Nota previa: Acabada la introducción, al fin puedo presentaros a mi protagonista. Lo llamé Shaic Vanter, usando las mismas letras que tiene la palabra "Revanchista". Opinad y eso, seguiré repitiéndolo, necesito vuestra opinión. Los próximos capítulos van a estar formados por fragmentos, ya que como dije, tengo escritas escenas sueltas, pero algunas eran tan pequeñas que no me merecía la pena publicar un capítulo por cada una. Pero bueno intentaré que los capítulos, aunque formados por fragmentos, tengan algo de cohesión y también algún tipo de pequeña conclusión. Por cierto, esta es mi última nota previa. A partir de ahora creo que haré comentarios al final del capítulo en lugar de al principio. No os olvidéis de decirme qué os va pareciendo!


El fuerte sonido de los proyectiles que impactaban contra la Espiral Endar arrancaron a Shaic Vanter de su sueño. El bombardeo provocaba continuos movimientos oscilatorios en la nave muy violentos, que amenazaban con hacer caer a Shaic de la litera. Confuso, el joven soldado se levantó y miró a su alrededor.

Estaban siendo atacados, los Sith les habían descubierto y la misión había fracasado. La idea era cogerlos desprevenidos porque, si no, no había forma de derrotar a sus poderosas naves de guerra.

Pero Shaic estaba dispuesto a, pasara lo que pasara, dar su vida por la República.

Cuando estaba a punto de coger su ropa y sus armas para combatir a los Sith, la puerta de la habitación se abrió, dejando entrar mucho más nítidamente el sonido de la batalla producida por el abordaje de los Sith. El hombre que había abierto la puerta, de pelo blanco, ojos azules y aspecto un tanto intimidante, entró y cerró. Parecía alterado.

– ¡Una flota de combate Sith nos ha tendido una emboscada! ¡La Espiral Endar está siendo atacada! – "No fastidies... no me había dado cuenta de ese detalle", pensó Shaic, impaciente por pasar a la acción –. Deprisa, ¡no tenemos mucho tiempo!

– ¿Quién eres? – preguntó Shaic al hombre, con algo de curiosidad.

– Soy Trask Ulgo, alférez de la flota de la República – contestó –. Soy tu compañero de litera, pero tenemos turnos diferentes. Supongo que por eso no nos habíamos visto antes.

Date prisa – añadió antes de que Shaic pudiera decir nada más –, ¡tenemos que encontrar a Bastila! ¡Hemos de asegurarnos de que sale de la nave con vida!

Bastila. Encontrar a Bastila. Proteger a Bastila... ¿Por qué pensar en Bastila le resultaba a Shaic tan complejo? Era como si tuviera muchos sentimientos asociados a ese nombre, varios de ellos contradictorios entre sí, lo cual no tenía mucho sentido... Un momento, un momento, ¿quién era Bastila? Shaic hizo memoria de los últimos días, desde que se había unido a aquella misión en la Espiral Endar. Shaic era capaz de recordar con total claridad todo lo que le había ocurrido desde entonces, al contrario que todos sus otros recuerdos, que por algún motivo le resultaban borrosos. Bastila era la poderosa Jedi, clave para el triunfo de la República sobre los Sith, su líder en aquella misión, el núcleo de su cometido, fundamental su supervivencia. Eso estaba claro. El problema era que, en su cabeza, por algún motivo, sentía que Bastila era una especie de rival... y eso era lo que le había hecho dudar antes.

No, espera, eso no tenía sentido. Bastila no era un rival; al contrario, era uno de sus más importantes aliados. Aquella confusión probablemente era producto de la brusca manera en la que había despertado, que a lo mejor aún seguía medio dormido. Había algo que estaba claro: Había que salvar a Bastila, fuera como fuese. Y por suerte, en esta ocasión, esa extraña parte de su cerebro que le decía que Bastila era su rival, deseaba salvarla, así que no tuvo que seguir dándole vueltas a aquello.

– ¡Una de nuestras funciones principales es garantizar la supervivencia de Bastila en caso de ataque! – siguió hablando Trask, interpretando los momentos de silencio de Shaic como si estuviera planteándose no luchar para ayudar a Bastila –. Hiciste un juramento como todos nosotros. ¡Ahora es momento de cumplirlo!

– Muy bien, ¡vamos a ayudar a Bastila! – contestó Shaic, que no estaba dispuesto a compartir con Trask Ulgo sus extraños pensamientos acerca de Bastila, además de que estaba deseando pasar a la acción para dejar de pensar. Eso, y que quería salvar a Bastila. Una parte de él sentía como si siempre hubiera querido salvar a Bastila, a pesar de que apenas hacía unos días que la había conocido.

– Así que date prisa y coge tu equipo para que podamos salir de aquí – dijo Trask Ulgo, alterado.

Aún desorientado por lo que estaba ocurriendo, Shaic se apresuró a obedecer a su compañero y abrió la taquilla. Se puso rápidamente su armadura de combate y metió en la mochila el botiquín, de modo que en la taquilla sólo quedaban dos armas: Una pistola bláster y una espada corta. Shaic iba a coger la pistola. Todos los soldados usaban pistola siempre que podían, y sólo sacaban la espada cuando el enemigo se acercaba mucho a ellos, pues por mucho que las espadas sean más poderosas que las pistolas, en combates a distancia no te da tiempo a acercarte al enemigo antes de recibir un tiro. En el ejército de la República se entrenaba a los soldados en cuestiones de puntería y destreza, y se potenciaba el uso de las armas de fuego. De hecho, desde que se unió a la tripulación de la Espiral Endar, Shaic sólo había entrenado con blásters.

Pero, claro, desde que se unió a la Espiral Endar, no se había producido ningún combate.

A la hora de la verdad, Shaic prefería el arma blanca. Cogió la pistola, la alzó durante un instante, y se sintió como manco, inválido, como si no estuviera completo, inseguro. De modo que tomó una decisión. Guardó la pistola bláster en su mochila y tomó la espada con la mano, empuñándola con una seguridad y destreza inusuales, para lo poco que había entrenado con armas blancas. En el ejército se enseñaba a los soldados a usar muchos tipos de armas para que se pudieran valer en todas las situaciones, pero apenas se daban nociones básicas de uso de armas de filo. Sin embargo, Shaic hizo unos mandobles que demostraban una habilidad sorprendente para un soldado raso en ese tipo de armas.

Trask ocultó su escepticismo ante la extraña elección del arma de su compañero, pero no dijo nada. Shaic seguía sin estar seguro de hacer lo correcto usando la espada, ya que por su capricho podía lograr que lo mataran, pero le desagradaba mucho usar un arma a distancia.

Se acercó a la puerta y dejó de darle vueltas al asunto: Bastila necesitaba su ayuda.

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Shaic recorría corriendo los pasillos de la nave, espada en mano, espada que, por cierto, ya había probado la sangre de varios soldados Sith en los últimos minutos. Porque Shaic iba matando a todos los Sith que le impedían el paso, casi de forma automática, mientras que se limitaba a ignorar a aquellos que no lo hacían, pues su prioridad ahora era llegar al puente. No le costaba mucho ubicarse por la nave, a pesar de la confusión de la batalla y de que algunos caminos habían quedado inutilizables; en los pocos días que llevaba en ella, se había aprendido a la perfección y sin proponérselo la estructura de la nave, demostrando una gran capacidad intelectual, de modo que escogía instintivamente los caminos más cortos para llegar hasta el puente.

Y estaba llegando ya, pero algo le hizo parar en seco.

Un sonido.

Sables de luz.

Sí, sables de luz. Shaic estaba oyendo cómo al otro lado de la puerta que tenía que atravesar ahora se desarrollaba un combate con sables de luz. Cómo supo que se trataban de sables de luz era un misterio, ya que apenas había visto esas armas dos o tres fugaces veces en su vida, pero por algún motivo estuvo totalmente seguro de lo que eran, como si el sonido le resultase común. En fin, que probablemente hubiera un Jedi y un Sith, como mínimo, tras aquella puerta. Un Sith... Un peligroso enemigo. Shaic sabía que debería temerlo, y se planteó alejarse de allí y llegar al puente dando un rodeo, pero no lo hizo, porque en realidad no le tenía miedo al Sith. ¿Actuaba con temeridad? Tal vez. Pero el caso es que abrió la puerta empuñando con fuerza su espada.

Y efectivamente, una padawan Jedi morena luchaba contra un Sith, probablemente de bajo rango. Shaic se quedó un segundo mirándolos, ensimismado. Ambos emanaban tanta fuerza, tanto poder. No podía sino admirarlos, a los dos, el Sith incluido. Shaic deseaba tener el poder que tenían ellos, y usarlo para luchar por la República, su querida República. Se sentía impotente ante seres tan poderosos, como si él no significara nada en comparación, como si todos sus grandes esfuerzos en realidad fueran insignificantes al lado de esos seres que dominaban la Fuerza.

Trask también se vio afectado por la presencia de aquellas personas, y habló, sacando a Shaic de sus pensamientos:

– ¡Es un Jedi oscuro! – exclamó –. Esto nos supera. Será mejor que nos quedemos atrás... Lo único que haríamos sería estorbar.

Y era cierto. La padawan luchaba bien, se defendía con soltura con el sable de luz y resistía sin problema los ataques de la Fuerza del Sith. Pero Shaic ya no los miraba a ellos... No podía quitar la vista de la hoja de plasma de los sables de luz que no dejaban de chocar con furia. Sentía una extraña sensación de familiaridad ante esa escena, como si para él lo más normal del mundo fuera ver combates con sables de luz. Especialmente se fijaba en el sable azul de la Jedi de la República, con los ojos entrecerrados, deseando que acertase con sus golpes y que los del Sith no le estropearan el terreno que iba ganando. Y es que Shaic estaba literalmente dentro de la batalla, sintiendo, antes de que se produjeran, las ofensivas de cada uno, y también cómo iban a afectar al otro. Por otro lado, Shaic se veía a sí mismo como aquella Jedi, pensando en cómo respondería él a los ataques, lo cual no tenía mucho sentido pues no tenía ninguna experiencia en sables de luz... El caso es que no podía evitar ordenar mentalmente a la Jedi que se moviera de una forma o de otra. Y desde ese momento parecía como si la Jedi cada vez le hiciera más caso.

El Sith se detuvo un momento, exhausto, probablemente no esperaba tener que luchar tanto, y le dio la ventaja que la Jedi necesitaba, o más bien que Shaic necesitaba, para derrotar al enemigo. La Jedi no quería matar a su oponente, probablemente por la creencia de la Orden Jedi de que nadie debe ser asesinado... Sin embargo, Shaic deseaba con todas sus fuerzas que lo matase, y... lo hizo. Por algún motivo cambió de opinión y acabó definitivamente con el Sith.

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– Soy un soldado de la República, como tú – replicó Carth ante la pregunta de Shaic, "¿Cómo sé que puedo confiar en ti?". Esa respuesta, tal vez por el tono apagado y decaído con que la dijo, hizo que todas las dudas de Shaic acerca de su lealtad se disiparan. Carth Onasi era un soldado de la República, y Shaic podía ver en sus ojos que haría cualquier cosa por ella. Sin embargo, lo que hizo dudar a Shaic fue ese "como tú".

"¿Como yo?", se preguntó. ¿Era él un soldado de la República? Desde luego que lo era. Llevaba toda la vida siéndolo. Pero había algo que lo inquietaba. De alguna forma no se sentía soldado de la República. Shaic también estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por salvar a la galaxia, pero había algo que no encajaba, algo que le impedía verse a sí mismo como un soldado. O, mejor dicho, no era capaz de verse sólo como un simple soldado.