IV - Tygett

Se sentía arder por dentro. La fiebre era demasiado fuerte, había estado delirando durante horas, no había reconocido a sus hermanos cuando éstos habían acudido a los pies de su lecho a verlo. Pero ahora se encontraba extrañamente lúcido, dentro de sus cabales.

Eso fue lo que le confirmó que estaba a punto de partir para siempre.

Tygett sonrió todo lo ampliamente que sus labios agrietados y sanguinolentos le permitieron, una sonrisa sardónica, triste. Era ya mayor, aunque no un viejo, y en lugar de serle concedida una muerte honrosa en batalla, una viruela nauseabunda acabaría con él. Había sido un buen hijo, un buen marido, un buen padre y un buen hermano. Siempre se le había dado bien el combate y era diestro en el manejo de la espada, la lanza y el arco. Había permanecido al lado de Tywin, había sido su sombra y lo había ayudado en sus numerosas victorias.

Pero él no era Tywin, no podía aspirar a su gloria. Sólo era el tercer hijo de un tercer hijo. Pensó en Darlessa y Tyrek, en su sobrino Tyrion, en la difunta Joanna. Y el último pensamiento, la última sonrisa, se la dedicó a él.

Tú ganas.