Disclaimer. Nada de lo que puedas reconocer me pertenece.
Advertencia. Relaciones hombre/hombre.
Invencibles.
II.
Al caminar, Alice parecía que bailaba. Como la de aquella mañana, llevaba una sonrisa que no le cabía en el rostro y era el ejemplo ideal de la felicidad suprema. Por detrás caminaba Frank, con las manos enfundadas en los bolsillos de sus pantalones, comentando algo del malgenio de su madre por las mañanas. Y Lily. Como si Satanás le besara los pasos, Lily.
–Venga, ¿podemos ir un poco más rápido?
– ¿Y eso? –preguntó Frank, echándole una de esas miradas brillantes que dicen sí, yo también quiero irme, pero ya sabes cómo es esto, que solían intercambiar mucho en sus épocas de estudiantes.
–Tengo frío –respondió con una sonrisita. Tenía la nariz colorada y las mejillas pálidas, y hacía un frío húmedo que la estaba matando. Definitivamente era eso y nada que incluyera en sus prisas el pelo revuelto y los ojos grandes de James Potter fijos en ella entre tanto mundo para ver. Ella, justo ella.
– ¿Segura que es eso? ¿Vieron cómo se quedó James allí parado? –inquirió Alice. Hacía quince minutos que no dejaba de hablar de James Potter. Todo empezó con un simple e inocente ¡James Potter es el buscador! y acabó desbaratándose en una lista interminable de las hazañas y proezas del grandioso James Potter y su corta carrera. James esto, James lo otro y si Lily volvía a oír el nombre de James Potter iba a enloquecer.
–Totalmente segura –concluyó, sujetándole la mano y tirando de su amiga. Probablemente acabarían en el Caldero Chorreante limpiando los cubiertos con servilletas de papel antes de usarlos, chocando jarras con cerveza de manteca y riéndose un buen rato, rememorando buenos y viejos tiempos. La acompañarían a casa, se besarían cuando creyeran que Lily no los miraba. No como cuando estaban en Hogwarts, se besarían como novios, riéndose en la boca del otro, mirándose, como dos personas que se conocen y se besan desde el saber.
Su noche desbaratada por una mano en su hombro, quién lo iba a decir. Cuando la tocaron se dio vuelta de inmediato, sobresaltada. James Potter jadeaba y la gente estaba armando todo un escándalo porque el nuevo buscador estaba allí.
Era demasiado para Lily.
–Lily –dijo. Nunca fue como si la elocuencia ilimitada de James Potter mereciera un premio, la verdad.
–James –dijo ella, intentando sonar casual. Le tembló la voz y él sonrió como el que más. Haciendo del tiempo un bollo de papel que arrojar en el cesto de basura con la varita, siempre presumiendo, James seguía tan desgarbado en las maneras como siempre. Le guiñó un ojo con esa picardía que lleva su nombre y que ahora dice todavía me llamas James y ya no es Potter.
–Tan guapa como siempre.
–Tan arrogante como siempre.
Había pasado por lo menos un año y todo seguía igual que antes, como si en cualquier momento fuera a aparecer Snape y James pudiera silbar un Snivellus, tan rápido y cargado de desprecio similar al vértigo ante el abismo y la angustia ante la nada; como si McGonagall pudiera doblar en aquella esquina con su rodete ajustado, estricto, rígido, sus finos labios apretados, su túnica larga y pulcra, los lentes tras los que se escondía una mirada inteligente. Hogwarts. Un año y James en cualquier momento se despeinaría el cabello, le regalaría una sonrisa sesgada y le diría que arrogante y todo siempre te he gustado, sin creérselo él siquiera, ven y te mostraré cuán arrogante puedo llegar a ser, y casi enseguida, ni lento ni perezoso, la invitaría a cenar; y ella abriría la boca, protestaría anonadada, refunfuñaría su nombre como masticándolo y sin saber cómo o por qué, aceptaría. No diría sí, fuerte y claro, pero de alguna manera Alice y Frank se irían sin saludarla, pretendiendo no ser vistos, y James clavaría de nuevo sus ojos en ella. En algún momento Lily se frotaría las manos, incómoda, las enfundaría en sus bolsillos y refunfuñaría algo respecto del frío. James sonreiría desde la comisura de los labios, cabecearía, prometo que será un lugar cálido. Ese sería el primer error. Un paso, dos. Tres. Cuatro. Irreversible.
…
– ¿Ustedes creen que James viera a Evans? –inquirió Peter, flexionando las piernas debajo de la mesa, ejercitando los dedos y mirando con un deleite infinito la perfección circular con mozzarella que es la pizza antes que Sirius ponga sus manos rápidas y ávidas de alimento sobre ella.
– ¿Y por qué sino iba a estancarse en el aire con cara de bobo? –respondió Sirius de mala gana, haciendo girar su jarra con la yema de los dedos. Tenía cara de aburrimiento y un humor pesado y oscuro que sólo los años y la experiencia hacían tolerable. –Prepárense para la tormenta Evans otra vez.
–Esto ya no es Hogwarts–dijo Remus, preguntándose por qué todos miraban la pizza con ganas de comer y nadie hacía nada. Esa sería la primera vez que se acontecía semejante anomalía en sus vidas, porque el lema decía claramente atacar, comer y luego preguntar, y también el otro, ese que decía como, luego existo. Una regla que siempre acataban gustosos, un acuerdo tácito de complicidades e indiferencias. –Lily ha cambiado, James ha cambiado.
–Alice ha cambiado –comentó Peter – ¿No vieron lo guapa que estaba?
–Venga, Colagusano, es la chica de Frank.
–Estábamos bien sin Evans, ya saben –refunfuñó Sirius, receloso. –O no. Miren cómo han acabado los Merodeadores. En serio, ¿pizza y cerveza y a dormir? –arqueó una ceja, agarró una aceituna mirando en alguna otra dirección y cuando apuró la cerveza poniéndose de pie simultáneamente, Remus reconoció lo que de broma solían llamar patrón de conquista. Durante las próximas horas, Sirius estaría ligando con aquella morena de allá y ellos tendrían que contentarse con comentar el partido y paladear el gusto amargo de la derrota.
Al cabo Peter bostezaría, Remus debería cambiar de postura para no entumecerse y los dos se mirarían con cara de aburrimiento, porque no es como si tuvieran mucho para decirse después de pasar juntos todas las mañanas, algunas tardes y pocas noches.
Pagarían entre los dos, entre juramentos que saben a Sirius y hablarían de lo capullo que puede ser cuando quiere (y cuando no se da cuenta). Saldrían al frío de la noche, que no es poco, y caminarían juntos hasta la avenida iluminada. Los autos serían sombras fugaces y ellos se despedirían sin mucha gloria con un nos vemos mañana, triste y cansado.
Peter se iría por la izquierda, Remus por la derecha y así por la vida y las aceras más grises de una ciudad que por la noche es obscena, árida y desinhibida de su desnudes. Haría dos cuadras con las manos enfundadas en los bolsillos y el cuello pegado a más no poder contra los hombros, y en un paso desafinado oiría el eco de otros pasos, unos que van presurosos, que le son ajenos. Se afianzaría a su varita, sólo por si las dudas, porque últimamente se leen cosas terribles en El Profeta, diario polémico si los hay, e intentaría seguir su camino como hasta entonces, procurando ser disimulado al intentar ver por sobre su hombro. No lo conseguiría. Ni el disimulo ni ver por encima de su hombro.
No se detendría en la esquina antes de cruzar la calle, se adentraría en la oscuridad sucia de un callejón, incluso sabiendo que lo más razonable (pero no lo más cauto) sería doblar allí mismo y retornar a la avenida, calles arriba.
Oyó cómo los pasos se aceleraban y así su corazón. Respiraba distinto, como si el aliento blanco que se pierde sostenido en el aire fuera más denso o más pausado, sintiendo –por poco– la adrenalina en sangre.
Cuando su perseguidor lo sujetara por el hombro y lo diera vuelta, ya estaría preparado. Le apuntaría directamente con la varita. En el cuello, en la cara, en el pecho, en la cabeza. No importaba.
Fue todo muy rápido. Su agresor lo sujetó por los hombros como si ya hubiera repetido una infinidad de veces la misma secuencia, y sus pasos obligaron a Remus a moverse, a acercarse más contra un paredón. En todo ese tiempo de desconcierto, que no duró más de unos segundos, Remus no pudo verle bien la cara. Todo era difuso, su corazón latía desbocado, sus ojos veían con más atención cada luz incandescente de la noche y el pánico lo había tomado desprevenido, aunque supiera exactamente qué hacer con él.
– ¡Eh, Lunático, no me mates! –refunfuñó Sirius. Cínico. Tenía ambas manos sobre los hombros de Lunático, y a su vez, Remus estaba clavándole la punta de su varita en la cabeza.
Poco a poco bajó la guardia, dejando caer sus brazos a los lados, y como si no hubiera pasado nada, como si esa escena no se hubiera precedido, Sirius le besó en la boca, pegándose al cuerpo delgado de un Remus agitado.
Entre beso y beso, Sirius le dijo con ese tono que usa cuando Remus le insta a ordenar el departamento, empezando por el desfile de sus calzoncillos en la sala, que ¿por qué no me esperaste, Lunático?, queriendo decir algo semejante a estos tiempos y te vas solo, ¡eres un genio!, pero sin decirlo, porque esas son cosas que una persona como Sirius Black –con una reputación, canalla por oficio y devoción– no dice nunca. Y se besaron, pegados, ellos contra el frío, se besaron como tantas otras veces, sin darse tiempo a respirar, armando guerras brutales en la boca del otro, haciendo de un beso una batalla de dominio y de poder, sin caricias de por medio, con hambre del otro. Uno de esos besos donde todo es lengua y ojos cerrados por descuido pero nunca por convicción, y manos. Manos por todos lados, metiéndose en sitios que a otras personas les daría pudor siquiera pensar, estremeciéndose cuando el tacto helado de las manos del otro se paseen por la piel caliente de uno.
Ya curado de espanto, Remus suspiró con Sirius apropiándose de su cuello y miró la pared de enfrente, adoptando un aire taciturno que antes no tenía.
…
–No puedo creer que exista –dijo Lily, olvidándose por un momento de guardar las apariencias y dejándose deslumbrar por un millar de luces pequeñas y amarillas, como las que adornan los árboles de Navidad, pero en una vidriera que daba lugar a un sitio acogedor donde si los hay.
–Eso fue lo primero que pensé cuando lo vi –sonrió James, relajando los hombros y dejando caer la cabeza de modo tal que el cabello le cubriera los ojos y las orejas heladas. Todavía tenía las manos en los bolsillos de los pantalones y parecía mucho más desgarbado.
– ¿Y lo segundo? –preguntó Lily, frotándose las manos. Parecían dos tontos allí detenidos, en la esquina junto a la señalización de la calle, muertos de frío y deleitándose con la simple imagen de un restaurante caro y vidriado donde los comensales reían y bebían vinos de etiqueta, actores de una comedia romántica de esas que Lily solía mirar cuando trasnochaba junto a su madre, de las que dejaban a Alice alucinando.
– ¿En serio quieres saber? –preguntó James, no con una de esas sonrisitas que se le escapan cuando va a decir una guarrada, como si no pudiera contenerse y anticiparse del futuro, como si la simple idea de la transgresión bastara para hacerlo feliz y autosuficiente. Lily asintió con la cabeza, desprevenida por ese tono grave y esa seriedad momentánea. –Me gustaría que Lily estuviera aquí.
Tragó en seco. Sin saber qué decir por primera vez, Lily Evans tragó en seco, no supo cómo responder a James Potter, quien tampoco esperaba una respuesta. Carraspeó un momento y se miraron, no como si el amor más cursi brotara a borbotones iluminando el mundo, más bien como preguntándose qué hacer ahora.
James fue el primero en empezar a caminar en dirección contraria a ese restaurante que solían idealizar en Hogwarts, ese que no sabían que existía y podían sin embargo describir con palabras que hablan desde el saber. No lo conocían, se lo inventaron y después lo encontraron en el Londres muggle.
El restaurante estaba muy bien, era perfecto, y sin embargo, lejos estaban de él cuando entraron en uno de esos locales de comida rápida donde el calor se hace notar y siempre está lleno de adolescentes con su natural algarabía.
Podrían haber bebido vino en copas de cristal y charlar de sus vidas, pero las hamburguesas tenían lo suyo y Lily había aprendido con Alice que después de un gran partido de Quidditch no hay otra conversación posible que entorno al Quidditch, y eso estaba muy bien, si te gusta el Quidditch, claro.
–Porque cuando te precipitas, giras y… ¿Te estoy aburriendo? –preguntó James. Parecía un crío en el mejor día de su vida. Todavía llevaba la hamburguesa bien apretada entre las manos grandes –no fuera a ser que se escapara– y estaba encorvado como si en cualquier momento fuera a dar un gran mordisco, salvando que estaba hacía veinte minutos en la misma posición, y que la conversación lo mantenía enfrascado.
Le brillaban los ojos, como cuando decía nosotros no fuimos después de una broma especialmente pesada y una sabía que, en efecto, habían sido ellos. Los cuatro. O como cuando montaba en su escoba y sentía desde el vamos que ya había ganado el partido, casi como si no importara el resultado. Exactamente igual a cuando Lily le dijo que sí, luego de tantos años de negarse a salir con él, y él se quedó mirándola como si no entendiera, y fue iluminándose parcialmente, rígido en su lugar hasta que Lily salió por el retrato de la Dama Gorda y lo oyó gritar con todos los pulmones que ¡Lily me dijo que sí!
–No, está bien –respondió ella, jugando con las papas, bien derecha en su asiento. Sonrió, torcido y poco creíble, pero sonrió al fin y al cabo, que no es poco. De pronto podía llevarse bien con James después de haber roto con él a fin de año (otro año, uno cualquiera, que parecía un poco un número perfecto, sin altibajos, panzón y redondo), y era fantástico darse cuenta de cuánto habían crecido los dos para olvidar rencores y dejar que corriera el agua bajo el puente.
Era extraño sentirse así de bien.
–Vale, pues te decía que cuando te precipitas, giras y…
Con una facilidad de asombro, James retomó su monólogo por donde lo había dejado, y Lily se comió sus papas, hasta que al final James acabó (pero Lily en ningún momento se dio cuenta de que estaba comiendo) su hamburguesa, sus papas y lo que quedaba de su gaseosa con hielo derretido.
Se despidieron en una esquina llena de sombras, junto a uno de esos carteles de señalización. Pasaba un bus enorme y James no dejó de mirarlo hasta que se perdió en la calle, ¿viste eso, Lily?, hacía frío y ella llevaba la chaqueta de James por esas cosas de la vida que son como aceptar una cena. Primero la tentativa de oferta, luego lo desdibujado del rechazo y al final James se quita su chaqueta sin importar el frío que haga (o que debajo lleve una camiseta de los Chuddley Cannons) y se la coloca por sobre los hombros, venga, pelirroja.
Él le dijo nos vemos, ella tiritó un hasta luego vacío, y antes de desaparecer en esa esquina perdida del mundo, le oyó decir lo siento si te aburrí, no sabía qué decir.
Al llegar a casa se quitó el abrigo y se dio cuenta que todavía lleva la chaqueta de James. Entonces pensó que el inconsciente (el de los dos) era un maldito mal nacido, amén.
…
Alice tiene la particular costumbre de recorrer la casa en pijama y en calcetines antes de acostarse a dormir. Frank suele tomar té y oír la radio, donde un puñado de magos y brujas discuten acerca del diverso uso de la Amortentia, o releer algunos libros viejos de sus épocas de estudiante insomne.
–Marlene anda metida en cosas raras, yo te lo digo –susurra Alice, dándole la vuelta a la mesa. Hacía un frío glacial, pero ella vestía una fina camisa blanca de botones minúsculos y los calcetines naranjas y azules, sus favoritos. Lo de revolverse el cabello lo ha hecho adrede, para que Frank se atragante con el té y apague la radio con la punta de su varita; para que se pare precipitado, la aborde como si el tiempo apremiara, perdiéndola entre sus brazos, besándola con una pasión desbocada y exiliando a Marlene y sus cosas raras al próximo encuentro, uno donde haya más ropa.
El hogar estaba encendido, había luz suficiente para leer sin forzar la vista, el olor a chocolate caliente llegaba desde la cocina, y a ellos no les importaba nada porque se estaban besando, y cuando se besaban, Alice dejaba más lugar para Frank y Frank se hacía más lugar en el mundo-Alice, que abrazaba sin brazos y recorría sin mapas, guiado por la inercia y el vértigo de la incertidumbre.
La radio sigue sonando, el chocolate se quema, al libro se le han mezclado las páginas, Alice se ríe contra su boca de una mancha en el tapizado del sillón que puede ver en el reflejo de los ojos de Frank mientras le despeina el cabello con los dedos enterrados hasta las raíces.
El chocolate ya se ha enfriado, la luz del hogar y del departamento llega hasta la puerta blanca de la habitación donde la cama individual de Alice y el desastre de Alice se interrumpe en el límite geográfico impuesto por Marlene, los efectos personales apilados por jerarquía y su cama individual con su mesa de luz. Frank respira sobre el pecho de Alice y Alice cierra los ojos y sonríe, con todo el pelo disperso por la almohada.
–Es que en serio, Marlene está metida en cosas raras.
– ¿Qué son cosas raras?
–No sé. Nada normal, creo yo.
Hace una mueca, le toca la punta de la nariz con la punta de su dedo y en la punta de la cama las puntas de sus pies se rozan y se acarician y se acomodan. Mira el techo blanco y piensa que si Frank pudiera leerle la mente, a lo mejor no resultaría tan fácil expresarse puertas adentro.
–Últimamente pasa mucho tiempo con este chico Prewett.
– ¿Fabián o Gideon? –preguntó Frank, simplemente por preguntar algo y no dejarla hablar sola.
–No sé. Me parece que nunca los voy a poder distinguir, me confundo. Uno, o por ahí son los dos que vienen en distintos días. Porque vienen. A la mañana, preparan el desayuno y hablan como a media voz, hablan mucho de cosas que no puedo escuchar, y cuando me despierto y salgo a la sala, fingen que leen el periódico.
–Quizás discutan las noticias.
– ¿Y por qué dejan de discutir cuando aparezco yo?
Frank tomó aire y le besó la frente. Después se encogió de hombros y se movió a un lado de la cama, abusando del espacio reducido de una cama individual para dos personas, recordando vagamente cómo Peter y los chicos siempre se las ingeniaban para meterse los cuatro en una igual cuando pasaban la noche en otro dormitorio a jugar al Snap Explosivo por dinero. La transgresión no era cambiarse de dormitorio a los ojos de un Prefecto (que era Remus y no contaba por estar físicamente implicado en la Operación), no era apostar los Galleons que no tenían, era saber que al otro día tenían exámenes en las primeras horas y que irían a rendir sin estudiar y sin dormir.
Ella se acomodó de costado, apoyó la cara en su pecho y frunció el ceño, todavía enfurruñada, negándose a dejar el tema.
–Llega tarde, se va a media mañana, a veces tiene miedo.
– ¿Marlene?
–Sí.
–Todo el mundo tiene miedo en estos tiempos, linda.
– ¿Tienes miedo, Frank?
–A veces.
...
¡Son unos soles! En serio. Increibles.
Muchísimas gracias por todos los reviews.
(Los reviews adelgazan, por cierto)
