– Bueno... ¿Qué hacemos sobre lo que nos ha dicho el twi'lek? – preguntó Shaic, con intención de romper el tenso silencio que se había formado en la habitación tras la discusión de Carth y Bastila. Aunque, por muy incómoda que fuera la situación, en el fondo a Shaic le había sentado bien la pelea que habían tenido. Porque, tras la disputa, los dos grandes héroes de la República habían quedado enfrentados, y Shaic ya no se sentía como el último mono, sino incluso como si fuera el pegamento que mantenía aquel extraño grupo unido.

– ¿Qué twi'lek? – preguntó Carth, desconcertado, pues el viaje de vuelta a la Ciudad Alta después de la carrera de swoop lo habían realizado Shaic y Bastila en solitario.

Shaic se dispuso a responder, pero Bastila se adelantó.

– Nos encontramos antes a un twi'lek que dijo que un tal Canderous Ordo quiere ver a Shaic – dijo, ignorando la mirada de impotencia e irritación que le lanzaba Shaic –. Al parecer es un mercenario mandaloriano que trabaja para Davik Kang. Quiere que nos reunamos con él en la cantina de la Ciudad Alta.

– ¿¡Un mandaloriano!? – el rostro de Carth no ocultaba el desprecio que el soldado sentía hacia ellos –. No pensaréis ir, ¿verdad?

– Comprendo tu preocupación, Carth, pero no podemos guiarnos por rencores absurdos – Bastila parecía empeñada en dejar a Shaic fuera de la conversación –. No perdemos nada por ir a la cantina a ver qué quiere; tal vez sea importante.

– A mí tampoco me gustan los mandalorianos, pero debemos intentarlo – añadió Shaic, mostrándose a regañadientes de acuerdo con Bastila.

– Sí... tenéis razón. Pero, ¿de verdad vais a hacer un trato con un mandaloriano? Es decir, yo no podría. No los soporto…

– Por esa razón tal vez sea mejor que tú no vengas – contestó Shaic, adelantándose a que Bastila volviera a hablar –. Podrías irritarte con algún comentario suyo, y no es buena idea armar un escándalo, menos aún en la Ciudad Alta…

Carth permaneció en silencio. No le hacía ninguna gracia tener que hablar con un mandaloriano, pero comprendía que sería muy estúpido no hacerlo. Pero tener que quedarse fuera era aún peor. Carth no se fiaba de nadie, hacía años que no se fiaba de nadie, pero menos aún de un mandaloriano. Solo pensar en mandalorianos hacía que sus músculos se tensaran y que sintiera unos grandes impulsos de coger sus pistolas y.. matar. Solo de recordar el horror que esos monstruos causaron a lo largo de toda la galaxia. Carth se imaginó a sí mismo yendo a la cantina con Shaic para hablar con el mandaloriano y... Sí, era verdad. A cualquier cosa que Canderous Ordo dijera, él iba a saltar, y podía haber problemas. Tal vez Shaic tenía razón.

– Y si no voy yo, ¿quién irá? – gruñó como respuesta, malhumorado, pero aceptando lo que Shaic decía.

– Shaic y yo – dijo Bastila rápidamente, como si fuera obvio.

Lo único obvio, pensó Shaic, era que lo incluía a él porque era a él a quien Canderous quería ver, que si no habría ido ella sola. Pero no le apetecía discutir con la arrogante Jedi otra vez. Aceptaría que ella fuera, pero con una condición:

– Y Mission – añadió, haciendo que la joven twi'lek se sobresaltara, sorprendida porque la metieran en la conversación pero agradecida de que contaran con ella.

Carth y Bastila miraron sorprendidos a Shaic, mientras Mission miraba a los tres con algo de timidez disimulada y Zaalbar permanecía ajeno a la conversación, afilando su espada en una esquina de la habitación.

– No hablas en serio, ¿no? – dijo Carth –. ¡Solo es una niña! Es demasiado peligroso…

Shaic sabía que eso haría que Mission saltara y se iniciara una nueva pelea, así que respondió antes de dejarla hablar a ella.

– Mission es mucho más de lo que aparenta. No correrá ningún peligro – su tono era algo brusco y no admitía discusión, zanjando el tema –. Nos vamos.

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Caminando por la calle principal de Taris Sur, Bastila mantenía la vista clavada en Shaic. O en Revan. O en quien quiera que fuera ese hombre en realidad, porque estaba claro que ya no era el Sith, pero tampoco se limitaba a actuar como los Maestros habían esperado de Shaic Vanter. Actuaba de una forma respetuosa y amable por lo general, pero mostraba un no despreciable orgullo y confianza en sí mismo, en contra de la actitud sumisa que el Consejo le había intentado imponer. Se las había arreglado para, a pesar de haber sido totalmente borrado, formarse una personalidad propia. Tal vez Revan no estaba del todo muerto, y a Bastila eso le gustaba. Aunque, por supuesto, ese pensamiento se lo guardaría para sí.

La padawan no dejaba de darle vueltas al interrogante de cómo lo habían hecho Shaic y Carth para eludir a los Sith, encontrarla y ganar la carrera. Ahora todos los ciudadanos que se cruzaban con él lo miraban con admiración. Parecía que de alguna manera siempre se las arreglaba para ser un ídolo de masas, ya fuera como Jedi salvador de la galaxia, como creador de una nueva Orden Sith o como piloto de swoop.

El caso es que, no sabía por qué, se sentía a gusto a su lado. No podía dejar de observarlo, sus comentarios, su comportamiento, sus movimientos o sus acciones. Se sentía fascinada, y eso la sorprendía e inquietaba. Porque no era que se sintiera fascinada por el ídolo que había sido Revan para ella años atrás, el cual ya no existía como tal, sino por el propio Shaic, que era en todos los aspectos una persona nueva. El Jedi Revan no haría muchas de las cosas que Shaic hacía, pero el Señor Oscuro de los Sith Revan nunca habría, por ejemplo, entregado el suero de Rakghoul al médico de Taris cuando podría haber ganado 1000 créditos vendiéndoselo a Davik. Pocos hombres habrían sido capaces de hacer algo así. De hecho, ese gesto había llamado mucho la atención de Bastila, había sido lo que había hecho que empezara a fijarse así en Shaic. Porque la padawan nunca había esperado ver, en un ser capaz de provocar la muerte de ejércitos y razas enteras, tal muestra de bondad desinteresada, negándose incluso a recibir una recompensa por ello. Sin duda, eso la había fascinado.

Quería hablar con él. Quería saber su visión de los acontecimientos de los últimos días, sentía una gran curiosidad por lo que habían estado haciendo él y Carth en Taris. Pero no se atrevía a hablar, no sabía cómo debía iniciar una conversación con él, alguien tan cercano y a la vez tan distante para ella. Ensimismada en sus pensamientos, no se dio cuenta de que su mirada estaba siendo bastante poco disimulada.

– ¿Hay algo que quieras decirme? – preguntó Shaic, divertido y con cierto aire burlón.

– Eh… – Bastila se habría sobresaltado de no ser por su entrenamiento Jedi, que le permitió actuar con serenidad y tomar el control de la situación, como si la pregunta de Shaic no la hubiera cogido por sorpresa – Pues sí. Me estaba preguntando qué ocurrió después de que te estrellaras en Taris, qué hacíais Carth y tú antes de que nos uniéramos.

– Antes de que te rescatáramos, querrás decir – remarcó Shaic, negándose a aceptar que Bastila ignorase todo lo que habían hecho por ella.

– ¿Otra vez con el rescate? – ¿Es que no lo iba a dejar pasar? Bastila recordó lo ocurrido la noche anterior y, si bien era cierto que se había liberado sola, tenía que reconocer que no habría podido sin la ayuda de Shaic. Pero odiaba reconocerlo; su orgullo le impedía reconocerlo. Miró a Shaic y comprendió que, definitivamente, él no estaba dispuesto a dejarlo pasar, así que suspiró, rendida, y habló: –. Está bien, dejaré que te apuntes una: Me rescataste de los Vulkars – Shaic parecía satisfecho. Picada, Bastila añadió: –. Pero seguimos atrapados en Taris.

– Estoy trabajando en ello, ¿vale? – respondió Shaic, que no parecía molesto porque Bastila le cargara con la responsabilidad de salir de Taris.

Hubo unos segundos de silencio, hasta que Bastila se decidió a volver a hablar.

– Lo cierto es que me gustaría saber qué hacías en la pista de swoop. No era fácil encontrarme allí, pero de alguna forma lo conseguiste. Evitaste que los Sith te descubrieran, te enteraste de que estaba prisionera de los Vulkars, conseguiste un patrocinador para la carrera y te convertiste en el campeón de swoops de Taris. Y ya está – añadió. Según hablaba se había ido dando cuenta del mérito que realmente tenía lo que había hecho Shaic, y su orgullo y necesidad de sentirse superior por ser Jedi le hacían necesitar quitarle importancia a las acciones del soldado.

– Y rescaté a la damisela en apuros, no te olvides – Shaic estaba disfrutando enormemente su recién conseguida victoria en aquella batalla sobre quién había salvado a Bastila.

– Sí, bueno, me cuesta verme como una damisela en apuros – refunfuñó ella –. Al fin y al cabo, soy miembro de la Orden Jedi…

Mission los escuchaba en silencio, divertida. Bastila casi había olvidado la presencia de la twi'lek, pero Shaic no había dejado de tenerla presente. Mientras Bastila hablaba, Shaic aprovechó para lanzarle una rápida sonrisa de complicidad a Mission.

– Pero no te negaré que estoy impresionada con tus hazañas – siguió hablando Bastila, ajena a las bromas de Shaic y Mission.

– ¿Qué le voy a hacer? – respondió él –. Tengo talento.

– Sí, ya veo que recursos no te faltan, aunque la modestia es un tema aparte – Bastila también sonrió, sorprendiendo a Shaic: desde que la conoció, era la primera vez que la veía sonreír –. Cuando te eligieron para esta misión, nadie esperaba tanto de ti. Un Jedi podría haberlo hecho, claro, pero solo ayudándose de la Fuerza.

– Creo que subestimas a los que no somos Jedi.

– Puede ser, pero la Fuerza actúa a través de nosotros de diferentes formas. No todas las personas "sensibles a la Fuerza" están dentro de la Orden, y me parece evidente que la Fuerza se ha mostrado a través de ti. Tal vez si no fueras… – "Revan". Bastila se mordió la lengua. Si seguía así, antes o después se le escaparía –… Bueno, si fueras más joven – se corrigió –, los Jedi te entrenarían, pero… Lo siento. Me estoy excediendo. Es mejor dejar estas cosas al Consejo Jedi – desistió al fin, consciente de que si seguía hablando solo se arriesgaba a decir algo que no debía.

– ¿Consejo Jedi? ¿Cuándo voy a hablar con el Consejo? – preguntó Shaic, confuso.

– Cuando salgamos de Taris, antes de que os incorporéis de nuevo al ejército, he de pasar por el Enclave Jedi de Dantooine y consultar unas cuestiones con el Consejo. Probablemente querrán hablar contigo. Pero ahora deberíamos centrarnos en salir de aquí; después ya habrá tiempo para hablar – dijo, dando por finalizada la conversación.

Shaic hizo una mueca, como si Bastila fuera un caso perdido, y luego hizo una reverencia ante Bastila en una parodia de sumisión que arrancó otra sonrisa a Mission.

– Como ordenéis, mi lady.

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Salieron de la cantina de la Ciudad Alta tras hablar con el mercenario mandaloriano sobre la posibilidad de huir de Taris con el Halcón de Ébano, la nave privada del señor del crimen, Davik Kang. La verdad es que resultaba sorprendente que justo cuando necesitaban salir del planeta, alguien les hablara de un plan para hacerlo. Bastila, sin embargo, lo achacaba a la "voluntad de la Fuerza".

Shaic se acercó a una esquina cercana, algo apartada de las calles principales de la ciudad, para tener un poco de intimidad cuando activó el holograma de Carth con un dispositivo que llevaba en la muñeca.

– Hemos hablado con Canderous – le informó Shaic a la holoimagen de su compañero –. Nos ha ofrecido ayuda para salir de Taris, pero para ello tenemos que entrar en la base Sith y conseguir los códigos de lanzamiento...

– Bueno, ya conseguiremos encontrar otra forma de salir de este planeta – dijo Carth, tajante, hasta que se dio cuenta de las miradas dubitativas de Shaic, Bastila y Mission –. Supongo que no estaréis pensando en hacer lo que ese mandaloriano dice... – la palabra "mandaloriano" sonó con un tono mucho más despectivo de lo habitual.

– Carth, puede ser nuestra única oportunidad de salir de aquí con el bloqueo de los Sith. Te recuerdo que están buscando a Bastila, y la cuarentena se mantendrá hasta que la encuentren – intentó convencerlo Shaic.

– No he detectado malas intenciones en el mercenario, Carth – se apresuró a decir Bastila antes de que Carth replicara nada –. Es extraño, pero creo que podemos confiar en él. Debemos hacerlo...

Carth bajó la vista y suspiró.

– Parece que ya lo tenéis todo decidido, ¿no? De acuerdo. Tú eres la comandante al mando, Bastila, así que obedeceré tus órdenes. Pero yo sigo oponiéndome a esto... ¿Quiénes vamos a ir a la base de los Sith?

– Yo creo que Shaic, tú y yo. Mission deberá quedarse fuera esta vez, y más gente llamaría demasiado la atención – dijo Bastila. Mission iba a replicar, pero Shaic la hizo callar con una mirada, dándole a entender que era mejor que lo discutieran después –. Reúnete con nosotros en la tienda de droides de Janice Nall.

– Allí estaré – se despidió Carth, obediente y respetuoso, pero seco.

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Shaic esperó en tensión a que la twi'lek de la recepción saliera corriendo de la base Sith, mientras la adrenalina propia del momento antes del comienzo del combate se iba apoderando de su cuerpo. Cuando Carth, Bastila y él estuvieron a solas en la entrada de la base, Shaic miró a su alrededor, preguntándose: "¿Y ahora qué?". Se acercó, con pasos suaves y pausados para evitar hacer demasiado ruido, al ordenador. Bien, la twi'lek lo había dejado abierto, pero era un sistema complejo. Iba a tener que usar muchas puntas informáticas para usarlo; a lo mejor ni siquiera tenía suficientes.

– La verdad es que Mission no nos habría venido mal... – comentó, pensativo.

– ¿Por qué? – inquirió Bastila.

– Mission es la persona con más habilidad informática que he visto. Podría colarse en este ordenador, acceder a todas las cámaras de seguridad y a mapas para saber dónde tenemos que buscar e incluso destruir enemigos silenciosamente mediante conductos eléctricos.

– Pero habría sido muy peligroso, Shaic. Tú nunca has combatido a un Sith, porque sino estarías muerto, pero te aseguro que si nos encontramos con alguno hay bastantes posibilidades de que no todos salgamos con vida.

Un... Sith. Estaban en medio de la base Sith de Taris, rodeados de artilugios, tecnología y recursos Sith que podían aprovechar para robar y estropear. Y rodeados de soldados Sith que, al igual que el comandante Saul Karath del que Carth le había estado hablando, estaban en el bando de Darth Malak por voluntad propia y no porque el Lado Oscuro les hubiera dominado. Eran despreciables, y estaban todos a unos cuantos metros, prácticamente al alcance de su espada. Y su espada vibraba deseando ser usada. Sobre todo ante la perspectiva de un Sith, uno de verdad.

– Bueno, en cualquier caso... – Shaic miró a sus dos compañeros con un brillo extrañamente siniestro en la mirada –. Esta base no es muy grande, ni un gran reto para nosotros. Creo que me gusta más la idea de registrar habitación por habitación hasta que encontremos los códigos, eliminando a todo aquel que se cruce con nosotros. Y no dejar ni un maldito Sith con vida.

Estaba teniendo pensamientos muy temerarios, sí, pero ardía de ganas por hacerlo, y no tenía muy claro por qué. Supuso que quería vengarse de toda la destrucción que los Sith causaban.

– ¿Cómo puedes decir eso? – inquirió Bastila, en parte horrorizada, en parte... no tanto, con lo que había dicho Shaic –. Nunca podré estar a favor del asesinato innecesario. Y si matar a esta gente, por mala que sea, se puede evitar, eso haremos.

– ¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

– Porque no está bien, porque no se puede. Porque va contra... – y entonces se dio cuenta de su error: ella era la única Jedi presente –... el Código.

– Pero nosotros no estamos regidos por ese "código" vuestro, Bastila. Nosotros no tenemos que intentar evitar caer en el Lado Oscuro ni que guiarnos por la filosofía Jedi. Somos soldados, y estamos en guerra.

Los argumentos de Shaic eran irrebatibles. Bastila tenía alguna otra razón para oponerse: sí que corría riesgo de caer al Lado Oscuro, y no sería la primera vez. Pero no podía decirlo.

– ¿Carth...? – preguntó a modo de súplica. Tenía miedo de que Carth opinara como Shaic, no solo por el riesgo que eso tenía para él, sino también porque sentía que era arriesgado para ella. Porque sentía en su interior un feroz deseo de hacer lo que Shaic proponía, y sabía que eso no significaba nada bueno.

Carth se había mantenido en silencio, escuchando con atención lo que ambos decían. Y no podía evitar estar de acuerdo con Shaic. Sus motivos, su odio a los Sith, era más personal, pero a fin de cuentas le pedía sangre.

– Lo siento, Bastila, pero estoy con Shaic. Aplastémoslos.

Shaic sonrió con satisfacción, pero al mirar a Bastila dudó.

– Aún podemos llamar a Mission y decirle que piratee el sistema – le dijo.

"¿Me vas a hacer tomar la decisión a mí?", preguntó Bastila mentalmente a Shaic, desesperada. "¿No te das cuenta de lo que aceptar algo así supone para una Jedi?". Pero después Bastila comprendió que no había otra forma, que aunque Shaic no hubiera hecho aquella pregunta, Bastila habría aceptado. Porque a fin de cuentas, ella era la comandante al mando en aquel momento, y si se hubiera negado desde un principio, aquello no se habría discutido más. Dependía de ella. Y no podía, o más bien no quería negarse.

– No – cedió Bastila –. Hagámoslo.

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Carth cerró los ojos y apoyó la cabeza en la pared, sentado en uno de los bancos de los apartamentos abandonados de Taris, ignorando el constante parloteo de Mission y los gruñidos incomprensibles de su amigo wookiee. Pensaba. Estaba harto de pensar, pero aun así lo hacía. Pensaba en los acontecimientos del día, en los planes, en las posibilidades de éxito. Acababa de regresar a los apartamentos, con la única compañía del astromecánico T3-M4, ya que Bastila y Shaic se habían ido a la cantina de Javyar a hablar con el mandaloriano. Dejándolo de lado. Otra vez. "Canderous siempre va solo", le habían dicho. Shaic era necesario porque es quien ganó la carrera de swoop, y Bastila podía ser importante si las cosas se complicaban, ya que era una Jedi. Pero si iban tantos, a Davik le podía extrañar, desmoronando todo el plan. Así que Carth se quedaba de lado, teniendo que limitarse a volver a los apartamentos y mirar el techo. Como cuando Shaic fue a la fiesta Sith, o cuando se empeñó en ser él el piloto de la swoop, o cuando fueron a hablar con el mandaloriano sin él. Carth odiaba que lo excluyeran de ese modo, odiaba no poder saber en primera persona qué estaba ocurriendo. Pero no le quedaba más remedio. Una Jedi, un soldado sospechoso y un mercenario mandaloriano, de ellos dependía para salir del planeta. Fantástico. Que Carth respetaba a Bastila, pero era una Jedi, y sabía que los Jedis en ocasiones eran capaces de sacrificar a una minoría en favor de bienes superiores, y no desechaba la posibilidad de que, en última instancia, los abandonara. De Ordo, qué decir, era un maldito mandaloriano, y Carth odiaba a los mandalorianos, por razones obvias. Luego estaba Shaic.

Por algún motivo, Carth no se fiaba de Shaic. No sabía muy bien a qué se debía. Quizá a que le parecieran tan mal sus sospechas. Pero, si lo pensaba, era lógico. Realmente, Carth no tenía motivos para desconfiar de Shaic, aunque sabía por experiencia que la gente a menudo traicionaba sin necesidad de motivos. Pero sabía que el modo en que lo trataba era injusto. Sí, había ciertos detalles sobre él que no le terminaban de cuadrar, pero no eran más que nimiedades. En realidad, si lo pensaba, se alegraba de haber tenido a Shaic a su lado durante la estancia en Taris. Tenía que reconocer que su compañero se había esforzado mucho por encontrar a Bastila, y tenía que reconocer también, aunque a regañadientes, que se sentía a gusto a su lado. De algún modo, sin apenas hablar y con una relación forjada a base de sospechas, recelos y peleas verbales, se compenetraba bien, tanto en la acción como en ideología. Por ejemplo, cuando Bastila se ponía irracional y empezaba a tratarlos con superioridad, ellos la rebatían simultáneamente por acuerdo tácito y la acababan dejando sin argumentos. Y aquello le gustaba.

Aun así, a Carth le costaba mucho confiar en Shaic. Pero al menos admitía que tenía que ver en gran parte con sus problemas para confiar, y que Shaic no tenía necesariamente la culpa. Pero que lo dejaran de lado en situaciones tan cruciales como aquella tampoco ayudaba mucho.

Carth sacudió la cabeza, intentando dejar de pensar, pero era difícil. Alzó la vista hacia el techo. Sabía que allí arriba, en algún lugar cercano, se encontraba el Leviatán junto a las otras naves del bloqueo sith. Sabía quién se encontraba en su interior. Llevaba sintiendo la fuerte opresión de la cercanía de Saul Karath desde que la Espiral Endar fue atacada, y le carcomía por dentro de forma constante. Después de todo este tiempo, estaba tan cerca... Si tan solo pudiera... No, no podía, y lo sabía. Quizá Karath estaba cerca, pero seguía resultándole tan inaccesible como siempre. Lo único que podía hacer era intentar escapar de Taris, volver a poner mundos de por medio y esperar a que, en otra ocasión, con suerte, los eventos girasen de modo que pudiese volver a encontrarse con él. Decaído, bajó la vista.

Lo único que podía hacer era maldecir. Y esperar.


Nota: Quería aprovechar este espacio para agradecer el apoyo y las opiniones de mi primer y hasta la fecha único reviewer, aunque ya lo haya hecho por mensaje privado. Especialmente sus llamadas de atención sobre las dudas de Shaic y la quizá excesiva pasividad con la que he tratado a Carth en los capítulos anteriores. MeldonElraenhie, este último fragmento de Carth lo he escrito tras leer tu review, y te lo dedico a ti ^^ Por lo demás, no hay mucho que decir, y no me quiero enrollar que voy a ver si me da tiempo de subir otro capítulo. Opinad, no os cortéis