Los aullidos llenaron la noche de terror y angustia. Parecían venir de todas partes, retumbaban en todos los rincones y eran infinitos, uno terminaba y empezaba el siguiente. Bilbo se quedó paralizado en medio de su cocina, con la tetera en la mano a punto de servir el agua caliente. Realmente no hubiera pensado que pudiera dejar de moverse el tiempo suficiente para que el agua se enfriara pero así fue. Dejo la tetera en la mesa y se sentó, con el corazón latiendo todo lo que podía y sintiendo que le faltaba el aire de la desesperación.
Habían pasado ya tres días de la última vez que vio a Amariel. Tres días en lo que prácticamente no había dormido ni comido y lo más que recordaba era tomar el té frío. Ni siquiera había prendido la chimenea de su estancia, por lo que había pasado tardes y noches en la oscuridad, solamente sentado, esperando. Esperando que dejaran de escucharse los aullidos y el sonido de los cascos de los caballos y que finalmente ella tocara a su puerta y pudiera ver sus ojos y saber qué todo estaría bien.
Pero algo se debatía dentro de Bilbo. El saberse ahí sentado, sin hacer nada, mientras ella se arriesgaba era algo que lo consumía lentamente. Había perdido la cuenta sobre las veces que se encontró parado frente a la puerta con su bastón de caminar dispuesto a buscarla. Quería verla, aunque fuera un segundo, asegurarse de que estuviera a salvo. Pero las mismas veces había dado la media vuelta y se había ido a sentar en su silla hasta que el impulso disminuyera.
Casi coincidía con la puesta de sol el momento en que los aullidos aumentaban de intensidad, por lo que el sonido de los golpes en la puerta fue algo que sacó a Bilbo de balance. Se apresuró a abrir, ¿quién podía ser tan irresponsable para salir justo cuando estaba anocheciendo? Al abrir hasta con cierto miedo, encontró a Maggie Noakes custodiada por una muy molesta Amariel.
Bilbo no podía estar más consternado. Aquella era la única joven hobbit, que recientemente había entrado en la madurez, que parecía sentir un genuino interés por él. Desde tiempo atrás había expresado su deseo de tener una relación más estable con él pero Bilbo había fingido no entender qué era lo que quería. Ahora, tenerla en la puerta en un día tan funesto, era lo más inesperado que podía suceder.
-Ni se te ocurra salir de nuevo. –dijo Amariel mientras empujaba a Maggie dentro de la casa de Bilbo.
-¡Espera! –dijo Bilbo apresuradamente al ver que Amariel daba media vuelta sin decir otra palabra. Espera, la palabra que parecía mágica porque clavaba a la chica en el lugar aunque no fuera lo más sabio.
Lo estaba esperando, volteó la cabeza hacia él y bajo la capucha sólo podía ver sus ojos azules. Esa mirada era la que Bilbo consideraba imposible de soportar, le causaba un vuelco en el corazón y la dificultad para respirar aumentaba. Quería decir que no se fuera, que entrara también en la casa. Quería decirle que estos días sin saber de ella había sido los peores de su vida, que era una tortura estar lejos, aunque realmente ella había estado cerca. Pero no tenía palabras para expresar algo que no entendía, porque todo eso que sentía no parecía algo coherente o propio de un hobbit como él.
-No te preocupes, Haleth ha derribado a muchos, no creo que sigan por aquí muchos días más. –le dijo como si tratara de tranquilizarlo, como si eso fuera a calmar sus nervios y su deseo de protección. Pero él no podía protegerla a ella. Se suponía que era al revés, pero eso no lo hacía sentir mejor.
Y todas las palabras se le quedaron atoradas en el cuerpo. Amariel subió al caballo y en una fracción de segundo desapareció por el camino. Bilbo se sentía miserable. Antes de que esos ojos azules se cruzaran con los suyos, todo parecía normal, ahora no podía sacarlos de su cabeza. Tenía ganas de cuidarla, de abrazarla, de hacerla sentir querida, cosas que podría sentir hacia una hija. Pero era el momento en que veía fijamente sus ojos azules cuando se despertaban otros sentimientos que no parecían tener sentido. Y eso era lo que se debatía en él y aún no lograba entender lo que sucedía en su interior.
Maggie Noakes estaba por completo silenciosa. Bilbo le preparó una cena bastante apetitosa pero ella la comió como si no se diera cuenta de qué sucedía. Él la miró comer sin sentir el más mínimo deseo de alimento, no podía imaginar la comida en su estómago, hacía que se le revolviera por completo.
-Salí para verte. –dijo ella, rompiendo un silencio que se había vuelto pesado y desagradable.- Fue una decisión muy tonta.
Bilbo quería preguntarle por qué razones había salido, si había sucedido algo en el camino, cómo la había encontrado Amariel, si ella le había dicho algo. Había notado el efecto negativo que producía Maggie en Amariel, como se ponía tensa en su presencia, cómo la miraba sin un atisbo de tolerancia y cómo parecía desesperarle su simple presencia. Era algo que jamás habían comentado, tal vez no fuera fácil para ella como tampoco parecía serlo para Bilbo.
-No tomé el camino, crucé por el bosque. Pensé que aún había mucha luz para preocuparse, los aullidos vienen con el anochecer. Cuando me di cuenta, unos pasos pesados me seguían, aunque no me seguían realmente, parecía que me estaban guiando. Acabé rodeada por tres de ellos y lo único que podía pensar era que sus miradas parecían hambrientas. Se acercaban cada vez más y me quede sin saber qué pensar, qué hacer, solamente podía esperar que terminaran rápido y que no fuera muy doloroso.
Bilbo se estremeció. Maggie se había dado por vencida. Esta relatando el momento en que había esperado morir sin siquiera intentar oponerse. Un escalofrío recorrió la espalda de Bilbo y sintió nauseas. Era horrible, pensar que no iba a oponer resistencia.
-Cuando vi la flecha que se le clavó al wargo que tenía frente a mí, justo en el ojo, sentí mi corazón latir una vez más. Cayó al suelo sin vida, convulsionando sus patas. Los otros dos se lanzaron a la dirección de la que había salido la flecha pero sólo uno de ellos logró realizar el movimiento. Otro wargo cayó sin visa con la flecha clavada en un ojo. El caballo salió a todo galope mientras el wargo trataba de atrapar sus patas. Un brazo me recogió al vuelo y me colocó sobre el caballo. Comenzamos a huir.
Bilbo recordó que debía respirar. Había visto a Amariel disparar con el arco antes. Al principio era muy mala, pero todas las tardes entrenaba, una y otra vez, con objetivos que preparaba Haleth. Había mejorado hasta el grado de darle a un wargo en el ojo. Estaba sumamente agradecido por eso, Maggie le debía la vida.
-Cuando comenzamos a sacarle ventaja, sentí que el caballo se detenía. Me horroricé pero ella simplemente me dijo que no tuviera miedo. Volteó con el arco en mano y esperó que el enfurecido wargo se lanzara y disparó la última flecha. De nuevo le dio en el ojo y el animal cayó sin vida al suelo. Me di cuenta de que estaba llorando, sentí mucha felicidad en ese instante. Pero ella volvió a apresurar el paso del caballo, los aullidos comenzaron a nuestras espaldas, la noche estaba cayendo.
Maggie durmió en la cama de Bilbo. Él se quedó de nuevo sentado frente a la chimenea apagada, con un té frío en la mano y con un nudo en la garganta.
