Disclaimer: Nada me pertenece. De ser así, JK no sería tan rica y Ron estaría todo el día atado a la pata de mi cama. La letra de la canción de cada viñeta es "Little Things", de One Direction.
"Pequeñas cosas"
Polvos pica-pica
I won't let these little things
Slip out of my mouth
But if it's true
It's you
It's you they add up to
I'm in love with you
And all your little things
Honeydukes era el paraíso terrenal más ocupado por los estudiantes de Hogwarts. Desde tercero hasta séptimo, todos acudían en tropel al local con los bolsillos llenos de galeones y con el estómago a rebosar de chucherías. Nadie se resistía a los encantos. Prefectos, Capitanes y gamberros. Altos, bajos, regordetes, pelirrojos, enemigos íntimos y mejores amigos. Y de estos últimos, precisamente, había dos en la tienda aquel sábado de diciembre.
Como siempre, las calles de Hogsmeade estaban cubiertas por un manto blanco que invitaba a salir a jugar con la nieve e iniciar una pelea. Al menos, para aquellos que podían soportar el frío. Para otros, como Lily, Mary, Marlene y Dorcas, la calefacción de Honeydukes era la excusa perfecta para revisar más de una vez los paquetes de golosinas. Llevaban tanto tiempo dentro que casi podrían hacer una tesis sobre los palitos de regaliz. Y, como ellas, también había otros cuatro adolescentes a los que no les parecía apetecer demasiado salir a la intemperie. Aunque ellos, claro, tenían una excusa mejor.
—Te he dicho que te acerques.
—Y yo que no me agobies.
—Mira que eres idiota. ¡Si el otro día se pensó que la habías tapado!
—Pues que lo siga pensando.
—Para un favor que te pido…
Unos ojos grises, centelleantes, miraron a través de unos cristales a otros pardos que le observaban con pena. A su lado, un chico bajito se rio, dando una palmada en la espalda al más musculado que, sin embargo, no cesó el contacto visual ni un momento. Al final, con un prolongado suspiro, cabeceó dejando caer el flequillo sobre sus ojos y se dirigió al estante donde se encontraban las chucherías favoritas de James.
Al otro lado de la tienda, Lily se afanaba por convencer a Marlene de que comprase una poción para enamorar a un chico misterioso que había conocido en la biblioteca, estudiando Transformaciones. No tenía mucho éxito, ni siquiera cuando se puso a escenificar con Dorcas el posible encuentro entre los enamorados.
—Venga, Lene, no seas aburrida —protestó la pelirroja.
—El amor no tiene que ser forzado —se quejó la Ravenclaw—. Además, ¿por qué no te compras tú otro botecito para Potter? —preguntó, quisquillosa. Lily enrojeció hasta las cejas antes de alzar la nariz y atusarse el pelo de forma teatral.
—Porque si prueba mi miel, no querrá alejarse nunca.
—Venga ya, todos sabemos que acabaréis casados —apostilló Mary, dándole con un dedo a su mejor amiga en la tripa.
—Y, al día siguiente, aparecerá su cara —intervino Dorcas, señalando a Lily con una vara de regaliz negro enorme— en primera plana en El Profeta bajo el titular: "Chica prefecta asesina a chico perfecto".
Todas estallaron en carcajadas y empezaron a abastecerse de comida, tirándola a una cesta común de color marrón. Regalices, botellas de champán llenas de chocolate, plumas de azúcar, una botellita de la poción para enamorar —bueno, puede que más de una. ¡Dorcas también le había echado el ojo a un Hufflepuff de séptimo!— y varios botes de micropuffs de fresa. Las chicas se rascaron los bolsillos y le dieron a Lily todo el dinero para que se acercase a la abarrotada caja, donde decenas de alumnos exigían su turno para poder disfrutar de sus adquisiciones.
La pelirroja estaba curtida en mil batallas. Se recogió el pelo en una coleta en lo alto de la cabeza y se remangó el abrigo para abrirse camino a codazos a través de la masa humana. Los gritos de ánimo de sus amigas le llegaban desde el fondo de la tienda. Tras varios minutos de angustia, logró plantar, jadeante, su cesta en el mostrador. Sin perder un minuto, depositó los galeones en la mano del tendero y volvió a coger la cesta, luchando por su vida para salir del local.
Exhaló un jadeo de alivio cuando alcanzó el frío invernal de la calle y tendió la cesta a las chicas, con la cabeza aun para atrás, recuperando el aliento. Solo cuando Mary intervino, con voz fastidiada, se volvió a mirarlas, cansada.
—Qué.
—¡Lily, esta cesta no es la nuestra!
Efectivamente. Donde antes había multitud de golosinas, ahora tan solo había decenas de botecitos de polvos pica-pica. Atónita, cogió uno y lo abrió, aspirando el olor entre amargo y afrutado de su interior. Qué idiota había sido. Había cogido por error la de otro cliente y ahora no había manera de saber de quién era.
Metió el dedo en el botecito y se llevó un montoncito de polvo a la lengua, cerrando los ojos cuando empezó a explotar en sus papilas gustativas. No pensaba volver a entrar para recuperar su botín. Acababa de descubrir que eso también le valía. Ya volverían al fin de semana siguiente.
Mientras sus amigas discutían sobre qué hacer, ajenas a ella, desvió la mirada para toparse con los merodeadores, que caminaban unos pasos por delante de ellas, camino a Las Tres Escobas. James abrió la cesta al tiempo que comentaba algún asunto del equipo de quidditch y, después, se quedó parado y miró a Sirius, furioso.
—¡Canuto, idiota, yo solo había pedido polvos pica-pica!
Por alguna extraña razón, una sonrisa se dibujó en el rostro de Lily y se le escapó una risita lo que solo ella pudo escuchar.
Nota de autora:
Segunda viñeta y word dice... (sonido de tambores) que son 873 palabras. ¡Bieeeen!
