Disclaimer: Nada de lo que puedan reconocer me pertenece.

Creo que no hay disculpa que me evite la condena larguísima al infierno después de tardar tanto. Pero ¿sinceramente? tengo un problema de lo más personal con los longfics y ellos lo tienen conmigo (ellos conmigo más que yo con ellos, en serio). Me siento culpable cuando tardo tanto en publicar, de lo más culpable, pero no sé. Escapo de escribir.
Lo sé, estas son las peores disculpas del mundo, pero ¿qué tal si reparto chocolate para todos y quedamos a mano?
No puedo prometer que el próximo capítulo llegará pronto, pero ojalá que sí. Gracias por la paciencia.

VII.

Noviembre. Noviembre siempre le ha sonado como a negación y a magia, como a lo esencial que se esconde bajo capas y capas de nieve blanca que es una perfección en sí misma, que se consuma uniformada y se vuelve una sola. Una sola nieve son muchas nieves, muchos copos diminutos que la vista no puede ver excepto cuando mira hacia arriba y brillan en la tarde prematuramente oscura.
Noviembre siempre le ha sonado como una buena excusa para internarse en el bosque, para dejarse ser, para abrigarse hasta que ya no pueda mover los brazos ni un centímetro más entre tanta ropa que aprieta, y luego salir a los jardines vestidos para la estación. Noviembre es básicamente una sonrisa fugaz, y es un silencio terrible, un silencio en las manos, en el alma. En noviembre siquiera resuenan los pasos, se callan las palabras que cuentan las historias que las voces no pronuncian.
Empieza noviembre, Peter Petegrew. Mejor ir buscando la ropa de todos los inviernos (no de los otros, se refiere a todos los inviernos juntos), mejor abrigarse los pies, cuidarse de la humedad.
Mejor aferrarse con la existencia al paraguas, porque la lluvia, la tormenta metafísica, se les viene encima. Y en venir se le va la vida.

La primera vez que James Potter le propuso una cita a Lily Evans, lo hizo porque tras una semana de no creer que Ella (así, con mayúsculas, con el retintín que adquiere el pronombre cuando James lo usa para referirse a Lily) hubiera estado presente durante cinco años en su vida sin que él lo notara (de acuerdo, ¿cómo no notarlo si vivían para gritarse?, pero en serio ¿qué había comido esa chica en el verano para volverse tan linda?), Sirius había acabado con un malhumor del quinto infierno y una apuesta (que más que apuesta era una provocación indiscutible) en la punta de la lengua. Llovía como si se viniera el mundo abajo, que en Inglaterra nunca extraña a nadie, y no había mucho que hacer un domingo en Hogwarts, pero cuando le propuso que salieran, porque el mundo necesita todos esos atributos genéticos que reúnen entre los dos, y porque el destino y la vida y unas cuantas razones que improvisó en el momento, que eh, eran tiempos de improvisar, Lily Evans le dijo que desde luego que no, Potter, y juró (pero eso fue más tarde) fervientemente que nunca nadie podría verla con James Potter, y fracasó estrepitosamente dos años más tarde, cuando empezó a salir con él.
Luego rompieron y entonces (con el mismo fervor que la primera vez) juró nunca volver con James Potter. Y otra vez fracasó.

(Quizás James Potter sea la única asignatura que Lily Evans reprobó en su vida. Y la reprobó dos veces).

Llevaban, a lo mejor, dos semanas sin verse, sabiendo del otro lo mínimo indispensable. A veces coincidían en ese mundo que era la Orden del Fenix desde que Alice decidiera cederle a la Orden el departamento que comparte con Marlene desde más o menos siempre, si siempre se refiere a su vida después de Hogwarts.

Coincidir en la Orden del Fénix es casi inevitable, a pesar de su ingenio. En el pasillo que va de la sala a las habitaciones, que ahora son mucho más grandes porque Dumbledore se ha encargado personalmente de ello; en la cocina que es tan diminuta que si James se daba vuelta y Lily intentaba alcanzar el refrigerador, los dos quedaban casi pegados.

Sí, tan exageradamente pequeña es la cocina, que se ha convertido en el chiste recurrente de Sirius (culpable de que el espacio normal que antes era la cocina, fuera ahora un lugar donde dos personas son multitud), y en ese lugar que le encanta ocupar a Fabian cuando a Marlene se le ocurre calentar agua para prepararse un té.

Era extraño ver a James Potter y sentir de pronto la apremiante urgencia de marcharse de allí, de intuirlo a la vuelta de la esquina y desaparecer, de rehuir su mirada todo el tiempo y apuntarse en más responsabilidades de las que debería. Madura, Lily Evans.
Darse cuenta de golpe y porrazo que se le aceleraba el pulso al verlo, que es toda sonrisas por la mañana, que esas mariposas vuelven a poblar su estómago; todo eso le da miedo, un poco cuanto menos, porque él lleva el nombre y las manías de todo eso que ella desconoce y en lo que ha fracasado.

Esquivarlo es cada vez más difícil, sobre todo porque James Potter parece ofuscado en verla a cada momento, y aparece con su sonrisa jovial, pelirroja, empiezo a creer que me evitas, y sus guiños, justo cuando ella cree que va en serio, hasta que se sienta a su lado y entonces debo irme, James, lo siento.
Pero si alguna vez creyó que huir de James Potter iba a ser una tarea simple, fue porque iba distraída con alguna otra cosa y no estaba prestando atención a sus propios pensamientos; porque no, huir de James Potter es incluso más difícil que escaparle a las pestes o a la humedad. Huir de James Potter es correr sin descanso y acabar de regreso en sus brazos; es ser la última en abandonar la sede de la Orden cuando Marlene está de guardia en algún lugar y Alice está con Frank (allí hay algo de malicia, pero esas suspicacias mejor dejarlas pasar), y que James todavía esté dando vueltas por allí, y le traiga un té, y se siente contra la mesada, flexionando las piernas porque no entran extendidas en la cocina.

Y entonces le dice que

–Te echo de menos, pelirroja

con esa voz de niño dentro del cuerpo de un chico que ya ha crecido por todos lados y en todos los sentidos. Y ella quiere plantarse ahí y gritarle gesticulando con las manos que eh, ¡intento quitarte de mi cabeza, James Potter, ya no me la hagas tan difícil!, pero de su boca sabe que no saldrá palabra, porque allí donde se aloja su voz hay algo que se está derritiendo sin quemar, tibio y espeso, y se desliza cuesta abajo por todo su cuerpo.
Hay algo de ese James (de ese específicamente) que la desarma, que acaba por lograr que Lily Evans deje el té sobre la mesada y se siente allí, frente a él, junto a sus pies, cruzando sus piernas y apoyando la espalda contra el mobiliario.

–Nunca me fui, James –bromea. Es un poco débil esa broma, como pasada por agua, y hace que James se encoja de hombros.

–No estabas aquí tampoco.

Nunca estará segura de quién se acercó al otro primero, si fue James, ayudándose con las manos o si fue ella, echando hacia adelante la cabeza para cubrirse el rostro con el pelo. El caso es que James Potter parece ser el tipo más peligroso del planeta, porque acaso unos pocos minutos en soledad le bastan para besarla, ojos cerrados, mucha lengua y las manos aferrándose al otro, un poco como ahora sí sé que estás aquí.

El té es lo único que se enfría en la cocina más pequeña del jodido Londres, y allí, allí es donde empieza todo. El destino, dirían algunas voces.

Lo vienen posponiendo desde hace ya bastante. Lo de hablarse. Pero hablar de verdad, ser trascendentes y significativos. Marlene le desea los buenos días, Gideon hace una broma, toman juntos un desayuno improvisado y cada uno a lo suyo, el mundo Marlene alejándose al final del corredor del mundo Gideon.
Hoy no pueden escapar(se). Trabajan para la Orden y allí no pueden inmiscuir sus asuntos personales. Decirle al viejo Moody que ¿por qué mejor no me pone con Sirius/Lily/James?, sería tan malo como plantarse frente una docena de mortifagos estando desarmado y retarlos a duelo. Sí, así de malo y quizás peor.

Nunca son sencillas. Las tareas de la Orden nunca son tareas agradables o sencillas, se parecen más a esa clase de cosas que te aceleran el pulso y que de vez en cuando te quitan el aliento o te paran de un golpazo el corazón. A Gideon todo eso le sienta bien, le despeina el pelo, le vuelve ronca la voz y le pinta con acuarelas una sonrisa tamaño familiar que es incluso más grande que esa sonrisa que le duró semanas al enterarse que iba a ser tío por primera vez, y luego por segunda e incluso por tercera vez. Con los gemelos fue distinto. Esa fue una sonrisa socarrona, de las que se quieren contener y no pueden, estos, estos sí, había repetido durante meses, como si lo estuviera diciendo todo. Fabian sonreía, siempre enterado incluso de lo que Gideon nunca le ha contado, y negaba con la cabeza una o dos veces. Gideon no se había equivocado. Sus sobrinos eran como él, como Fabian.

A Marlene le gusta el silencio tenso que se rompe si le pones la punta del dedo encima y le gusta también ese cosquilleo terrible en las palmas de las manos justo cuando va a comenzar un duelo. Le recuerda a las batallas épicas de los cuentos que su madre solía contarle, la hace sentirse parte de algo importante y la zambulle de cabeza en la causa como si fuera la primera vez que puede tocarla, mirarla, hacerla suya.

Hoy no es ninguna de esas noches. Ni de las que le gustan a Gideon, ni delas que le agradan a Marlene. Es simplemente una de esas noches de plantarse cerca de algún lugar que sospechan es posible punto de reunión de mortifagos y estar atentos hasta que llegue alguien (hasta que llegue Remus y quizás Emmeline Vance o Benjy Fenwick, el de la cara redonda que ha avisado a último momento tener la noche libre de trabajo, por lo que Marlene le ha oído decir a Edgar Bones).

No pueden huir, se les cuela el silencio y va despedazándolos de a poco. Cuando era niña, Molly solía decir que esa cosa pegajosa que es el silencio (y que se imaginaba del mismo verde de los mocos de dragón de mentira que habían robado con Fabian de una tienda de chascos del Callejón Diagon) era pariente cercano del frío, y debe ser verdad. El silencio durante el verano es más tolerable.

–Me asustaste la otra vez –le dice cuando ya no puede estar más tiempo callado y se ha cansado -finalmente se ha cansado- de trasladar el peso de su cuerpo de una pierna a la otra y de frotarse a las manos para luego llevárselas cerca de la boca y soplarlas, luego volver a frotarlas una contra la otra y otra vez llevárselas a la boca.

A Marlene le descoloca un poco todo eso. Un poco porque Gideon acababa de arrancarla de su ensimismamiento y otro tanto porque no estaba esperando nada de eso. No estaba esperando nada, de hecho, pero claro, Gideon no es de los cobardes que pasan media noche en silencio para no enfrentarse a alguien. Él pertenece a otra raza, a otra especie, al clan de los héroes, es más blanco y más puro que ese mal terrible que es la cobardía. Gideon es mejor que eso, mejor que ella.

–Cuando dijeron que estabas en el hospital, –sigue hablando y es raro que sea él quien se calce solo y sin ayuda los zapatos de una persona más seria y adulta que el muchacho ese de la sonrisa fresca que no hace caso a la oscuridad y a la guerra que se desata allá afuera (como tantos de los periódicos) – me asustaste.

–Venga, soy más fuerte que eso.

–Será mejor que no lo hagas de nuevo –gruñe un poco, suena a amenaza, pero debajo de toda esa farsa de tipo duro, asoma el Gideon que se descoloca de la risa por cualquier tontería, y nada de lo que dice puede ser muy serio.

La risa. Viene dándole vueltas al asunto desde que despertó en el hospital después de haber soñado unos cuantos disparates que ignora a voluntad, pero incluso antes, no mucho, pero antes, todo eso ya estaba allí. Fabian, la risa de Fabian, la forma en la que se mueve cuando se deja la vida en un duelo, incluso asiéndose de ella, porque Fabian es un amor por la vida que fluye a borbotones por todos lados y se desparrama sobre cualquier superficie, quemándola.
Gideon, Fabian, Gideon. La certeza de ser la peor persona en el mundo, una tristeza infinita y un vacío en la boca del estomago que no puede llenar por mucho que Alice la obligue a comer las tostadas que prepara en el desayuno (está practicando porque le ha prometido un desayuno a Frank) y embadurna con mermelada, dispuesta a cualquier cosa con tal de no soltar el cuchillo de untar.

No puede nombrar el tiempo que lleva esperando aquello que de pronto tiene y de pronto la asusta. Los brazos de Gideon están sobre sus hombros y los suyos sobre los hombros de Gideon, para constatar que ninguno pueda irse si el otro no le deja; y cuando cierra los ojos y ladea la cabeza, Marlene se sabe el antihéroe de la historia donde todos son héroes, de esos que mejor salir por la puerta grande directamente al infierno y lo que se debe hacer, lo que es correcto, que encorvados por la pequeña de la vida y la deshonra.

Los labios de Gideon son cálidos y suaves, y su primer encuentro es como la primera vez que se besaron en Hogwarts, debajo de un muérdago de esos que nunca dejan de gritar si no haces lo que te ordenan, y que destruyen todo el romanticismo cuando empiezan a cantar y se ríen solos.
Antes de poder echarse atrás, arrepentirse de su estupidez y marcharse, Gideon entreabre los labios y la deja entrar. Le da permiso. Entonces todo se va un poco a la mierda, sus cuerpos antes separados por una distancia prudencial no podrían estar ahora más cerca, y ese beso casto del principio ha dado lugar a uno de esos donde todo es lengua en una batalla sin tregua.

–No –susurra Gideon, tan serio que es inusual. –No puedo.

– ¿Fabian? –susurra ella también, porque hablar en voz alta parece desde allí una herejía.

Él no la mira y ella no lo mira tampoco. Sería tan bueno si simplemente pudieran enajenarse del otro allí y ahora, si con sólo cerrar los ojos Marlene apareciera en cualquier lugar que no contemple a Gideon Prewett, y si Gideon pudiera simplemente desenredarse de Marlene y volver a casa donde Fabian seguro lo espera despierto para charlar amenamente de cualquier tontería sin nombrarla, cuando en realidad Gideon todavía tiene los labios de Marlene besándole la boca, y Fabián no lo sabe, pero lo notará, claro.

–Es mi hermano.

Recién cuando Gideon se va, como arrastrando los pies y metiendo los hombros un poco para adentro, Marlene puede sentir que respira, que el aire le llena y le vacía los pulmones y también todo cuanto está roto y remendado en ella, que no es poco. Remus carraspea, como si hasta entonces no hubiera sido más que el mobiliario. Marlene hubiera preferido estar sola, como cuando regresaba al departamento y se encerraba en el baño a vendarse las heridas sangrantes y podía oír a Alice farfullar en sueños, ajena a su dolor, a la Orden. Marlene McKinnon le huye a la lástima del prójimo como Frank Longbottom a las furias repentinas de su madre, y así van.

Se aclara la garganta, porque no puede ser de otra forma y dice: –Remus –con la voz como resquebrajada. Se sonríe, tirante, falso, pero sonríe, y Remus intenta no hacerlo más difícil porque entiende. De alguna manera, y contemplando su condición, entiende.

Hace ya demasiado tiempo que no se ven, y sin embargo no muchas cosas parecen haber cambiado. Él, por ejemplo, la misma piel, la misma forma cansada de arrastrar los pasos, la misma mirada penetrante, y la misma sonrisa. El mismo pelo.

Regulus no. Regulus lo ha cambiado todo y todo lo ha cambiado a él. Vive distinto, mira distinto, ve distinto. Distinto se viste, distinto sonríe (o no realmente), distinto empuña la varita cuando la usa para matar y distintas son en él las palabras.

Y sin embargo, en algún punto todo parece ser como era antes, de la misma manera, al menos. Todo ha cambiado pero no todo es necesariamente distinto. Snape sabe exactamente qué es lo que hace allí, Regulus sabe que aceptará su propuesta, beberán cerveza en un bar, como si hablaran de la vida y comentaran sus vacaciones en Egipto, con menos efusividad, claro. Mucha, mucha menos. Estarán hablando pero parecerá que no, los dos muy quietos en sus sitios, los dos casi estáticos y de pronto un asentimiento coordinado, los ojos que brillan como si alguien los descongelara de pronto, y los dos hombres altísimos y discretos que se paran y se marchan. No han probado la bebida, y sin embargo, la mesera podría jurar que los vio levantar las jarras más de una vez.

–Lo hicimos –es lo primero que le suelta James esa mañana, y Sirius se hubiera atragantado las manos con las llaves de la motocicleta si tal cosa pudiera suceder, pero como no es posible, simplemente se hizo un lío con ellas, y al final consiguió hacer arrancar la moto, que ronroneó bajo el peso de los dos. Es recién cuando puede recuperar la compostura que le suelta algo que suena bastante parecido a

–No, Cornamenta, eso no puede ser porque tú no estabas conmigo ayer a la noche y yo recuerdo muy bien que no eras tú quien estaba en mi cama

pero que bien podría haber sido cualquier otra payasada que dice con voz seria, mientras sonríe con el rostro hacia el frente, no vaya a ser que James lo vea y se dé cuenta que sonríe, y entonces se crea que sonríe porque comparte su sentimiento de felicidad absoluta, que la verdad es que no.

–No tú y yo –le espeta James, abrazándolo porque todavía desconfía un poco de ese aparato volador por el que Sirius mataría, pero es que eh, lo ha arreglado el propio Sirius, tiene derecho a desconfiar; ¿qué si lo abraza para poder colar sus manos por debajo de la camiseta de Canuto y fastidiarle todo el camino, reprochándole que su relación no prosperara? Sólo un poco. –Lily, Canuto, Lily y yo –y tiene que nombrarla dos veces porque así parece mejor, suena más real, más tangible. Así es como puede volver otra vez al cuartel de la Orden del Fénix, que ahora ya nunca más será para él el cuartel de la Orden del Fénix, simplemente.

–Ah, vale. Ya decía yo que lo nuestro no era posible –dice Sirius, y aunque está hecho de desenfado y desinterés, James sabe que en cualquier momento va a soltarle eso de ¿y ha mejorado con los años o dirías que no salió con nadie luego de Hogwarts?, queriendo decir que quiero todos los detalles, sonrisa canina de lado, ojos brillantes y eh, cada vez estoy más cerca de tener un ahijado, brillándole en toda la cara.

Luego llegan al predio donde James debe entrenar para el equipo, y Sirius vuelve otra vez a ser un chucho peludo que corre de aquí para allá persiguiendo rayos de sol y tonteando entre las chicas del equipo.
A James Potter nadie lo para hoy.

No me lo merezco, pero ¿reviews?