Disclaimer. Nada de lo que puedas reconocer me pertenece.
Advertencia. Relaciones hombre/hombre.

Invencibles.

IV.

No sabe exactamente en qué momento empezó a pensar que había algo más significativo que levantarse cada mañana, tomarse una ducha, preparar el desayuno y leer –cuando tenía tiempo y tenía ganas– la edición matutina de El Profeta que siempre llega tarde, vaya Merlín a saber por qué.
Seguramente fue un cambio paulatino, un estremecimiento de frío, un comentario que cazó al vuelo y ver los ojos de Gideon cuando habla con el fervor de quien está dispuesto a darlo todo por una causa justa, una inconsciencia que existe por suerte.
Cuando se dio cuenta ya era tarde, ya era parte de todo eso y eso era parte de ella también. Marlene, diecinueve años, morena, alta, guerrillera, combatiente, imparable.

–Esto no es como si pudieras retractarte luego, lo sabes, ¿no? –le había dicho Fabian. Se lo había dicho una, dos, tres veces, y ella siempre respondía lo mismo: tú estás en esto. Alguien tiene que hacerlo. A la quinta vez ya le exigió que cerrara la boca y amenazó con maldecirlo, Fabian se sonrió y ya no dijo nada.

A lo mejor si le hubiera escuchado, si le hubiera prestado atención cuando apenas sí le oía y distinguía el punto muerto entre una palabra y la otra, sus mañanas serían las de una persona normal, la almohada pegada con magia en la cara, la ducha de agua tibia, el desayuno que siempre se quema y el jodido periódico que nunca llega a horario.
Ya era tarde, y de todos modos, había algo en las sonrisas de Gideon y Fabian que se le acababa pegoteando en la piel a ella también, y era innegable cuando llegaba a casa herida y se encerraba en el baño a echarle sal a las heridas con una sonrisa tonta en la cara, una sonrisa que no viene a cuento.

Ser alguien a quien recordar. Hacer algo trascendente. Dignidad y que valga la pena.

Le sorprende abrir la puerta y encontrar a Gideon muy cómodo contra la pared, marcando la suela de sus zapatos en la blanca pared del pasillo que tanto parece importarle a la vecina.

–Me han dicho por ahí que Marlene anima la fiesta cuando sale –dice. Sonríe de lado, le guiña un ojo, entra en la casa sin darle tiempo a cerrar la puerta con todo el estrépito que pueda improvisarse y volver a tumbarse en la cama a dormir, o dejar todas sus preocupaciones con el correr del agua hirviendo en la ducha.

–Con que plan B, ¿eh? –que la parta un rayo si Gideon no está allí únicamente porque Fabian ha preferido hacer otra cosa en vez de salir.

–Vale, me atrapaste –sonríe con descaro, busca algo que comer y luego se sienta como si estuviera en su propia casa. –Venga, a cambiarse McKinnon, hay una ciudad que desmantelar.

–No existe ninguna razón que me haga salir por la puerta esta noche.

–Pero si no vamos a salir por la puerta, linda, vamos a aparecernos directamente –eso lo ha improvisado sobre la marcha, bien sabe Marlene que sí, pero no puede dejar de alabar su ingenio. –Y no es como si no quisiera quedarme a dormir contigo, pero ya ves, prefiero acostarme con una mujer bonita esta noche.

– ¡Que te jodan, Prewett! –tiene que decirlo, no puede callarse esas cosas aunque sean precisamente las que hacen que a Gideon se le ilumine el rostro y se llene la boca de risas estridentes, qué feo, una señorita como usted, McKinnon, diciendo barbaridades como esa, y que Marlene quiera mandarlo a la mierda con todas sus fuerzas, pero se contenga un poco, y al final, entre echarlo de su departamento o ir a cambiarse, acabe optando por cambiarse, quitarle a Alice alguna blusa bonita (como la azul que guarda en una percha) y hacer algo con su cabello, todavía insistiendo en eso de que no le importa cómo se ve, pero sin creérselo demasiado.

–Quién hubiera dicho que detrás de ese esperpento había una chica hermosa, eh, Marlene –bromea Gideon. O lo mata o se ríe con él y desaparecen en pos de una noche de viernes.
Se ríe con él y desaparecen en pos de una noche de viernes, claro.

Pocas veces ha ido Lily a la casa de Frank, porque su madre es mujer de temer. Cuando Lily va, Alice es feliz, porque entonces su suegra tiene con qué distraerse y Lily sabe ser un encanto cuando quiere. Claro que cuando Lily no está, Alice debe tolerar que su suegra haga comparaciones con quien es su mejor amiga, y Frank pasa un mal rato hasta que se ríe entre dientes y le encuentra la vuelta a todo el asunto.

El caso es que cada vez que Alice decide que quiere salir por la noche, ya es técnicamente de noche, y no hay tiempo para arreglar absolutamente nada.
En los primeros tiempos gustaban de juntarse en algún lugar a comer pizza, y siempre acababan donde Alice, porque no fuera que Petunia decidiera pasarse por la casa de sus padres y se encontrara con una conferencia de magos en la sala, porque entonces le daba un ataque de histeria propiamente dicho.
Con el tiempo se deshicieron de esas viejas costumbres, optaron por ser más espontáneos, sabiendo que cualquier día Alice se presenta en la puerta y con una sonrisita te dice ¿qué tienes pensado hacer esta noche?

–Espero que no les importe –dice Frank desde su habitación –pero lo he invitado a Peter.

– ¿Peter? ¿Cuál Peter, cariño? –responde Alice desde la sala. Augusta Longbottom acaba de poner los ojos en blanco y Lily no puede más que sonreír.

–Pettegrew, ¿cuál si no?

–Oh, veremos a tu novio hoy, Lils.

–James no es mi novio –protesta Lily.

–Ah, vale, pero yo me refería a Peter –bromea Alice, con esa risa ligera tan característica en ella.

– ¿Qué con Peter? –inquirió Frank, peine en mano y nariz fruncida. Se contempló un momento en el espejo, se restregó los ojos y dejó el peine sobre la mesa en el instante exacto en que ambas, así como coordinadas y conociendo los tiempos de la otra, respondieron ¡nada! al mismo tiempo.

Eso fue lo último que dijeron antes desaparecer todos juntos de la casa de Frank y reaparecer en un bar londinense de moda.

– ¿Qué ese no es Sirius? –dice Peter. Remus no quiere ni mirar, desde el vamos sabe que sí, que probablemente sea Sirius con alguna chica, Sirius prepotente, Sirius fanfarrón.
James se sonríe como el que más y estira el cuello para espiar. No lo dice, pero algo en su expresión dice podríamos jugarle alguna broma, ¿cierto que podríamos?, como cada vez que en Hogwarts miraba fijamente a algún Slytherin y al cabo de un rato, con una expresión renovada, sacaba de la manga el plan perfectamente ilógico de una travesía irrealizable, que era irrealizable en tanto y en cuanto Remus no pusiera todas sus buenas ideas (y sus buenos conocimientos, producto de largas horas de buen estudio) en ello.

–Eh, Canuto –exclama James indignadísimo, irrumpiendo en la escena con una soltura que no reconoce pudor. Remus se sonríe un poco, y con las manos en los bolsillos y la expectación pintada en el rostro, Colagusano espera impaciente a ver qué tanto se trae Cornamenta entre manos. –Tu madre estaba muy preocupada por ti, mierda. ¿Cómo puedes abandonar tu casa sin avisar a nadie? ¡Tu esposa dando a luz otra vez y te desapareces sin más!

– ¿Eres padre? –preguntó la chica. Eso fue lo último que supieron de ella, entre las carcajadas estruendosas de James y las explicaciones inconclusas de Sirius, donde intentaba aclarar de manera breve y concisa todo su árbol genealógico y las razones por las cuales su madre preferiría morir antes que verlo aparecer en el recibidor en Navidad.

–Capullo.

A Peter le gustaría a veces poder sentirse parte de algo como lo que Sirius y James comparten, algo como que Sirius lo insulta y James se ríe, y como se ríe, Sirius le pasa el brazo por encima de los hombros y ejerce presión para bajarle la cabeza y despeinarle más de lo usual o llenarle de coscorrones; algo como que si Sirius se hace el ofendido, James sólo tiene que golpearle el hombro o tocarle el culo para desencadenar reacciones adversas, como una lucha a muerte por ser el último en golpear al otro o la tortura de tener a Sirius apretándole los genitales y riéndose entre dientes, como un perro o un estruendo.
Entonces es cuando Remus aparece para Peter y le dice vamos, Colagusano, y con un brazo sobre los hombros se lo lleva a la barra a pedir hidromiel o whisky de fuego, o alcohol etílico, si es necesario. Es la luna, o debe serlo, cree Peter, porque Remus nunca bebe.
(Sirius es un valor que Peter nunca consideró para la pendiente Remus).

Remus le estaba diciendo algo a los gritos (porque en lugares como ese no hay otra forma de hacerse oír) cuando un sujeto alto le echó una jarra encima, manchándole la ropa y los pantalones, casi como si el universo estuviera complotando para que Sirius se burlara de él en plan oh, el pequeño Pete no pudo aguantar para ir al baño.
A lo mejor si no hubieran perdido a Sirius, si Sirius no hubiera encontrado una chica linda, si James no estuviera de un humor electrizante, si Sirius reaccionara de malas maneras ante la inmadurez de su mejor amigo, si a Peter no le sentara fatal sentir que no cabe donde ya no hay más lugar, si a Remus no le hiciera mal ver a Sirius besando a otra persona con los ojos fijos en él, si ambos no necesitara beber algo o ser transgresores al menos una vez, Frank hubiera seguido de largo con su jarra de cerveza de manteca, Alice hubiera sido feliz y hubieran acabado la noche sin saber que su opción del viernes nocturno era la misma.
Bueno, finalmente se habían encontrado, justo cuando Frank ya daba la misión por perdida.

A Alice y a Lily las encontraron donde Frank decía haberlas dejado, hablando sobre Marlene y ese chico Prewett sin estar completamente seguras de cuál era el que estaban nombrando. Lily no parecía muy conforme de estar allí, como si se sintiera ajena del entorno, y para Alice, como para Sirius, la noche estaba hecha del mismo material que el Quidditch.
Sin nada mejor que hacer, todos acabaron hablando de Marlene y quien Peter, que siempre tuvo buen ojo para esas cosas, reconoció como Gideon.

Con Gideon (también con Fabian, pero más con Gideon) era fácil distenderse, como si las guerras las engullera o las colgara en el perchero junto con su túnica (porque es de esos que todavía visten túnicas en el mundo muggle) para ir a recogerlas después, como a los niños en las guarderías. No es poco mérito, cree Marlene, que es de las que llevan las guerras a flor de piel para quemarlas y que la quemen.

Gideon y Fabian. Para Marlene siempre fueron como el agua y el aceite. Gideon es el que se ríe con toda la boca, enseñando los colmillos, y Fabian es el que se reserva las carcajadas, las de verdad, las que explotan, y se ríe con media boca y –a veces– un hoyuelo que Gideon insiste haberle provocado por haberle clavado tantas veces la varita de su padre en la mejilla cuando eran niños.
Fabian es de los dos el más alto, por exactamente dos centímetros, y Gideon es el más delgado, por una diferencia insignificante de unos pocos gramos de los que presume sin necesidad cada vez que su hermano presume sus dos centímetros de más (de más porque para ellos su físico original era ser igual, exactamente igual, una jodida réplica del otro; todo lo que los diferencie les sobra). Fabian es el que Molly quiere más, porque es quien siempre piensa en ella, y Gideon es quien más disfruta yendo a cenar a casa de su madre, porque a la familia la lleva tatuada en los huesos. Fabian es el de las frases ingeniosas y las discusiones ambiguas que valen la pena, es de los dos, quien más piensa. Gideon es el de las risas fáciles, el de la indiferencia absoluta por todo aquello que no vale la pena y el instinto a flor de piel.

A veces ella no sabría decir si Gideon no sabe darse cuenta de lo que siente por él, o por el contrario, lo ve muy bien y decide hacerse el distraído porque sabe todo lo que a Fabian le pasa con ella.
Marlene sabe que es lo peor que pudo pasarle a esos hermanos, porque es la única que va caminando en la cuerda floja que existe entre ellos, y el primero que se mueva va a arruinarlo todo. Pero está bien, cuando Gideon bromea sobre el peinado de aquel sujeto de allá, todo está bien otra vez. No importa que el mundo se esté vaciando de contenidos y llenando de violencia, y que sólo unos pocos lo noten y sean menos quienes luchan por detenerlo. No importa nada, porque Gideon se ríe e incluso pareciera –por un momento fugaz pareciera– que tienen alguna posibilidad de ganar.

–Diez galleons a que Potter y Evans acaban juntos –dice de pronto Gideon, sin dejar de bailar entre la gente, cerca de Marlene por oficio y diversión.

– ¿Eh? –balbucea ella, desprevenida. Gideon hace un gesto con la cabeza y cuando ella –con todo el disimulo del que es capaz– gira la cabeza y mira, en efecto los ve. Como un grupo ajeno del entorno, Potter y compañía. Allí destaca Lily, por una cuestión biológica como lo es el estrambótico color de su pelo, y un poco Alice, ese abrazo en el que encierra a Frank, a pesar de su figura menuda y de las espaldas anchas de su novio.

–Diez a que no. Míralos, jamás van a dar un segundo paso. Además, supe que Potter intentó el truco de la chaqueta y no le resultó.

Gideon se rió entre dientes, así como atragantado, como de algo que entienden únicamente él y su hermano y que a los demás les fastidia demasiado porque se sienten excluidos. Marlene aprendió a reírse con ellos sin saber de qué reírse, cazando palabras y miradas al vuelo y rearmando anécdotas y discusiones previas, chistes internos que por privilegio más que por azar, ella conoce.

–Venga, vamos a ser sociales –exclamó Gideon, y echó a andar, sin siquiera esperarla, porque él es de los que primero recorren un trecho y después gustan de mirar por sobre su hombro a ver dónde ha quedado quien le sigue, aunque sepa exactamente dónde está esa persona, porque cuando camina presta especial atención.

En perspectiva, a Peter le pareció curioso verlos a todos juntos. Eran un grupo numeroso y acababan de sumarse Gideon Prewett y Marlene McKinnon, y entonces se fijaba, por primera vez se fijaba, en que ella era una chica linda. No como Lily, que es bonita por prejuicios biológicos, la belleza de Marlene es una belleza que más que con lo estético tiene que ver con lo metafísico, con la postura y la manera de sonreír.
Y entonces pensó que nunca podría estar con una chica como esa, llámese Marlene o llámese Lily, porque chicas como esa salen con chicos como quienes las acompañan, llámese Gideon, James o Sirius.

Se olvidó de todos esos malos pensamientos cuando Alice –protestando porque Frank se había quedado hablando de cualquier cosa con Gideon y Lily– lo arrastró fuera de ese círculo desligado del entorno, para bailar una de esas canciones de moda.

La risa estruendosa de Alice se oía desde el otro extremo, justo detrás de Peter, que caminaba con las manos metidas en los bolsillos y tiritaba cabizbajo. Sirius entonaba solemnemente una de los Stones, abrazando a Remus por sobre los hombros, y James no podía dejar de jugar con sus manos porque simplemente no sabía qué decirle a Lily. Sería la primera vez.

Llovía en la calle. En la calle, en las aceras, en el cordón de la vereda, en la ciudad. Uno de esos faroles de poca monta parpadeaba en una esquina rota y mojada.
El primero en salir a recibir la lluvia fue Sirius, como si fuera una vieja compañera, con la cabeza hacia arriba y el pelo largo desordenado por el viento. Se fue con su estruendo sin despedirse de nadie, las manos bien extendidas en el aire y su canción una octava más alta. Remus lo siguió con pocas ganas, un poco replanteándose todas esas razones que se inventa para seguirlo, incluso cuando no se lo merece.

–Venga, no me quiero mojar –protestó Alice. – ¿Te gustaría venir a tomar café a casa, Pete?

–Eso estaría bien. Por cierto, ¿qué es el café?

Frank se rió a media voz y en ese momento, en esa risa que se llevaban el viento y la lluvia, y lo jodido de la noche ceñida a la cintura, James Potter le tomó la mano a Lily Evans. Enorme, áspera y caliente. Lily dio un respingo, y como en una intimidad privada, el único que la vio fue James. Quédate conmigo, susurrante, silábico, templado en su oído, contra la piel fría.

–M-me quedo –susurró Lily, eran palabras para James dirigidas a Alice, Frank y su tentadora invitación de una taza de café. –Le prometí a mi madre que no llegaría tan tarde.

–Te acompaño a casa –propuso James, convenientemente. Alice frunció el ceño, y con todos los dientes una sonrisa le brotó en los ojos. Frank se rascó la cabeza con una risa ligera y Peter carraspeó. De pronto ya no estaban, habían desaparecido.
Bajo esa lluvia, Lily se sintió repentinamente desamparada. No quería escuchar nada de lo que James Potter tuviera para decir(le).

En algún momento empezaron a andar. Despacio, negándole la vida a la cobardía de huir, de servir para otra guerra como buenos soldados. Lily no quiere decir nada y James no sabe dónde meter las manos. Es un poco como que de pronto James le dice fue por tu pelo que deslumbra, ¿sabías? y Lily no tiene la más remota idea de a qué se refiere hasta que James le aclara el juego. Perdimos por tu pelo, y pensar que todo el equipo perdiera por su pelo es algo gracioso. Es incluso bizarro, y se ríe. Ligero al principio y a carcajadas después, de esas donde tienes que detenerte en el medio de la acera porque no te alcanza el aire para seguir andando. Y James la mira, un poco contagiado y otro tanto ofendido, porque entiende (como el idiota que Sirius cree que es) que Lily se está riendo de él, y de alguna forma acaba haciéndole cosquillas porque si te quieres reír, voy a darte una jodida razón para que te rías, todo en el medio de la acera.
Lo de cantar la canción más vieja y cursi del mundo colgado del farol, es un aditamento, y lo hace como cuando despertaban juntos en cualquier sillón de la sala común después de una noche de incomodidades, con la espalda contracturada y el cuello duro, y Lily no podía entender por qué mierda estaba tan feliz con la vida.

–Nunca creí que volvería a verte hasta el día del partido, ¿sabes?

–Yo tampoco esperaba volver a verte, la verdad.

–Ahora no quiero dejar de hacerlo –susurra. Hasta entonces Lily no se había percatado de cómo había ido resbalándose por el farol, encorvado hacia abajo y con las manos bien sujetas. No estaba saliendo el sol y no era una postura agradable. No era precisamente la escena más cómoda pero sí tal vez la más cliché, y hubiera sido todo perfecto (en la medida de lo posible) si los labios de James hubieran encontrado los de Lily, en vez de su mejilla.

Una de las mejores virtudes de James Potter es su capacidad de asombro, y también la de borrón y cuenta nueva, como le llama Peter si un nombre merece esa facilidad de James para carraspear sin necesidad y contar un chiste o hablar de algo divertido que pensó mientras desayunaba esa mañana. Si te descuidas, como puede pasarle a Lily, y le das la oportunidad, James habla de lo que hizo Sirius la otra vez, un poco del Quidditch (que es su tema recurrente) y de lo mucho que le gustaría tener diez hijos con ella, todo así, sin respirar ni repetir, sin una puta pausa, y lo hace todo mirando el piso, como si en cualquier momento fuera a silbar una canción (la que Sirius dejó en el aire), con las manos en los bolsillos y los hombros hacia adentro.
Contra eso, contra el James (Cornamenta) Potter desenfadado, Lily no puede hacer nada. Salvo invitarlo a pasar cuando se planta en el umbral de su puerta, mojado hasta la médula y la mira con los ojos bien abiertos y una sonrisa enorme que habla por él sin necesidad de palabras, y dice algo así como ¡es la casa de Lily, Merlín! , y a Lily le recuerda ese mismo James de dieciséis que se alegraba cuando Lily me ha saludado, Canuto, te digo que me ha saludado y también cuando hoy me dijo Potter, pero sonó como si quisiera decir James.
Le ofrece una toalla por compasión al piso que su madre quiere tanto y le invita una taza de té, simplemente por hacer algo. Tener a Potter en su casa nunca fue el plan inicial (si es que hubiera habido algún plan).

Nunca le ha gustado mojarse, la verdad, y tiene tanto frío que no puede dejar de tiritar. Así, se guarda en los bolsillos otras mil excusas, las que tienen que ver con la proximidad de la luna, que son sus excusas favoritas, y las otras, las que guardan relación con el cansancio por el estudio y todas las molestias que debe tomarse por ambos en el departamento. La primordial, esa que tiene que ver con un cabreo monumental sin fundamentos, se la guarda. Lo abstracto se hace tangible cuando se dice en voz alta y se lo acepta como realidad.

A Sirius la lluvia lo hace y lo deshace a antojo y él no se queja, porque es –en definitiva– como el chucho que vuelve a casa con todas las patas embarradas y la lengua afuera, exhausto después de una noche de correr de acá para allá atrapando las gotas de agua con la boca.

–Venga Lunático –le dijo al principio, pero la verdad es que Remus no está todavía muy seguro de cómo fue que empezó todo. Iba disperso, fijándose en cómo el agua se colaba por las baldosas flojas de la acera y se salpicaba para todos lados cuando Sirius las pisaba, fingiendo que no pero sabiendo que estaban allí.
Lo mismo pudo haberle dicho cualquier otra cosa. En algún momento le preguntó por su humor horrible y eso sí que lo oyó, pero prefirió no responder, mirar a la calle y simular no haber oído.

–Me dirás ahora que estás celoso y seremos los putos más putos de Londres.

Es un poco eso, que Sirius dice cosas sin pensar porque en su vanidad no puede contemplar otra existencia que no sea la suya, y que Remus se cree en todo el derecho del mundo (mágico y muggle) de ofenderse si así lo cree o si así se le antoja.
A veces se da cuenta de lo que dice y lo que hace y entonces se para en medio de la acera, y hecho de agua lo mira con la sonrisa más canina de su repertorio y le llama Remus o Lupin, o directamente Remus Lupin (pero esto ya es con las manos como jarra o señalándole con un dedo acusador e interpretando a Lily cuando era prefecta), la voz ronca, la diversión reinventándose entre su risa oscura y su semblante relajado.

– ¿Celoso? –repite Remus, como queriendo decirle que sí; lo del semblante oscuro, las cejas pobladas casi juntas de fruncir tanto el seño y los ojos fijos en algún punto sin identificar son cosas más fuertes que él. –Claro que no. Eres un buen amigo, Sirius, pero amigos tengo muchos.

No tiene la más remota idea de dónde ha salido eso. Es tan impropio en él que incluso pareciera como si alguien más lo hubiera dicho desde su boca, con otras palabras que no son suyas pero con su misma voz. Entonces se da cuenta que Sirius Black le ha calado hondo, cuando su primera regla era Sirius al margen, porque lo conoce y sabe que para Sirius Black no hay nada más terrorífico que lo ilógico de querer a alguien, que como buen perro juega y teme al palo que busca y que luego lo golpea.
Eso, exactamente las mismas palabras (el sujeto es modificable como en cualquier plagio que se precie) las ha oído antes. Podría afirmar que fue en Hogwarts, pero no está seguro. Recuerda una taberna, un reproche y Sirius con la bragueta baja y la mirada altiva diciéndole justamente eso, que en su vida Remus es un buen amigo, pero que amigos tiene muchos.

Verlo transformarse en Canuto era algo totalmente previsible, como cada vez que se ofende en plan voy a privarte de la maravilla de mi presencia, y se aleja azotando al viento con la cola, bajo la lluvia.

En momentos como ese, Sirius no podría ser más perro callejero, Peter siempre lo ha dicho.

Si un mes atrás Alice hubiera presagiado que acabaría en su casa tomando el té con tostadas, suerte de desayuno improvisado junto a Potter, Lily se hubiera echado a reír y hubiera dicho algo así como Potter, hace cuánto que no oía ese nombre. ¿Todavía recuerdas a James Potter?
Ahora suena igual de descabellado que si se lo hubieran dicho un mes atrás, pero también le resulta peculiarmente normal tener a Potter alabando sus sillones, riéndose a media voz de cualquier tontería, más emocionado por el televisor que cualquier niño en Navidad.
Empezó sentándose sobre el control remoto, prendiendo sin querer la tele, y acabó llamándole casi con miedo porque Lily, alguien te está hablando en la sala, pero parece que no me oye, y acabó pasándole a todos los canales deslumbrado por la magia del aparato, casi pegado a la pantalla y sin dejar de señalar.
¿Dónde había quedado el chico prepotente y arrogante que se pavoneaba por Hogwarts prendido de Sirius Black?

– ¿Cariño? –la voz de su madre la desconcertó. Se paró y desde el recibidor pudo verla, en camisón y apoyada en el barandal de las escaleras. Como todas las mañanas, se veía increíblemente lúcida a pesar de recién despertarse.

– ¿Te despertamos, mamá?

– ¿Vino Alice?

–No, no es Alice –dijo, improvisando una mueca y una explicación sobre la marcha. No es que le debiera explicaciones a nadie, que vamos, ya no está en la primaria, pero esa mujer sigue siendo su madre, y mejor aclarar todo desde el vamos, que bien sabe Lily que al menor descuido toda la familia está invitada a una boda que nunca se ha discutido –es un viejo compañero de Hogwarts, eh, Pot-, James.

–Oh, ya veo. Con que James, ¿eh? En seguida bajo, linda.

–Tómate tu tiempo.

Lejos de lo que pudiera pensar, pasar ratos con James no resultaba incómodo en absoluto. A lo mejor porque ambos eran adultos maduros (en la medida de lo posible) y responsables que habían podido superar exitosamente su noviazgo adolescente.

Cuando regresó a la sala, James seguía prendado de la televisión, sentado en el suelo con una pierna flexionada y la taza de té al lado.

– ¿Todavía prefieres las tostadas con mermelada? –le preguntó desde allí, sin quitar los ojos de la pantalla que lo mantenía embobado. En una mano tenía el cuchillo de untar y en la otra una tostada sin nada. El tarro de la mermelada estaba junto a su taza de té –Como mi madre. Ella las preparaba todas antes de empezar a desayunar, y cuando era niño solíamos escaparnos al jardín o montar picnics en la sala.

Marlene empezaba a perder una apuesta.

La tardanza, sí, lo sé. Ninguna excusa es suficientemente buena, sobre todo las que hablan de autocompasión.
Gracias por los reviews, a muchos no les cuestan nada y para mí valen algo así como TODO.