Shaic escuchaba solo a medias al ithoriano Bek Oculto que le explicaba el funcionamiento de las motos swoop. Estaba nervioso. En su vida había pilotado una, y ahora tenía que ganar. No podía permitirse el lujo de no hacerlo. Después de todo lo que había hecho para llegar hasta ahí, ahora no podía perder.

Sacudió la cabeza y miró a su alrededor, donde los demás pilotos se reunían en grupos y conversaban, mirándolo con desprecio y superioridad. Lo que el ithoriano le estaba diciendo sobre las swoop le parecía demasiado elemental. Aunque él no supiera nada del tema, se estaba aburriendo porque le daba la sensación de que se lo explicaba como si fuera un niño de seis años. Y es que ese día Shaic tenía poca paciencia. No había dormido nada en toda la noche, acosado por extraños sueños, y encima había tenido que discutir con Carth para ser él quien pilotara la swoop en la carrera. Porque Shaic respetaba a Carth, pero, las cosas claras, él se veía bastante más capacitado para ganar la carrera, teniendo en cuenta que ninguno de los dos había participado antes en una, y no estaba dispuesto a arriesgar la libertad de Bastila por las ilógicas y cansinas desconfianzas de Carth. Estaba harto de que Carth lo acusara de lo que ocurrió en la Espiral Endar, a él precisamente, que era la persona más fiel a la República que existía.

Shaic pensó en el sueño que había tenido por la noche. Se parecía al anterior, al que tuvo tras la destrucción de la Espiral Endar: Bastila luchando contra un Jedi Oscuro, y él de fondo... aunque en realidad él no estaba allí. Porque este sueño iba un poco más allá, demostrando que en la escena había cuatro Jedi, liderados por Bastila, enfrentándose ni más ni menos que a Darth Revan. Bastila le decía que no podía ganar, pero Revan no tenía miedo. Entonces se producía una explosión, y ahí se acababa el sueño.

¿Por qué había soñado aquello? No tenía ningún sentido. Shaic no solía pensar mucho en ese tema. Ahora que lo pensaba, cuando le hablaban de Malak, Shaic se ponía de mal humor. Odiaba a Malak y odiaba a los Sith. Pero hasta hacía un año, Revan había sido el Señor Oscuro, y sin embargo Shaic no recordaba haber pensado muchas veces en él. Sí, era su enemigo, pero él solía pensar en acabar con los Sith, no en acabar con Darth Revan.

Shaic no sabía a qué venía todo esto, pero aquellos pensamientos no conducían a ninguna parte, de modo que miró al ithoriano, quien ya había terminado de explicarle las reglas de las carreras. Este le dijo que se acercara al comentarista para iniciar la carrera, así que Shaic se alejó del ithoriano y observó con atención la sala.

Aparte de los pilotos, bien separados en dos grandes grupos: Beks Ocultos y Vulkars Negros, al fondo había un Vulkar armado y de aspecto robusto que custodiaba una jaula de rejas metálicas, en cuyo interior había una figura. Desde donde estaba, Shaic no podía distinguir quién había dentro, pero se lo podía imaginar: Bastila Shan. Después de tres días buscándola, saber que estaba allí, a unos metros, prácticamente al alcance de su mano, resultaba una sensación extraña. Shaic se acercó, ignorando las penetrantes miradas del Vulkar Negro que significaban "Si intentas algo, te mato", y miró a Bastila de frente.

La joven Jedi era alta, aunque no tanto como Shaic, y de piel pálida. Tenía el oscuro cabello recogido en dos coletas pequeñas a los lados, y su rostro mostraba preocupación y angustia. Tenía los ojos cerrados y estaba aparentemente inconsciente, pero aun así Shaic intentó hablar con ella.

– ¿Bastila? – preguntó, dubitativo, pero ella no contestó ni dio muestras de haberlo oído.

Shaic siguió mirándola con los ojos entrecerrados. Había oído hablar de ella, sabía que tenía un importante poder de Meditación de Combate, que era poderosa y que se había hecho famosa por matar a Darth Revan, pero nunca la había visto en persona, ni en hologramas, ni nada. Sin embargo, ahora que la tenía delante, Shaic sintió que ya la conocía. Sintió como si no fuera la primera vez que la veía. Sintió que se estaba volviendo loco. Pero seguía sin poder dejar de mirar a Bastila.

Estaba viva, sin duda, y descubrir que estaba viva le produjo una gran satisfacción. Tal vez demasiada. Le pareció apreciar en su expresión signos de sufrimiento, y decidió que le haría pagar a Brejik todo lo que le hubiera hecho a la Jedi, costara lo que costase.

Shaic se apartó de mala gana de la jaula donde Bastila estaba retenida, prometiéndole mentalmente que la iba a salvar, y se acercó al comentarista, totalmente decidido a ganar.

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Shaic estaba muy enfadado por lo que el líder de los Vulkars Negros había hecho. Pero, al menos, aquella pelea tenía su lado bueno: Prometió que haría pagar a Brejik lo que le había hecho a Bastila, y lo estaba cumpliendo. Aunque, la verdad, Brejik era un enemigo poderoso, y tal vez sin la ayuda de Bastila no habría sobrevivido al combate. Sin duda, la Jedi era una gran combatiente a pesar de estar débil tras su cautiverio. Shaic descubrió que disfrutaba combatiendo a su lado.

Por su parte, Bastila estaba demasiado concentrada en acabar con Brejik como para fijarse en quién era el ganador de la carrera. Aunque estaba bastante débil, y tenía que reconocer que la ayuda del insignificante piloto que luchaba contra Brejik era de agradecer; no esperaba tanto potencial en un piloto cualquiera de la Ciudad Baja de Taris.

– ¡Quizá esos malditos Vulkars se lo piensen dos veces la próxima vez que intenten capturar a un Jedi! – exclamó Bastila, enfadada, cuando terminó de matar a Brejik. No. Enfadada no. Ese sentimiento iba en contra del Código Jedi. De modo que no estaba enfadada. Bajó su tono de voz y habló con calma. Sin embargo, después de tres malditos días apresada por los Vulkars para ser vendida como esclava, Bastila consideraba que era totalmente lógico estar de mal humor –. Y por lo que a ti respecta, si piensas que puedes cobrarme como recompensa... – dijo con desprecio, dirigiéndose por primera vez al piloto de swoop mientras lo miraba.

Y al mirarlo se quedó helada.

– Espera... No puedo creerlo – dijo al reconocerlo, mientras lo miraba más detenidamente, asegurándose de que estaba en lo cierto –. ¡Eres...! – "Revan", pensó. No, Revan no. No era Revan. Era Shaic Vanter, y más le valía no llamarlo nunca Revan... aunque debía tener siempre presente quién era –. Mmm... – dijo, disimulando. No debía mostrar que lo reconocía en seguida o podría levantar sospechas. Se suponía que Shaic nunca había sido un soldado especialmente destacado –. Eres uno de los soldados de la República, ¿no? Sí, estoy segura. ¿Cómo has terminado conduciendo para estas bandas swoop? – preguntó, muy intrigada. La verdad es que no se le ocurría ninguna explicación lógica para ello. Por un momento se imaginó a Darth Revan, con su túnica y su máscara, montado sobre una swoop, y la imagen le pareció tan cómica que tuvo que esforzarse por mantener su rostro serio.

Bien, Bastila estaba a salvo, y al fin era libre. Shaic sonrió a modo de saludo y procedió a presentarse ante la Jedi.

– Me llamo Shaic Vanter. Estoy aquí para salvarte.

– ¿Salvarme? – preguntó Bastila, enarcando una ceja –. ¿Es eso lo que intentabas con la carrera de swoops? Bueno, en lo que a rescates se refiere, éste no es un gran ejemplo... – Shaic borró la sonrisa de su rostro y miró a Bastila con los ojos entrecerrados. ¿Ni si quiera iba a agradecerle todo lo que había estado haciendo para encontrarla? –. De hecho, sería más correcto decir que yo te salvé a ti – añadió Bastila, aumentando el mal humor de Shaic –. Brejik y sus Vulkars te habrían dejado morir si yo no hubiera entrado en esta pelea. ¡Tuviste suerte de que yo estuviera aquí! – dijo Bastila, que no estaba dispuesta a reconocer que Shaic la había ayudado; no podía dejar que él se creyera superior, pues por algo en su identidad programada era un simple soldado raso: Si no tenía complejo de superioridad, el riesgo de que Revan volviera era menor.

– Estás confundida – dijo Shaic, ocultando su mal humor –. Eras una prisionera indefensa hasta que yo llegué.

Porque es que ya era demasiado. ¿Quién se creía que era? Shaic se sentía herido en su orgullo siendo tratado de esa forma por Bastila cuando realmente, si no hubiera sido por él, probablemente la Jedi no habría podido salir de la situación. Porque Shaic deseaba salvarla, pero no sólo eso; comprendió que todo el tiempo que había estado queriendo salvarla, también buscaba un poco de reconocimiento. Y estaba obteniendo de todo menos eso. Y no le parecía justo. Tal vez había sobreestimado a la Jedi.

– Puede que haya sido una prisionera, pero un Jedi nunca está indefenso – dijo Bastila, tratando de mostrarse infinitamente superior a Shaic –. ¿Has oído hablar por casualidad de una cosa llamada "la Fuerza"? Pero... supongo que no debería ser demasiado dura contigo. Después de todo, has intentado salvarme, aunque las cosas no salieran como habías planeado. Así que vamos a ponernos manos a la obra... Para empezar, ¿somos los únicos supervivientes? – añadió, tomando el control de la situación, antes de dejar que fuera él quien lo tomara.

Shaic la miró con odio. Esa chica empezaba a caerle muy mal.

– No – respondió con tono frío e hiriente. Aceptaba que, como Jedi, era su superior, y que mientras estuvieran atrapados en Taris tendrían que trabajar juntos, pero se separaría de ella cuanto antes –. Carth Onasi también está vivo.

– ¿Carth Onasi está vivo? ¡Por fin buenas noticias! Carth es uno de los mejores soldados de la República. ¡Ha demostrado ser un héroe docenas de veces! – dijo Bastila.

Estas palabras sentaron a Shaic fatal. ¡Por fin había logrado captar la atención de Bastila! ¡Bien! Y lo había logrado usando el nombre de Carth. Oh, qué grande es Carth. Oh, qué importante es Bastila. Carth, que no dejaba de meterse con él y acusarlo de la destrucción de la Espiral Endar. Bastila, que seguía tratando a Shaic con increíble desprecio a pesar de todo lo que había hecho por ella. Qué bonito, los dos grandes héroes. Total, él daba igual, ¿por qué se iba a molestar Bastila en agradecerle nada a alguien como él? Shaic sabía que era un buen soldado, lo sabía. Y que merecía reconocimiento. Pero no se lo daban. Aquí él era el último, y a nadie parecía importarle. Estaba harto. Por un momento hasta se planteó dejar el ejército... pero no podía. Debía luchar por salvar a la República. Cualquier cosa por la República.