2. Jack

Jack O'Neill no se podía creer lo que le estaba pasando. Después de seis meses, el destino había querido que sus caminos y los de Samantha Carter se volvieran a cruzar. Cuando pensaba que era prácticamente imposible volver a verla, ahí estaba la ocasión. Llevaba tiempo pensando en una excusa convincente para pasarse por Nevada y poder hablar con ella tranquilamente, pero con todo el lío de los Ori, sus planes se habían ido al traste. Ahora, al ser ella una de las responsables del Departamento de Investigación y Desarrollo, tenía que venir a Washington a dar cuenta de los progresos y expectativas de uno de los proyectos que se estaban llevando a cabo en el área 51. Se había programado una reunión a la que él debía asistir. Por una vez, iba a ir encantado a escuchar un montón de tecnicismos por el mero hecho de volverla a ver. Sin embargo, el reencuentro le ponía nervioso, no sabía cómo iba a reaccionar al verla de nuevo. Ni tampoco cómo iba a reaccionar ella.

Aquellos seis meses habían sido duros para él. El traslado a Washington, el ambiente más bien hostil y su aversión a los burócratas, la falta de amigos... Echaba de menos a su antiguo equipo, a las personas en las que podía confiar ciegamente, los que le habían salvado la vida tantas veces: a Daniel, Teal'c y, sobre todo, a Carter. Con Daniel y Teal'c hablaba regularmente, pero con Carter... No estaba muy seguro cómo, pero su relación parecía haberse enfriado desde sus traslados. Cuando por fin las ordenanzas habían dejado de ser un obstáculo para ir un paso más allá de la amistad, los dos habían dado un paso atrás. No sabía muy bien por qué. Y la echaba de menos. Mucho. Echaba de menos sus tecnicismos y la tranquilidad de su laboratorio, donde él solía verla trabajar; echaba de menos el ir a buscarla para ir a comer a la cantina de la base, su inteligencia, su sonrisa, el sonido de su voz... Eran pequeños detalles a los que se había acostumbrado sin darse cuenta. Era como si le hubieran arrebatado una parte importante de su vida de un plumazo. Y notaba como si le faltara alguna cosa, un contrapeso que le ayudara a equilibrar todo lo demás. Hacía tiempo que sabía que estaba enamorado de ella, pero en los seis meses que llevaba en Washington no había tenido tiempo para nada más que el trabajo. Y ahora que la tenía aquí, no pensaba dejar escapar la ocasión de hablar con ella y decírselo.

Aquella mañana, había llegado a su despacho un poco más pronto de lo habitual. Lo había hecho todo más rápido que de costumbre, sin darse cuenta. Sólo al sentarse en su mesa y empezar a leer los informes del día, dió una ojeada al reloj y vió con sorpresa que había llegado 30 minutos antes de lo que lo solía hacer. Notó que ese día se sentía más vivo y con más ganas de hacer cosas. Se dió cuenta de que lo que quería era que todo tuviera un ritmo más rápido para llegar a la reunión cuanto antes. Deseaba que el tiempo pasara más deprisa para poder verla. En el fondo, se arrepentía de no haber hablado con ella antes de haber dejado el SGC. Tenía que haber encontrado el momento para, al menos, haber dejado las cosas claras entre ellos. Él no era hombre de teléfonos o e-mails, los encontraba muy fríos. A él le gustaba el contacto directo con las personas.

Así que despachó cuanto antes todos los asuntos del día, pero como siempre, algo más se colaba en su agenda a última hora. A pesar de todos sus esfuerzos, iba a llegar tarde a la presentación de Carter. Lo único bueno era que no iban a empezar sin él, así que podría disfrutar de toda la reunión de su bella genio. Como en los viejos tiempos. Aunque no entendiera nada, se conformaba con oír su voz. De todas formas, con ella allí difícilmente podría concentrarse. Ya leería más tarde el informe.

Llegó un cuarto de hora tarde, acompañado del Mayor Fredericks, su asistente. Entró con paso firme, disimulando sus nervios. En seguida, se puso a saludar al resto del personal que iba a asistir a la reunión, mientras por el rabillo del ojo controlaba qué hacía Carter. Para su sorpresa, vió como ordenaba nerviosa los papeles de su carpeta mientras aparentaba tranquilidad. Sus nervios se tornaron en curiosidad al preguntarse qué podría preocuparle de una presentación una persona capaz de hacer explotar una estrella, minutos antes de la llegada de toda una flota goaul'd que los quería ver muertos. Entonces, sus miradas se encontraron y él supo al momento que debía de mantenerse tranquilo por los dos. Decidió acercase a ella para serenarla. Le tomaría un poco el pelo, eso siempre resultaba con Carter. Dejaría para más tarde su curiosidad por saber qué le había puesto tan nerviosa. No pensaba dejarla marchar sin hablar con ella. Esta vez no.

- ¿Coronel? - le dijo serio, pero sin poder evitar que se le escapara una pequeña sonrisa. Le costaba ocultar lo contento que estaba de verla.

- ¿General? - le respondió Sam igual de seria, aunque Jack podía ver en sus ojos que también se alegraba de verlo. Y mucho.

- Siento el retraso ¿Vamos a entenderla cuando hable, Carter? - bromeó, más animado por lo que acaba de ver.

- Haré todo lo posible, señor. - dijo respondiendo en el mismo tono ligero, aunque menos nerviosa. Jack se dió cuenta de que había dado en el clavo, Carter se estaba relajando. Decidió seguir con la misma estrategia.

- Lo sé, no me cabe la menor duda – Y añadió en un tono más bajo que solo ella podía escuchar: – Déjelos boquiabiertos. - Y otra vez no pudo evitar sonreírle, aunque tímidamente y tratando de que nadie lo viera, solo ella, demostrándole así toda la confianza que le tenía. Se dió media vuelta y fue a sentarse en su silla, en el otro extremo de la mesa. Jack se dió cuenta de que había conseguido su objetivo, Carter volvía a ser ella, la que le había retado a un pulso nada más conocerlo. Se habían visto, unas palabras, y al momento habían vuelto a la misma vieja dinámica que tenían en el SGC. Realmente, estaba muy contento. Reencontrarse con ella no había sido tan difícil. En aquel momento, se dio cuenta de que sus nervios también habían desaparecido. Tenía la sensación de que su vida estaba a punto de mejorar.

En cuanto se apagaron las luces al inicio de la presentación, se permitió el lujo de mirarla con orgullo y se dedicó a lo que había pensado: escuchar de nuevo el sonido de su voz.