Haleth, su primo, parecía realmente asustado al verla trepar árboles, pero si los hobbits lo hacían no podía ser algo peligroso. Pero él se negaba rotundamente a acompañarla y la esperaba con paciencia hasta que ella se cansaba. Sin embargo ese día Amariel bajó a toda prisa árbol sin decir una palabra, él la miró extrañado hasta tenerla frente a él.

-Wargos, del otro lado del río. –dijo. Haleth tardó unos segundos en seguirla, porque ella ya corría hacía los caballos. Tendrían que ir un poco al sur para cruzar un rudimentario puente, tenían que apresurarse.

La persecución fue cansada, pero los aullidos los guiaban claramente. Esto no era nada del gusto de Haleth, ¿acaso las bestias los estaban llevando lejos con algún propósito? Esperaba que su padre se pusiera alerta cuando notara su tardanza.

De repente los wargos abandonaron el bosque y fueron hacia las colinas, alejándose de los asentamientos hobbits. Haleth alcanzó a preparar el arco y disparar dos veces, alcanzó a uno en una pata, pero siguió corriendo un poco atrasado de la manada.

-Debemos regresar con mi padre. –dijo en tono de orden. Amariel lo siguió sin cuestionarlo. Cabalgaron por entre los caminos de Hobbiton, causando un poco de revuelo, lo cual no era algo normal. Los hobbits les dedicaron miradas asustadas y rápidamente se metían a sus casas y cerraban sus puertas.

Cuando alcanzaron el campamento Haleth informó a su padre sobre la manada y la manera que parecía que los estaban guiando. Amariel bajó del caballo y se dedicó a mirar las colinas repletas de agujeros-hobbits, la luz que iba desapareciendo no le ayudaba a sentirse tranquila. Deseaba poder iluminar los caminos y evaluar la seguridad de la zona.

Por la mañana, después de pasar una noche sin poder si quiera descansar un momento, Amariel se dirigió a pie Bag End, la casa de Bilbo. Había faltado a la cita diaria para tomar el té de la tarde y estaba segura de que el hobbit no la había salido a buscar de puro milagro. A veces ella sentía que se comportaba como si fuera su padre, por lo menos un hermano mayor, siempre preocupado. La cita diaria para tomar el té había sido tomada trivialmente por sus dos compañeros. Hazad, su tío, lo único que le pedía era precaución, no perder el sentido de la responsabilidad por volverse amiga del hobbit.

Cuando llegó a la puerta de la casa de Bilbo, un buen número de hobbits se encontraban ahí, hablando al mismo tiempo y haciendo exagerados movimientos con las manos. Bilbo volteaba de un lado para otro, tratando de prestar atención a todos, pero parecía abrumado. Cuando la vio se dirigió hacia la puerta de la cerca con una expresión de alivio que era difícil pasar por alto.

-¿Qué está pasando? –le preguntó, los ojos del hobbit clavados en los suyos, tratando de obtener una respuesta. Amariel se percató del silencio de los demás hobbits, sintió de repente una gran responsabilidad, cuidar y proteger a aquellos que no tendrían que ser molestados.

-Hay wargos en los linderos del bosque. –dijo simplemente y todos lanzaron expresiones de horror y miedo.- Es mejor que todos vayan a sus casas y evitan salir si es que no es una emergencia.

-¿Dónde están los demás dúnedain? –preguntó uno de los hobbits que se veía de más edad.

-Mi patrulla evalúa la seguridad de los caminos. –respondió aunque no estaba del todo segura que estaban haciendo.

-¿Sólo ustedes tres? –preguntó una hobbit muy joven que se encontraba parada junto a Bilbo, la cercanía con el hobbit tensó un poco el rostro de Amariel.

-Somos los que estamos asignados a Hobbiton pero las demás patrullas acudirán en caso de ser necesario. –respondió. La verdad es que no había más patrullas, tal vez alguna cerca de Bree, pero no era seguro. Resultaba casi un descanso ser asignado a La Comarca, los ataques de wargos eran tan esporádicos que no se podía considerar un riesgo.

-Son muy pocos para protegernos. – dijo de nuevo la joven hobbit. Se llevó las manos a la cara y cuando Bilbo puso su mano en su hombro ella se volteó para quedar recargada en su pecho.

-No, no lo somos. –dijo ella tratando de aparentar más seguridad de la que sentía. No era fácil para ella, de repente tenía que concentrarse en confortar a los hobbits mientras tenía una inmensa necesidad de aventar la joven hobbit que creía tener derecho a ser abrazada por Bilbo.

-Por lo mismo, les pido que vayan a sus casas y no salgan hasta nuevo aviso.

Los hobbits comenzaron a bajar por el camino de regreso a sus casas, algunos tuvieron la urgencia de correr ligeramente y aquello complació a Amariel. La hobbit se despidió de Bilbo y a ella le dirigió una amable sonrisa. En su imaginación Amariel vio claramente como le lanzaba una piedra a la cabeza por tomarse tantas libertades.

En eso reconocía la sangre de su padre. La necesidad de ser posesiva con aquellos a quien quería de una u otra manera. Era lo mismo con Haleth y Hazad, los quería para ella y no soportaba cuando tenían que estar rodeados de los demás dúnedain.

Sólo que en el caso de Bilbo sentía algo de culpa. No era lo mismo sentir celos por su primo o su tío que por un hobbit que no era nada suyo, más que tal vez su amigo. Pero es que cada vez que sus ojos se cruzaban, algo que no podía explicar, sucedía.

-Quédate en tu casa Bilbo. –dijo ella y el hobbit asintió. Ella se alejó por el camino deseando poder hacer más, poder traer un ejército de dúnedain que hicieran sentir tranquilos a los hobbits y exterminar a todos los wargos de una vez por todas. Pero aquello era imposible, los dúnedain eran cada vez menos en cantidad y los wargos no podrían ser exterminados así sin más. Las cosas no eran tan sencillas.

Bilbo cerró la puerta y cerró los ojos con la frente pegada a la madera. La cabeza le dolía bastante. Era demasiado cruel que ella tuviera que estar ahí afuera, persiguiendo a las bestias, para que ellos pudieran seguir sus vidas en tranquilidad.