iCarly y sus personajes no me pertenecen.
Su escape
Él sigue pensando que a ella no le importa medio rábano, pero aun así se niega a callarse de una buena vez. Siempre ha tenido la malsana costumbre de arriesgar su pellejo al oponerse a sus elecciones, cosa que no cambiará, tiempo transcurrido o no.
Diablos, cualquiera con suficiente cerebro comprende las implicancias de refutar algo a Samantha Puckett. Es un loco por ello, de eso no tiene duda. Ni siquiera Carly se atreve ya a objetar en contra, la expresión mustia en los ojos café. Y él es idiota, muy idiota, al pensar que tiene oportunidad de cambiar algo.
—No me gusta esto, Sam.
La rubia arquea una ceja pálida en su dirección, reconociendo su existencia por primera vez en la entera noche. Después de todo, como señaló sin más que un puño en su brazo, nadie le pidió vigilarla como si fuese una mocosa carente de sentido común, así que lo que pueda sucederle a él en el ínterin no es su asunto.
Aunque, claro, eso no explica el motivo de insistir estar a su lado hasta que decida retirarse.
—¿No te gusta qué, Fredalupe? —arguye, infinitamente perezosa—. Si es la fiesta, eres muy bienvenido a irte. Es normal que no esté bajo tus ñoños estándares de diversión.
—No trates de cambiar el tema. —gruñe, pues ella siempre consigue desviar su atención insultándolo y eso sólo significa que desea ocultar algo bajo la actitud molesta y ese hábito horrendo del que nadie habla—. Es… esto, —murmura, provocando un deje de irritación en su acompañante—, tú bebiendo demasiado y fumando. —frunce el ceño. ¿Qué numero es ya de cigarrillo este día? —¿Tienes siquiera idea de cuantos has terminado ya de fumar?
—No, así como no sé de por qué debería tener esta conversación contigo, de todas las personas. Vaya rasgo de los Benson el meterse en lo que no les importa. —se mofa, la mirada azul ilegible—.Me gusta y lo hago, tan simple como eso. Cuando no me guste más, lo dejaré.
El humo lleva el eco de una seca tos a su garganta, por lo que le es imposible creer que Sam lo disfruta. Su voz cruje, áspera, quejándose de la eterna nicotina que pugna por arruinarla y el sueño de su dueña. Qué es tan grave como para destrozar la visión única que posee la rubia de buen futuro, es algo que Freddie necesita saber.
Un secreto negro se esconde en las hileras grises del objeto en las pálidas manos femeninas.
—Claro, lo dejarás. —masculla con ironía—. Como tú digas.
—¿Qué se supone que significa eso? —añade ella, captando su molestia y detestándola.
—Olvídalo, Sam. —masculló, irguiéndose en busca de algo de tomar. No alcohólico, por supuesto; realmente uno de los dos necesitaba estar sobrio al final de la noche. La chica bufó en amago de seguirlo, tomando su brazo como modo de llamar su atención.
—Nada de eso. —dijo—. ¿A qué te refieres?
Casi es capaz de escuchar el choque de sus propios dientes con saña. —Tu voz. —señala.
—¿Qué hay con mi voz?
—Dijiste que querías tener un disco, triunfar. —una velada amenaza ronda en su gesto—. Nos dejaste a Carly y a mí en Washington para eso. ¿Y ahora vas a abandonarlo por un estúpido hábito, por un escape? —traga en seco, prensando el puño. Esta en lo correcto duele—. Carly te extrañó hasta la desesperación ¿Es que eso no te importa?
Él también la echó de menos (y mucho), aunque jamás lo admitirá.
Tras la cólera instantánea una risa amarga se escabulló de los labios femeninos. —Por favor, Freddie. Basta de pretender que alguno de ustedes me necesita, eso dejó de ser gracioso cuando nos graduamos.
—¿Gracioso? Hablo en serio, Sam. Somos tu amigos, tú…
—¿En serio, en serio? —espetó interrumpiéndolo acercándose peligrosamente y exhibiendo una mueca agridulce de sutil ironía—. ¿Pensaron en mí antes que la policía los llamase aquel día? ¿Se les ocurrió llamarme, preguntar cómo estaba en vez de reaccionar sólo cuando supieron la verdad?
—Sam… —acota en la interrupción breve causada por un violento quiebre en las palabras de la rubia chica que consideraba preciada, incluso hoy.
—No seas iluso, Freddie. Al contrario de lo que tu preciosa Carly, —habla, sin preocuparse por ocultar el leve desdén ante el nombre harto conocido—, o tú pueden pensar, no soy una niña descarriada que deben vigilar. Puedo y sé cuidarme, muchas gracias.
Hay más tras el telón, puede verlo. El rencor por abandonarla a su suerte sigue allí, igual que el propio agobio; sin embargo, una razón ajena torna evasiva su reacción. Como de costumbre, en la oscuridad de la ignorancia, le toca inquirir por su cuenta y sin opciones de éxito, ya que sus mejores amigas tienden a dejarlo fuera de muchos asuntos.
Presumiéndose victoriosa, Puckett chasquea la lengua irritada tras alejarse unos centímetros de su rostro. Curiosamente, pese a la discusión, el pequeño intruso de tabaco se rehúsa a abandonar su boca.
Maldición,nunca ha sido bueno atando cabos. Podría preguntar mil detalles en este instante: por qué se marchó (lo real, no la sarta de excusas que suele soltar), cuál es su rencilla real con Carly Shay y la razón de que ellas jamás se permiten discutir en su presencia.
No es nada está bien para la hermana menor de Spencer, pero de Sam (algún día) quiere la verdad.
—Está bien, tú ganas. —cede, enterrando las manos en los bolsillos del pantalón a sabiendas del peligro amenazando la comisura de los puños de su amiga. Hacer un intento ahora era el equivalente a suicidio y no pretendía, en realidad, confrontarla esta noche. La frustración salió sin su consentimiento.
—Tú ganas. —reitera—, pero, ¿al menos hoy podrías detenerte mientras puedes hablar? —suplica, observándola debatir consigo misma. Sorpresivamente, la joven da el último pitido antes de arrojar el cigarrillo a merced de una pisada profunda. Ya preparado para agregar más razones a su argumento, Freddie la contempla alejarse a paso ceremonioso, para luego girar apenas y hablar ruda.
—¿Vienes o no, Fredwina? —llama—. Yo no pagaré el taxi de regreso.
Ella no admite que hace esto sólo por él, apremiándolo a la puerta de salida con las ironías usuales. Él y Carly no la necesitan, seguro, pero transcurriría muchísimo tiempo y años insoportables para aceptar calmada que lo contrario no se cumplía. Él nunca entendería, gracias a cualquier Dios que desee escuchar sus peticiones, que el escape de locura pasajera es lo indispensable si piensa continuar sin destruir lazos.
El sueño, su sueño, es poder vivir sin resentir la ausencia de su media sonrisa socarrona y la risa infantil de su mejor amiga. Tal cosa no ocurrirá en tanto el arrepentimiento continúe acechando y prosiga, imposibilitada de creer las justificaciones de Carly. No ha sabido jamás proteger la felicidad ajena.
—Eres todo un tonto, Freddie—musita apoyando la frente en su hombro, el camino a su hotel corriendo en luces frente a sus ojos. Esa verdad que el chico tanto quiere saber sellada con juramento usado de tobillo.
N/A. La historia aquí es algo simple. Al terminar la secundaria (bachillerato, lo que sea que tengan los americanos), Sam se separó de Carly y Freddie para buscar su propio camino, pero llegó a un punto en que sucedió la cuestión de la policia llamando a sus amigos. El Seddie, al menos unilateral de Sam, está implícito. Comentarios, preguntas, sugerencias serán apreciados y necesarios para continuar ;)
