Yo no sé que me pasa con esta historia, pero cuanto más escribo más se alarga. Suerte que cuando la empecé pensaba en solo tres capítulos...

Please, review!

6. Sam y Jack

Sam caminaba al lado del General O'Neill y vió como pasaban de largo el indicador que señalaba la cafetería. Jack iba hablando alegremente de las veces que le había llamado Daniel para que lo dejara ir a la galaxia Pegaso, de cómo le había ido dando largas hasta que pudo y de la "suerte" que había tenido con la aparición de Vala Mal Doran.

- Ya sé que es egoísta por mi parte, pero ya sabe la afición que tiene Daniel a meterse en problemas. Solo lo estaba protegiendo de sí mismo... - Jack se dio cuenta que Sam parecía distraída - ¿Se encuentra bien?

- Señor, nos acabamos de pasar el pasillo que va a la cafetería.

- Ah, eso... - Jack trató de poner cara de inocente.

- ¿Señor?

- Bueno... es que conozco un sitio donde hacen unas tartas muy buenas y... - carraspeó - había pensado que le gustaría conocerlo.

- ¿Fuera del Pentagono? ¿En la ciudad?

- Sí, ahora soy un general de dos estrellas, tengo chófer - dijo sonriendo traviesamente. - Me lleva a donde yo le digo. El otro día tenía que ir a comprar...

- ¿Chófer? - le preguntó tomándole el pelo.

Jack se la quedó mirando e intentó justificarse.

- ¡No puedo hacer nada, viene con el despacho y la paga!

Sam se echó a reir.

- Será la primera vez que voy en un coche con un general y su chófer.

- Si, ya, ríase de mi...

- Lo siento, señor - dijo Sam, ahora solo sonriendo - Es que no me lo hubiera imaginado nunca en esta posición: con su uniforme, su chófer, su despacho, su asistente... No me diga que cuando le reté a un pulso cuando lo conocí hubiera dicho que ahora estaría aquí.

- Que ahora estaríamos aquí - corrigió O'Neill.

Sam sonrió tímidamente.

- Tiene razón, no nos imaginaba aquí. Ni hace ocho años, ni ayer mismo, ni esta mañana - Sam dudaba ¿se estaba refiriendo a su relación personal o al hecho de estar los dos en un pasillo del Pentágono?

Cuando llegaron al parking, el sargento Evans, el chófer del General O'Neill, estaba sentado en el capó del coche leyendo el periódico. En cuanto los vió, dejó el periódico y se cuadró mientras los saludaba. Jack y Sam le devolvieron el saludo y el sargento se apresuró a abrirles la puerta. Una vez en el coche, O'Neill le indicó a Evans a dónde iban y se pusieron en marcha.

- ¿No echa de menos su todoterreno? - le preguntó Sam.

- Un poco, pero aquí no tiene mucho sentido tener uno, no puedo escaparme fuera de la ciudad como en Colorado Springs. Ya sabe, esto es más grande y tengo menos tiempo. Además, la seguridad aquí es más estricta - y añadió con una mueca de disgusto. - Tengo que avisar con antelación dónde voy a estar para que comprueben si es seguro. Se me considera un objetivo prioritario. - Y desvió la mirada para que no viera su enfado.

A Sam no le hizo falta esa mirada. Lo conocía lo bastante bien para saber que no se sentía cómodo en su nueva posición, pero que no había tenido más remedio que aceptarla por el bien de todos. Él era el más cualificado para el puesto y todos los que trabajaban en el proyecto Stargate lo sabían. Sabía que Jack hubiera preferido retirarse para poder pescar siempre que quisiera en su cabaña de Minnesota, pero su sentido de la responsabilidad se lo impedía. En ese aspecto, los dos eran muy parecidos, anteponían el deber a sus vidas personales. Algo que ambos estaban empezando a plantearse si valía la pena.

- ¿Y qué me dice de usted? ¿Sale mucho con esa moto trucada suya? - dijo sonriéndola, intentando levantar el ánimo de la conversación - ¿Cuántas multas le han puesto ya? No me dirá que en Nevada no tiene sitio para correr.

Sam lo miró un poco sorprendida. Su pregunta inocente y simplemente para romper un poco el hielo dentro del coche, los estaba llevando a temas personales de los que no solían tratar a menudo.

- La verdad, no he salido mucho con ella. El trabajo en el laboratorio me absorve mucho y cuando llego a casa lo único que quiero es darme un baño y descansar. Además, - dijo con tristeza - allí no tengo a Daniel ni a Teal'c para que me acompañen y la gente de la base... no sé, todavía no tengo confianza con ninguno de ellos. Soy la que da las órdenes en el departamento, cuesta un poco que la gente te pida que vayas a tomar algo con ellos, o te inviten a la barbacoa de los domingos.

Jack también supo al momento, como ella había intuído antes con él, que Sam no se había adaptado a su nuevo destino y que dejar la Montaña Cheyenne y al SG-1 le había resultado igual de duro que a él. Sintió el deseo de cogerla de la mano para reconfortarla, para hacerle sentir que no estaba sola, que él estaba allí para lo que necesitara. Pero como no podía hacer eso, recurrió a su táctica habitual.

- Si realmente no está bien, puede pedir que la reasignen al SGC o al Pentágono. Yo lo aprobaría. - Y con una sonrisa burlona añadió mientras la observaba atentamente: - soy el jefe.

Sam le sonrió. Realmente, no sabía si le estaba tomando el pelo o hablando en serio. Hasta casi diría que estaba flirteando con ella.

- No me importaría, señor, volver a Washington. - Dijo sonriendo. Ella también lo estaba observando atentamente. - Pero estoy en medio de un proyecto y no me gusta dejar las cosas a medias.

- ¿Ah, no? - le contestó incrédulo - Pues, yo sé de uno que lo dejó a medias.

Sam iba a preguntarle a qué se refería, aunque no estaba muy segura de si le estaba tomando el pelo, pero en ese momento sonó el móvil de Jack. Levantó la mano pidiéndole un momento y en sus labios pudo leer lo siento.

Sam miró por la ventana y mientras escuchaba la voz del General hablando por teléfono, no pudo evitar dejar vagar su mente. No se podía creer lo nerviosa que le había puesto el pensar en su reencuentro con Jack O'Neill, en cómo sería y su reacción. Se sorprendió de la familiaridad que estaban teniendo, de lo natural que estaba siendo todo, de lo fácil que había sido volver a verlo, a pesar del malentendido. A Sam le gustaba eso y era capaz de apostar que él estaba disfrutando tanto o más que ella. Cuando colgó se apresuró a decir:

- Me gustaría apagarlo, pero ya sabe cómo es este trabajo - dijo a modo de disculpa, resignado.

- Lo sé perfectamente, señor. - dijo con una sonrisa triste.- Me acuerdo perfectamente de los ocho años que pasamos en el SGC. ¿Qué día no era como una montaña rusa?

Jack la miró con afecto.

- ¿Sabe? La he echado de menos.

- Yo también - respondió Sam mirándole a los ojos de la misma forma.

En ese momento, el coche giró y se metió en la rampa del parking de una casa con porche y césped a la entrada. El sargento Evans paró el coche y O'Neill abrió la puerta de su lado para salir. Sam lo miró sorprendido sin saber por qué habían parado allí. Jack le dijo en tono alegre:

- ¿Se va a quedar sentada ahí toda la tarde? ¡Venga, salga!

Sam obedeció por inercia, era un soldado, pero en cuanto estuvo fuera del coche se recuperó de la sorpresa.

- ¿Dónde estamos, señor? - preguntó mirando alternativamente a O'Neill y la casa sin acabarse de creer lo que estaba viendo.

- ¡Bienvenida a mi casa!- dijo con una amplia sonrisa.

- ¡Pensaba que me llevaba a tomar un trozo de tarta! - dijo sorprendida.

- Y eso vamos a hacer. Rosa, mi asistenta, cocinera, ama de llaves, etc, etc, hace las mejores tartas de todo Washington, tiene que probarlas. - Y diciendo eso, se dio media vuelta, abrió la puerta y entró en la casa sin esperar a que ella dijera sí o no.

Sam no tuvo más remedio que seguirlo y sonreír ante la audacia de ese hombre. Había conseguido traerla a su casa sin preguntárselo y engañada, pero no estaba enfadada con él, al contrario, le parecía la opción más adecuada. Podrían hablar tranquilamente, alejados de miradas indiscretas y de gente que pudiera difundir rumores sobre ellos. Habían salido discretamente del Pentágono y directos al parking, con lo que prácticamente nadie se había fijado en ellos y además, habían ido acompañados de un chófer, algo que se podría interpretar como una carabina en caso de necesidad. O'Neill continuaba siendo un estratega de primera, el despacho no había atrofiado sus habilidades. De hecho, estar en su casa la emocionaba más que otra cosa, estaba encantada de tener la oportunidad de pasar un rato con él en un ambiente que no fuera el militar. Además, era su casa. Nada más cerrar la puerta detrás de ella, oyó la voz de O'Neill que venía del fondo de la casa:

- Puede dejar su abrigo y sus cosas en el armario de la entrada ¡Estoy en la cocina!