¡Brummm! El sonido de los proyectiles al estrellarse contra edificios hacía vibrar a la ciudad de Taris en su totalidad. Había muchos más ruidos: Pequeñas naves que alzándose, desesperadas por salir de aquel infierno, que eran derribadas; construcciones ardiendo ferozmente, en las que el fuerte viento avivaba las llamas hasta que alcanzaban dimensiones aterradoras; gente gritando de terror o tratando de encontrar a sus familiares en medio de una caótica multitud de humanos, alienígenas, partes de edificios y monumentos caídos, sangre, gas y polvo... Pero todos esos ruidos quedaban acallados automáticamente con el horrible estruendo de las explosiones que estaban destruyendo el planeta.

De uno de los edificios que todavía se mantenían en pie, debido especialmente a los caros y resistentes materiales con que estaba construido, salió una nave no muy grande, plana y delgada, con forma circular. Se bamboleaba suavemente y viraba para evitar los proyectiles, y si hubiera alguien que no estuviera demasiado preocupado por su propia supervivencia y hubiera prestado atención a los movimientos de la nave, habría alabado la increíble precisión del piloto de esta. A pesar de sus habilidades, la nave estuvo dos veces a punto de ser abatida.

En su interior se libraba otra batalla que, aunque a menor escala, era igual de violenta. Un mandaloriano de aspecto peligroso, pelo corto y claro y piel curtida de cicatrices gritaba al piloto que alzara el vuelo y se fuera del planeta, y amenazaba con acribillarlo a balas si no lo hacía. Una padawan Jedi Centinela estaba entre ambos, con su sable de luz doble activado de forma imponente y tratando de tranquilizar al mandaloriano de forma pacífica.

– No pienso abandonarlos – mascullaba Shaic, malhumorado, tratando de concentrarse en mantener la nave de una pieza y evitando levantarse y propinarle un fuerte puñetazo al maldito mandaloriano –. Nada que hagas o digas me impedirá tratar de salvar a Carth y a Mission, Ordo, así que ahórratelo.

– ¿Ah, sí? – Canderous tampoco estaba precisamente de buen humor –. ¿Qué tal si te mato y me encargo yo de salir de aquí? – amenazó mientras amartillaba su rifle, dispuesto a agujerear a Shaic.

– Nadie va a matar a nadie, Canderous – le respondió Bastila, situándose entre él y Shaic y manteniendo un tono pausado de aparente serenidad –. Tranquilízate y baja el arma. Si no despistas a Shaic, recogeremos a nuestros compañeros y podremos escapar de Taris antes.

– Apártate de mi camino, niña, o te juro que no tengo ningún escrúpulo a la hora de matar a un Jedi. No serías la primera, ni tampoco la última.

Bastila alzó su sable y adoptó una posición defensiva. Canderous disparó, y Bastila evitó la bala con el plasma de su sable. Diciéndose a sí misma que no podía hacer nada por evitar el combate, atacó a Canderous, lo desarmó y lo inmovilizó. Después se lo llevó, ignorando sus gruñidos, al área de retención de la nave.

Shaic suspiró, aliviado de que se callaran, y se centró en llegar hasta los apartamentos de Taris Sur. Sus compañeros esperaban en la calle, fuera del derrumbado bloque de apartamentos, resguardados tras un montón de escombros. Mission estaba abrazada con fuerza a Zaalbar mientras Carth trataba frenéticamente de contactar con Shaic o Bastila a través de su comunicador. T3-M4 revoloteaba a su alrededor emitiendo soniditos nerviosos.

La nave aterrizó y Shaic salió de ella, indicándoles por señas que subieran. Ninguno lo cuestionó. Una vez todos estuvieron dentro y Shaic intentaba volver a alzar el vuelo, Mission no se pudo contener más.

– ¿Qué está pasando? ¿Por qué hacen esto los Sith? ¿Dónde vamos ahora? – estalló, atropellándose con las palabras, muy alterada.

– No lo sé, Mission – Shaic se veía obligado a hablar despacio, pues entre palabra y palabra tenía que concentrarse en pilotar –. No sé qué está pasando, pero no nos podemos quedar a averiguarlo.

– ¿Qué? ¿Nos vamos de Taris? Pero... Gadon, los Beks, los proscritos... ¡Tenemos que ayudarlos!

– No podemos hacer nada por ellos. Lo siento.

– ¿Vamos a abandonarlos?

Un edificio cercano saltó por los aires, y la explosión hizo que el Halcón de Ébano se balanceara bruscamente. Carth, comprendiendo la gravedad de la situación, cogió a Mission de la mano y se la llevó a otra habitación para intentar calmarla y dejar que Shaic intentara sacarlos de esta.

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Shaic estaba en la torreta izquierda del Halcón de Ébano, disparando con unos increíbles reflejos a cualquier nave Sith que se acercaba, para evitar que destruyeran su recién robada nave antes de que Bastila pudiera fijar las coordenadas de Dantooine y saltar al Hiperespacio.

A pesar de que rara vez erraba de su objetivo, Shaic apenas le prestaba atención a lo que estaba haciendo. Disparaba casi sin fijarse, con la vista perdida más allá de las naves que lo atacaban, en la ahora lejana capital del pequeño planeta de Taris. La ciudad en la que habían pasado los últimos días estaba siendo reducida a cenizas por un simple capricho del Señor Oscuro, a quien no le importaba sacrificar miles, millones de vidas inocentes, incluyendo a sus propios sirvientes, para evitar que Bastila saliera de ella.

Sintió que le invadía un gran odio hacia Malak, odio que solo estaba creciendo pues ya lo sentía antes de aquello. ¿Qué clase de monstruo, por muy Sith que fuera, era capaz de hacer algo así? Tanta destrucción y muerte gratuitas, tanto sufrimiento... le ponían enfermo. No podía olvidar la mirada perdida que le había dirigido Mission un momento antes, en el centro de control del Halcón de Ébano, al ver el planeta en el que había pasado casi toda su vida siendo bombardeado y destruido.

"Malak pagará por lo que ha hecho", le había dicho entonces Shaic a Mission, con una seguridad que ahora lo sorprendía. ¿Cómo iba a hacer él que alguien tan poderoso como Malak pagara por nada? Pero fuera como fuera, seguía sintiendo la misma determinación que cuando dijo aquello. "Malak pagará por lo que ha hecho", volvió a repetirse mentalmente, canalizando el horror que sentía ante la escena que aparecía ante sus ojos a través de odio hacia Malak y los Sith.

Shaic cerró los ojos para tratar de serenarse y no hundirse con la fría e incómoda sensación de que la culpa de la destrucción de ese planeta era suya, de Bastila y suya.

Justo en ese momento, Bastila, con una determinación de hierro, valiéndose de su entrenamiento para que, al menos aparentemente, la destrucción de Taris no la afectara, terminó de fijar las coordenadas de Dantooine.

Las estrellas se convirtieron en pequeñas líneas conforme la nave tomaba la velocidad de la luz para el salto al Hiperespacio, y después, todo se volvió oscuro. Estaban a salvo, pensó Bastila al recostarse levemente sobre la silla y relajar la tensión. Pronto estarían en el enclave. Los Maestros sabrían qué hacer a continuación.

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Los estruendos cesaron con la explosión de la última nave atacante. El Halcón de Ébano había derribado a sus enemigos. Estaban a salvo y huían, a punto de saltar al hiperespacio, rumbo a Dantooine. Mission había mantenido los ojos clavados todo el rato en la lejana capital de Taris, observando con impotencia cómo todo su mundo era reducido a cenizas. Todo lo que ella había conocido y ocasionalmente llegado a apreciar había, simplemente, dejado de existir. La idea era abrumadora, era inabarcable. Todas las personas que había conocido, a excepción de su hermano y Zaalbar, estaban muertas. No podía asumirlo, lo intentaba pero no podía. Y cuanto más se hacía a la idea, menos lo soportaba. Era demasiado.

La velocidad aumentó hasta límites insospechados. Probablemente, en otra ocasión, Mission estaría emocionada ante la perspectiva de viajar en una nave tan rápida como aquella, algo que nunca había hecho, pero en aquel momento le dio igual. Se quedó asomada a la ventana unos instantes más mientras las estrellas pasaban a tanta velocidad a su lado que se convertían en alargadas líneas blancas hasta que saltaron al hiperespacio. Decaída y sin fuerzas, Mission se acercó a la litera más cercana con pasos lentos y torpes para finalmente sentarse sobre ella. Se quedó mirando con intensidad a un punto indefinido de la pared contraria de la habitación, esforzándose por no pensar más en Taris, tratando de contener los sentimientos que amenazaban con desbordarse. Trató de adoptar una postura tranquila y relajada pero sus músculos estaban en tensión y se clavaba las uñas en las piernas, haciendo pequeños movimientos crispados con sus nerviosos dedos azules.

Transcurrió un tiempo indefinido, que pudieron ser unos minutos o varias horas, hasta que la puerta se abrió y por ella entró Shaic. Mission giró la cabeza y lo miró pero tardó unos segundos en volver a la realidad y darse cuenta de lo que estaba viendo. Cuando lo hizo y comprendió que Shaic estaba ahí, intentó actuar con normalidad y le dedicó un intento de sonrisa como saludo. Shaic se acercó a la litera en la que estaba, mirándola con preocupación. A lo mejor en otra situación Mission se habría hecho la fuerte y se habría ofendido de que la trataran como si fuera frágil, pero en aquel momento su actitud habitual de intentar demostrar a los demás que sabía valerse por sí misma no parecía tener ningún sentido ante la magnitud de lo que acababa de vivir y contemplar, así que se limitó a esperar a que Shaic llegara a su altura.

Él la miraba, pero parecía que no sabía muy bien qué decir. Pero estaba allí para apoyarla, y solo con su presencia y su mirada cargada de cariño ya la hacía sentir mucho mejor. Mission se puso de pie para poder mirar de frente a Shaic y, tras un momento de duda, se abrazó a él. Temió que la rechazara, pues lo conocía desde hacía tres días y no sabía si le iba a molestar, pero no pudo contenerse. Cuando él le devolvió el abrazo y la apretó con fuerza, Mission se permitió llorar.

Shaic esperó pacientemente a que Mission se desahogara, y él también se sintió algo reconfortado con el abrazo, ya que Mission no era la única que había quedado devastada por la destrucción del planeta. En realidad se estaban dando apoyo mutuo. Cuando Mission se separó de él, Shaic le volvió a decir, serio y decidido:

– Malak pagará por lo que ha hecho, Mission.

Mission no creía en la venganza. Era algo que nunca había tenido sentido para ella, una pérdida de tiempo. Y probablemente, si le hubiera dicho eso unos días después, cuando no hubiera tenido la destrucción de Taris tan presente, a Mission no le habría reconfortado. Pero en aquel momento podía seguir oyendo en su cabeza los gritos desesperados de la gente de Taris que intentaba salvarse de la lluvia de proyectiles y bombas, cerraba los ojos y veía a las naves de guerra Sith bombardear el planeta. En aquel preciso momento, Mission sintió un fuerte deseo de estar frente a Malak, y hacérselo pagar. Era una idea disparatada, y sabía que más adelante no iba a pensar como ahora, pero por el momento se limitó a asentir con seriedad a la afirmación de Shaic.

– No te preocupes, no me voy a hundir – le dijo –. Haré todo lo posible por acabar con ese sapo fangoso. Puedes contar conmigo – sonrió levemente, y esta vez su sonrisa tenía algo de verdadera.

Shaic respondió con una falsa pero creíble sonrisa. Mission parecía estar mucho mejor ahora, como si el simple hecho de haber podido hablar con otra persona la hubiera hecho recuperar su resolución y entereza habituales. Sin embargo, toda esta resolución procedía de la intención de combatir a Malak y a los Sith. Dentro de unas horas, tal vez unos días, estaría mejor, pero si ahora le decía que ella no podía acompañarlo, solo iba a lograr que se volviera a hundir.

Tenía que seguir haciéndole creer que seguirían siendo compañeros y que irían de aventuras por toda la galaxia. No podía hacerle más daño, no era capaz tras ver su agradecida y triste sonrisa.


Nota: Con esto y un bizcocho se acabó Taris. Lamento avisar que tardaré un tiempo en subir capítulos, porque estoy hasta arriba de exámenes, así que como mínimo quería dejar finalizado este planeta. Próximamente... ¡Dantooine! Ya que tardaré un tiempo en actualizar, en esta nota haré especial énfasis. Por favor por favor por favor por favor comentad! Comentad cualquier cosa que se os ocurra según leéis. Por favor. Lo necesito xD Be happy my friends, and may the Force be with you