Nota previa: Um, no tengo mucho que decir, ya que lo he subido casi a la vez que el primer capítulo. Lo de siempre, por favor, comentad, comentad y comentad todo lo que podáis, sin miedo, a mala leche, a hacer daño, no os calléis si algo no os gusta. Desde comentarios generales del desarrollo de la historia, la interpretación de los personajes o mi forma de escribir, hasta cosas insignificantes como que no os gusta dónde he puesto una coma. Agradezco cualquier comentario. ¡Muchas gracias!


Bastila sintió un intenso dolor de cabeza. Bueno, dolor de cabeza para empezar, pero no tardó en descubrir que le dolía todo el cuerpo, muchísimo. Quiso gritar, pero no encontró la voz.

No sabía ni dónde estaba ni qué estaba pasando; sólo sabía que estaba tirada sobre una superficie lisa y dura... Y que estaba herida y magullada, además de muy, muy cansada.

Con un gran esfuerzo, logró abrir los ojos, al principio muy poco, y cada vez más, lentamente. No reconocía el lugar en el que estaba, así que trató de recordar, examinar sus últimas vivencias.

Recordaba una gran guerra. Una incursión en una nave enemiga... No, no una nave cualquiera, era la nave del Señor Oscuro, el enemigo, el malo. Iba con tres compañeros Jedi, uno de ellos herido de gravedad... Llegaron al puente... Darth Revan...

...

¡Darth Revan!

Bastila lo recordó todo de golpe, y entonces comprendió que aún estaba en el puente de la nave insignia de Revan. Tenía que ponerse de pie... Tenía que saber si había más supervivientes a aquella repentina explosión. Tenía que ponerse de pie, pero se sentía incapaz. Estaba herida y conmocionada por la explosión.

Tardó bastante rato en lograr levantase, o tal vez fueron solo unos minutos, pero a ella le parecieron interminables horas. Cuando lo logró, sintió que le temblaban las piernas, y tuvo que apoyarse en los restos del panel de control contra el que Revan la había lanzado para evitar caer al suelo de nuevo.

La estancia estaba hecha una mierda, llena de escombros, con las paredes resquebrajadas. Había piezas de objetos rotos y sangre dispersa por el suelo. Alejados de Bastila, yacían los cuerpos de sus tres compañeros Jedi, y, más allá, el de Darth Revan. A la Jedi no le hizo falta acercarse a sus compañeros; no cabía duda de que estaban muertos. La explosión les había dado de lleno, y tenían los cuerpos destrozados.

Se le escapó un inevitable grito de horror ante aquella escena.

– No hay emoción... – se dijo en voz alta y temblorosa, tratando de calmarse –. Hay paz... Recuerda el Código Jedi, Bastila, y mantén la cabeza fría...

Pero era muy difícil pensar fríamente ante tanta sangre.

Intentando ignorar la desesperación que se había adueñado de ella, caminó entre los cuerpos y llegó hasta el de Revan, pues tenía que asegurarse de que aquel a quien había ido a enfrentarse estaba muerto.

Cuando llegó hasta él, se arrodilló a su lado y lo giró, poniéndolo boca arriba. Parte de su magnífica túnica y casi toda su capa estaban destrozadas, raídas y rotas, con macabras manchas de sangre, pero aún llevaba puesta la capucha, y su máscara mandaloriana seguía intacta. Bastila sabía que no debía hacerlo, que era peligroso, pero la curiosidad y el deseo de desvelar el misterio pudieron con ella, y, con cuidado, prestando mucha atención a cualquier posible movimiento del aparentemente muerto Sith, le quitó la máscara para poder observar por una vez el rostro del famoso Revan, de su ídolo, de su enemigo, del mayor héroe y a la vez mayor enemigo de la República.

A penas hubo rozado la máscara del Sith con la punta del dedo para quitársela, Bastila sintió algo: Sintió a Revan, percibió su conciencia en la Fuerza; no estaba muerto.

Bastila no podía matar a alguien desarmado e indefenso; iba contra el Código Jedi y contra sus propios principios. Pero perdonarle la vida no iba a servir de nada, pues no tardaría en morir.

La joven Padawan le quitó la máscara y se quedó mirando el cuerpo del Sith, mordiéndose el labio, sin saber qué hacer. No podía apartar la vista del rostro descubierto de Revan. Se descubrió a sí misma deseando que su enemigo viviera. Pero ¿qué podía hacer ella? Bueno, podía tratar de mantener su cuerpo con vida por medio de la Fuerza, pero estaba muy débil y no debía malgastar sus energías. Además, el Código Jedi prohibía matar a gente indefensa, pero no decía nada sobre salvar la vida de grandes Sith enemigos de la República...

Lo mirara por donde lo mirase, resultaba una locura. ¿Por qué, entonces, cada vez estaba más decidida a hacer lo posible por evitar la muerte de Darth Revan, un Sith, un asesino, alguien a quien ni si quiera conocía? Bastila no sabía la respuesta de aquella pregunta, y se dio cuenta de que aquella idea carecía de sentido y lógica.

– Recuerda, Bastila – se dijo a sí misma –. Lo importante es el equilibrio.

Dejar que Darth Revan muriese era la voluntad de la Fuerza... el equilibrio. No tenía por qué intervenir. Debía controlar sus deseos y emociones en favor de la Fuerza.

A Bastila se le escapó un suspiro involuntario, como cada vez que se sentía reprimida por las bases Jedi. No podía evitar plantearse las enseñanzas de los Jedi, y si éstas eran correctas... Bastila se reprendió por sus dudas, como hacían siempre sus Maestros. Sabía que uno de los mayores motivos por los que seguía siendo una simple Padawan era su continuo cuestionamiento del Código, además de su deseo de ascender, que, paradójicamente, la mantenía estancada en el rango más bajo de la Orden Jedi.

Sus esfuerzos por ceñirse al Código fueron en vano en esta ocasión. Cuando volvió a mirar el cuerpo de Revan, de donde la vida huía con rapidez, tomó la decisión.

Convocó a la Fuerza.

Sintió que ésta respondía tenuemente, debido a lo débil que estaba. Bastila dejó que la Fuerza fluyera a través de ella y después la canalizó a través de sus poderes curativos hacia el moribundo Sith, atándolo a la vida. Pero no era suficiente. Revan estaba muriendo.

Instintivamente, Bastila usó la Fuerza de una forma que nunca lo había hecho, creando un lazo entre ambos e incluso ayudándose de la propia Fuerza de Revan. Logró mantenerlo con vida a través de su propia vida; era ella quien lo sostenía.

Se había creado un vínculo de la Fuerza entre ellos.

Bastila sabía que ni siquiera aquello sería suficiente para lograr que sobreviviera, y que tenía que llevarlo ante los Maestros cuanto antes. Había notado una considerable disminución de energía, pero, con determinación, cargó el cuerpo del Sith sobre sus hombros, activó su sable de luz y salió del puente.

Había pasado cerca de una hora, y, por suerte, no quedaban Jedi oscuros por los pasillos de la nave, ni tampoco demasiados soldados. Bastila, demasiado débil como para luchar, se limitaba a esquivar los ataques de los soldados Sith mientras trataba de salir de ahí lo más rápido posible, temerosa de encontrarse con Darth Malak. Cuando ya estaba cerca del hangar, un grupo de soldados bien armados encabezados por un Jedi oscuro la rodeó.

Bastila no podía luchar; estaba débil, cansada y herida. Tampoco podía huir. Estaba atrapada. Era su final.

Se le escapó un grito. No era un grito de miedo, sino de impotencia y desesperación. Y en esta ocasión no recordó que el Código Jedi estaba en contra de esos sentimientos.

El Sith sonrió al ver la desesperación de la padawan. Con un gesto, ordenó a los soldados que no atacaran aún, y se lanzó, sable rojo en mano, contra la Jedi.

Bastila interpuso su propio sable entre el del Sith y su cuerpo en el último momento, y aprovechó el segundo que alejó al Sith de ella para dejar el cuerpo de Revan sobre el suelo. Sabía que no tenía posibilidades, pero no se rendiría. Atacó a su enemigo, y ambos se enzarzaron en una violenta pelea de sables de luz.

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Lo primero que sintió Revan fue un intenso dolor. Trató de saber de dónde venía, pero descubrió que le dolía todo el cuerpo. Muchísimo.

Tenía que descubrir qué había pasado y dónde estaba, pero el dolor lo cegaba y le impedía escuchar, ver, gritar, hablar o moverse. Intentó ignorar el dolor, algo que antes le habría resultado relativamente fácil, pero llevaba mucho tiempo creciéndose con sus emociones y dejándolas expandirse, y ahora prácticamente no tenía control sobre ellas. Se podría intentar dejar llevar por el dolor para aumentar su poder, pero eso no tenía sentido en aquella situación que ni siquiera comprendía. Lo primero era situarse, no podía actuar a lo loco y sin pensar. Irónicamente, en aquella situación desesperada le habría gustado seguir siendo Jedi.

Deseó gritar, pero no pudo. Sintió que el dolor iba a poder con él... No. No iba a dejar que eso ocurriera. Haciendo un enorme esfuerzo, intentó centrarse en otras sensaciones que no fueran simplemente dolor.

Entonces notó varias cosas que le llamaron la atención: Se hallaba tumbado en el suelo, o eso le parecía. Por otro lado, sentía una especie de frío en la cara, algo que no estaba acostumbrado a sentir...: no llevaba la máscara puesta. Se había acostumbrado tanto a ella que ahora, por el simple hecho de no llevarla, se sentía desnudo e indefenso. Pero lo que más le sorprendió fue saber que la padawan Bastila Shan estaba ahí... No la oía ni veía; simplemente... sabía que estaba allí, la... "sentía". Era algo inexplicable, no sabía qué significaba y no tenía la mente suficientemente despejada para razonar.

Al pensar en Bastila se dio cuenta de que tratar de recordar era una buena forma de entender lo que estaba pasando, así que lo hizo. Recordó el ataque Jedi, su indignación con Zhar, su intención de convertir a Bastila al Lado Oscuro... Y, a partir de ahí, nada. Tras una nueva oleada de dolor y otro gran esfuerzo, acabó consiguiendo abrir los ojos y, tras parpadear varias veces, dejó de ver borroso. Analizó la escena que se desarrollaba ante él.

La superficie sobre la que se encontraba resultó ser el suelo de su propia nave. Estaba rodeado de sus propios soldados, y uno de sus aprendices Sith luchaba contra la padawan Bastila, quien estaba delante de él, aparentemente protegiéndolo. La escena era, cuanto menos, extraña y desconcertante. Revan cayó de golpe en la cuenta de que Darth Malak había aprovechado su distracción para traicionarlo.

Lo que seguía sin tener explicación era que Bastila lo defendiera..., pero Revan supo que ella era su única posibilidad de salir de allí con vida, si es que había alguna. Porque la padawan tampoco había salido muy bien parada, y no aguantaría mucho más.

Tratando de que nadie se percatara de que había recuperado la consciencia, Darth Revan movió un poco la mano en dirección al Sith y, reuniendo unas fuerzas que en realidad no tenía, lo estranguló con la Fuerza.

Darth Revan no quería que Bastila Shan muriese.

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Bastila observó atónita cómo el Sith primero se ahogaba y luego caía al suelo, muerto. Antes de que pudiera buscar la causa de su muerte, los soldados empezaron a atacarla, tanto con rifles bláster como con espadas. Ella era muy superior, pero le fue muy difícil deshacerse de ellos debido a que ya a penas se tenía en pie, y creyó que no sobreviviría.

Pero lo hizo.

Cuando por fin hubo acabado con todos, Bastila, temblando, sintió que sus piernas se doblaban inevitablemente y cayó de rodillas. Miró a Darth Revan, tumbado en el suelo en la misma posición en que ella lo había dejado, pero descubrió que estaba consciente y la miraba. Bastila comprendió que había sido él quien, a pesar de estar al borde de la muerte, había acabado con el Sith y le había salvado la vida.

Los dos intercambiaron una mirada -ella aún respirando agitadamente por el combate; él con los ojos entrecerrados, a punto de cerrarse-, y Revan perdió de nuevo el conocimiento, sin energías e incapaz de soportar el dolor de sus múltiples heridas.

Bastila deseó tumbarse también y cerrar los ojos, y descansar para siempre. Estuvo tentada de hacerlo, pero después de todo lo que había hecho para llegar hasta donde estaba ahora, no podía tirar la toalla. No podía rendirse. Un esfuerzo más y estaría fuera de aquella horrible nave.

Inspiró hondo, se cargó de nuevo el cuerpo de Darth Revan a los hombros, del cual huía rápidamente la vida, y se encaminó hacia el cercano hangar, donde estaba la pequeña nave en la que había llegado hasta allí. Cuando llegó, casi le da un infarto al descubrir que su nave estaba totalmente destrozada debido al bombardeo.

Bastila se dejó caer al suelo de rodillas, desesperada, y puso el cuerpo de Revan a su lado. Se había acabado. Todo había acabado. No tardaría en morir, y Revan con ella. Por algún motivo, no le costó demasiado aceptar su propia muerte, pero algo en su interior se revelaba contra la muerte del Señor Oscuro. Puede que fuera por todo lo que había hecho por intentar salvarlo, o tal vez hubiera otro motivo.

Miró el rostro desenmascarado de Revan y, tal vez por respeto a su intimidad o a su figura, le volvió a poner la máscara en la cara.

Incapaz de hacer otra cosa, se sentó sobre sus piernas y clavó la vista en el horizonte, observando cómo las naves de la República más rezagadas intentaban huir de la invencible flota Sith, y cómo muchas de ellas no lo lograban y eran abatidas.

Bastila fue vagamente consciente de que una nave se acercaba a ella, probablemente Sith, pero no podía estar segura ya que la visión comenzaba a fallarle. Le dio igual. Ya se había hecho a la idea de que iban a morir los dos, así que no tenía intención de defenderse, y se limitó a esperar hasta que la pequeña nave llegó ante ella.

– ¿Bastila Shan? – preguntó una voz desde el interior, y Bastila alzó la vista.

Frente a ella había un hombre alto y fuerte de pelo claro y corto con la armadura de los soldados de la República. La Jedi se sobresaltó; no esperaba que todavía hubiera tropas de la República allí, pero un atisbo de esperanza se instaló en su corazón.

– ¿Quién eres? – le preguntó, con voz débil.

– Mi nombre es Trask Ulgo. Soy uno de los soldados a las órdenes del comandante Onasi. Me retrasé para asegurarme de que no quedaba ningún superviviente...

A Bastila no le sonaba su nombre, aunque no podía estar segura de ello. A quien sí conocía era al comandante Onasi, Carth Onasi. Un héroe entre los soldados de la República. Un hombre digno de admiración.

– Llévanos al Enclave Jedi de Dantooine, por favor – pidió Bastila.

– Por supuesto – asintió Ulgo, y desmontó de su nave, dispuesto a cargar con el cuerpo que había al lado de Bastila..., pero paró en seco al ver sus ropas y su máscara –. ¡¿Darth Revan?! – preguntó, mirando a Bastila entre asustado y horrorizado.

– Así es – Bastila lo miró también, altiva y segura de sí misma –. Lo llevaremos con nosotros – dijo, autoritaria.

– Pero… – insistió Ulgo, asustado.

– No cuestiones mis órdenes... Está inconsciente; no ocurrirá nada – zanjó ella.

El soldado estaba de todo menos convencido, pero no se atrevió a cuestionar a una Jedi, y, dudoso, cogió el cuerpo de Revan y lo llevó a la nave. Después ayudó a subir a Bastila, quien intentaba sin mucho éxito mantenerse en pie.

Ya sentada en la nave, Bastila se sintió segura y esperanzada por primera vez.

– Gracias – le dijo a Ulgo con sinceridad, y cerró los ojos, quedándose tal vez dormida, tal vez inconsciente.