4. Sam
Sam Carter estaba decepcionada. No por la reunión, que había ido mejor de lo que esperaba, si no por la rapidez con que se había marchado el General O'Neill. Se había levantado de su asiento nada más acabar y prácticamente ni la había mirado, una simple inclinación de cabeza a modo de despedida y poco más. Además, parecía molesto por algo. Después de cómo la había saludado no entendía su actitud. ¿Es que había hecho algo mal? Quizás algo relacionado con la presentación. No lo entendía. De la sorpresa inicial había pasado a la decepción, pero quizás estaba más triste y, también, ligeramente enfadada. ¿Realmente había juzgado tan mal a ese hombre durante ocho años? No podía creérselo. ¿Tanto había cambiado después de seis meses en Washington? Al parecer, sí. Sin embargo, toda la frustración que sentía era culpa de ella. Se había creado unas expectativas antes de su viaje que no se estaban cumpliendo y que no se ajustaban a la realidad, visto lo visto. Había pensado hablar con él, charlar aunque fueran unos minutos. Ponerse al día aprovechando que se veían después de seis meses. Recuperar su amistad y, quién sabe, ir más allá. Sin embargo, no había sido así. Apenas unas palabras, un saludo, cálido, eso no lo podía negar, pero nada más. Estaba decepcionada y se sentía como una idiota después de los nervios que había pasado pensando en cómo sería volverlo a ver. Ella ya sabía que era un hombre ocupado, el responsable de todo un operativo defensivo muy complejo y tremendamente importante, pero al menos, esperaba tener una conversación con él, aunque fuera breve y superficial. Con cinco minutos en los que él se hubiera interesado mínimamente por su vida o su trabajo hubieran sido suficientes. Sin embargo, nada de nada. ¿Dónde habían quedado los momentos que habían vivido juntos? Por lo visto, en ninguna parte.
Realmente, estaba muy molesta con él y notó cómo se le iban humedeciendo los ojos sin que pudiera hacer nada para impedirlo. Realmente, estaba triste y decepcionada. Todo había sido en vano. Ya no significaba nada para él. Sintió un peso al que no podía resistirse. La sala de reuniones estaba vacía, así que nadie pudo ver como se doblaba de dolor y comenzaba a llorar en silencio mientras alcanzaba a sentarse en una silla. Lágrimas de rabia corrieron también por sus mejillas. Al cabo de unos minutos, consiguió controlarse. Sacó un pañuelo y se secó la lágrimas. Sacó el espejo y se retocó el maquillaje, que se le había corrido. Respiró hondo. No quería que nadie supiera que había estado llorando. Tardó un poco en recoger todas sus cosas, le era imposible concentrarse. Al salir, apagó las luces y todo se quedó en silencio y a oscuras.
Nada más salir al pasillo, su teléfono móvil empezó a sonar. Miró la pantalla para ver quién la llamaba, aunque realmente no estaba de humor para contestar a nadie. Para su sorpresa, se dio cuenta de que quién la llamaba era el mismísimo Jack O'Neill, el causante de todo su desasosiego. No sabía qué podía querer, pero la verdad, era la última persona con la que le apetecía hablar en ese momento. Colgó sin contestar. Si era algo urgente o importante le dejaría un mensaje en el contestador o en los puntos de control de salida. De todas formas, no tenía la cabeza como para atender una emergencia. Si por ella fuera, ahora mismo podrían aparecer los Ori en el planeta y destruirlo, no le importaba lo más mínimo. Su teléfono volvió a sonar y vió que era O'Neill otra vez. Con fastidio, lo volvió a colgar. Tuvo tentaciones de apagarlo, pero una persona con sus responsabilidades no se podía permitir ese lujo. Era una de las desventajas de tener bajo sus órdenes a todo un departamento que trabajaba con una tecnología muy avanzada y que, mal manipulada, podía ser potencialmente muy, muy peligrosa. Debía estar permanentemente localizable ante cualquier eventualidad en los laboratorios. De nuevo, volvió a sonar. Esta vez, dejó que saltara el contestador, no le quedaban energías para colgar el teléfono. Se lo metió en el bolsillo y continuó caminando escuchando la musiquilla de su móvil que ahora se le antojaba antipática y molesta.
Con los ojos todavía enrojecidos, recorrió los pasillos que llevaban a la salida. Afortunadamente, estaban semidesiertos, con lo que se ahorró miradas de curiosidad. Ya no le quedaba nada que hacer allí. Estaba decidida a volver al hotel y meterse en la bañera para lamer sus heridas y olvidar. No pensaba poner el despertador, difícilmente dormiría esa noche. Su avión salía por la mañana temprano, así que estaría de vuelta en su casa en solo unas horas. La distancia aligeraría el dolor.
Cuando estaba llegando a uno de los últimos controles de salida, oyó unos pasos apresurados a su espalda.
- ¡Coronel Carter! ¡Espere, por favor!
Sam se giró para ver quién la llamaba. Se dió cuenta de que era el mismo hombre que había llegado a la reunión con el General O'Neill. Lo miró fríamente. No tenía ningunas ganas de hablar con nadie, y menos con alguien relacionado con él.
- Soy el Mayor Fredericks, asistente del General O'Neill, señora. - dijo mientras se cuadraba y la saludaba. Carter le devolvió el saludo pero no pronunció palabra. Le pareció que Fredericks tragaba saliva antes de volver a hablar. - El General me pidió que le diera esto - y alargó la mano para darle una hoja de papel cuidadosamente doblada. Sam la cogió con cierta sorpresa y la abrió. Reconoció la letra en seguida. A mano habían escrito:
"¿A qué hora quiere que nos veamos? O'Neill"
Le costó un poco reaccionar, pero en seguida se sintió reconfortada. Aquellas palabras eran la forma que tenía el General de reconocer que se había equivocado al marcharse de aquella manera tan rápida y sin ninguna explicación. Como si no hubieran compartido ocho años, como si fuera un mueble más de la sala y haciéndola sentir que no era nadie. En el fondo era una disculpa, aunque no iba a dejarlo ir así como así. Después de lo mal que se lo había hecho pasar, sentía que Jack O'Neill le debía una. Notó como la tensión, que se le había acumulado en los hombros los últimos minutos, iba desapareciendo. Rápidamente, sacó un bolígrafo de su cartera y garabateó la respuesta en el mismo papel. Lo dobló y se lo dió a Fredericks.
- Lléveselo al General, Mayor - le ordenó.
- Sí, señora.
Sam vió como Fredericks le daba la espalda y se alejaba a buen paso por el pasillo. Buscó un sitio para sentarse mientras recuperaba el móvil del fondo del bolsillo de su abrigo.
Continuará...
