Disclaimer. Nada de lo que puedas reconocer me pertenece.
Advertencia. Relaciones hombre/hombre.

Invencibles.

III.

Sin falta, Peter se levanta los días hábiles a las ocho de la mañana. Su madre le prepara el desayuno como cuando era un crío, leche y cereales, y a veces hablan de alguna trivialidad como el partido que ha ido a ver ayer o sobre cómo se explotó la cocina cuando ella quiso que los cuchillos cortaran solos la carne de la cena. Al final, él deja todo atropelladamente en la pileta de lavar los platos y sale al frío matutino.

A veces se pasa por la casa de James, donde la puerta la abre un elfo doméstico, porque su amigo siempre se queda dormido.
Peter le envidia un poco eso, que nunca haga nada y siempre tenga tanto. Porque James ha heredado la casa y todo cuanto tiene, que no es poco, de sus padres. Si quisiera no tendría que volver a trabajar nunca (tampoco es como si alguna vez hubiera trabajado de algo además del Quidditch, que es algo que hace por placer y vanidad).

Hoy es una de esas veces que tiene tiempo de pasarse por lo de James a la hora del almuerzo. A Remus lo ve más tarde, porque el horario fijo de almuerzo de Peter no siempre coincide con el horario de las clases de Lunático.
Se aparece en la entrada, llama a la puerta y es el mismísimo James Potter que viste y calza quien le abre la puerta, con el cabello hecho un lío como es usual y una sonrisa enorme.

–Ni me lo digas.

– ¿Decirte qué, Colagusano? –frunce la nariz, perplejo y se pega junto a la puerta, como si quisiera ser la extensión de un pedazo blanco de madera; y Peter entra en el recibidor, se quita el abrigo, lo arroja por allí como quien tiene la confianza para tirar su abrigo en casa ajena, y sin esperar invitación pasa a la sala, pero no tan deliberadamente como lo hace Sirius cada vez que entra en la casa y se cree dueño y señor por derecho.
James lo sigue de cerca. Hace un calorcito agradable allí adentro, y todavía se sienten los vestigios de la presencia de la Señora Potter, ese olor a vainilla que se impregnaba en el pelo, en la piel y en la ropa cada vez que iban, y que significaba (una suerte de reflejo condicionado eso de empezar a salivar al cruzar el umbral de la puerta) que había estado preparando galletas; y el olor a pino que el Señor Potter llevaba consigo, porque también llevaba encima el amor a su jardín.
Debe ser horrible. Permanecer allí donde ya no están sus padres pero todo –absolutamente todo– sigue perteneciendo a ellos, no a ojos del Ministerio pero sí a ojos de todos quienes los conocieron. No por una cuestión superflua, cree Peter, sino por la guerra contra la muerte que se supone en lo cotidiano. Él, Peter, no podría. Sería demasiado duro. James lo lleva bastante bien, aunque todavía cargue con el fardo de la lucha, ese de la justicia por mano propia.

–Lo de Evans.

–Ah, eso. –responde James como si se riera –Pues no iba a contarte que cenamos juntos, que hablamos mucho…O al menos yo hablé. Pero ella no me insultó ni una sola vez, Colagusano, ni una sola. Y se llevó mi chaqueta.

– ¿El truco de la chaqueta? –inquirió Peter, escéptico. Se sentó en la mesa, donde ya había un plato colocado especialmente para él, con su respectiva vajilla y su copa.

–Sirius me dijo que lo hiciera –se defendió James, con una sonrisita.

– ¿Crees que te la traerá de regreso?

–La lavará primero, porque se sentirá culpable de habérsela llevado por usarla.

–Fríamente calculado, ¿eh? Vaya plan.

James se sonrió orgulloso y se sentó en la mesa. No había margen de error.

Sobre su pierna había un peso que no estaría ahí si se hubiera dormido en su propia cama y solito, como Dios manda. Sucede que nunca hizo caso de su madre y sus preceptos inventados a las andadas, o de su padre, siempre ligero para agarrar la varita, mucho menos obedecería a un Dios que probablemente no exista. Porque Sirius Black es un tipo sin fe.
Sobre su hombro había un peso que tampoco debería estar allí. Sobre sus costillas había un peso que definitivamente no tenía nada que hacer allí; y al final, abrió los ojos de mala gana y decidió que Remus Lupin no tenía nada que hacer allí.

De a poco fueron llegando los flashes de la noche anterior. Tirar las llaves sobre el sillón, despojarse de sus abrigos sin dejar de amoldarse a los pasos del otro, camino de la habitación y tumbarse en la primer cama (la de Lunático, que es la que está a la derecha de la abertura de la condenada puerta), golpearse contra los pies de la cama, desparramar las almohadas y convertirse en una sinfonía agradable a los oídos de sus muy comprensibles vecinos muggles que un día cada tres van a quejarse con el conserje.

La proximidad de la luna se le marcaba a Remus en la piel. Estaba translúcido como papel manteca, había bajado de peso abruptamente (otra vez) y fruncía el ceño y los labios para dormir, pegado a Sirius como si así pudiera constatar que al despertar, ese chucho maloliente seguiría allí (que probablemente no, ya se sabe cómo es este Sirius).
En algún momento de su vida, fue (perfectamente) capaz de dormir junto a Remus Lupin sin que aquello pasara a mayores. Eran un montón de piernas y manos sin ton ni son disputándose por la frazada y la almohada. Luego llegó la costumbre, jodida mujer, entendieron que existía entre ambos (entre la espalda de Sirius que se roza contra la espalda de Remus) un terreno neutral, y pudieron dormir –todavía aferrados a la frazada– bastante tranquilos los dos. En algún momento dejaron de ser espalda contra espalda y pasaron a dormir enredados. Remus sobre su pecho o Sirius entre sus piernas. Sirius abrazado a Remus por la espalda, Remus boca abajo, prendido de la cadera de Sirius. Luego ya no pudieron dormir más. Ni juntos, ni revueltos ni nada. Y entonces empezaron los besos, palpar ese calor tangible que Canuto despertaba en Lunático y que Lunático despertaba en Canuto, dejar de ignorarse, exiliar las peleas, los humores y las discusiones y asumirse, que no fue fácil. Existían reglas, o al menos dos preceptos básicos a los que llegaron como si de un acuerdo tácito se tratase, como cuando decidieron sin que nadie lo propusiera, que el último cajón del armario de la habitación de la torre Gryffindor era única y exclusivamente para esconder todos los chascos que pudieran traficar desde Zonko. No explicaciones, no compromisos. Así empezaron, tentando a la suerte. Seguían siendo amigos, hacían bromas, se trataban como usualmente lo hacían (–este es el tipo de mierda que sólo puede gustarle a Lunático; –no porque exceda tus capacidades o no puedas acostarte con la literatura, significa que sea mala) y provocándose todo el tiempo; las cosas cambiaban cuando Peter o James tenían cosas que hacer y quedaban solos en la habitación, para mirarse y sin decir nada acabar en cualquier cama, besándose con la furia del orgullo herido de Sirius y la del lobo que Remus lleva dentro.

Sin mucho esfuerzo se lo quita de encima, se pone de pie, se rasca el vientre. Se despeina, hace dos pasos y se clava en el pie un viejo libro que vaya a saber Merlín qué mierda hacía allí (luego recuerda que lo ha arrojado él mismo hace algunos días porque todo cuanto quería era tumbarse a dormir hasta el fin del mundo). Se mete en la ducha, deja correr el agua que todo lo inunda de vapor y cuando se da cuenta, Remus se está lavando los dientes. Al menos tiene la decencia de vestir pantalones, que es algo que Sirius nunca va a hacer por las mañanas, porque le gusta ser deseado y tiene el ego inflado hasta el infinito.

–Podríamos ahorrar agua –comenta Sirius, mojando el suelo del baño con sus pasos húmedos cuando sale de la ducha para pegarse a Lunático por la espalda, mojándole los pantalones y la piel desnuda, prendado de su cuello. Remus estira la cabeza y se (los) mira en el espejo.
Sin darle tiempo a refutar la idea, Sirius ya le ha echado mano a sus pantalones, le ha bajado la cremallera y lo está arrastrando a la tibieza agradable de la ducha, de besarse con gusto a agua caliente y de tener que enjabonarle la espalda mientras él mueve la cabeza para quitarse el agua como si fuera un perro (que lo es).

– ¿Por qué siempre olvido avisar cuando se acaba la leche? –refunfuña al salir, mojando el resto de la casa, como Dios lo trajo al mundo.

–Debería ir a devolvérsela –comenta Lily, revisando las opciones de desayuno en el menú. Con el dinero que lleva encima, si le alcanza para unos tostados y un té es mucho, y esa ni siquiera es una buena combinación.

–Oh, Lils –se rió Alice en voz baja, dejando su menú sobre la mesa para mirar a su amiga. – ¡El truco de la chaqueta es el más viejo del mundo!

– ¿Truco de la chaqueta? –inquirió Marlene, dejando su abrigo en la silla de madera que estaba desocupada y sentándose. –Buenos días, siento llegar tarde. –se le notaban las prisas en la manera de llevar el cabello, ella que siempre había sido muy correcta para vestirse, y en cómo una vez que pudo sentarse se dedicó a respirar antes de quitarse la bufanda azul.

–Ajá. ¿Sabías que James Potter es ahora buscador de los Cannon? –dijo Alice. Estaba hecha de sonrisas aquella mañana, desde que Lily se la encontrara (como habían acordado, porque no son chicas de azar) en la esquina de la cafetería que frecuentaban una o dos veces por semana. Lo primero que hizo fue canturrear algo que sonó poco y nada a Lily y James sentados en un árbol, que le arrancó a Lily una que otra risa y un sonrojo notable. Desde entonces no había dejado de hacer preguntas sobre la cena y de enumerar todas y cada una de las razones por las que James Potter le caía especialmente bien, que dicho sea de paso, no eran pocas.

A su vez, siquiera había terminado de explicarle el asunto a Marlene McKinnon, su compañera de piso, que ya había empezado a instigarla sobre los gemelos Prewett, esos que Lily a duras penas conocía de vista, y de lo que Frank decía de ellos cada vez que salía a colación el tema.
Marlene se desentendió rápidamente del asunto, con una ligereza que daba miedo, y sin que Alice se diera cuenta (porque no es precisamente la persona más perspicaz), volvieron a hablar de James Potter y lo bien que le quedaba su uniforme nuevo.

–No es para tanto –objetó Lily –No es tan lindo.

– ¿Cómo que no? –inquirió Alice, escéptica. – ¡Era todo un galán en Hogwarts!

Marlene se rió en voz baja, preguntándose por cuál artificio de la vida desayunaban siempre en cafés muggles en vez de empezar el día tomando cerveza de manteca en Las Tres Escobas o en El Caldero Chorreante. Dejó el menú y llamó al mozo, que uniformado de negro hacía juego con el resto del local.

–Eres una exagerada –sonrió Lily.

–No sé si todo un galán, pero tenía lo suyo. No era feo –opinó Marlene.

Lily tuvo un respiro recién cuando llegó el mozo a tomar sus pedidos, pero tan pronto como el muchacho se fue, Alice continuó avasallándola con preguntas y comentarios sobre el culo perfecto de James Potter metido en ese uniforme no tan perfecto. Marlene la ayudaba a fastidiar a Lily por oficio, aprovechando que ya no se hablara de los hermanos Prewett, disfrutando exagerar los atributos de Potter.
Lily no se olvidaba del comentario de Alice respecto de los Prewett. A lo mejor si Marlene hubiera dicho algo al respecto, Lily lo hubiera dejado pasar sin que le llamara la atención el tema, porque no era una chica curiosa de las vidas ajenas. Tenía una vida y vivía la suya, lo que los demás hicieran en su privacidad a ella la tenía muy sin cuidado. Fue, justamente, la astucia (nunca fue necesaria mucha para distraer a una persona como Alice) de Marlene para conducir el tema a buen puerto lo que captó la atención de Lily, pero para preguntar tuvo que esperar a que Alice se marchara a hacer sus cosas (algo había dicho que debía hacer, pero Lily ya no lo recuerda), y quedar a solas con Marlene.

–Así que ¿cuál de los hermanos Prewett es el afortunado? –dijo, cuando por fin se sintió lista para abordar el tema de una manera amistosa y poco frontal, teniendo a bien que no se trataba de ningún interrogatorio.
Marlene la miró asombrada y se tomó su tiempo en responder, sirviéndose más té en la taza y agarrando una medialuna por la punta antes de cortar un pedacito con los dedos y llevársela a la boca, con toda la elegancia que podía tener una persona. Masticó despacio y Lily no perdió detalle de su expresión o del tiempo.

–Oh, no. Ninguno, de hecho –respondió cuando finalmente terminó de tragar. Le sonrió y se encogió de hombros –supongo que nos estamos llevando bien, eso es todo. A veces vienen al departamento, y Alice cree que es por algo especial, pero está equivocada.

–Entiendo –continuó Lily, tanteando el terreno con cuidado –Interpreté mal el cambio de tema, entonces.

–Intenta convencer a Alice de que no saldrás con James –bromeó Marlene, y sin embargo, las dos eran parcialmente conscientes del buen ojo que tenía Alice para esas cosas.

Decidió entonces que podrían dejarlo ahí, porque Marlene no parecía dispuesta a dar más información y a Lily le sentaba francamente mal ponerse en plan inquisidora, porque sentía que era un lugar que no le correspondía. Entonces pagaron cada una lo suyo y se despidieron en la vereda.

Salió de clases a media tarde, y volvió cansada a casa. Encontró a su madre tumbada en el sillón, con cara de sentirse mal y ganas de sentirse mejor para poder limpiar sus condenadas estatuillas de la sala y cocinar la cena para el ejército entero. Mujer implacable si las hay, estaba ofuscada en hacer todas esas cosas de las que generalmente protesta.

–Papá puede hacer la cena, o aquí también estoy yo –protestó Lily, sin dejarse mitigar por la mar de excusas incoherentes de una mujer que no quiere quedarse postrada en la cama, porque tiene la fuerza para levantarse cada día, y si no la encuentra, se la inventa.

–No dejes que tu padre meta las manos en mi cocina, por favor –sonrió ella, incluso consciente de que cuando es su esposo quien cocina todos están más contentos, sobre todo si hace pastas los mediodías de los domingos o amasa pizza algún día entresemana. –No me alcanzará la vida para limpiar todo luego.

Lily se rió entre dientes y le acarició la cabeza.

–Sería bueno que te dieras una ducha, te sentirás mejor después. Y quiero que te quedes en la cama. Busca alguna película en la tele, escucha música. Descansa, ¿vale? Tengo que volver a clase en dos horas, pero puedo quedarme si quieres.

–No, linda. No es necesario.

La ayudó a subir las escaleras hasta su habitación y le preparó todo cuanto fuera necesario para que dispusiera del baño y sus comodidades durante algún rato, consciente de que el entretenimiento le duraría menos de lo que tarda en fundamentar alguna excusa por la cual debería ir a limpiar sus estatuillas de la sala, que por cierto, nunca le lleva mucho tiempo.

Cuando entró en su habitación, una lechuza se había colado por la ventana entre abierta y había armado todo un revuelo antes de acomodarse en la cama a esperarla.

–Por cierto, cielo, una de esas lindas lechuzas pretendía tirar abajo la pared si no le abría la ventana y tuve que dejarla pasar –gritó su madre desde el baño, y su voz cansada y áspera se hizo oír por encima de la lluvia tibia proveniente de la canilla.

Lily negó con la cabeza, entretenida y desató la carta de la pata de la lechuza, acariciándole la cabeza y lamentando no tener ninguna golosina que darle después de la larga espera. Solía comprarlas cuando estaba en Hogwarts, pero ahora que el colegio había terminado, ya no mantenía contacto con sus viejos compañeros. Alice, Marlene y Frank venían a su casa cuando querían algo, pero generalmente se veían día por medio, y pasaba la mayor parte del tiempo en sus clases como para no enterarse cuando surgía algún contratiempo con la clase del día siguiente.

Desenrolló el pergamino sin prisa, intentando alisarlo por mera costumbre, y la caligrafía de James Potter la tomó por sorpresa. Entonces se dio cuenta de que su testaruda amiga emplumada no era otra que Merlina y se lamentó más que antes no poder darle alguna chuchería. La nota era clara y concisa, con un simple ¡Mi chaqueta, pelirroja!, James Potter lo había dicho todo, y reflexionando todos los fundamentos que Marlene por diversión y Alice por convicción le habían dado para creer que el gesto de la chaqueta no había sido más que una treta sucia de conquista, Lily decidió garabatear una nota rápida apoyándose en el escritorio, y no lo hizo en un pergamino, sino en un papel, ni tampoco lo escribió con una pluma, sino que lo hizo con un bolígrafo que antes estaba junto a la mesa del teléfono para anotar recados.

Te veo en El Caldero Chorreante.
Soy Lily.
PD: la lechuza tiene hambre.

–Merlina, hazme un favor, ¿quieres? –le dijo, acuclillándose para atar la carta en la pata de la lechuza –Llévale esto a Remus Lupin, él te dará alguna golosina.

Y sin embargo, cuando la lechuza llegó al piso donde Remus Lupin pagaba una renta mensual, se encontró con que Remus Lupin estaba cursando en ese momento. Si las lechuzas pensaran (que puede ser) y más, si se quejaran, ésta protestaría largo y tendido de esos magos que nunca están en casa cuando hay que entregar una jodida carta de dos líneas.
Sirius la recibió con los brazos abiertos, feliz de tener algo que hacer por fin. Trabajando de noche y cursando pocos días a la semana, si de día no se duerme, uno puede llegar a morir de aburrimiento.

– ¡Merlina! –exclamó como quien recibe a una vieja amiga o a una vieja amante, y la dejó entrar. – ¿Qué tienes para mí, nena? –le quitó la carta y fue al cajón donde sabía que Lunático solía dejar las tonterías para lechuzas y otras cosas igual de inservibles, como una navaja y un mazo de naipes mágicos que no sirve para nada porque las cartas siempre se cambian y donde antes había un siete ahora hay un cinco.

Merlina se fue contenta con su premio y Sirius se sonrió como el que más. Ahora tenía algo que hacer. Así que se vistió, se peinó medianamente como una persona normal y desapareció del departamento jugando con las llaves y silbando una canción de las Brujas de Macbeth que probablemente no tenía nada que ver con eso que él estaba silbando tan alegremente.
Tuvo que esperarla al menos unos veinte minutos, que aprovechó jugando una apuesta con una bruja de mediana edad que decía ser capaz de beber cincuenta cervezas de manteca en menos de una hora. Como fuera, Sirius nunca supo si podía, porque Lily se apareció antes de eso, con un abrigo negro, pantalones muggles, las manos desnudas y el cabello sujeto en una coleta alta. Verlo allí le gustó poco y nada.

–Se suponía que vendría Remus, ¿qué no te enseñaron a no leer la correspondencia ajena, Black?

–No tenía el nombre de Lunático por ningún lado –se defendió –Guardaba la esperanza de que se te fuera la mala leche con los años, Evans, pero parece que hay cosas que nunca van a cambiar.

–Tu arrogancia, tu prepotencia y tu ego son de esas cosas, ¿no?

–Supéralo, Evans, estas coladita por mí.

–No te das una idea, Black.

Un poco en eso iba su relación, en un tira y afloja interminable que nada podía amainar, ni siquiera la relación que ambos tenían con James, porque Sirius le quería como no quería a nadie más, y él quería a Lily como nadie la había querido, y le demostraba incluso más atención cuando no se daba cuenta. Los dos demandaban de James sin ganas de compartir, pero sin embargo Lily entiende de una manera que no sabría decir a Sirius, y Sirius entiende a Lily e incluso la respeta más de lo que respeta a la mayoría de las personas, esas que no entran en el círculo privilegiado de sus amigos.
Es algo así como que Sirius es una persona distinta de la que muestra, mucho más humana y dolida, a la que se le ha colado un poco el mundo por la piel, y que Lily tiene una capacidad increíble para ser amable cuando uno no lo merece.

– ¿Y bien? –inquirió Sirius. – ¿Te invito algo, Evans?

– ¿En serio me estás invitando, Black? ¿Cuándo fue que te picó el bichito de la generosidad?

–Un no, gracias hubiera bastado.

–Bueno, no, gracias, Sirius –sonrió ella. –Me preguntaba si podrías, quizás, dejarle esto a Potter en algún momento –dijo, mostrándole la chaqueta.

Muy apostada en el alfeizar de la ventana, una lechuza blanca de ojos enormes esperaba con santa paciencia a que la dueña de la habitación entrara y la dejara entrar.
Lily conocía esa lechuza. La vio cada mañana durante siete años y algunas noches colándose en su habitación con notas tontunas como Buenas noches, sueña conmigo o Soñaré contigo. Me esforzaré porque no lleves ropa, y esas cosas que la hacían reír cuando supo acostumbrarse y perdonarle a James Potter el revoltijo de sensaciones adolescentes y cursis que despertaba en ella.
Reconocía a la lechuza, Merlina, y también reconocía esa caligrafía redondeada, escrita a presión y con las prisas explícitas, como si se le acabara la vida o no pudiera retrasar más el momento de ir al baño.
La ha mirado un buen rato sin querer abrirla, disfrutando un ratito de esa ansiedad. El verdadero goce no está en leer la nota, está en anticiparse a la mar de posibilidades, está en tener la nota y que el placer sea futuro y sea esclavo de una. Pero al final hay que abrirla, porque no va a admitirlo, pero siente curiosidad.
Así que la abre.

Mal, pelirroja. Me has quitado la mejor excusa para verte.
JP, pero eso ya lo sabes.

Gracias a todo el mundo por los reviews.
(¿Sabían ustedes que los Merodeadores aman a las chicas/os que dejan reviews?)