iCarly y sus personajes no me pertenecen.
De oreja a oreja.
Para qué, era excelente actor, o al menos, hacía gala de ello, sentando en el concurrido café y taza en mano. Apenas frunció el ceño, consciente de cuán perjudicial era una noche tan avanzada para una escolar como Carly, pero destensó los nudillos notando la obvia ansiedad en la expresión infantil y en las pequeñas manos asiendo su chocolate caliente, inquieta. Empero, la niña jamás haría un escándalo en público, ni siquiera por algo como esto; sin duda, otro efecto casi absurdo de los años antes de lluvia, Seattle, y miles de preguntas al aire que el hermano mayor no sabría en mil años responder.
Genial imitador, esbozó una sonrisa irrisoria, sinsentido adrede. Esperaba, por lo que dolía, que Carly creyera en ella.
—Seguramente una misión extra especial que sólo él puede llevar a cabo. —se le antojaba extraña la forma en que supo desarrollar aquel tono entre confortante y despreocupado, mientras suplicaba a cuánta deidad le escuchase, no volverse un mentiroso compulsivo.
—Ajá. —silencio, ruido blanco insoportable y postura demasiado correcta de su hermanita, definitivamente impropia de la pequeña riendo a carcajada no menos de unas horas antes. Aquella niña rubia, autoproclamada mejor amiga, había venido también, obviamente; juntas, trataron, sin éxito de descifrar el significado de su última escultura, al tiempo que Spencer sacaba a la luz el regalo de ocasión.
Era su cumpleaños, cielos. Incluso su vecina fue amable hoy con él, incluso el portero se abstuvo de expulsar improperios y exclamaciones ininteligibles cuando Carly tropezó con él, antes de llegar aquí, habiéndoselo advertido de antemano. Esa persona… él simplemente no podía llegar tarde al cumpleaños ocho de su propia hija luego de meses de ausencias, llamadas cortas sin trasfondo y extrema dejadez; pero, bien, ya estaba tarde. Más le valdría traer el peluche más grande del Estado para compensarlo, o mirar cinco minutos seguidos a Carly a los ojos, por lo menos.
—Oye, Spencer. —dudó la pequeña a su lado—, tu teléfono está sonando.
—¡Oh, cierto! —balbuceó, la melodía acostumbrada llegando a sus oídos. Ahogó una maldición cuando divisó el nombre en la pequeña pantalla; si bien, dejar a una menor sola en la mesa a estas horas era peligroso, no deseaba que ella escuchara unas cuantas cosas que su ancestro debía escuchar, quizá por centésima vez. Seguro de poder divisarla desde el lugar escogido, se escabulló alegando no tardar.
—Ya sabes, no hables con vagabundos de nombres extraños, ni…
—Ni mujeres de olor peculiar, grita lo más fuerte que puedas si alguien insiste en acercarse después de una advertencia, —repitió la castaña, cansinamente—, ya sé, ya sé.
—Bien, ya regreso.
Siendo sincero, resultaba evidente. Un simple análisis indicaría que las mismas señales (el retraso, la llamada, la noche cerrándose hasta hartarse de promesas rotas) sólo significaban aquello, pero se rehusó a arrebatarle al oportunidad antes de tiempo. Quizá, por ello, no contuvo el grito vehemente, a sabiendas que con este ruido nadie le prestaría demasiada atención.
No podré llegar hoy, lo lamento.
—¡No es en serio! ¡Es la tercera vez en el mes, y justo hoy! —chilló, escondiendo de pequeños ojos inquisitivos, buscándolo desde la mesa— ¡Te dije que lo pospusieras si no estabas seguro de…! —la respuesta ronca tras el fono, típico—. Por supuesto que está aquí. ¿Creías que no vendrías, si se lo prometiste tú mismo? ¿Qué se supone que le diga ahora?
Honestamente, tampoco esperaba una respuesta sensata, o cálida, arrepentimiento endeble bailando en la voz masculina, o no. Entre líneas, supo interpretar el desespero del hombre que no enfrentaría cara a cara a la hija con el rostro de la mujer que amaba, lo supo, y odió que el encuentro y el par de golpes que el Coronel Shay merecía, no salieran de sus puños, ni de palabras huecas. Tal vez, le restaba algo de entereza con que enfrentar esta noche.
—De acuerdo, —aseveró, serenándose—, sí, sí, se lo diré. Sí, bien, se lo compraré.
¿Es que una computadora portátil, una nueva cama, o un hámster lo solucionarían todo, siempre? Se contuvo de destrozar el aparato contra el muro, pensando, quieto, airado en cuánto Carly no merecía nada de esto, o cuán inútil era para estas cosas, o el desastre en que su familia se convirtió tras aquellos meses innombrables. Pero, si había aprendido un par de cosas como guardián de su hermanita, componer una espectacular máscara de júbilo estaba, sin duda, entre ellas.
Lo siento, de verdad.
Preparando la mejor excusa en todo Seattle y más allá, además de, sin duda, el mejor plan de reserva, Spencer Shay marchó felizmente sombrío hacia su mesa, sonrisa de oreja a oreja en posición.
N/A. Spoilers de iGoodbye en todo el comentario. Quedan advertidos.
Porque Spencer de verdad es el mejor hermano mayor del Schneiderverse, y el que Carly decidiera marcharse con el padre que rara vez ve y apenas conoce sin Spencer me dejó con mal sabor de boca; en serio, no sé quién decidió que, así como así, romper el grupo y dejar al pobre forever alone era la mejor manera de terminar la serie. No sé, el Coronel Shay siempre pareció un padre algo dejado y se me ocurrió que perderse un cumpleaños de su hija era algo típico de él, aunque lo lamentara, en parte.
Ya saben, críticas y opiniones con sus comentarios y eso.
