Sé que no van a perdonarme la tardanza, así que no voy a disculparme. Vamos a fingir que todo eso no es cierto y que vos me perdonás y yo me excuso y me disculpo. Vamos a fingir.

He perdido la esperanza de que alguien lea esto después de tanto tiempo, pero no me pareció honesto no publicarlo. Sobre todo porque el capítulo lleva una eternidad terminado. Realmente una eternidad. Así que acá está.


Invencibles

VIII.

Lo primero que se escucha es una explosión. El techo y la pared lateral que se desmorona, vaticina Remus, aferrándose a la varita como a quien le están por arrebatar la vida y quiere todavía agarrarla por un extremo y a costo de romperla, tirar con todo el cuerpo y toda la fuerza. Luchar.
A Alice la explosión la vuelve pequeña y menuda, la hace estremecer, mirar a Frank con los ojos como lunas reflejándose en el agua y luego la vuelve poderosa, repentinamente poderosa, resplandeciente, casi. La sonrisa temeraria la lleva Sirius como pintada, y es un anticipo de adrenalina, un atisbo de la erupción volcánica que nace de su pecho y le recorre las venas.

–Todos atentos –avisa Fabian, que es responsable de la misión. No hace falta que lo diga, siquiera. Alice puede nombrar cada paso que se da en el piso de arriba. Pasos pesados y pasos livianos como plumas, pasos presurosos embriagados de relojes y pasos atolondrados por tanta cautela.

Frank se envara. Alice lo ve antes de que las luces comiencen, como flechas y flashes. Lo ve antes de entender que es la muerte eso que parecen simples luces de colores dibujando flores en el aire.

En algún momento se escucha la risa desquiciada y frenética de Sirius y Peter acaba siendo expulsado contra una pared. De alguna parte de su cuerpo brota sangre a borbotones. Frank lo nota cuando lo oye gritar de dolor y tiene que socorrerlo de los Mortifagos que planean divertirse con él antes de matarlo. Desde la otra punta del mundo, Remus cree que eso es lo que verá la próxima vez que cierre los ojos y piense en el miedo: cualquiera de sus amigos al borde de la muerte. Allí todo eso que es la guerra se hace tangible de repente. Ya no es más una cuestión teórica, algo lejano, una distopía, una leyenda. Está viéndola y es desgarradora. Huele a sangre, arranca gritos espantosos de las gargantas de la gente y todo pasa tan rápido que no comprende quiénes caen y quiénes se levantan.

A lo lejos, Sirius parece un bailarín, Alice se agacha muy rápido, la voz de Frank se oye por encima de muchas otras. Peter empieza a deslizarse hacia la izquierda y recién entonces Fabian da la señal de retirada.

Cuando todo acaba, Remus no puede evitar eso de preguntarse si la próxima vez tendrán tanta suerte.

Remus puede oír cómo se acerca desde el otro lado del corredor, es una cuestión de conocerse y acostumbrarse. Cuando Sirius camina sus pasos son como los de los perros, no hacen ruido, todo el estruendo que lo precede viene del manojo de llaves que tintinean a la par de sus pasos distinguidos, estirados en el tiempo hasta el infinito, ligeros como si quisiera hacer del tiempo una utopía.
Mientras se pelea con todas las llaves, sabe que está generando expectativa, que del otro lado Remus está sentado en un sillón o en una silla y que ha dejado de leer apenas marcando la línea, y que sin voltear, con la mirada sostenida por el piso sin barrer, aguarda en silencio, la boca seca, una explosión de palabras arremolinándose en la punta de la lengua, la luz nacarada de una lámpara que a duras penas alumbra algo más allá de la página que Lunático lee, donde los claroscuros son una guerra peor que la del pasillo de sombras y oscuridades varias hasta el baño o hasta la habitación.
En unos minutos todo esto se reduce al movimiento de la mano de Sirius sobre el pomo de la puerta, el ruido de la madera pesada arrastrándose sobre el suelo y los pasos de Sirius que (no) suenan distinto dentro del departamento.

– ¿Qué tal todo, Lunático? –le dice con la voz ronca de los viernes por la noche. Remus apenas sí se da vuelta para mirarlo, buscando un desinterés que no siente, aunque conozca de Sirius cada maña y cada centímetro. Del pelo caen pesadas gotas de agua que acaban donde empieza la madera del suelo, o la tela de su ropa, o la piel de su cuello, y aunque los ojos no le brillan ni parece especialmente emocionado con nada, sonríe como cuando conquista la noche y se cree el mejor.

–Bastante bien –responde. Cierra el libro, listo para ir a la cama, o para seguir detenido allí un rato más y no darle el lujo de apagarse dándole lugar al inconsciente sólo porque él esté ahora en casa. No, no va a darle ese placer, y aunque muere de ganas, tampoco va a darle otros. Va a privarlo de todo, porque es un canalla. Lo es detenido en la puerta, lo es cuando la cierra con desgano y sin mirar y continúa siéndolo cuando apoya sus manos frías, frías hasta la médula, sobre sus hombros y ese mero contacto parece un abismo, un silencio, una muerte. Luego se desliza desde sus hombros hasta su cuello. Lo acaricia, lo masajea. Nada de eso debería ser legal. El silencio es casi tangible, es pesado, se hace uno con el aire y huele a encierro, a ropa húmeda y a días sin sol, que nunca faltan en la capital mundial de los días nublados.
Remus deja caer la cabeza pesadamente y Sirius se le acerca despacito, todo cuanto se oye es el tintineo de sus llaves cuando se inclina y sustituye sus manos frías por su boca tibia.
Nunca le va a preguntar, Sirius siempre va a suponer que Remus quiere estar con él cuando él tiene ganas, que va a resignarse a ser siempre la sombra de una luz que encandila, que no le preocupa llegar siempre tarde y fatigado a la meta. Sirius siempre fue un vanidoso, y Remus siempre supo consumirse a fuego lento en los azules metafísicos. Será, acaso o al menos, que la luna siempre lo ha tratado como se le ha venido en gana, se aproxima ligera como un soplo y que le besa los pasos, cuanto más corre menos se aleja; y todo es un poco una metonimia, un haberse acostumbrado a, un permitir constante que no lo exime de ninguna responsabilidad. Será algo de eso, cree él. Pero no hoy. Hoy va a pensar por sí mismo, hoy no va a ser menos que las conquistas de Sirius, las chicas que bese frente a otros para pretender. No va a ser menos que él mismo.

–Estoy leyendo –puntualiza. Por un momento Sirius se detiene. Su aliento cálido y borracho choca contra su piel y quiere desatar allí mismo la furia de Dios, la rendición de Lunático, el fin del mundo.

–Estabas leyendo, cerraste el libro.

–No, voy a seguir leyendo –dice, y entonces se para. Ninguna victoria fue más merecida que esa de Lunático.

De alguna manera hay un agujero que traspasa. Peter no sabe si es en las paredes y deja que se cuele frío húmedo, o si es adentro suyo y por allí se escapa el aire y todo lo cálido.
Lily lo reconoce cuando se despierta en el medio de la noche y su cama está vacía de James, y el miedo súbito es soberano de los silencios, de las sombras que dibujan los árboles en la ventana, de lo frío de las sábanas y de ella misma, hasta que se para y lo encuentra preparando un picnic en la sala, uno de esos espontáneos de untar tostadas con mermelada sentado en el piso.
Para Remus no hay agujeros, hay enteros. Enteros como la luna en el calendario o en la ventana, como Sirius con su risa más oscura y su humor más ácido, como los dolores en el cuerpo y las cicatrices que no consideran parcialidades. A Sirius todo le huele como lo limpio de Grimmauld Place, con la salvedad de que ahora el mundo parece (el mundo es) Grimmauld Place y uno no puede salirse del mundo con un bolso improvisado, gritando ¡que los jodan a todos y su puta pureza de sangre!
A Alice se le figura como el sudor en las manos y envararse cada vez que Marlene se levanta y va al baño por la noche, incluso aunque sabe que es Marlene en el baño; y es un poco estar histérica cada vez que Frank decide volver solo a casa a cualquier hora de la noche, y ¡mierda, Frank, van a matarnos a todos!, y no es sólo un miedo irracional, es una certeza.
A Marlene pocas veces le afecta esa oscuridad que todo lo llena (o que de todo la vacía), incluso cuando el sol se digna a figurar, un poco escondiéndose detrás de unas nubes pasajeras. Cree que el miedo es un buen negocio, pero que ella tiene más poder que el empresario del miedo, porque como consumidora elige no comprar, quizás así se acabe la producción. Cada vez que el empresario del miedo cambia su estrategia de marketing y contrata un nuevo publicista, Marlene tiembla de pies a cabeza y se abraza a Gideon, o a Fabian, o a Remus, y luego repite con la voz temblorosa y enérgica que unos pocos nunca podrán derribar el Expreso Hogwarts, pero no hace falta una multitud para matar al maquinista, y luego, llenándose de convicciones, los insta a todos a comer pizza hasta reventar.
James odia que Lily se dé cuenta cada vez que está afectado, pero Lily tiene una habilidad indiscutible para descubrirle los grises, para apretarle la mano bajo la mesa, para apoyar su mentón contra su hombro tumbados en la cama antes de dormir o para besarle la espalda en la noche, para proponerle un picnic en la sala o en el jardín, para sacar a colación el tema del Quidditch que tan poco le importa y tan poco le gusta.
Frank cree que es cuestión de decisiones. Es feliz quien elige serlo y si dejas que el miedo se tumbe a tu lado sobre el edredón, vas a pasarla bastante mal; así que –aunque a Alice la ponga nerviosa, la haga enojar, la vuelva histérica, le dé pie a hacer todos los reproches habidos y por haber– caza su impermeable y con las manos en los bolsillos vuelve a casa cuando tiene ganas y no cuando las malas voces le ordenan que lo haga; se llena la boca de banalidades no porque sea superfluo, sino porque entiende que hay que darle a todo la importancia que merece, que hacer enormes a las cuestiones que tilda de exagerables no es más que paralizarse, y que paralizarse nunca deja lugar al pensamiento racional. Frank no quiere perder las peleas que descosen a Sirius y lo dejan amansado, gruñendo sobre la cama como un chucho mojado y con frío.
Ahí donde Frank gana, Gideon se refugia de las derrotas riéndose a carcajadas limpias con esa complicidad que tiene con su hermano, los dos convencidos de que el enemigo puede crear impedimentos físicos, pero que nunca perpetrará en las ideas, en las mentes, en las convicciones del hombre despierto, del hombre pensante, y no es que ellos sean muy despiertos o muy pensantes (bien saben los dos que sí, mas la humildad compra lo que la vanidad aún no acaba de pagar), pero son uno en dos. Cuatro manos, cuatro piernas, cuatro ojos. Dos cuerpos, dos cerebros, dos bocas. Una mirada, una voz, un alma. Un pensamiento.
Se ríen, vacíos pero se ríen. Nadie va a quitarles la capacidad para actuar despreocupación en una obra que supera cualquier tragedia de Shakespiere.

–No somos invencibles porque seamos mejores o porque la realidad no nos afecte –sentencia Ojoloco –somos invencibles porque luchamos contra lo que otros no se animan.

–Potter es el héroe de todo esto –le suelta Alice sin venir a cuento. No hace falta que Lily se de vuelta en la cama para que la piel de Alice la abrase, y no es porque esté descoordinada con la temperatura ambiente, son las palabras las que la queman.
Se lo respeta. El desvarío, quiere decir, Lily se lo respeta mucho, porque Alice y la palabra madrugar es que simplemente no van juntas, y cuando algún inconsciente de la gramática y del tiempo y del universo decide meterlas a ambas a presión en la misma oración, suceden esas cosas. Luces. Desvaríos que son luces y verdades imprescindibles que parecen desvaríos que son luces que son verdades.

– ¿Podemos no mencionar a James por un momento? –susurra Lily a media voz, su pelo es un desastre universal que todavía no quiere arreglar y le duelen los nudillos por alguna razón que escapa a su total comprensión. Alice sonríe, Lily no la ve, pero sabe que sonríe, porque se nota en el aire.

– ¿Por qué no deberíamos mencionarle?

Lo piensa. Decir, no decir, decir, no decir. Mira el techo, una mancha y otra mancha hacen un dibujito en la madera. Imperfecciones. Abre la boca, la cierra, la abre de nuevo.

–Estoy embarazada –lo suelta. Así, sin más. Necesita oírlo para entenderlo.

La mira. Alice la mira mucho, primero como repitiendo cada letra, y cuando abre más los ojos, Lily sabe que está gesticulando la oración entera, que está empezando a entender, y su mano aterriza en el vientre de Lily, allí sobre el pijama, y como un espasmo se le escapa el aire. Un silencio de aire. Un silencio de mundo, y entonces la abraza, y chilla, y le dice que ¡enhorabuena, Lily!, y desde ya le suelta que será un niño, que se parecerá a él, que será encantador, que se llamará Harry, porque Harry es un nombre blanco, de persona noble, el nombre que mejor le sienta a James, porque es nombre de héroe (Lily todavía no entiende por qué no deja de repetir lo mismo una y otra vez, pero al final lo deja, convencida de que se trata de otro de los rayes de Alice).

–Es que nos ha salvado a todos tantas veces. Es gracioso que no lo sepa, pero lo hace.

–Sirius siempre fue así, Lunático. No esperes que cambie.

Es como si James ya supiera más cosas de las que dice habitualmente, pero como si las supiera desde que el mundo es mundo, y lo aceptara como parte de algo que no tiene que ver con él, pero sí con sus prioridades, como algo que no necesita su autorización para ser, para existir, y que tampoco necesita ser un alarde de conocimiento. Y de pronto parece sumamente estúpido pensar que James pudiera ser ajeno a todo esto que pasa desde más o menos siempre, los besos en la habitación y las noches que se encerraban juntos en el baño y gemían entre besos y piel para que no se oyera en la habitación. Como si James fuera ignorante de una cuestión tan elemental entre sus mejores amigos.

–No, no hay mucho que pueda esperar de él.

Y a lo mejor, James debería recordarle que Sirius es del viento, indomable; pero que todo cuanto aprecia lo esconde en la Casa de los Gritos, como cuando todavía iban en Hogwarts y se había empecinado con su jodida motocicleta. No se detuvo hasta conseguirla, armarla y amarla desde las ruedas hasta el relucir del acero a la luz de sus varitas, y meterla allí donde luego iba a rescatarla para que Lupin no destruyera el otro amor de su vida, el que tenía título de amor legal. La vida, Jimmy, la vida no tiene sentido si no puedo montarla, y no habla de mujeres ni de sexo, pero pareciera que sí, y cuando lo consigue, cuando se sube en ella y vibra, es un orgasmo o es la felicidad, pero Sirius Black cuestiona seriamente que esas cosas no vengan juntas y de la mano.
Todo lo que a Sirius le importa acaba en la Casa de los Gritos para que no se lo quiten, pero claro, eso sólo lo sabe James.

–Yo creo que sí –tiene esa cosa de mejor amigo que respira junto con sus pulmones y que no puede evitar, es simplemente que tiene que defender a Sirius incluso cuando sabe que no hay razón, y todo porque son hermanos, porque tienen entre ellos algo mucho más puro e importante que lo puro y que lo importante, juntos o separados. –Canuto es un poco idiota, pero no puede evitar al perro que lleva adentro, siempre acaba meando sobre todos para marcarnos como parte de su territorio.

Entonces Remus sonríe. Un poco, como dulce de leche, como si no pudiera hacerlo del todo, pero esforzándose un poco, o haciéndolo siendo presa del inconsciente, arma del mal; pero sonríe, y James se sonríe con él, sacando a relucir toda esa facilidad que tiene para sonreír como el que más, ¡venga, soy el rey del mundo!, un poco (o mucho) en broma, porque ese James Potter tiene a la humildad de segundo nombre aunque Lily Evans no siempre lo creyera, pero está convencido de que pueden con el mundo, no porque sean Los Merodeadores de Hogwarts ni mucho menos, sino porque los mueven las más puras razones para hacerlo.

¿Alguna vez te ha pasado ser el personaje secundario de la típica escena donde el ruido no se distingue y es barullo, donde todos los colores brillan y las personas se suceden unas a otras en una danza de la que no formas parte? ¿Alguna vez has levantado la vista y has encontrado unos ojos que penetran en los tuyos como los tuyos en aquellos, como si los ojos se encontraran sin que nadie buscara a nadie? A Aberforth Dumbledore sí. Sucede cuando eh, esa chica pelirroja se quita de allí, sujetándole la mano al chico Potter, un poco bajando la cabeza, y la luz vuelve su cabello (más) reluciente, y entonces Albus. Del otro lado, con su túnica larga de siempre, con la barba un poco más crecida, unas cuantas arrugas más a favor y la mirada tranquila, el ceño un poco fruncido y la certeza de que está forzando la vista a través de los lentes de medialuna para poder observarlo mejor.

Y se miran, sin mirar nada más y guardando las apariencias se miran, y allí el Profesor Dumbledore no es más que Albus, el chiquillo estirado al que le rompió la nariz. Un poco pasado por años, tal vez, pero el mismo en esencia.
Azul contra azul, como si Albus le dijera cuánto lo siento, y Aberforth todavía pudiera cruzarse de brazos, hacer oídos sordos, tragarse todos los reproches y las lágrimas y refunfuñar que no importa, Albus, no quiero saberlo, pero es que ya no es ese niño, el que estaba siempre a la sombra del gran, del maravilloso Albus. Sólo es un viejo cascarrabias que gusta de experimentar con cabras y al que le han quitado todo, al que han desnudado de afectos, y Albus no lo entiende, Albus sólo teme ser responsable por la muerte de Ariana. A Aberforth poco le importa ya quién la ha matado, lo terrible es que se haya ido. Él todavía la llora, él todavía le cuenta historias por la noche, para que pueda dormir, todavía cree que si cierra los ojos y estira la mano puede acariciarle el pelo rubio.

Llega un momento –que no es ese, que es otro, que es cualquiera– donde Albus se acerca con paso cansado, y sin voz le dice Ariana y en las últimas dos letras Aberforth entiende que no está diciendo una palabra, está empezando una frase que no quiere (que no puede) oír. Lo calla, un poco exagerado, quizás, en las maneras, pero lo calla, y Albus entiende. Albus cierra su jodida boca, porque ya ha hecho mucho daño, y porque en el fondo ninguno de los dos quiere saber quién la ha matado, temen acaso no poder mentirse.

Nunca habían tenido una peor luna. Nunca.

En algún momento Colagusano se escabulló por allí y Cornamenta corrió detrás de él, porque ya se sabe que a Colagusano hay que seguirlo de cerca para que no se pierda y aparezca al día siguiente, harapiento y sucio, con cara de ni lo digan, está muy claro que me he perdido, y para entonces Sirius se echa a reír sin reparo ni compasiones, y es hasta contagioso, y con una risa de estertores, Remus se ríe también, un poquito, como diciendo pobre, pobre pequeño Peter, con ese carácter de madre del grupo que tiene Remus, incluso cuando es el apaleado; pero sin decir nada, porque esas cosas son las que nunca se dicen y que igualmente se entienden o se interpreta a gusto de consumidor en los gestos, en las formas. A James no le sale reírse por la mañana, es su momento de seriedad, de mirar cómo despunta el sol por cualquier ángulo y fingir que sabe exactamente dónde están parados aunque esté más desorientado que nunca; es más de ponerse la mano sobre los ojos para cubrirse del sol y simular que mira a lo lejos y los protege a todos de los ojos curiosos, venga, Cornamenta, eres el miope del grupo, no fastidies. James es de esos que necesita dormir un rato y desayunar en cantidad antes de poder reírse bien, abrazando a todo el mundo por el cuello y mirar todo como el niño que sigue siendo.

Colagusano no volvió en toda la noche, y cuando Cornamenta se marchó a buscarlo, el lobo aulló y sin perder el tiempo saltó sobre el perro. No en plan amistoso, como tantas veces habían hecho, y no sólo ellos, aunque bien es sabido que el lobo y el perro se llevan especialmente bien, incluso aunque tengan, religiosamente, dos o tres riñas por noche.
Saltó sobre sus fauces como la bestia que siempre intentó reprimir pero que sabe que es, y en cuanto sintió desplomarse al perro bajo su peso, le clavó las garras arañándole la piel bajo el pelaje, llenándose de sangre, dañándolo con maña.
Canuto aulló de dolor y de alguna manera consiguió librarse del licántropo delirante de ira, que agazapado le enseñaba los dientes y gruñía.

Nada apaciguaría al lobo esa noche. Ni siquiera la ayuda inesperada del ciervo a último momento, así como hacen los héroes, siempre esperando a un lado del escenario para aparecerse de un salto cuando ya están perdidas las esperanzas y uno empieza a preguntarse cuándo llegarán, porque no pueden no aparecer. Por algo son héroes.
Cornamenta siempre tuvo mucha facilidad para meterse entre Lunático y Canuto y apaciguar los ánimos, pero es que esa noche la furia no le cabía en el cuerpo al lobo.

A los ojos del lobo, el perro cayó desplomado en el suelo, las orejas caídas y los ojos cansados. Sucedió entonces que aun cansado de excesos, el ciervo pretendía interceder por el perro ante el lobo y recibir el golpe de su vida, pero Lunático seguía observando fijamente al perro. Ya clareaba cuando el lobo se dio media vuelta y echó a correr, perdiéndose en los alrededores.
Cornamenta no lo siguió.

Cuando abrió los ojos, Remus agradeció haberse dejado caer en un sitio donde pegaba el sol. Se le helaba el cuerpo allí tendido, y en otras circunstancias se pararía de buena gana si no le dolieran zonas que sólo sabe que existen después de cada luna llena. Cerró las manos, las abrió, las cerró de nuevo, ejercitó los dedos. Le dolía la piel debajo de las uñas, le dolían los huesos, el frío.
Peter, paliducho, tiritando, se paró frente a él y le tendió la mano, ayudándole a pararse en medida de lo posible. Hubiera podido dormir justo allí, en el hueco entre el hombro y el mentón de Peter, que huele a pasto y a rocío.

–Venga, Lunático –le anima, pero no es como si Peter pudiera infundirle muchos ánimos. Todo ese tiempo desde que despierta después de cada transformación y llega a tomar algo caliente tumbado en la cama antes de dormir, le fastidia horrores.
Lleva la túnica de Peter sobre los hombros y no tiene idea de cómo ha sucedido. Le queda corta. No, en realidad le queda bien, por los tobillos, como las túnicas que él usaba en Hogwarts; las túnicas que solía vestir después de cada transformación eran las que le quedaban largas, esas que tocaban el suelo, porque Sirius siempre fue más alto que todos. Esas túnicas siempre le habían gustado, tenían ese olor a rebelión, a su cabello en los hombros y a su piel en todos lados, ese olor particular de Casanova y de transgresión, porque sí, esas cosas tienen olores. Huelen como huele Sirius Black. Bien. Jodidamente bien.

Las voces de James y Sirius se escucharon a varios metros. Peter avanzó un paso, dos, y Remus lo siguió por inercia, con esfuerzo. Costó pero lo hizo. A cada paso le dolía el pecho, como si algo anduviera mal por allí y no fueran únicamente esos rasguños que surcaban su piel trazando mapas del tesoro.
Venían discutiendo. James y Sirius. Nada de risas ni bromas, caminaban como si hubieran pasado una mala noche también y se les notaba en el humor que no sería un buen día. James los vio acercarse y se detuvo. Improvisó una sonrisa, los saludó con la mano, como si le dijera ¿qué hay de nuevo, Lunático?, pero Sirius no. Sirius lo vio y apretó el paso, y cuando lo tuvo en frente lo cazó por las solapas del abrigo y como si pudiera comérselo crudo allí mismo le soltó eso de

– ¿Qué mierda, Lunático?

que los dejó a todos perplejos. Incluso a James, porque no le cabía en la cabeza lo que estaba haciendo ese inconsciente de Sirius Black; que vamos, él también estaba molesto y adolorido, pero no era para agarrárselas con Remus, sabiendo que luego se sentiría culpable y que se convertiría en un saco ambulante de dramas sin argumentos.

No entiende a Sirius, y será la primera vez que James Potter no entienda a Sirius Black. El Sirius que él llama hermano no hace esas cosas, aprieta los dientes y se aguanta los quejidos, e incluso se esfuerza en soltar una de esas carcajadas oscuras y no deja de bromear, por desubicado que sea el chiste. El Sirius que conocen, el Merodeador, no ahorra en reparos, se cree en responsabilidad de hacer que todos se sientan un poco mejor (o menos peor, según como se mire) y se desvive por ello si es necesario.

– ¡Eh, Canuto! –exclama James.

Remus le mira y parece que no entiende nada, hasta que le cambia la mirada, y los flashes de la noche anterior empiezan a iluminarle la memoria. Él derribando a Canuto, él hiriendo a Canuto, él gruñéndole a Cornamenta, él enzarzándose con ambos.
Empalidece (más), deja caer los brazos a los lados y parece que quiere disculparse y no le sale, y entonces Sirius se da cuenta de que se le ha ido un poco la mano, y es que tampoco es de esos que se disculpan. Así que lo suelta, sin mucho preámbulo lo suelta.

Lo que Remus no puede soltar es la culpa.

– ¿Y Sirius? –inquiere Lily. Ya no quiere silencio.

–Eso mismo me pregunto yo –responde Remus, apoyado contra el umbral de la puerta que divide la sala y la cocina de la única habitación del departamento. Sonríe vagamente y avanza cojeando hasta apagar la hornalla sobre la que se caliente el agua. Lily en seguida lo relega de la labor y acaba ella preparando el té mientras él permanece sentado, pretendiendo mirarla cuando los dos saben que no está viendo absolutamente nada.
Le acaricia la frente y le corre a un lado el flequillo. Lily, antes de dejar la taza de té sobre la mesa, y Remus se permite cerrar los ojos por un momento y disfrutar de la piel suave en la punta de los dedos de Lily. Sin abrir los ojos se inclina hacia un poco hacia adelante, hasta esconder el rostro sobre su vientre.

-Las cosas son diferentes ahora, ¿verdad?

-Eso creo.

Cree que Lily sonríe con los ojos entrecerrados. La ha visto hacer eso algunas veces y siempre se ha sentido privilegiado por ello. La mano de Lily encuentra su coronilla y sus dedos se mueven en círculos.

-¿Recuerdas cuando éramos felices?

Tiene los ojos de Dumbledore sobre él y siente que lo sabe todo, porque no puede ser de otra manera. ¿Cómo, en qué momento fue más listo Peter Pettegrew que el prodigioso Albus Dumbledore?
Cuánto más preferiría que Dumbledore temblara de furia y le gritara hasta delirar, que lo desnudara de temor encogiéndolo en un temblor semejante a un terremoto de pieles, y no tener en sus ojos pequeños los ojos azules del Profesor, esa inteligencia misericordiosa que le dice a Peter que está desnudo a sus ojos, que no puede esconderle absolutamente nada porque es pequeño, débil e ignorante. Odia esos ojos. Los odia con un odio desbordante, el odio de la furia que le provoca estar privado de sentirse mejor consigo mismo, verse más víctima y menos victimario, convertirse de pronto en el dueño y señor de sus decisiones, único responsable.
En algún momento ha empezado a llorar. No hoy, no esta noche. Todas las noches de un tiempo a esta parte. En algún momento el miedo al dormir por las noches, de ser alcanzado por uno de esas maldiciones terribles, de encontrarse rodeado por encapuchados de risas escalofriantes, fue precedido por el llanto, primero taimado, como pidiendo perdón o pidiendo permiso para existir, ya después terrible, agujero en el pecho, pulmones sin aire y angustia mojando la almohada. Y una sensación tangible de que algo oscuro va tomando forma en esa habitación, en ese espacio, en ese tiempo, y que nada tiene que ver con la sombra de aquel árbol en la ventana.

Ahora que está solo y que nadie se fija en el pequeño Peter, ¿quién va a impedirlo?