Disclaimer. Nada de lo que puedas reconocer me pertenece.
Advertencia. Relaciones hombre/hombre.
Invencibles.
V.
Ocurrió una mañana. Alice se despertó y decidió no moverse de la cama, porque sabía que en cuanto se moviera para ir al baño o para ponerse un par de medias y abrigarse los pies (había pasado frío toda la noche), las voces de la cocina se callarían. Hoy eran tres. Marlene, por supuesto, y seguramente esos hermanos Prewett que Alice veía incluso en la sopa.
La puerta de su habitación estaba cerrada, pero para qué es una bruja si no puede hacer un pequeño hechizo, como una travesura, y oír con más claridad palabras y frases como Él no quiere que…, la misión ha…, la Orden, y también algo sobre el Ministerio.
Movida por el instinto, que siempre fue más fuerte que ella, se puso de pie y varita en mano (el inconsciente obra de manera fabulosa) caminó hasta la cocina y preguntó
–Bien, ¿qué mierda está pasando?
con la voz de quien para recién haberse levantado no parece haber estado durmiendo. Y Marlene levantó la vista del crucigrama que estaba haciendo (uno de las ediciones viejas de El Profeta que guarda bajo la cómoda y nadie sabe para qué), bebió un sorbo de té y puso cara de perplejidad.
A Alice le sorprendió encontrarla absolutamente sola en la cocina.
–Yo sé que estaban aquí –sentenció ofuscada, y se fue a bañar.
…
Cualquiera podría bien haber creído que el Buscador estrella del campeonato acababa de volverse loco, y no porque le haga ojitos al chucho que saltando cruza a su lado el estadio, más bien porque va gesticulando como si la vida se le fuera en ello y modula como si hablara solo, que es sabido, es un mal hábito.
–Que en serio, Canuto, ya me echaron la bronca del siglo por haber perdido el partido.
El perro lanudo y enorme movió la cola y James de reojo vio que el chucho echaba la cabeza hacia abajo, entrecerraba los ojos y estiraba un poco la boca, como si los perros pudieran estirar las comisuras de sus bocas y reírse tanto cuanto pueda parecerse a una risa ese gruñido gutural, esa vergüenza de risa, que sin embargo, lleva algo de Sirius.
–Se nos viene la luna, Canuto. ¿Qué haremos? –preguntó al aire –no te das una idea de lo molesto que es recordar que no puedes responder. Una mierda. ¿Por qué no podrán hablar los perros?
En dos zancadas, los vestuarios se hicieron ante ellos, y Sirius se mandó dentro antes que James, porque así es él, gustoso de llamar la atención, colarse entre las duchas y pasearse entre las piernas de todos los seres humanos.
Ya volvería luego, con una sonrisa de he hecho la gran vida, cuernos, y él le dirá sí, lo sé. Es que así somos los jugadores de Quidditch, el tamaño es proporcional a nuestras escobas. Las de volar, quiero decir, y como James lo conoce prácticamente de toda la vida (porque el tiempo que pasaron separados, durante la tierna –o no tanto– infancia se ve equilibrada por todo el tiempo que estuvieron juntos antes de existir) y de tantas aventuras como pueda imaginar, sabe que Sirius se reirá entre dientes ¿entonces por qué tu escoba es tan grande, Cornamenta? Si fuera como dices, deberías apoyar tu lindo culo en una ramita y luego, sin venir a cuento comentaría que ¿sabías que ninguna mujer necesita vestirse para acariciar a un perro encantador y galán?
Cuando James se mete dentro del uniforme, es otro. Canuto tumbado en el césped rascándose las patas con la nariz cuando en realidad lo que quiere es rascarse la nariz con las patas, le importa poco y nada. Emily, una de las cazadoras, está muy sentadita a su lado, y le rasca la cabeza y juega con sus orejas y Sirius se deja, porque así es él: se hace el duro pero es un cachorro al que le gustan los mimos y correr atrás de la pelotita. Claro que si el entrenador vuelve a atraparlo jugando a trae la pelota con la Quaffle, Canuto se la va a pasar bastante mal. Por eso se queda a un lado cuando empiezan las prácticas y todos lo olvidan, y desde su sitio tiene pase libre para ver todos los entrenamientos que quiera, suficientemente conforme con su motocicleta para no envidiarle nada a ese cuernos, y así están, sumergidos en paz.
…
Cuando despertó, la parte desecha de su cama, algo así como una trinchera o como una delimitación tan abstracta como pueda serlo, le indicó que Sirius se había colado (otra vez) en su cama y que (otra vez) le había dejado en la mañana. Remus nunca creyó poder acostumbrarse a una canallada semejante, pero ahí está, tomando una actitud injustificable como una cotidianeidad, siendo más culpable que Sirius por ser quien se presta al uso y abuso indiscriminado.
Cambió las sábanas, se metió a la ducha y se encontró con Peter en la esquina de todas las mañanas. Allí fueron a desayunar en uno de esos locales de reunión para magos madrugadores donde los desayunos de Hogwarts eran una utopía y uno debía conformarse con las tostadas ilimitadas se reproducen como conejos en una canasta de mimbre, el zumo de manzana o de calabaza o el té religioso del nacionalista, y los bollos de crema o los huevos cocidos, los crepes o los panqueques.
Peter gusta de desayunar huevos día por medio, y bollos de crema los días pares. El zumo es religiosamente de manzana, mientras que Remus elige perder su tiempo bebiendo té con una cucharada de azúcar (de las que se revuelven solas mientras él lee el periódico) y desplegar su edición matutina de El Profeta, donde comenta con su voz más monótona que se ha aprobado un nuevo decreto o tal equipo ha perdido la fecha; rara se vez se pasea por los obituarios, porque cree firmemente que su desempeño a lo largo del día es proporcional a su humor de la mañana, y el suyo generalmente está pasado por agua, y sus gruñidos tienen nombre y apellido (apellido oscuro si los hay), gusta de cantar a los gritos en la ducha, va dejando todo regado a su paso y ladra cuando se transforma en un chucho pulgoso de ojos grandes.
–Dentro de poco será la luna llena, Lunático –comentó Peter distraídamente.
–No lo digas –le reprendió Remus, desviando su atención del periódico para constatar que ningún oído ajeno estuviera prestando atención a una conversación que no le atañe. Los años pasaban y el único que no había conseguido tratar el tema con condescendencia, casi con burla, un poco codeándolo, era Remus. James solía aludir a ello como nuestro pequeño problema peludo, y Sirius aludía al tema cada vez que sacaba a colación sus ganas de correr toda la noche.
–Nadie está escuchando.
–Eso no lo sabes –objetó. Peter sonrió. Un poco condescendiente, matutino, como cada vez que falta poco para la luna, algo así como mirar su vaso, y sonreír justo cuando los labios tocan el vidrio del vaso. –Lo tuyo es como la menstruación –determinó.
…
Las cinco. Dos minutos más, dos minutos menos, pero esencialmente las cinco.
Cuando se metió en eso creyó que sólo trabajarían de noche, porque así es como pasa en las novelas. Capuchas, ropa oscura y la noche cubriéndole los pasos, pero no. Se equivocaba. También había mucho que hacer de día, porque cuando dicen que el crimen no duerme, están diciendo la verdad.
–Quiero a McKinnon en mi despacho ahora –vociferó Moody, el jefe del departamento de Aurors del ministerio de Magia. Era un hombre relativamente joven, de complexión robusta a pesar de las corridas que se merecía su buen empleo con buena gana. Lo importante es saber que tiene un temperamento que atemoriza al mismo Satanás, cosas que pasan.
Marlene apareció no mucho después de que la orden fuera dada a la secretaria, lo cual no es decir poco. La pobre secretaria que necesita la remuneración para pagar la renta debió correr dos pasillos y medio para colarse en un ascensor superpoblado donde no cabría siquiera una pulga, tolerar que le echaran un café encima y que se le metieran los comunicados voladores (innovación que tiene a todo el mundo como loco) en el pelo. Luego de un paseo de vértigo por medio Ministerio, acabó encontrando a la solicitada Marlene McKinnon, que vaya a saber Merlin para qué diantres la quiere su jefe, y como sea, la secretaria la compadece.
– ¿Qué hay? –preguntó Marlene con una sonrisita, cerrando la puerta tras de sí. Llevaba un café en la mano y el cabello hacia atrás.
–Buenos días, Jefe –le corrigió él con pocas pulgas –Tengo un trabajo para ti, McKinnon.
–Para eso estoy aquí, jefe –bromeó ella.
Ojalá no hubiera estado.
Cuando se dio cuenta que todo estaba mal, ya era tarde. Fue como una iluminación repentina, como percatarse de que algo allí –en lo concurrido de la calle– iba francamente mal, y ver que los encapuchados existen pero existen de verdad, fue un golpe duro.
Todo fue muy rápido al principio, mascullando un no como desgarrado, y sacando su varita, le indicó a su compañero que los tres locos de la calle de enfrente iban a volarlos a todos en pedazos, y a penas sí hubo tiempo para salvar a una poca gente, para cruzar la calle corriendo sin oír las bocinas que se alzaban en protesta y exclamar las primeras maldiciones que se le vinieran a la mente. ¿Duelos a las cinco de la tarde en el Londres muggle? ¿A quién le importa eso? A Marlene en ese momento no.
Explotó en una esquina una toma de agua, estallaron los cristales de dos escaparates y todo se volvió un estambre de gritos y de alarmas. Nadie entendió nada, pero allí, cinco aurors del Ministerio estaban enfrentándose a tres Mortifagos y el juego de luces (rojas, azules, algunas verdes y pocas violetas) era mucho más mortal de lo que parecía a simple vista.
La risa de Fabian la descolocó. Todo era un caos, y Fabian tenía la osadía de reírse, y cómo. Se reía con toda la boca sin estarse quieto, avanzaba a la par que iban surgiendo hechizos de su boca y de su varita. Sería la primera vez que veía a Fabian sin Gideon, y sería la primera vez que lo mirara y lo viera en serio. No como Fabian, alto, apuesto y carismático, hermano de Gideon, sino como Fabian, el que lleva las batallas tatuadas en la piel, el que es un temerario, el que nació para estar allí en ese momento, de quien Gideon es hermano.
Entonces oyó una maldición susurrante y se percató de cuán tonta había sido. Su pelo se volvió un lío en su cara, levantó la varita y como en sus peores sueños, apuntó a su enemigo y no supo qué decir. Una laguna en la mente y una luz golpeándole el pecho, derribándola. No soltó su varita.
Lo último que vio fue la aglomeración de nubes grises sobre Londres y la voz de Fabian gritando su nombre. ¡Marlene! Y otra vez. Y de nuevo.
…
Ni bien leyó el mensaje de Alice, buscó en el perchero de su casa su impermeable y en la desesperación, hizo algo que en cualquier otro momento donde la razón rigiera su vida, no hubiera hecho. Le escribió a James. Garabateó unas líneas y con la misma lechuza de Alice, le escribió a James Potter.
Luego agarró las llaves de casa, le explicó a su madre que no sabía cuándo volvería pero que le enviaría una lechuza ni bien lo supiera, y se desapareció casi enseguida, conteniendo esa urgencia que Alice le había transmitido en dos líneas de caligrafía temblorosa y desprolija, con alguna que otra falta de ortografía y sin tiempo para ninguna otra explicación.
–Pero ¿qué pasó, cielo? –inquirió su madre, con la preocupación en el rostro, como esa vez que Petunia se fue a misa en plena tempestad sin dejar una mísera nota y regresó a las dos horas, empapada hasta la médula, para darse cuenta que su casa era un caos y que todo el mundo parecía haber colapsado. Se sintió fatal, pero Lily sospecha que también disfrutó un poco (mucho) toda esa atención que había recaído en ella de inmediato.
– ¿Recuerdas a mi amiga Marlene? Está en el hospital.
…
San Mungo. Un sinfín de pasillos blancos con olor a desinfectante y cuadros y esculturas de respetables intelectuales que muy serios posaban a los ojos de todos y se sacaban los mocos cuando creían que nadie estaba mirándolos.
No hay un lugar que Frank odie más que San Mungo, que ese olor pestilente a inyecciones y medi-magos con sus dietas estrictas y sus pociones horribles; que esos pasillos que siempre parecen desencadenar en más pasillos que van a ningún lugar, y las flores como presagios de muerte que van de acá para allá en manos de gente que camina detenida en un tiempo ajeno al tiempo, en un espacio ajeno al espacio.
Le enferma estar en San Mungo.
–A mí me recuerda a la enfermería de la escuela –comenta Peter con una sonrisita –Pero más grande –hace una pausa, camina más ligero, mira el piso y vuelve a hablar: –siempre acabábamos ahí. Para faltar a clase, cada vez que Remus se enfermaba, todas las veces que James se rompía un hueso jugando al Quidditch o cada vez que Sirius se peleaba con alguien.
Frank no le dice nada, porque entre ese malestar general que San Mungo provoca en él y la preocupación por tranquilizar a Alice, es poca la atención que le presta. Está claro, sin embargo, que Peter se siente muy orgulloso de todo lo que dice.
…
– ¡Ah, San Mungo! –exclamó Sirius, gesticulando con las manos primero y con todos los brazos después –Todos salimos de aquí y aquí todos regresaremos, cuando seamos viejos y feos y ya no estemos en condiciones para ligar, beber o cualquier cosa que valga la pena en la vida.
–Habla por ti, yo seré un viejo con buena salud.
–Porque te estás volviendo viejo ahora, Cornamenta, es lo que yo digo. Yo seré eternamente joven, incluso cuando cumpla los sesenta y en vez de ser padrino de tus hijos sea padrino de los hijos de tus hijos. Ah, sí, ya lo puedo ver. Y ellos vendrán a mí y me dirán tío Sirius, ¿nos llevas a dar una vuelta en moto? y también ¿por qué no puedes ser tú mi abuelo en vez del imbécil de cuernos, que se pasa el día sentado en su puta mecedora tejiendo calcetines con la abuela Lily?
– ¿Tejiendo calcetines, Canuto? ¿En serio? Gracias, mejor amigo –refunfuñó –Mis nietos no me llamarán Cuernos, además. Me llamarán James.
–Otro despunte de originalidad, ¿eh?
–Vale, que me llamen…que me llamen… ¡Lily!
Sirius se echó a reír sin disimulo, con esa risa estruendosa que no se reserva siquiera en un hospital, donde desde los cuadros unas viejas hurracas los miran con desaprobación y el cartel que solicita silencio revolotea a su alrededor armando todo un revuelo. Ni siquiera guarda compostura cuando un féretro negro pasa volando a su lado, seguido de una procesión de angustiadas personas.
– ¿Lily? ¿En serio?
–No, idiota. Lily está allá –masculla, avergonzado, y entonces señala el lugar donde una muchachita pelirroja busca indicaciones en un plano. Los oye, los mira con desmedido reproche, se arrepiente de haberles avisado. Se lamenta. Todo a una velocidad de vértigo.
– ¿No puedes comportarse al menos en un hospital, Black?
–También me alegro de verte, pelirroja.
…
A Marlene le molesta que la gente sepa cuando está herida o cuando está enferma, porque eso la lleva a sentirse herida o enferma. Prefiere andar con fiebre por la calle y vendarse en el baño antes de salir. Le molesta, también, que vengan a verla y que le digan qué puede hacer y qué no. Y desde luego, le molesta el frenesí descontrolado de Alice, que desde hace media hora va de un lado al otro de la habitación como si quisiera o pudiera o se planteara cavar un foso en el piso.
–Venga, Alice –susurra. –Cálmate.
– ¡En San Mungo! –exclama, un poco desquiciada vaya a saber Merlín por qué –En San Mungo, cariño, ¿cómo fue que acabamos aquí?
– ¿Un accidente? –improvisa, y entonces se da cuenta que Alice (persona curiosa si las hay, de esas que nunca ha podido superar la etapa de los por qué en la infancia) va a indagar hasta obtener una respuesta que la satisfaga, respuesta que Marlene no conoce, porque no puede darle la versión original. –Vamos, ve a casa, prepara la cena e invita a Frank.
–Frank viene para aquí.
– ¿Cómo que viene Frank?
– ¡Y Lily! Y ¿por qué hay un desfile de aurors en la puerta? ¡Moody, Marlene, Moody está aquí! ¡El mismísimo jefe de los aurors! Claro que también tus novios, los Prewett, y la mitad del Ministerio. ¡Si hasta oí que alguien mencionaba a Dumbledore!
–Hay muchos aurors apostados en el pasillo porque, además de ser auror, soy una persona muy importante –bromea, buscando ser menos Marlene y más Fabian. Alice pone cara de mala leche y resopla. En ningún momento abandona el plan de cavar un agujero.
No, si la verdad es que acabar herida es un hastío.
...
En algún momento Marlene perdió la cuenta de toda la gente que se metió en su habitación. Sabe que los primeros fueron Frank y Peter, con unos aires festivos que la tranquilizaron bastante, y que agriaron el ya de por sí agrio humor de Alice.
–Bien, ¿qué está pasando? –pregunta Sirius, cruzándose de brazos y apoyando la espalda en la puerta.
Alice lo mira, y parece como si quisiera gritar ¡llevo preguntando lo mismo desde hace semanas, por Merlín!, Peter se encoge un poco en su sitio, Lily espera en silencio, como si creyera que ese no es tema suyo, aunque está en su naturaleza preocuparse por Marlene y llenarla de consejos del tipo abrígate cuando salgas y por favor, cuídate mucho. Frank parece tan determinado en saber como parece Sirius cuando habla, y cuando James entra en la habitación, irrumpe como quien está en su propio cuarto, empujando a Sirius contra la pared y quitándole todo lo solemne a su actuación; y nadie le presta atención a Sirius, porque cuando James entra, lo hace precedido de Albus Dumbledore, director de Hogwarts.
– ¿Pueden creerlo? ¡Dumbledore está aquí!
–Creo que hay mucho que hablar –refunfuña Alastor Moody de mala gana, haciéndose paso. Sirius Black estampado en la pared parece haber pasado al olvido. Dumbledore se acomoda las gafas de medialuna y sonríe cavilando, convencido de que el destino es quizás una magia más poderosa que esa que sale de la varita de los magos; poder equivalente al que le atribuye al amor, quizás, a la magia muggle de amar como morir por alguien. Esto tenía que suceder, de alguna manera u otra, por mucho que le huyeran, tenía que suceder. Qué bien le vendría tener los bolsillos llenos de caramelos de limón para calmar los ánimos.
…
– ¿Orden del Fenix? –inquiere Remus, escéptico. Sirius hace una mueca. En cualquier otro caso sonreiría como el que más y diría algo así como esto es una pasada, pero encuentra muchos oscuros en tan pocos claros que ya ni siquiera quiere bromear al respecto.
Se apoya en la mesada, mira las musarañas del techo y le roba aire al mundo. Le gusta pensar que tiene el pelo más largo que la última vez que se miró, pero no es más que una artimaña débil para no pensar en otras cosas, esas terribles que empiezan con efe de familia desequilibrada y amante de las artes oscuras y acaba con Regulus, su hermano Regulus, con su culpabilidad tocándole el hombro para ver si se digna a darse vuelta y mirarla a la cara, porque Regulus –no el que se parece a él pero falla en lo encandilador, no el desgarbado de la sonrisa como línea de horizonte y la palabra que cala justo allí donde duele, que perpetra en la carne; Regulus el chiquillo que llevaba el flequillo largo cuando niño y que tropezaba cada vez que se vestía con la túnica de su padre para ser más grande, ese que temía de las tormentas y siempre acababa en su cuarto– es todavía su herman(it)o, Regulus es ese curaba pájaros heridos a escondidas, el de la inmensa nobleza que ha dejado abandonado en el agujero más sucio y oscuro del mundo, allí donde sabía que iban a extirparle todo lo bueno si no se lo habían quitado ya, donde iban a privarlo de una opinión, de lo bueno de razonar, e iban a llenarlo de repeticiones y convicciones cruentas y erróneas. Y si pasó, si su hermano es ahora más Black y menos Regulus, Sirius Black es completamente culpable de eso.
–Creo que ya es hora de una de esas agradables visitas familiares –dice con amargura, relajando los hombros y el cuello – ¿crees que me perdonen si no les llevo un presente? ¿y si mato al puto elfo doméstico cuando no me deje entrar?
– ¿Realmente estoy oyendo a Sirius Black decir que entrará por la puerta grande de Grimmauld Place?
–No, Lunático, esas son fantasías tuyas –bromea –dije que nunca regresaría y jamás regresaré –hay algo de promesa (no, de promesa no, de juramento, mucho más solemne, mucho más afirmado, mucho más tangible y furioso) en su boca cuando se mueve y en sus palabras cuando se pronuncian. – ¿Recuerdas a mi linda prima Bella? Le encantará verme.
…
–Necesito ser parte de esto –fue lo primero que dijo Frank cuando salieron de San Mungo, como si de golpe y porrazo recuperara todas esas fuerzas que el mejor hospital mágico del Reino Unido le había quitado.
Alice no tuvo necesidad de preguntar a qué mierda estaba refiriéndose, porque así como él, ella no podía quitarse de la cabeza la voz serena y resquebrajada de Dumbledore contándoles un cuento, uno de los de antes de dormir, de la lucha por lo que es correcto después de haber descartado seguir el camino de lo que es fácil; la invitación abierta a formar parte de una rebelión suicida, de una utopía de guerra que no pueden ganar. Alice puede firmar en esa calle sin luz, en ese momento privado de calendario, que no pueden ganar.
Alice en silencio es un suceso tan estrambótico que estremece, es como el anticipo de la Hecatombe, como una muerte anunciada o la certeza del cuchillo contra la piel. Un abismo.
Frank tiene la certeza de cuánto le hubiera gustado a Alice nunca oír eso de él. Porque lo heroico es heroico en las novelas y en los cuentos, en lo tangible tiene más de angustia que de heroísmo.
Frank no necesita permiso de nadie para hacer nada, eso lo saben muy bien los dos, pero por una vez en su vida decide ser un capullo y pedirle la bendición haciendo de la palabra petición un mensaje subliminal que susurra a media voz en los oídos de ambos.
¿Cómo darle la bendición para morir?
–Es una locura.
–Alguien tiene que hacerlo.
– ¿Por qué tú? ¿Por qué nosotros? –le espeta ella, enfadada. No con Frank, con su propia cobardía, con sus miedos, con las guerras que se dicen a media voz, con los mártires que regalan sus vidas por el egoísmo de creerse los únicos, los indicados. Con la ética. Está enfadada con la ética, con esa sensación que le acaricia la piel y le dice que de alguna forma u otra va a formar parte de eso, que es capaz.
–Eso es lo primero que se preguntó Marlene, o Moody, o Dumbledore –respondió Frank con gentileza, sujetándole los hombros menudos con sus manos grandes. –Y al final todos entendieron que si no lo hacían ellos, no lo haría nadie.
Le abraza. Esa criatura menuda y sin fuerza que es Alice le abraza rodeándole la espalda con los brazos y enterrando en su pecho el rostro, y Frank la deja, porque entiende que Alice está necesitando un lugar donde sentirse a salvo y a lo mejor llorar.
–Nunca te vi tan desesperanzada.
–Aprovéchalo. Mañana soy otra, seré parte de algo que es más grande que yo, que nosotros. Porque alguien tiene que hacerlo, ¿verdad?
Ah, sí. Puede firmar allí mismo cualquier documento que prediga que no pueden ganar esa farsa de guerra, pero no va a dejar que a Frank lo derroten solo.
…
Se está volviendo una mala costumbre eso de aceptar las propuestas de Potter incluso antes de que las formule y dejarse arrastrar por Londres en pos de una charla banal y fingir que no pasa nada entre ellos, que no son más que amigos (quién iba a decir que acabaría siendo amiga de James Potter) aunque persigan el tiempo que están solos y busquen estirar el que pasan juntos hasta que empieza a desgarrarse por el centro y a desfigurarse en los bordes.
Ese lugar no era para nada la casa que imaginaba para James Potter. Absolutamente para nada. Tenía una fachada de esas que te dejan imaginando una casa enorme y ostentosa, donde predomina el blanco y todo es cristal negro, divanes y escaleras; y los árboles toleraban desnudos el frío inminente del otoño, que se hace sentir.
Sin embargo, paradoja de James, por dentro era una casita acogedora, con una chimenea de esas que arden durante todo el invierno y hacen del frío del exterior una utopía, de esas de ladrillos barnizados y retratos enmarcados encima, donde un crío volaba en una escoba y las nubes se sucedían dando la idea de una continuidad, o donde una pareja de aspecto amable se abrazaban por la cintura y se besaban las mejillas, sonriendo a quien sacara la foto.
La sala daba lugar a la cocina, el olor a canela y vainilla hacía pensar que alguien había pasado la noche en vela cocinando galletas (Lily no le creería aunque James jurara que fue él) y todo mantenía un aspecto a foto de primavera, a casa familiar que estremecía.
–Mis padres –dijo James, deteniéndose detrás de ella y mirando la misma foto de la pareja. Junto a esa había una tercera que Lily no había visto. En ella estaba Sirius, abrazado a la madre de James. Su padre le despeinaba el cabello y por un extremo James aparecía corriendo para colarse en la foto.
– ¿Black?
–Ah, sí. De cuando vivía aquí –sonrió James, mirando la foto con esa añoranza que traen los buenos tiempos.
– ¿Black vivió aquí?
–Un tiempo, después de mandarse a mudar de su casa.
Lily abrió la boca para decir algo, pero al cabo volvió a cerrarla, porque de pronto ese Sirius Black le parecía otra persona distinta del Sirius de siempre, el gamberro que cree que ser un capullo fomenta el atractivo físico, y que se ríe con toda la boca para llamar la atención.
–Los padres de Sirius tenían en alto estima ciertos ideales y prejuicios que en la sociedad no son extraños. –le explicó James. –Ya sabes, pureza de sangre, el predominio de ellos sobre quienes consideran impuros e inferiores. Creen poder reclamar más derechos sobre la magia que los demás.
–Sé lo que significa creer en la pureza de la sangre –apuntó Lily, haciendo una mueca. El recuerdo de Severus llamándola sangre-sucia en el lago cruzó su mente como un flash, como un relámpago en la oscuridad. Vio y oyó el odio antes de regresar una vez más a la sala de Potter.
James hizo una mueca que Lily no vio, por estar de espaldas a él, y entonces ella recordó haberle prometido a su madre enviarle una lechuza para mantenerla informada.
Escaleras arriba, en la tercer habitación, Lily encontraría a Merlina, la lechuza de James. Merlina la miraría con sus ojos enormes y Lily se asustaría de verla despuntando en la oscuridad. Ataría apurada su nota improvisada y la vería perderse fuera, en la oscuridad y en lo incierto.
Lily nunca había estado en la casa de James, mucho menos en la planta alta de la casa de James, y no es que sea una de esas personas curiosas que se sienten en derecho a investigar en casa ajena, es simplemente que el Canuto estuvo aquí escrito con letras blancas en una puerta de madera llama la atención de quien incluso prefiere que nada capte su atención. Y estaba entreabierta, la puerta, vamos.
–Lumus –susurró como quien hace una travesura aunque sabe que está mal, y colando un pie entre el dintel y la puerta, metió el brazo y la varita, iluminando una habitación con una única cama tendida, un armario y una pared minada de posters con jugadores de Quidditch en movimiento que la instaban a apagar la luz.
Cuando James puso la mano sobre su hombro, no pudo evitar sobresaltarse y dejar caer su varita al suelo. La luz seguía allí, alumbrando un sector virgen de pared y creando allí sombras incomprensibles.
Se dio vuelta con violencia y como si le hubieran sacado el alma por la boca, le miró con los ojos desorbitados y algo de reproche (bien sabe James que Lily siempre guarda algo de espacio para los regaños). Él se rió entre dientes y le dijo algo así como ¿has oído hablar del famoso chocolate caliente especial de James Potter? No es algo que todo el mundo tenga el privilegio de probar.
Mucho de razón tenía respecto de lo sublime de su chocolate caliente, aunque que a Lily le costara aceptarlo.
–Yo soy un desordenado –sonrió James, como si ser un lío constituyera una parte importante en su orgullo. –Pero los elfos domésticos de mis padres son los mejores.
– ¿Oíste todo lo que Dumbledore dijo? –preguntó Lily. No venía a cuento con lo despreocupado de la conversación, ni con el ambiente agradable, ni siquiera con el recuento de ladrillos de la sala, pero tenía que preguntar, incluso aunque preguntara sabiendo la respuesta, y James se pusiera serio de golpe.
– ¿Qué hay con eso?
–No lo sé. ¿No has pensado en…?
– ¿Y tú? ¿Piensas unirte?
–Nunca habrá nada más significativo que esto.
– ¿Lo harás por lo significativo, entonces? –preguntó James, revolviendo el chocolate de su taza tan sólo por hacer algo. Dejó caer los hombros y cruzó las piernas sobre el sillón. Lily flexionó las suyas, recargando la espalda en el apoyabrazos y como si lo necesitara, buscó centrar la atención en algo. Cualquier cosa, pero algo más allá de los ojos de James mirándola fijamente.
–No. No, claro que no. Siento que ahora que conozco la causa no puedo ignorarla, que es mi responsabilidad.
– ¿Responsabilidad? Nadie habló de responsabilidades –sentenció James. A Lily le molestó ese comentario, ese entre otros mil que James pudiera haber hecho, porque le recordaba cómo era la relación de James Potter con los compromisos y las responsabilidades.
–Mi responsabilidad para con todo aquel que deba someterse a un cambio que yo puedo frenar –replicó ella. –Todo esto, James, lo que conocemos está cambiando. La gente desaparece, muere y ellos, estos…Mortifagos tienen impunidad. Pero podemos cambiar eso, por nosotros, y la gente que es importante. No puedo ser indiferente hasta que vengan por mí, porque entonces va a ser tarde.
James sonrió. Si hubiera habido un momento más inoportuno que ese para sonreír con toda la boca, Lily no habría podido ofenderse más. Cerca estuvo de pararse (ni siquiera el mejor chocolate tibio del mundo mágico valía eso), buscar su abrigo y mandarse a mudar, pero como si la adivinara, James le soltó ese tipo de cosas que dice cuando no se da cuenta que puede descolocar a alguien:
–Venga, ya somos dos.
…
Gracias a todos por los reviews, el cielo ya es suyo (?).
