Título: Refranero Hetaliano.
Categoría: Colección de One-shots.
Autora: Naa-chan (Mundo Yaoi), Kira KuroNeko (Amor Yaoi) y Kira KuroNeko666 (FanFiction). Esto es para que sepan que NO es plagio, sino que lo publicaré en otros foros.
Fandom: Hetalia.
Clasificación: T.
Género: Drama y romance.
Resumen: #2: "A la cama no te irás sin saber una cosa más", y eso fue lo que le pasó a cierta húngara que no se esperaba semejante escena. [Significado de este refrán: "Cada día se aprende algo nuevo."]
Advertencias: Yaoi, chico x chico, así que si no gustas del género lárgate por dónde has venido (Es por tu bien, pequeña mente inocente). Mención de la teoría de que SIR = Alemania (?) -no sé si se puede tomar eso como una advertencia-, y una fujoshi con problemas de autocontrol.
Disclaimer: Así es, si estamos en el año 3.000 y los hipsters nos dominan con sus naves de Apple, entonces sí me pertenece Hetalia. Sino pues, soy una simple personita que escribe sobre este fandom .-.
Y aquí con el siguiente One-shot. Yeah, he intentado actualizar lo más pronto posible, y es la primera vez que logro cumplir mi cometido. Me siento realizada como escritora… (?) Y esta vez es un PruAus, de mis parejas favoritas que es tan poco valorada aquí en FanFiction. En fin, aquí el One-shot.
Viena, la ciudad de la música, se veía más bella que nunca inmersa en aquel mutismo sobrenatural. Pero poco a poco, fue roto por el repiqueteo de unas teclas de piano que la sumieron bajo aquel influjo que aquel concierto improvisado ejercía sobre ella. Se alzaba allí en medio de la plaza de los Héroes aquel instrumento de ébano, al lado de la estatua del que había sido Carlos de Austria, a lomos de su enorme caballo.
La gente poco a poco comenzó a aparecer a un ritmo desmesurado conforme la melodía iba creciendo de intensidad. Se arremolinaron en torno a aquel austriaco de porte elegante, como ovejas siguiendo a su pastor.
Roderich, mientras tanto, tanteaba las teclas de aquel instrumento con precisión pese a tener los ojos cerrados; disfrutando de aquel momento de armonía. Agudizó sus sentidos, escuchando así las exclamaciones de asombro de algunos ancianos y las risas alegres de los niños que jugaban por allí y se habían detenido a escucharle.
Esbozó una sonrisa interna; todo estaba en absoluta calma…
O eso parecía.
Una de esas risotadas infantiles comenzó a oírse con voz rasposa, seguido de un "¡Señorito!" que bien conocía el austriaco allí sentado. Clavó sus finos dedos en el piano, logrando que las cuerdas de éste se tensaran y dejaran escapar un sonido grave y brusco al oído.
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Unas fuertes manos lo movían con delicadeza, como queriendo despertar a una bestia que llevaba dormida muchos años pero sin que no te matara en el intento -aunque conociendo al austriaco y su mal humor, él sería peor incluso que una bestia-.
Abrió lentamente sus ojos, volviendo su vista borrosa a un punto blanco delante suya con dos manchas rojas que le observaban fijamente. Se incorporó en aquella incómoda banqueta e intentó encontrar sus gafas, pero parecían como si cobraran vida y hubieran decidido huir de su rostro.
En cambio, aquella mota blanca frente a él le acomodó sus lentes con delicadeza, comenzando a tomar forma. Una sonrisa arrogante fue lo primero que sus orbes amatistas vislumbraron, haciéndosele bastante conocida. Aquellos rubíes de color sangre que eran los ojos de aquel desconocido lo hicieron reconocerle al instante, junto a aquellos cabellos níveos; eran parte del borrón que había distinguido como Gilbert…
Espera, ¿qué demonios hacía el pruso ahí, mirándole? Y espera de nuevo -realmente no sabía a quién le decía eso, ya que se encontraba solo en la mansión a excepción de él y Prusia-, ¿por qué le miraba con… devoción?
Tal y cómo lo había pensado, el de ojos carmesíes y sonrisa sarcástica le observaba con la mano apoyada en la tapa de su amado piano, y a su vez con el rostro descansado en la palma de su mano. El austriaco alzó una ceja, manteniendo aquel duelo de miradas con la antigua nación. Así es, porque Prusia ya no era Prusia, había quedado al cargo de su hermano Alemania, quien le había devuelto el favor luego de haber sido rescatado por el mismo Gilbert cuándo perdió la memoria como antiguo Sacro Imperio Romano.
Y era gracias a Ludwig que él, Gilbert Beilschmidt, seguía vivo. Y Roderich se sentía agradecido en todos los sentidos al alemán por salvarle la vida.
Porque él mismo, la noche antes de la disolución de Prusia, había intentado confesarle sus sentimientos al mismo pruso; con miedo de que no tener la certeza de poder verle al día siguiente. Y así fue como aquel fatídico 20 de mayo de 1947, como Roderich Edelstein había llorado por aquella nación a la que se consideraba su némesis desde tiempos inmemorables, su contraparte; que así como así había desaparecido de la nada.
Él, un aristócrata de modales refinados y delicado gusto, se había enamorado de alguien egocéntrico, altanero y arrogante. Ni él mismo lo comprendía en verdad, pero en eso consistía esa cosa llamada "amor".
─Al fin despiertas, señorito.─habló el pruso, inclinándose demasiado cerca suyo para su gusto, mientras el nombrado suspiraba.
Elizaveta sí que comprendía aquel tipo de cosas -pese a ser una "marimacha" como la denominaba Gilbert- y si estuviera allí seguro que podría ayudarle en ese tipo de cosas. Y era en momentos como ese en los que el aristócrata se sentía como una adolescente enamorada en sus días de instituto. Completamente como un idiota inexperto frente a los problemas del corazón.
Elevó la vista hacia el mayor de los Beilschmidt, quien le seguía mirando con aquel destello de altanería en sus ojos. Luego recordó lo dicho por él, abriendo los ojos sorprendido. Miró el lugar en el que se encontraba, asombrándose al notar que en efecto, se había quedado dormido mientras tocaba una de sus tantas melodías.
Se sonrojó levemente frunciendo el ceño al notar cómo había perdido la compostura de manera tan patética ante él; se supone que debía de estar siempre perfecto ante cualquier visita. Pero sólo el pruso podía pillarle siempre desprevenido y sacarle de sus casillas de semejante manera.
─ ¿Sabes? ─susurró Gilbert cerca de su oído. ─Se me hace raro verte así de… desaliñado. ─exclamó, a la par que desabrochaba aquel pañuelo que rodeaba su cuello con lentitud y aspiraba aquel aroma fino de su cuello.
Austria en ese momento sentía como si hubiera vuelto a aquellos viejos tiempos en los que huía de aquella nación dominante como presa y cazador, aquel que se había aliado con los idiotas de su ex marido y el depravado francés sólo para quitarle Silesia. Igual de indefenso, y esta vez sin que Hungría pudiera acudir a su rescate con alguna sartén que nadie sabría nunca de dónde demonios habría salido.
─Pero eso no signifique que no me guste esa faceta tuya ~.─concluyó, comenzando a besar su nuca con lentitud, lamiendo toda la extensión con esa sonrisa que comenzaba a tornarse lasciva con el paso de los segundos.
Roderich no pudo reprimir un jadeo de placer al notar aquella nueva sensación para él, recorriendo su cuello hasta llegar a la punta de sus expertos dedos. Se encontraba en una especie de éxtasis del que no quería salir.
Pero, ¿y si aquello sólo era un juego para aquel miembro del Bad Friends Trio?
Le separó por los hombros, con el ceño fruncido y Mariazell más sobresaliente que de costumbre de su castaño cabello. Las gafas que Gilbert le había colocado con tanto esmero en sus ojos ahora se encontraban torcidas en el puente de su nariz.
─"¿Qué demonios cree que hace?"─fueron las palabras que se repetían una y otra vez en la cabeza del moreno.
Pasó sus brazos por sus hombros con algo de timidez, rozando sus labios con los contrarios y cerrando los ojos, algo vergonzoso por lo "poco ético" que estaba a punto de hacer. Mejor dicho, de lo que estaba haciendo ahora mismo.
Se sorprendió mucho al notar cómo Gilbert convertía aquel simple roce en un beso feroz, juntando ambas lenguas y tumbándole sobre el piano.
─Je. ─rió el mayor de ambos, lamiendo los labios del señorito sin pudor alguno. ─No pensé que te rendirías tan fácilmente ante los encantos de Ore-sama. ─continuó con aquel juego, mordiendo sus labios con suavidad.
─ ¡Ko-Kono Obaka-san! ─exclamó al notar aquel gesto obsceno en sus labios, sonrojándose con fuerza y frunciendo el ceño de manera graciosa.
─Si te encanta, Rode ~.─delineó su cuello con la punta de su nariz, para luego susurrar esto último en su oreja de manera sensual. Le gustaba demasiado provocar al austriaco y comprobar sus reacciones, sin duda le gustaba mucho más incluso que fastidiarle como solía hacer muy a menudo.
El ruído de la puerta les sorprendió a ambos, que se giraron a la vez que escuchaban un gritito ahogado que bien ambos conocían.
─ ¿¡Elizaveta!? ─exclamó el austriaco, deseando que la tierra se lo tragara ahí mismo.
─ ¡Marimacha! ─dijo a la par que Roderich, con el ceño fruncido debido a su repentina aparición y por haber sido "interrumpido" justo cuando estaba a punto de invadir sus regiones vitales -o eso es lo que diría en su caso cierto amigo pervertido francés-.
La nombrada, ignorando el vulgar comentario del pruso, cerró la puerta lentamente fijando su vista en el suelo con cara de póker.
Luego de caminar algún rato hacia ninguna parte, la húngara alzó sus manos al cielo y se arrodilló en el suelo de manera dramática, cerciorándose de que nadie rondaba por ahí cerca.
─ ¿¡Por qué Rode no me dijo que sale con Gilbo!? ─gritó agarrándose de los pelos con furia. ─Somos amigos desde hace años, incluso estuvimos casados así que, ¿¡por qué no me dijo que iba a hacer Yaoi con el idiota de Prussia!? Me hubiera gustado verlo...─murmuró, enjuagándose las falsas lágrimas.
Mientras tanto, el aristócrata se quedó estático en su sitio, con el pelo despeinado y la respiración agitada. Entretanto, Gilbert le miró con un brillo de picardía escondido en sus ojos escarlatas, siguiendo con su tarea de poseer al austriaco.
Mientras tanto, Elizaveta seguía en el suelo, pensando en lo qué había podido ocurrir en aquellas cuatro paredes sin su presencia.
─Para la próxima dejo una cámara…─pensó para sus adentros, desapareciendo de allí a una velocidad extraordinaria, dispuesto a contarle detalle por detalle todo aquello a su amigo japonés.
