Disclaimer. Nada de lo que puedas reconocer me pertenece.
Advertencia. Relaciones hombre/hombre.
A Alikum, porqe sí
Invencibles
VI.
Llegó a casa después del desayuno, porque aunque intentó irse a primera hora, James le soltó una perorata de hora y media sobre lo importante que es la primera comida y sobre cómo nadie abandona la casa de sus padres sin que parezca que han intentado rellenarle para Navidad.
Nunca imaginó que un chico como James Potter –de los mimados y consentidos, los arrogantes que creen que la vida está hecha a medida y que el mundo cabe perfectamente en la palma de sus manos– siguiera usando esos pijamas de Snitchs que tanto intentó ocultar durante todo el tiempo que duró su noviazgo, y que más allá de lo ridículo y bizarro de su pijama, se levantara más temprano que ella con tal de preparar waffles, artimaña sucia donde las haya, porque nadie puede resistir los waffles y porque
– ¿Sales conmigo, Lily? –es como un arrebato, como un inevitable, como que su boca diga lo que su mente censura, y que todo su cuerpo se relaje quitándose un peso de encima y vuelva a tensarse al instante, porque vamos, Lily va a rechazarlo como siempre ha pasado, sólo que ha perdido la costumbre del no rotundo, de su mirada severa y su voz amable.
Ella es demasiado buena para él.
–No otra vez –se ríe ella, y no es poco lo que lo sorprende esa sonrisa, que tiene más de estirar un poco la comisura de los labios que de la acción y efecto de reírse, casi como un espasmo. –No empieces con eso de nuevo.
– ¿Sales conmigo?
– ¿Cuándo dejarás de preguntarme lo mismo? –se cruza de brazos, frunce el ceño y James, que nunca entendió nada de colores, cree que lo naranja de su pelo queda perfecto con lo verde de su tapado, y que Lily brilla cuando intenta desviar la atención, parecer elocuente y simpática y rechazarlo de una manera que no duela, casi como diciendo podríamos olvidar que dijiste eso y comer los waffles. Por cierto, ¿te dije alguna vez lo mucho que me gustan los taburetes altos?
–Cuando me digas que sí –sonrisa de gamberro, palabras que salen holgazanas y desligadas de su boca. No puede ser de otra manera.
–El mejor chocolate caliente y unos waffles de ensueño, ¿qué más esconde James Potter detrás de las gafas? –bromeó.
–Me lo reservo para nuestra luna de miel.
– ¿Cómo sabes que va a funcionar? Lo intentamos y fracasó –apunta ella, jugando con el tenedor. Él sin mirarla fue a por la jarra del zumo y sirvió dos vasos casi hasta el tope, como si buscara una forma de ganar tiempo y pensar en una respuesta ingeniosa.
–Porque si quieres que funcione, tienes que intentarlo dos veces y hacerlo de forma distinta –no es su ocurrencia lo que la deslumbra –no lo va a admitir, pero sí, la deslumbra–, es lo honesto que suena cuando él lo dice, es la convicción.
–En el hipotético caso de que quisiera salir contigo, ¿qué haríamos exactamente?
–Lo que quieras, cualquier cosa.
–Oh, fantástico –no lo mira porque de mirarlo se le escaparía la risa por todos lados –todavía no puedo convencer a Alice de que me acompañe a un museo de historia muggle. –y es recién después de fijarse bien en la cara de James, lo de la mueca contenida y la nariz ligeramente fruncida, que se echa a reír.
Primero suspira, luego sonríe como un bobo y al final –con miedo– le pregunta que si va enserio, y entonces se ofende porque ha caído en una broma tonta e inofensiva y alega que estás jugando conmigo cuando yo voy muy en serio, Lily.
–Vale.
– ¿Vale qué?
–Vale-acepto-salir-contigo.
Y cuando llega a su casa y se quita el abrigo, allí está su madre, muy sentadita en el sillón, quitándole el polvo a unos viejos retratos donde figuran ella y Petunia cuando niñas. A su madre sólo le hace falta mirarla de reojo, sonreírle con sólo media sonrisa y decir
–Ya recuerdo a este chico James. Potter, ¿verdad? Ese que tanto te gustaba
con voz de madre, de amiga y consejera, esa a la que nunca ha podido guardarle ni el más mínimo y tonto de los secretos y que siempre le adivina las mentiras.
–Oh, Dios, que me maten si no sé yo cuánto te gusta todavía ese chico, Lily Evans.
…
–Miren quién está aquí –su voz seguía siendo la misma de siempre, pero había cambiado algo en la manera de hablar, como si abriera menos la boca y se reservara más, como si cada palabra fuera un privilegio del oyente, algo que ella escupe con repugnancia, haciendo de todo cuanto no sea ella, un ente, un ser inferior. Y lo cree, de verdad cree (y Sirius lo sabe) lo de la inferioridad.
– ¿Me extrañaste, Bella? –se sonríe. No como cuando está con James y sus sonrisas son frescas, muestras gratis de lo mucho que disfruta la vida que lleva, la que elige para sí entre tantas otras.
La sonrisa de ahora es más fría, más cínica, un cinismo que Bella entiende como si fuera un idioma (y si lo fuera, ella lo hablaría como a la lengua madre). Una sonrisa déspota.
Bella se sonríe. Lleva el cabello mucho más largo que la última vez que la vio, que fue hace tanto tiempo que Sirius ya ni siquiera puede contarlo. Años, varios.
– ¿Ya te aburriste de la escoria sangre-sucia? –susurra con voz dulce y maternal. Sirius siempre ha odiado la cara que pone cuando habla así, como si la voz acarreara una forma especial de poner la boca.
–No realmente. No te das una idea de lo buenos que son en el sexo –ahí es cuando tiene que sacar su lado gamberro a relucir, para afianzarse más sobre las plantas de los pies y levantar el mentón, orgulloso de la vida que eligió, negándose al miedo de la amenaza explícita que es Bellatrix cuando se mueve, saca su varita y se le echa encima, pegándose a su cuerpo, clavándole la varita en el cuello. Le ha golpeado la espalda contra la suciedad con pared del callejón más ignorado de las afueras de Londres, pero está bien. Cuando Bellatrix le apunta con la varita, lo que menos importa es que la pared esté sucia; pero de alguna manera, se siente más tranquilo cuando ella está tan cerca que no existirá un tiempo físico entre el momento en el que pronuncie una maldición y el momento en que él la sienta estrellar contra su piel. Lo calma esa presión, esa amenaza que a otros volvería locos de terror. –Maldito traidor de la sangre.
–Venga, Bella –no, no es una súplica ni mucho menos, Sirius Black no puede rebajarse a ese nivel. Ni aunque su vida dependa de ello. No hay honor en salvarse suplicando. –Los dos sabemos que me aprecias más que esto, que no habrá hombre que pueda ponerse a tu altura como yo, que conmigo se irá la diversión.
– ¿Hombre a mi altura, dices? –susurra contra su oído, y Sirius puede sentir su respiración, su aliento cálido, cada vez que sopla el aire o lo deja entrar en su boca. Ella se ríe, quizás demasiado fuerte, y cuando afloja el agarre precipitadamente, se descubre una manga y le enseña un tatuaje negro y horrible que Sirius ya ha visto una infinidad de veces antes y que podía presagiar en la piel de su apellido, en la esencia de la sangre de su sangre, que de todas es la sangre más sucia. Sangre cubierta de sangre, de vidas arrebatadas, de crímenes bañados en impunidad.
Hay algo repugnante en cómo se besa el tatuaje (la significación) con una devoción enfermiza.
–Recuerda bien, Sirius, que voy a ser yo la que acabe contigo, pero eso será después de que veas en lo que se ha convertido Regulus. Él sí nos hace sentir orgullosos.
(En ese lugar, ese día y ese momento murió Sirius Black en manos de Bellatrix Black por primera vez. Ella nunca lo supo).
…
Se baja la capucha recién cuando pone un pie en el amplio recinto. Nadie lo mira, nadie lo conoce, él es dueño de un poder inimaginable. Resuenan sus pasos sobre las baldosas que los elfos han estado limpiando durante largas horas. Irrumpen el silencio, lo quiebran.
Las puertas al final del recinto se abren para él, para el poder de su mano, de su mirada y de sus palabras. El ascenso fue inmediato, es innegable que allí sí saben apreciar cuestiones elementales: jerarquías.
Cuando entra no lo mira. Sabe que está muy cómodo en una suerte de trono que ha escogido entre tantos otros tronos para que fuera su trono, que lo ha ido a comprar uno de los vasallos novatos al Callejón Knocturn, y que está muy complacido con su nueva adquisición; pero de todos modos evita mirarlo. No es como si pudiera, como si al cerrar los ojos o desviar la mirada, no supiera describir exactamente cada detalle del que ahora llama Amo. Las manos relajadas sobre los apoyabrazos, derecha la espalda hasta lo imposible, una sonrisa que parece la línea del horizonte, y que esconde algo aterrador aunque él no supiera exactamente nombrar de qué se trata.
El cabello sobre la frente le confiere el mismo aspecto que tenía cuando era estudiante en Hogwarts, apuesto, buen mozo e inofensivo. Algo hay en Tom Riddle que es aterrador, como un halo que lo envuelve, pero que no puede ser visto. Algo hay en Lord Voldemort que es como un enigma, como una palabra tabú, como algo que uno prefiere no saber para protegerse más.
Cuando se arrodilla frente a su señor y baja la cabeza, pareciera que todo el frío del universo está consumado en ese único punto donde su segunda piel, que es la ropa que viste, entra en contacto con las baldosas que forman el suelo. Levanta despacio la cabeza, como si quisiera retrasar el momento de verlo a la cara y que su propia cara quede descubierta a la cara de Lord Voldemort, a su inteligencia mortífera.
–Mi buen Regulus Black –gesticula Lord Voldemort, alargando su nombre hasta el infinito, casi jugando con él en la punta de la lengua, paladeándolo. Regulus no está seguro si a su Amo le gusta el sabor de su nombre, y de nuevo prefiere seguir respirando incertidumbres, aunque esté inundado de certezas. Certezas como que sí, en efecto, hay algo que a su Amo le gusta de nombre, una ironía, alguna letra, algún fonema. Alago hay, además de certezas.
–Mi señor.
–Has sabido cumplir bien tus consignas –cuando habla, parece que medita. Nunca se toma tanto tiempo, todo lo que hace y todo lo que dice, fue planeado y repasado con anticipación, pero hoy quiere ser dueño del tiempo también, y Regulus lo está sufriendo (será por eso que tanto lo disfruta Lord Voldemort), porque todo cuanto quiere es acabar de una buena vez con eso y marcharse a casa –es por eso que te he escogido especialmente a ti para esta nueva labor. ¿Recuerdas a Severus Snape?
–Sí, mi señor –no le brillan los ojos, no le brillan las palabras, pero todo eso es un honor. Y a media voz se repite que está en la causa de los buenos y se siente un héroe, se siente el mejor. Es todo lo que Sirius idealizaba cuando hablaban noches enteras a media voz, metidos en la cama del mayor (siempre). Es de quien hablarán los cuentos del futuro, cuentos que algún chiquillo travieso le cuente a su hermanito asustado para hacerlo dormir. Regulus Black, el que logró todo lo que a su hermano Sirius le daba miedo. Y lo hará por él, por Sirius, y bastante más por sí mismo, para demostrarles a todos aquellos que siempre lo tuvieron por sombra de su hermano, que él es muchas palabras más que las dos que forman su nombre. Él es más.
–Bien, porque quiero que lo traigas a mí. Intuyo que puede sernos útil de una u otra manera, y suelo tener buena intuición.
–Sí, mi señor.
…
Cuando mete las llaves en la cerradura y arrastra los pies, no espera que Remus venga corriendo y se le eche en los brazos como si fuera su novia, porque no lo es, e incluso le gustaría que no le preguntara dónde se ha metido, que no lo joda con eso de dejar todo tirado, que ignore un poco su maldito desorden y le deje un espacio en blanco para decorar como a él le guste, un espacio metafísico para respirar en el medio de la sala, cabizbajo y sumido en sus propios pensamientos.
Se sonríe, tirante y porque las fuerzas para reírse de sí mismo –maldad innecesaria si las hay, y Sirius Black las conoce casi todas y las disfruta más de lo que las conoce, aunque las conozca casi a la perfección, y el casi no es más que un poco de humildad– todavía perduran. Repasa mentalmente eso de ir a sentarse en la sala, sabiendo que Remus Lupin le escapa a los dormitorios como a las lunas llenas (y cuando se trata de escaparle a las lunas llenas, Remus Lupin corre en cuatro patas), que su lugar está en la sala, y que si Sirius acaba sentándose ahí es porque un poco quiere y necesita que Remus –pero no Remus, cualquiera. James, Peter, incluso esa pelirroja insufrible de Evans, daría mucho lo mismo– lo llene de reproches y nimiedades como la media que se le ocurrió guardar en las despensas o esa travesura sin pies ni cabeza de poner la sal donde va el azúcar y el azúcar donde se encuentra la sal; o aquella otra de hechizar el jabón de la ducha para que en vez de desinfectar la piel la ensucie por un margen de dos horas.
Ah, sí, cómo necesita esas nimiedades, que lo regañen por el ruido, por poner los pies en el sillón o por cualquier otra cosa. Pero cuando entra, Remus ni siquiera se da vuelta para verlo, lo ignora olímpicamente y es él quien tiene que gruñir un saludo improvisado que refleje su malhumor. Es tonto negar(se) que quiere llamar la atención.
Se sienta en el sillón y Remus sigue concentrado en leer el periódico y tomar té; que la hora del té haya pasado hace no menos de tres horas no parece importarle en lo absoluto.
Sirius bosteza y Remus cambia la página. Sirius apoya las suelas embarradas de sus zapatos sobre el sillón y Remus lo mira, frunce el ceño y bebe té. Entonces Sirius sabe que algo va mal y Remus no tiene ganas de discutirle nada porque Sirius Black seguirá siendo Sirius Black sin importar lo que le diga, aunque eso suene parecido a me-parece-que-me-importas.
Ha decidido que no puede ni quiere seguir con eso que sólo parece importarle a él, y que Sirius lleva más como un juego.
–Regulus se les ha unido.
Y el mundo se rompe un poco, se descoloca, se sacude y vuelve todo a su lugar sin siquiera sufrir un mísero temblor. El que sí tiembla (y cómo) es Sirius, pero eso es por dentro, de lo que no se ve pero se intuye; y cuando Remus lo alcanza en el sillón (casi al mismo tiempo que toma la determinación de que no importa el barro en el tapizado, cuanto menos no por el momento), Sirius se deja hacer un poco como pero no me importa, en esa actitud que como actitud es una mierda, pero que él adopta cada vez que tiene un serio problema con el mundo y no quiere asumirlo.
(Entretanto) Remus entiende que él marca una diferencia en su vida, pero ya no puede sentirse bien.
…
Tres días tardó Marlene en volver a casa, con una sonrisa de guerrera vencida, con el alivio de volver a casa y con el anticipo feroz de quien sabe que va a encontrar un montón de regalos sobre la mesa, una pancarta de lado a lado cruzando la sala y una cena en plan si el mundo se acaba mañana, no nos va a encontrar con el estómago vacío, esas que prepara Alice cuando está ansiosa y toma consciencia de que ha pasado veinte minutos jugando con los pulgares para no dejar las manos quietas.
Frank le abrió la puerta.
Gideon y Fabian ya estaban allí. Lily iba y venía detrás de Alice con aires de persona cansada. Consciente de que lo estaba mirando, Gideon le sonrió, bienvenida otra vez a la aventura de levantarse temprano todos los días y tener a Moody vociferando tu nombre por medio Ministerio, ¡ah, sublime vida!, Fabian es menos payaso, no porque sea menos gracioso o porque no sepa exactamente qué decir, pero es que simplemente tiene ganas de abrazarla por los hombros, me preocupé por ti, te eché de menos, y esas cosas que suelta una vez cada muerte de obispo y que son importantes porque las dice él.
–Qué bien que volviste, la casa me queda grande cuando no estás, aunque me acostumbré a usar tu cama de armario –le dice Alice. Con ella no necesita el abrazo inmenso en que la envuelven todos, como si viniera de la guerra (que sí, pero de esas sin campo de batalla estipulado, de las silenciosas, las mortales) o como si acabara de llegar de un viaje especialmente largo; Alice esperará a que todos se vayan, incluso Frank, y entonces correrá a abrazarla, se esconderá contra su cuello y allí respirará con ruido de estertores, y Marlene entenderá que cuando Alice le dice que es bueno tenerla de regreso, es porque realmente se alegra de que haya vuelto a casa. Lo de estoy-adentro-de-esa-Orden-o-como-se-llame se lo guarda para después, para cuando ya los platos estén limpios, para cuando se descalza y sus medias hacen juego con el color de las velas, del mantel, de su blusa y de algunos de sus miedos. Lo dice cuando ya nadie pueda ser testigo de su determinación como temblor de ciudad, vértigo de mundo, para cuando el café ya está en una taza amarilla y la taza está en sus manos. A veces gira, la taza.
– ¿Qué? –inquiere, aunque es en vano decir que no se lo esperaba, fingir la sorpresa que se molesta en expresar. No sirve de nada la claridad de su voz. Lo hace lo mismo, y Alice toma aire, así como mucho, casi exagerada. Se traga una bocanada de aire como si intentara vaciar de oxígeno la habitación, y empieza a hablar todo de corrido, sin pausas ni respiros:
–Que estoy-estamos adentro de la Orden del Fénix, Marlene McKinnon, y nada –absolutamente nada– de lo que digas podrá impedir que nos unamos a esta demencia que va a acabar con todos. Alguien tiene que hacerlo, y nosotros estamos dispuestos. Más que dispuestos, estamos…Y además sí sabemos en qué nos estamos metiendo, antes que digas nada. Así que resígnate.
–Vale.
– ¿Cómo?
–Que está bien, Alice. No voy a decirte que es el destino que me gusta para mi mejor amiga, o que será fácil y es algo sencillo y presumible, porque no lo es. Ni por asomo que lo es. Pero Frank y tú llevan algo de esto como adentro, y no puedo pedirte que no lo hagas, simplemente porque te respeto.
Las conversaciones serias entre ellas se pueden contar con los dedos de una mano. Algo así como que ninguna espera de la otra una declaración especialmente filosófica. No porque no sean capaces, sino porque Alice le escapa a las seriedades como Sirius al compromiso; y al cabo siempre acaban diluyéndose en las conversaciones de azúcar o lo que tal o cual dijo durante el almuerzo.
Todo eso que Alice no dice lo expresa con el cuerpo, cuando se le tensan las manos, cuando pone los pies en puntas estando descalza o se sienta muy derechita sin necesidad de respaldo. Pero es que hay ocasiones donde nada es suficiente expresión, no basta el cuerpo, no alcanzan las palabras. Entonces Alice se para con todo el cuerpo, y con toda la boca grita. No se mueve de su lugar, no levanta la voz. Pero se para y grita.
…
A Sirius, Lily lo encontró fumando en la esquina de su casa a media mañana y casi grita, y casi muere del susto, y casi le agarra un ataque. Todo a medias y todo más o menos junto. De todo eso, Sirius Black no se rió. A penas sí esbozó una leve sonrisa, haciéndole sitio en el cordón de la vereda que acababa en la otra esquina, allá a lo lejos, donde no llegan a ver si no se paran y arrugan el ceño, cuestión de enfocar la vista.
Entonces Lily sospechó que algo extraño estaba ocurriendo en ella, porque despacito flexionó las rodillas y rodeándolas con los brazos, se sentó allí donde sólo cabía ella. No por ser Lily Evans, pelirroja, Premio Anual, y todos esos méritos que su madre (y James Potter) presumen cada vez que se presenta la ocasión; sino por ser la persona a la que Sirius Black le dejó un espacio donde no sobra, aunque haya lugar como para sentar al ejército en su barrio muggle.
– ¿Lista para volver a Hogwarts, Evans? –le preguntó Sirius. Hablaba con la voz ronca, no la del alcohol o la de la desfachatez; la que raspa en la garganta cuando aflora.
Al principio no entendió a qué se refería, pero nunca se sintió con la obligación de entender a Sirius Black cuando quiere ser enigmático. Cuando entendió que Sirius aguardaba, susurró un no entiendo a media voz y dejó que su pelo le tapara toda la cara, un poco para estar a juego con la lluvia que era Sirius allí, dándole una última calada a un cigarrillo consumido.
–Te pregunté si estás lista para volver a Hogwarts después de prepararte durante un año para dejarlo.
–No creo que vuelva a Hogwarts nunca, Sirius –no entiende por qué le habla con la delicadeza de quien le habla a un enfermo, a un niño lastimado o a una persona desmadejada, pero lo hace lo mismo, un poco sin darse cuenta. Si no llevara las manos firmemente sujetas debajo de sus rodillas, hasta sentiría la tentación de quitarle el pelo de la cara, como una caricia con la punta de los dedos.
–Hay que ir. A ver a Dumbledore. A decirle que creemos que es una jodida mierda que nadie nos reclutara antes, a gritarle que… –va soltando una furia vibrante al hablar, la cabeza erguida, la mirada al frente. Brilla.
–No voy a gritarle a Dumbledore, Sirius. Y tampoco lo harás tú, ¿verdad?
–Supongo que no –ahí es cuando se opaca otra vez y la resignación se hace con él. Le tiende la mano y Lily la toma. Esa sería la primera vez.
Ningún muggle los vio desaparecer del cordón de la vereda, y si la colilla del cigarrillo de Sirius no hubiera quedado tirada en la calle, ningún vestigio quedaría de él, del día en que a Sirius se le ocurrió pensar que tenía que ser Lily Evans quien le acompañara a ver a Dumbledore, que no podía ser otra persona. Porque ella no sabría, ella no entendería aunque pudiera verlo claramente, que a Sirius Black lo mueve una muerte y un vacío que ha empezado a corromperlo, que es peón de la furia, que su causa no es justa.
…
No tiene a quién contarle de su miedo. No quiere que lo convenzan, que lo adulen y lo lapiden con mentiras.
Cuando oyó las palabras Orden del Fénix, vio en la mirada relampagueante de Sirius, en la sonrisa efímera de James y luego imaginó en la estupefacción de Remus, en sus ansias de causas justas, que ninguno iba a quedarse sólo con las palabras. Fueron parte de ello desde la primera O de la Orden, no necesitaron permiso ni autorización, simplemente estaba dentro de ellos, como una semilla que alguien ha plantado hace tanto tiempo que lo ha olvidado ya. Una semilla que brota ahora, llámese magia, llámese fuego.
Nadie le preguntó a Peter si quería ser parte de esa locura. Nadie se detuvo un momento a decirle eh, Pete, ¿qué te parece si arruinamos nuestras vidas por esto?, a ninguno se le ocurrió pensar que a lo mejor se le podían ocurrir otras formas más tranquilas de morir.
Y sin embargo, Peter no se asombró en absoluto al notar que el nosotros en boca de James quiere decir Peter también.
A él no se le ha ocurrido que podría haber dicho no.
Han pasado unos cuantos días, y Peter Pettegrew ya no recuerda qué es dormir bien.
…
La luz de luna se colaba a través del cristal de la ventana e iluminaba el escritorio de madera. Se colaba la noche, se colaba una certeza cálida. Los papeles se firmaban solos a un lado, y sus manos entrelazadas permanecían inmóviles desde hacía ya algún tiempo sobre el escritorio.
Fawkes sólo parpadeaba.
Cuando Albus Dumbledore levantó el mentón con el único propósito de mirar a su ave fénix, lo hizo sabiendo que los ojos grandes de Fawkes encontrarían los suyos como si no hubiera otra cosa que mirar, ni las paredes, ni los cuadros parlanchines que hoy parecen meditabundos y que cada tanto se hacen con un espacio de tiempo y color para cuchichear unos con otros, como si él no pudiera oír sus imprudencias. Fawkes lo mira y es curioso cómo los humanos pueden subestimar tanto a las criaturas.
Apoya los codos sobre la mesa con las manos todavía unidas, y sobre ellas apoya el mentón. Sigue el hilo de sus cavilaciones como si no fueran suyas propias, las mira de afuera, las investiga y las cuestiona.
–Ciertamente curioso –habla por fin. No sólo Fawkes lo escucha, todos los cuadros han dejado de moverse al instante, todos los que fingían dormir han apretado los ojos, como si así pudieran decir estoy más que dormido, muy dormido, pero Dumbledore los ignora a todos. –Cómo todos nos convertimos en peones de un viento más fuerte que el viento, es ciertamente curioso. Todo cuanto quisimos enterrar o evitar se vuelve contra nosotros, se revela, Fawkes.
–Es el destino, digo yo, Dumbledore –exclama enérgico Phineas Nigellus, conmovido por el discurso, envarándose de su butaca con respaldo, sacando un pañuelo de la manga larga de su túnica negra, la formal, la que siempre lo hizo ver más solemne para momentos como ese.
– ¿El destino, amigo mío?
–Por supuesto. Somos todos marionetas de hilos que no podemos controlar siquiera con la magia más poderosa.
–Interesante teoría, es verdad. Y dime, Phineas, ¿cómo sigue ese nieto tuyo, Regulus?
…
Aúlla el lobo, y en ese aullido, a Cornamenta lo descoloca el recelo de Remus. El lobo no está para nada enfadado de su condición, incluso pareciera que lo disfrutara. Lo de poder estirar las patas hacia adelante echando la cola hacia atrás, como si estuviera desperezándose, como si llevara veintinueve días dormido y por fin le dejaran salir de la oscuridad de su jaula, con la condición de volver a meterse. El lobo no se resiente a su cautiverio cuando es hora de volver, porque para entonces ha agotado todas sus fuerzas corriendo tras la luna, como si pudiera alcanzarla, saltarle encima como si se tratara de una pelota inflable y jugar con las patas.
El lobo es juguetón, lo han descubierto tiempo atrás. Tiene su genio, y ha ido creciendo como todos, pero todavía guarda eso de cachorro juguetón, y lleva el orgullo a flor de piel. No gusta de perder.
Remus Lupin queda encerrado en algún lugar de ese cuerpo peludo, y el lobo aflora en las fauces de la bestia. La bestia es Remus, la bestia es el lobo, y así es como James puede vincular al lobo y a Remus.
El lobo corre tras el perro, que se ha estado revolcando por la tierra como si quisiera llenarse de esa suciedad mundana para disimular la suciedad metafísica que lleva encima y que de apoco se sacude. El del genio insufrible esta noche no es el lobo, que ha cazado a la rata por la cola y la ha arrojado al aire (Cornamenta jura haber oído a la rata gritar un insulto inglés, palabra de Merodeador); es el perro, que se tumba bajo los árboles y esconde el hocico bajo las patas delanteras para rascarse o porque sí.
(Ahí es donde el ciervo se carga el protagonismo y se tumba sobre el perro para clavarle los cuernos o para lamerle la cara, simplemente, y el perro intenta quitárselo de encima a base de mordiscos hasta que al lobo se le ocurre que también quiere participar de la lucha, y se arroja sobre ambos, con la rata todavía montada sobre su lomo, como si fuera capitana del barco).
El sol los encontrará así, perro, ciervo, humano-malherido y rata como una suerte de pirámide de pelos. Serán un descontrol de miembros, parecerán menos cuatro y más uno. Relucirán algunas heridas, estarán bien.
…
Cuando James le abrió la puerta, Lily se sobresaltó en el pasillo y lo miró un momento, como descolocada y luego le dijo un hola tímido y amable. No dijo nada más y James recordó tarde eso de correrse y dejarla pasar al departamento, ese que no era suyo porque llevaba a sus propietarios en cada pared.
Se quitó el abrigo, dejó la tarta de manzana sobre la mesa donde convivían armoniosamente lo que parecían ser jirones de túnicas y medias sucias, y los platos sucios de la noche anterior, de cualquier otra noche anterior.
– ¿Y Remus? –preguntó entonces ella, quitándose también la bufanda.
–Oh, eh, Remus –balbuceó James. –No sé por qué preguntas, porque no ha pasado nada especial, la verdad.
Lily sonrió de lado y se dispuso a recoger los trastos sucios de la mesa, con su predisposición natural para la amabilidad, para los grandes gestos en cuestiones pequeñas, casi insignificantes. Con la túnica de Lily entre las manos, James se dio vuelta hacia el perchero, improvisando excusas a una velocidad de vértigo. Era el olor. El olor de la túnica de Lily (olor a perfume para ropa) era lo que no lo dejaba concentrarse, aunque prefiriera no admitirlo nunca, siquiera bajo amenaza de muerte, porque admitir que el olor de la túnica de Lily Evans no lo deja pensar, es equivalente a prestarse él mismo para que Sirius se ría a carcajadas, para que se burle y lo fastidie hasta que el mundo se acabe, amén.
Se oyó cómo corría el agua entre los trastos y se perdía por la cañería, y entonces la oyó suspirar. Bajito, como una sonrisa o como una luz.
Con su varita en la mano, hizo un movimiento leve de muñeca y todo lo que había sobre la mesa flotó en el aire hasta el lugar donde correspondía (la mayoría de las cosas acabaron en la basura).
–Sé lo de la luna, James.
Bueno, menuda sorpresa.
Cayó pesadamente la túnica sobre sus zapatos embarrados y se apresuró a recogerla antes de decir nada, trabajando en esa expresión de su rostro, la que dice ¿qué? ¡¿Desde cuándo? y un poco también ¡no es justo! Eso cosa de Merodeadores, Lily Evans, dedo acusador de por medio, ceño fruncido, todo lo refunfuñado que pueda estar.
Ella siquiera lo miró por encima de su hombro. Apuntó con la varita los trastos sucios y la esponja amarilla, un poco estropeada que había quedada sepultado bajo todos los platos y cubiertos, apareció en la superficie y empezó a frotarse contra la losa. La canilla la abrió con la mano.
–No sé de qué…
–La luna, James. Remus es un licántropo –lo interrumpió ella con gentileza. El cabello le caía desordenado por encima de los hombros, en la habitación hacía falta más luz y todo era un caos. En cualquier momento Sirius entraría otra vez por la puerta, o se aparecería en la sala esforzándose por mostrar una sonrisa despreocupada. –Todas esas escapadas en Hogwarts...todos los síntomas. Supongo que siempre lo supe.
– ¿Por qué nunca dijiste nada?
– ¿Qué iba a decir? –susurró. Levantó la cabeza y le miró. El agua se escurría entre sus manos y de pronto tenía tan apretada la esponja entre los dedos que la espuma del detergente caía como lluvia y se diluía. La esponja luchaba entre sus manos por librarse del agarre y retomar su libre albedrío, pero Lily volvía a estar en su casa, donde es preferible hacer todo de la forma que lo hacen sus padres, simplemente por humildad–No correspondía que dijera nada.
– ¿Remus sabe?
–Claro que lo sabe. ¿Por qué crees que estoy aquí?
Entonces –recién entonces– a James se le relajaron los hombros.
Eso era lo que le gustaba de ella, lo que se atribuía a sí mismo como una virtud y podía ver en ella cada vez que la veía.
Se recordaba a sí mismo diciéndole a Remus ¿y cuál es el problema? ese día que finalmente conoció su secreto, el mismo que los traía a todos improvisando hipótesis descabelladas; eso que va con Lily allí donde vayan sus pasos, que uno nombra de innumerables formas, pero que llama con un color y con un silencio (a criterio de la subjetividad de cada cual, el color y el silencio).
Lo que ya no le gustaba tanto era esa relación que siempre les envidió a ambos, a Remus y a Lily, un poco movido por los celos que le producía verlos charlando amenamente en cualquier lugar.
Lunático, ¿desde cuándo te llevas con Evans?; –Somos compañeros en Pociones y los dos somos Prefectos; – ¿Me estás diciendo que Evans tiene Pociones este año? ¿En serio es Prefecta?
–Ah, vale, ¿quieres té? –a Lily no va a dejar de descolocarla nunca cómo James pasa del asombro al desenfado en una fracción de nada. Ahí estaba él, desencajado y acá está ahora, colándose a su lado y estirándose tanto que por debajo del suéter se le ve la piel, más clara que la del rostro; y le ofrece té en casa ajena como si estuviera moviéndose en la suya propia, y Lily sabe que sí, que esa es también su casa. No por derecho de piso como Sirius, que se le ha colado a Remus hasta acabar pagando la mitad del alquiler, o como Remus que fue quien se tomó el trabajo de buscar el departamento y agarrar ese montón de enajenaciones y empezar el trabajo exhaustivo de hacerse suyo el lugar, y que el lugar sea un poco también él.
– ¿Y entonces? –le pregunta ella. Se ha caído la caja con los sobres de té al suelo, y cuando vuelve la cabeza James está allí, haciendo de la distancia un recuerdo lejano, una transgresión.
–Si la pregunta es ¿y entonces te casas conmigo? la respuesta es sí, lo sabes, ¿verdad? –bromea. Allí está, en un segundo bromea, al siguiente le roba un beso, uno de esos besos castos que se dan cuando uno todavía es un crío, los de rozar los labios de otra persona y sentirse en el cielo de las transgresiones y de las victorias. Al próximo segundo ya está recogiendo la caja del té, y otra vez le pregunta si quiere, porque tomar té y comer tarta de manzana es orgásmico, según James Potter, y a Lily se le han metido milenios y eones enteros entre un segundo y el otro.
–No, la pregunta es ¿y entonces cómo está Remus?
–Ah, eso. Pues está –le contesta James.
–Me haces quedar como una víctima –protestó Remus entonces, apoyándose contra el marco de la puerta que delimitaba la sala y la cocina con las habitaciones.
Es una pena verlo así, encogido, pálido y apaleado, pero Lily peca de ser fuerte, de sonreír gratuitamente a niños, ancianos y enfermos y de secarse las manos a toda velocidad para obligarle a sentarse, y llenarle la sala de comentarios y preguntas.
James la mira hacer y se sonríe un poco.
Las tartas de manzana de la madre de Lily han quedado para la historia como las mejores tartas de manzana. Y no es como si preparar té fuera un gran mérito, pero para cuando Sirius se apareció en su casa, James no dejaba de jactarse de lo sublime de su té, de cómo la tarta de manzana no sería tan buena sin el té, y de cómo le sentaría bien a Remus beberlo, porque él ha puesto todo su esfuerzo y todo su amor al prepararlo.
Sirius sonríe como si quisiera irse a dormir y dejar colgado el mundo en el perchero, pero es cuestión de revolverle el pelo a Cornamenta (no, a James no, Sirius no conoce un James. Conoce un Jimmy, un Cornamenta, un Cuernos, pero no un James) y sentarse junto a Lunático (que para Sirius es siempre Lunático, a menos que la situación lo requiera y entonces es ¡ya te dije que luego quitaré mi ropa interior del baño, Lupin!, con toda la indignación que la situación demanda, o un Remus que más que Remus es un suspiro que acalla por el orgullo, el honor y todas esas cosas que saca de una chistera de sinsentidos) para que todo vuelva a su lugar, para que los chistes salgan de su boca con la misma facilidad que en ella entra el aire, para que Lily sea minimizada a venga, pelirroja, y su ego sea algo que deja inflado hasta que todos se vayan, casi hasta romperlo de tanto aire, y que luego desinfla y se guarda como un globo estirado en el bolsillo.
Sonreirá de una broma malísima, hará un chiste tonto, les dirá como quien no quiere la cosa que con Evans nos metimos en la Orden, por cierto, y todo será un silencio de proceso, hasta que James acabe aullando que ¡Lily es mía, Canuto! y ¡No puedo creer que fueran sin nosotros!
El miedo sigue allí, un poco golpeado y otro tanto censurado, oculto a cualquier mirada ajena. Sigue allí, respira y palpita, pero será que ellos no necesitan entrar oficialmente en la Orden para ya ser parte de ella.
–Por la Orden –sonríe Remus de lado. Es el primero en levantar la taza de té, y no es que brindar con tazas de té sea muy solemne, pero la solemnidad allí no existe en el momento mismo en que a Sirius se le ocurre brindar con un pedazo de pan al que ya le ha arrancado un buen trozo.
…
–Firmen entonces –les espeta Moody, en el momento exacto en que Sirius empieza a cuestionarse el malhumor coincide siempre con sus presencias, o si Moody es la encarnación de la mala leche metida en un cuerpo robusto y ancho.
James había esperado ver a Dumbledore allí, y sin embargo, no se había sorprendido en lo absoluto al no verlo llegar, aunque todavía mirara de reojo en torno a la puerta. A su lado, Lily se removía nerviosa, y estaba tan pálida que las pecas de su nariz se notaban más. Mucho más. Como esa vez que se levantó un domingo de primavera bien temprano para espiarla en los jardines de Hogwarts, e impidió que Snivellus se encontrara con ella, un poco por celos, un poco porque Sirius le había pegado eso de las maldades innecesarias; y ella estaba allí, la furia roja de su pelo contrastando con la furia verde de sus ojos y del césped, y todo era tan furioso que brillaba. Como ella misma. Brillaba.
Sólo Sirius puede contar esa anécdota, la que resume trágicamente en esa vez que James Potter se despertó a las horas más herejes para ver a Evans esperar a Snivellus y luego regresó a la cama a dormir lo que restaba de la mañana; y sonreía, el muy capullo. Entonces yo supe que era el principio del fin, y como suele ocurrir, no me equivocaba.
El primero fue Frank, un poco torpe, arrojando el jarrón de la mesita, disculpándose entre garabatos y salpicones de tinta que acabaron en las manos de Peter, vaya a saber Merlín cómo. Alice le siguió, como si temiera quedarse afuera con Frank dentro de la Orden, e interceptó a Remus antes de que tomara la pluma.
Primero leyó todo lo que estipulaba el pergamino, porque a veces Alice sabe ser cautelosa. De todos modos, James pensó que no importaba qué dijera el jodido documento, porque Frank ya lo había firmado; y cuando lo pensó, los nombres de Alice y Frank nunca se pasearon por su cabeza. Allí eran él mismo, Lily y los Merodeadores, esos niños que son un poco suyos, con Sirius a la cabeza como el hermano mayor y Peter como el patito pequeño que siempre se pierde en el camino a la laguna y al que le da miedo adentrarse en ella para tomar el baño, ese que hay que ir empujando por atrás, despacito, dándole tiempo pero estando allí; y Remus. Remus es larguísimo y tiene toda esa cosa de la mirada manchada. A Remus hay que cuidarlo más, aunque sea el que se queje menos, a Remus hay que quererlo y que se note, porque hay algo en él que siempre se rompe para las lunas llenas, algo que en su voz cambia de dulce de leche a sonido gutural. Suyos. Un poco su responsabilidad, un poco las ganas desinteresadas de dejarlo siempre todo por ellos; y la certeza de que en el momento en que alguno diga estoy adentro, a él, a James Cornamenta, ya no le va a importar para qué mierda se estén apuntando. Él está dentro también.
Cuando Remus quiso agarrar de la mesa la pluma que Alice había dejado, Sirius se coló delante de él, masticando entre dientes algo que sonó similar a primero los mayores, Lunático, un poco como quien inculca una lección, y cuando firmó, se tomó la libertad de hacer una dedicatoria, como si se tratara de un autógrafo.
Entonces sí. James le cedió el lugar a Remus, que había decidido esperar a un lado hasta que nadie pudiera interponerse, un poco resignado y otro tanto dejándose hacer, porque su amabilidad es algo que le besa los pasos allí donde vaya, es innato. Lo respira.
Se miran primero, James como incitándolo, Remus cediéndole el lugar y al final avanzan los dos al mismo tiempo, y James se desternilla de la risa como si algo allí (que escapa del entendimiento de la mayoría) fuera muy gracioso. Moody carraspea sonoramente, porque todos estos juegos están fastidiándolo, y Lily se atreve a sonreír un poco, casi de lado, porque ya se lo había dicho Remus un día en Hogwarts, tanto tiempo atrás que es difícil decir cuándo, pero lo hizo. Ella le preguntó (todavía lo llamaba Lupin, pero la tentación de hacer sonora la erre de su nombre estaba allí, empezaba a dar sus primeros pasos) por qué un chico como él era amigo de personas como Potter y Black (las sombras de ese que ahora es James, mucho más humilde, más amable, repleto de virtudes y algunos defectos a favor; y el fastidioso bueno de Sirius, con quien uno aprende a convivir, un poco a base de descubrirse y aprenderse), y él, encogiéndose de hombros, le respondió que acabas queriéndolos.
Ahí está ahora. Ella, él, y la sorpresa de acabar queriéndolos un poco sin darse cuenta.
Primero va Remus, porque James no lo dejó soltar la pluma hasta no apuntar su nombre a la lista de integrantes de la Orden del Fénix; entonces se aproxima James y no lo piensa. Es automático, como cuando llegó y de inmediato preguntó dónde debía firmar, así, sin más.
Fue entonces el turno de Peter, porque nadie lo dijo, pero Lily pensó que a lo mejor, sería agradable que pudieran estar juntos en eso, los cuatro, como grupo que siempre fueron, y le cedió el lugar. El temblor de su mano no pasó desapercibido para James, quien le apoyó la mano en el hombro, no estás obligado a hacerlo, Colagusano. Antes de soltar la pluma, Sirius ya estaba saltándole encima para revolverle el pelo, bien hecho, chiquitín.
Lily fue de todos, la última en firmar.
–Bienvenidos a la Orden del Fénix –decretó Moody con autoridad y esa solemnidad que presume (ya bien lo saben Fabian y Gideon) para ocasiones como esa. Jefe, va a terminar encariñándose con nosotros, lo sabe, ¿no?
Marlene no esperó un momento y se arrojó sobre los brazos de Alice. Lily vio que James sonreía, todavía fastidiando a Peter, y que Remus se hacía a un lado como mero espectador de un espejo que quería observar. Cuando lo miró, Sirius le guiñó un ojo.
…
Quedan muy largos, ¿no? Me da miedo que los capítulos puedan resultar demasiado densos y aburridos.
Lamento muchísimo la tardanza; pero es que anduve muy ocupada con una competencia intercolegial y esas cosas. ¡Gracias por la paciencia!
Los reviews liberan el estrés acumulado en la semana, ¿sabías?
