Autora Original: BlackStar42Roses
Título Original: The House of Many Whims
Traductora: Eli and Onee-chan (Onee-chan en realidad)
La Casa de las Extravagancias
YO: ¡Largo tiempo mi gente! Hace tiempo que tengo esto a medias, pero me partí un dedo jugando en E.F. y me quedé prácticamente inválida ante un teclado (y justo en sesión de evaluaciones, tiempo en el que tengo más trabajo que nunca ¬¬). Ahora que por fin me he curado y ha pasado el infierno (con recolección de calabazas, pero sin más problemas que el orgullo herido) les traigo el nuevo capítulo. Disfrútenlo =D
Si en algún momento ven algo raro (tipo: frases sin sentido, palabras en mitad de frase con mayúsculas o en vez de "haciendo" aparece "hacienda", etc..) por favor, díganmelo inmediatamente.
AUTORA: Bueno, no he respondido a las preguntas o hecho explicaciones en las notas de autor porque siento que si no pudiera explicar mi historia en el actual cuerpo de cada capítulo, sería un fracas de escritora. Pero viendo que esta es una historia confusa, me voy a rendir y escribir un resumen mientras me escondo en una esquina"" -sollozo-
Para ser breve: El mundo en el que Tsuna vive es similar a lo que un mundo "normal" sería, pero con pequeños cambios, como que llueve cada Martes, gente aparece aleatoriamente en las casas, y así sucesivamente. El trabajo de Tsuna es ser profesor de Inglés en un hospital, donde enseña a los 'seres' que son instruidos para hablar el lenguaje humano. Sus estudiantes no son realmente 'humanos'; cuando escribo sobre ellos, tengo a Vindice en la mente, por eso las vendas y los tonos de piel. Esto es básicamente una referencia hacia el racismo, supongo, donde los humanos se niegan a aceptar a los 'seres' porque son diferentes y solo Buenos en construcción y elaboración en vez de ser académicamente inclinados. Y sí, estos 'seres' son las personas que mantienen y construyen los raíles que los Travelers usan par air entre las estaciones. Los Travelers son humanos, y ellos tienen 'pasajes', que se refiere a tener un corazón.
¿Espero que eso haya respondido algunas cuestiones? :'D Gracias por tomarse el tiempo para leer~ ^^
Disclaimer: No poseo Katekyo Hitman Reborn. Cualquier similitud en eventos o personajes vivos o muertos son totalmente una coincidencia.
¡Disfruten!
Capítulo 8
Eran las dos de la mañana cuando Lambo lo despertó.
" Papá-Idiota-Tsuna," Lambo picó con su dedo insistentemente, tirando de la manga de Tsuna. " ¡Papá-Idiota-Tsuna!"
"¿Hweh?' Balbuceó Tsuna, reincorporándose de un salto en la cama. "¿Lambo? ¿Qué estás haciendo despierto?"
Lambo jugueteó con el dobladillo de su traje de vaca, ojos enfocados hacia abajo. Tsuna frunció el ceño, levantándose de la cama de una vez y colocó una mano en la cabeza de Lambo. "¿Qué pasa? ¿Tuviste un mal sueño?"
Lambo sacudió su cabeza.
"¿Tienes hambre?"
Otra sacudida.
"Entonces dime qué pasa, Lambo," Dijo Tsuna suavemente, agachándose para estar al nivel de los ojos del pequeño. "No puedo ayudarte si no hablas conmigo."
Lambo levantó la mirada, labios temblorosos y sus enormes ojos húmedos. Sorpresivamente, el bebé llorón no soltó ni una lágrima. Solo tartamudeó un poco con sus palabras, sonando increíblemente triste.
"Me voy, Papá-Idiota-Tsuna."
Tsuna observó. "¿Qué?"
"T-tengo que irme. Tenemos que irnos," Lambo se sorbió las narices. "No podemos estar aquí más."
"¿Qué quieres decir?" Preguntó Tsuna, su corazón volviéndose pesado como el plomo. "¿A dónde vas?"
"No lo sé," lloriqueó Lambo. "Pero no podemos volver más."
"Lambo—"
Pero el niño pequeño estaba apresurándose fuera de la habitación ahora, tropezando al bajar las escaleras, sus pequeños sollozos retumbando por la repentinamente enorme y muy silenciosa casa. Tsuna se apresuró sobre sus pies y corrió tras el niño, llamándolo.
"¡Lambo! ¡Espera!"
Tsuna se deslizó en la cocina, y se sorprendió al encontrar a Hibari de pie delante de las puertas del patio, observando el exterior, mirando como la nieve caía. Lambo estaba escondiéndose detrás de las piernas del hombre, colgándose de los pantalones del azabache. Era extraño ver eso, considerando cuan aterrorizado estaba Lambo de Hibari en un principio.
Tsuna exhaló y miró al otro. "¿Hibari? ¿Qué está pasando?"
El azabache se giró, su cara impasible, sus oscuros ojos vacíos.
"Nos vamos," replicó simplemente, descruzando sus brazos.
"¿Irse?" Tartamudeó Tsuna. "¿Ahora?"
"Ahora," Confirmó Hibari. "No vamos a volver."
"¿Por qué no?" Preguntó Tsuna, sintiendo sus piernas convertirse en gelatina.
"Los raíles van a cerrar," Dijo Hibari tranquilamente. "No podemos quedarnos aquí más. El Conductor ya ha parado de cambiar las líneas para nosotros. Las estaciones no funcionarán, así que no podemos viajar."
"Pero—¿cómo? ¿Por qué…por qué no existirán más?"
Hibari apretó sus labios. "Creo que tú ya sabes la respuesta."
Tsuna sabía que lo hacía. Todo estaba cobrando sentido ahora. El hombre que vino a arreglar su piso siendo de la misma raza que sus estudiantes, el hecho de que el rubio hubiera dicho que no había suficientes trabajadores para mantener los raíles en funcionamiento y que su fundación de Salvar los Raíles cerraba no podía haber sido una coincidencia. Pensó en la filosofía centrada en uno mismo de sus colegas, la gente que había ignorado la recolección en lata en las calles.
Y tener un corazón. Lo que realmente significaba era creer en algo. Tsuna finalmente lo entendía.
"No puedes irte sin más," le suplicó. "Tiene que haber algo que podamos hacer para salvar esto, para salvar este pequeño trozo de magia. ¿No lo ves? ¡El mundo ya no es el mismo! ¡Tenemos que cambiar eso!"
"Creo que es un poco demasiado tarde," Dijo Hibari, cerrando sus ojos. "Habían muchos más lugares mágicos en este mundo que han desaparecido antes de que lo hicieran los raíles. No sabes cuantos lugares maravillosos han muerto porque los humanos ya no creen en las pequeñas cosas de la vida. Esta no será la primera."
El azabache sacudió hacia atrás una manga para mirar su reloj. Lambo lloriqueó ruidosamente. "Vete, niño," Dijo Hibari, empujando a Lambo hacia delante. El labio del niño se tambaleó y rompió a llorar, hincándose en las piernas de Tsuna.
"¡N-no quiero ir, papá!" se lamentó. "P-pero Lambo es u-un n-niño grande, ¡así que no estoy l-llorando! ¡Puedo d-dormir en mi propia cama! ¡Creceré y seré j-justo como tú, p-papá!"
Los ojos de Tsuna se abrieron como platos. Pero antes de que pudiera responder, Lambo se metió entre sus piernas y apremió hacia el armario del pasillo, torciéndola fuertemente para abrir la puerta y desvaneciéndose en los confines de la sala. Tsuna podía sentir su corazón rompiéndose en pedazos. Se dirigió hacia Hibari.
"¡Tiene que haber algo!"
"No hay." Dijo Hibari escuetamente.
"¡No me digas eso!" Gritó Tsuna. "¡Tiene que haberlo!"
Hibari caminó a su alrededor, mirando de vuelta con una extraña mirada en sus ojos. "Si solo pudieras haber sido así antes," dijo suavemente. "Bueno, mejor tarde que nunca." Se inclinó y puso su palma plana contra el corazón de Tsuna, cerrando sus ojos momentáneamente mientras sentía los latidos de Tsuna.
"Es más fuerte. Me gusta este sonido, herbívoro," murmuró Hibari. "No dejes que este nuevo corazón muera, ¿oyes?"
Tsuna podía sentir un sonrojo subiendo por su cara, y podía sentir la desesperación golpeándole en el último segundo. "Por favor," suplicó, sabiendo que nunca se perdonaría si dejaba ir al azabache. "No te vayas, Hibari, yo—" ¿Qué iba a decir? ¿Qué lo amaba? Tsuna balbuceó hasta detenerse, pero el otro pareció entender qué quería decir. Inclinándose hacia delante, presionó sus labios ligeramente contra los de Tsuna; el más ligero de los roces, y se alejó, una extraña mirada en sus ojos.
"No puedo quedarme," murmuró, y Tsuna pudo sentir todo dentro de él desmoronándose.
"Hibari—"
"Adiós," dijo el azabache simplemente, y atravesó el armario también. Tsuna soltó un grito y tiró de la puerta, pero todo lo que pudo ver fue un tramo de pared encalada, su fregona acostada contra el lado del armario, y la escoba que se cayó con un ruidoso clank.
El momento era tan irreal, casi ni se lo creía.
Pero la casa, usualmente llena de sonidos y vida, incluso en mitad de la noche, estaba extrañamente quieta y silenciosa.
Y Tsuna podía sentir en las profundidades de su corazón que su casa ya no era la Estación 27. Sus rodillas se derrumbaron al hundirse en el suelo, ojos mirando sin expresión a la salida por la que nadie saldría nunca más.
Entonces, con brazos temblorosos abrazándose a sí mismo—y sintiéndose muy, muy frío—Tsuna lloró como nunca antes.
A las 7:21 de la mañana se despertó en un frío suelo de baldosas.
Su hogar estaba hasta el último rincón quieto y callado como había estado la noche anterior, era terrorífico. Siempre estaba el sonido de alguien tropezando con su irregular umbral del baño, arañando su sucio armario, o incluso intentado tirarse para salir de su cajón. Solía haber sonidos de pisadas en sus pasillos; pies llevando largas botas, puntiagudos tacones de diseñador, o zapatos de suela plana acolchándose por el suelo. Los ruidos de alacenas abriéndose, puertas de ducha cerrándose, y el traqueteo del frigorífico estaban ausentes.
Toda la normalidad estaba de vuelta.
Y Tsuna lo odiaba.
Su despertador estaba sonando escaleras arriba, así que el moreno subió un conjunto de escalones que nunca se había sentido tan largo y tortuoso. Cuando llegó a su habitación, Tsuna agarró el aparato, abrió su ventana, y lo lanzó a la nieve. La cosa logró golpear su valla y botar hasta el patio de su vecino, creando un agujero sobre la cobertura para su piscina, que inspiró alguna satisfacción feroz en el corazón de Tsuna. Luego, tan rápido como apareció, el sentimiento se fue, dejándolo increíblemente infeliz.
Abrió su nevera y sacó una caja de polietileno que había traído hacía algún tiempo y acababa de dejar sobre la estantería. Su radio en la cocina tocó automáticamente el canal usual de jazz de las mañanas, llenando la sala con el sonido de saxofones y tambores. Tsuna notó las galletas de trocitos de chocolate aún sentadas en su muro, y no pudo resistir anunciar al aire que tenía comida para dar. Nadie respondió. Cuando tiró la basura, el moreno incluso abrió la alacena debajo del fregadero, solo para asegurarse doblemente. Todo lo que pudo encontrar fueron sus productos de limpieza y una fuga en una tubería que había olvidado arreglar.
La realidad era una cosa brutal.
Se fue a trabajar como siempre hacía, golpeando la nieve de sus botas al entrar en el hospital, ojos rojos e hinchados, sorbiéndose un poco los mocos. El ascensor olía a fango derritiéndose y a humo de cigarrillos, y los pasillos estaban vacíos y limpios, justo como cada día que Tsuna los había visto. Atravesó por el par de puertas y llegó al área de enseñanza. Se quedó de pie unos momentos, mirando por el lado derecho del pasillo. Dos enfermeras estaban de pie juntas, hablando y mirando algo en sus portapapeles. Los sonidos de la sala de empleados indicaban que todo el mundo había llegado y estaban disfrutando su taza de café matutina antes de ir a enseñar. A través de los paneles de cristal en la puerta, Tsuna podía ver a los estudiantes amontonados en sus asientos, vistiendo de blanco, vestidos con vendas.
Un repentino pensamiento le llegó.
Era una estúpida, irrazonable, completa e idiota idea, pero por alguna razón, era la única cosa que tenía sentido para Tsuna en este robótico y controlado mundo.
"Perdona," llamó a las enfermeras. "¿Podrían venir a ayudarnos a retirar nuestras armas?"
Las dos enfermeras alzaron la mirada, sorprendidas, pero asintieron, ambas acercándose para abrir la puerta de la sala de empleados y dejar todo preparado. Tsuna las siguió a una pequeña distancia, y vio como todos los profesores se levantaron para coger sus pistolas del almacén en la trasera de la habitación. Miró a la puerta; el pomo era del tipo tirar para abrir. Bien.
Tsuna se acercó al escritorio donde estaba asentada la cafetera, hirviendo el usual líquido amargo, y las distintas tazas esperaban para ser llenadas. Con un fluido movimiento de su brazo, Tsuna tiró todo lo que había en la mesa y lo lanzó contra el suelo. El café salpicó los azulejos y el cristal se hizo añicos con un agudo lamento. Todos pegaron un salto y se dieron la vuelta mientras Tsuna empezaba a tirar de la mesa fuera de la sala de empleados.
"¿Sawada? ¿Qué está pasando?"
"¡Derramó el café!"
"¡Tsuna!"
Era la voz de Yamamoto la que dijo su nombre el último, pero Tsuna no se giró para escuchar lo que el otro tenía que decir. Arrastró la mesa por el umbral y cerró la puerta con un fuerte bang, haciendo que las paredes vibraran, y empujó la mesa contra la puerta, donde se estancó bajo el manillar. Yamamoto apareció un segundo después, traqueteando con el pomo, pero no pudo moverlo. Los profesores estaban atrapados en la sala de empleados.
"¡Tsuna! ¿Qué estás haciendo?" Gritó Yamamoto, su voz ligeramente amortiguada por el cristal, pero Tsuna lo miró fijamente a los ojos y replicó, "¿Cómo se siente al estar encerrado en una habitación?"
Yamamoto parecía aturdido. Otros profesores estaban amontonados ahora, así que Tsuna dio un paso hacia atrás y caminó con rapidez por el pasillo, su corazón latiendo fuertemente. Avanzó todo el camino hasta su clase al final del pasillo y torció fuertemente la puerta para abrirla, parándose ante sus estudiantes. La mayoría se veía sorprendida, puesto que la clase no había empezado aún, pero Tsuna empezó a hablar, dejando su motivo bien claro. Había algunos beneficios en esto de ser profesor de idiomas, al parecer.
"¿Cuántos de ustedes habrían trabajado en los raíles y para el Conductor si no estuvieran aquí?"
Hubo un conmocionado silencio.
"¿Cuántos de ustedes?" Tsuna alzó su voz, respirando fuerte.
Dubitativamente, las manos se levantaron; todos ellos, hasta que todos y cada uno de los seres en la clase estaban observando, con ojos muy abiertos a su profesor, las palmas en el aire. Tsuna soltó un pequeño suspiro de alivio.
"¿Si os dejo salir ahora, sabréis cómo llegar? ¿Encontraréis vuestro camino a casa a salvo?"
Los estudiantes miraban. Entonces, uno de ellos habló.
"Sí," un estudiante masculino carraspeó. "Podemos encontrar nuestro camino a casa. No seremos atrapados. Sabemos los caminos de este mundo mejor de lo que los humanos creen que hacemos."
"Entonces id," Dijo Tsuna, retrocediendo. "Quitaos las cadenas e iros. No os pararé. Sólo tengo un deseo. Por favor, devolved los raíles. Dejad a los Travelers ir donde quieran otra vez."
Los estudiantes se miraron entre sí.
"Sí," dijo una chica. "Encontraremos una forma."
"Lo haremos."
"Lo prometemos."
Tsuna cerró sus ojos. "Bien," dijo. "Liberad a vuestros amigos también. Hay otros en este pasillo. Llevadlos con ustedes."
Y hubo un estruendoso grito de la clase al saltar cada estudiante de su sitio, rompiendo con facilidad las cadenas de sus tobillos y quitando los escritorios de su camino para correr fuera de la clase, destrozando puertas y gritando a sus amigos. Por todo el pasillo, sonidos de metal rompiéndose, puertas siendo abiertas y seres corriendo podía ser escuchado. Tsuna se quedó en medio del movimiento masivo, observando todo desenvolviéndose. Él sabía que los profesores estaban mirando, atrapados en la sala de profesores, y para ser honestos, le daba igual.
Perdería su trabajo.
Sería arrestado.
Iría a la cárcel.
Y Tsuna nunca se había sentido tan orgulloso de algo en toda su vida.
Podía oír las puertas abriéndose y a los estudiantes corriendo por los pasillos, escapando del hospital, escapando de su aprisionamiento. Tsuna vio al último grupo salir del pasillo con una sonrisa en su cara, y él cogió su abrigo para salir por el mismo, preparándose para irse también. Antes de irse, sin embargo, miró a través del cristal de la entrada.
Los profesores estaban alborotados, gritando, sacudiendo sus puños hacia él, parecían aterrorizados. Pero Tsuna solo tenía ojos para Yamamoto, quien estaba muy quieto, una expresión imposible de leer en su cara.
"¿Por qué?"
Tsuna tenía una respuesta para eso.
"Porque todo hace una diferencia," replicó. "Incluso si es una sola persona."
Dio la espalda a sus colegas, abrió la puerta, y cogió el ascensor para bajar a la primera planta. Para cuando Tsuna llegó al vestíbulo, las alarmas estaban a todo volumen, los guardias de seguridad corrían de aquí para allá, pero nadie fue a por él. Estaban demasiado ocupados en coger a los 'demonios' y a los 'monstruos'.
Pero irían a por él eventualmente.
Tsuna salió a la nieve, y pudo ver a sus estudiantes corriendo por la calle, brazos abiertos, cabezas hacia atrás, dejando que los fríos copos cayeran en sus caras mientras corrían, desapareciendo en los callejones y en las esquinas de las aceras. Había una satisfactoria cantidad de huellas en la nieve, todas de pies descalzos, y apresurándose en una dirección, yendo por cualquier sitio menos de vuelta al hospital.
Tsuna sonrió.
Irían a por él pronto. ¿Pero por qué preocuparse por esto ahora, cuando el problema obviamente no era suyo todavía?
Sacudió la nieve de sus botas y se puso su sombrero.
Hora de ir a casa.
Capítulo 8 Fin
La cosa de bloquear la puerta vino de la tercera película Jason Bourne. De verdad me encanta esa serie. Especialmente Matt Damon. No me hagan caso~
¡Gracias por leer!
-BlackStar
