si las conocieras, me verías de un modo distinto. Hazme caso, por favor —Le pidió.
Era un cobarde, un cobarde. ¿Por qué no podía decirle las cosas claras? Tenía que hablar crípticamente, esperando que ella lo comprendiera todo de buenas a primeras. Era un desgraciado.
—Sé que hay mucho que no me has dicho, pero quiero saberlo. Si es eso lo que te tiene tan mal, tan triste —Acarició el dorso de su mano y se acercó un poco más a él—. Anda, Ed, sé que algo te tiene triste, no soy idiota. Pero no me importa, soy fuerte. Yo te quiero —confesó en un hilo de voz, esperando ser transparente en su su declaración.
Nunca nadie le había gustado así. Era como si lo sintiera conectado a su alma, como si provinieran de universos separados: él, con su letanía melancólica y a veces distante, hablando de aventuras en una lejana tierra; ella, con su fortaleza y su sed de novedad, de eso, ¡de aventuras! Se había sentido irremediablemente atraída a su aura, de un modo absurdo, desde su primer encuentro coronado por los lirios. Por Dios, que llegara a comprender que lo que lo quería iba más allá incluso de su propia comprensión.
Entonces sintió unos labios sobre los suyos, y quedó helada. El aroma fresco y varonil de Edward llenó sus sentidos por un instante, así como la calidez de su mano contra su mejilla, y sus cabellos haciéndole cosquillas en el rostro. Pero fue sólo un roce, porque al segundo siguiente volvía a sentirlo lejos. Se tocó los labios, con el rastro húmedo casi imperceptible de su paso allí.
Pero a ella le había saltado el corazón.
No sonrió de felicidad porque él tenía un semblante aún más sombrío luego de besarla. Repentinamente, todo se había vuelto extraño. Ni siquiera la nana incesante de los niños jugando rompía la burbuja de incómoda intimidad en la que estaban envueltos. Edward habló poco después, palpando su boca también, como si hubiera comprendido todo.
—No eres ella —susurró. Wendy no alcanzó a oír—. No eres ella —repitió.
Sintió una punzada en su pecho.
—¿Ella, quién es "ella"? ¿Edward? —preguntó más alto, al ver que él no respondía, como ajeno.
—Desde que te vi, me recordaste a alguien que tuve que abandonar hace mucho tiempo —La miró fijamente—. Creí que si solamente te veía, podría saciar mi necesidad de estar con esa persona. No quería que te involucraras conmigo, porque sé que aunque eres igual a ella, no puedo olvidarla —Se pasó la mano por la frente—. Winry todavía me espera.
Winry. Así que así se llamaba "ella". El parecido resultaba casi cómico. Se hubiera reído a las carcajadas si las lágrimas no estuviesen obstruyendo su visión, si no tuviera cerrada la garganta y las sienes le palpitaran, como si alguien hubiera pisado sus ilusiones hechas cristal.
¿Así se sentía que te rompieran el corazón?
—¿Me usaste? —Fue lo único que se le ocurrió preguntar. Se puso violentamente de pie, con la sangre hirviéndole— ¿Me usaste porque me parezco a ella?
No tendría que haberse sentido culpable por llenar esos ojos dorados de una pena tan grande como la que veía en ese momento. Incluso en ese instante en que sentía una ardorosa furia, luchaba por no empatizar con él y conmoverse. Alguna cosa bizarra en su interior, la misma que la había atraído inexplicablemente a su persona, le hacía querer olvidar su propio dolor, que amenazaba con trastornarla, y comprenderlo.
—Eso hice, Wendy. Y sé que no tiene justificación —Él también se paró—. No sé ni cómo disculparme contigo, demonios —bramó. Estaba intentando contenerse de gritar—. No volveré a molestarte otra vez pero, por favor, no intentes entenderme. Soy un mald...
La bofetada que le asestó retumbó en el aire y pareció cortar cualquier melodía en el parque. Algunas personas se voltearon para ver la escena. La palma de Wendy ardía, así como sus ojos. Edward pensó que se lo merecía y se quedó callado con suma pasividad.
—No quiero saber nada más de ti, Edward Elric. Cumple con tu promesa y que ésta sea la última vez que te vea. Por favor —suplicó.
Los labios le temblaban.
Edward le había hecho caso y se había marchado, sin decir una palabra.
La tarde se había puesto nublada de un momento al otro. Los niños ya se habían marchado a sus casas y apenas quedaban unas pocas personas dando vueltas en la plaza después del toque de queda. Nadie reparó en la muchacha del vestido amarillo pastel, sentada en un banco, que lloraba amargamente.
Quizás había algo peor que estar enamorada de Edward Elric y no ser correspondida más que por un mero parecido físico a otra mujer: no podía odiarlo, por más que se repitiera que eso era todo cuanto debía hacer una muchacha con el corazón roto.
"Winry me espera."
Sí, estaba muy segura de que esa joven lo esperaba, y fielmente. No podía comprender cómo, pero lo sabía. Tal vez era intuición femenina, o quizás esa cosa, esa extraña y bizarra cosa que la había atraído a su alma como una abeja a la miel.
Sin saber por qué, pensó que ella y Winry debían estar conectadas de algún modo.
Notas de la autora:
Y bien, este es el final. ¿Qué opinan? No es feliz, para nada, pero de vez en cuando hay que alejarse de los finales idílicos. Ojalá hayan disfrutado de la intención de la historia, espero sus opiniones :)
¡Besos!
