Pasaron tres días más desde la última vez que vio a Bilbo, tres días enteros sin prácticamente descansar, cerraba los ojos y lo único que veía era fuego. Odiaba el sueño del fuego, era como estar quemándose, el dolor en cada centímetro de su piel y la incapacidad de gritar y pedir ayuda. Así que mejor abría los ojos aunque su cuerpo le suplicara por un poco de descanso.

Haleth había conseguido encontrar a la patrulla de Bree y ahora eran ocho dúnedains los que daban caza a los wargos, lo cual aumentaba las posibilidades de exterminar a la manada. Los aullidos eran cada día menos, sin tanta intensidad, producto de escasos wargos reunidos; aun así no se sentía tranquila y lo único que quería era desaparecerlos a todos, que no quedara un solo animal espantoso en toda la Comarca.

Bilbo.

Sus pensamientos la llevaban una y otra vez a él. La poca comida que tenía en el estómago se le revolvía al recordar que había dejado a Maggie con él pero no podía arriesgarse a llevarla de vuelta a su casa. Había sido un verdadero milagro la manera en que la rescato, podría jurar que jamás atinaría de nuevo tantas flechas en los ojos de los wargos de querer hacerlo. Así que ahora estaban juntos en su casa cuando lo único que deseaba era ella estar a su lado y tomar el té de la tarde.

Fue tal vez la manera en que se relajó al pensar en Bilbo y su rutina lo que hizo que se quedara dormida en el caballo. El silencio fue lo que la alertó, ¿por qué no escuchaba nada? Lo siguiente fue el golpe de su cabeza contra el suelo y el relinchar del caballo. Los cascos apresurados cuando huyó la dejaron ligeramente tranquila, había escapado. Pero todo estaba negro, tal vez se estaba desmayando. El olor que llenó su nariz fue lo último que recordó, era nauseabundo.

-Hay un caballo comiendo las manzanas que se cayeron del árbol. –dijo Maggie muy temprano en la mañana cuando recién terminaban el primer desayuno. Estaba viendo por la ventana, con una expresión hueca, sin dar mayor relevancia al asunto.

Bilbo sintió su sangre helarse en las venas. El corazón no le latía, estaba seguro de eso. Ese había sido el momento de supremo terror que no quería jamás vivir de nuevo, el momento de darse cuenta de que algo horrible le había sucedido a alguien que quería, que le importaba más que él mismo.

Salió corriendo de su casa y le dio la vuelta completa a la colina para encontrarse en el patio posterior, los gritos de Maggie se escuchaban desesperados, le suplicaba que regresara. Pero él necesitaba ver el caballo, lo tomó por las riendas y fue dócil con él, cosa imposible para un animal de ese tamaño. El color era inconfundible, blanco con manchas negras, lo que le llevó a Bilbo decir una vez que más parecía que montaba una vaca y no un caballo. Y en la silla y en los estribos había sangre.

Bilbo se dejó caer al lado del caballo, quien a sentir que lo soltaba volvió a comer las manzanas que estaban regadas junto al árbol. No podía siquiera llorar, estaba en shock, se quedó con las manos en la cara tratando de saber qué hacer. El caballo había venido hasta su casa, ¿era tan sólo el último mensaje de ella?

No. Tal vez sería la estupidez más grande de la tierra pero no podía quedarse sentado sin saber qué era lo que realmente le había pasado a Amariel.

El dolor en la pierna era constante, punzante, persistente. Era como el fuego que soñaba, la estaba desgarrando por dentro. Abrió los ojos, y otro dolor se hizo presente, estaba segura de que la imagen que su ojo izquierdo le transmitía estaba empequeñecida, como si no pudiera abrirlo por completo. La luz hizo que la cabeza la martilleara y que todo diera vueltas. Si no fuera porqué estaba tirada en el suelo seguro que se habría caído.

El sonido de las voces rasposas terminó por hacerla olvidar el dolor, cosa casi impensable. Eran voces agresivas, violentas y transmitían un sentimiento de horror tan intenso que le daban ganas de volver a perder el conocimiento y no despertar. Pero lo peor era que casi sentía que entendía lo que decían.

De repente, los dueños de las voces estaban a su lado. Dos grandes orcos deformes le daban de patadas para ver si estaba despierta, uno de ellos se agachó su lado y tomó su rostro con sus manos. Pronunció unas palabras. En su cabeza sonaron como es ella, es el mismo rostro. Le dieron ganas de vomitar, estaba tan cerca que podía oler su aliento, era lo peor que había olido en la vida.

El otro orco respondió y Amariel entendió las palabras, él sabrá si es ella, debemos llevarla con él. Acto seguido la puso boca abajo a base de patadas y apretó la cuerda que mantenía sus manos en su espalda. El dolor no fue nada, fue ligero, en comparación con lo que sentía al entender lo que decían. Eso la ponía enferma, nunca antes le había sucedido algo así, jamás había experimentado tal horror.

La dejaron ahí tirada mientras parecían esperar algo, tal vez que anocheciera para poder sacarla de ahí y llevarla con él. ¿Quién era él? Lo único que podía pensar era en el parecido que tenía con su madre, su mismo rostro, aunque de estaturas diferentes. Quién realmente conociera a su madre podría decir que sus ojos eran de un tono miel luminoso y que los de ella era de ese azul cobalto idéntico al de su padre. ¿Era eso? ¿El pasado de su madre la estaba alcanzando? La reina en Ered Luin tenía enemigos entre los orcos, lo habían probado 18 años antes y ahora, ¿estaban de nuevo buscando cobrar esa venganza?

Volvió a desmayarse, el dolor tan intenso hizo que su cerebro se bloqueara.

Casi anochecía cuando lo impensable sucedió. Bilbo volvió a sentir latir su corazón porque contra todas las posibilidades, la había encontrado. Después sintió que ese corazón se le caía hasta los pies al ver que dos gigantescos orcos estaban a pocos metros de ella y que ella estaba tendida boca abajo con las manos atadas a su espalda y con un reguero de sangre seca en la cara.

¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer él?

La mirada de Bilbo recorrió el pequeño claro en el que se encontraba los tres y con un ligero estremecimiento vio las armas de Amariel aventadas casi al alcance de sus manos. El arco era élfico, un regalo del príncipe de Mirkwood, como le había dicho cuando se lo enseñó orgullosa. Seguramente no era algo que los orcos hubieran deseado tocar por lo que solamente lo dejaron ahí sin prestarle atención.

Tal vez era una estupidez, tal vez lo único que lograría era que a él también lo capturaran, tal vez ni siquiera podría tensar el arco al ser demasiado grande para él. Lo tomó, así como una flecha del carcaj y con una fuerza que no sabía que estaba ahí, disparó. La flecha le entró por la boca al orco en el momento justo que volteaba a ver a su prisionera y sus ojos hacían contacto con los de Bilbo. Lo había matado pero ya no tenía tiempo de repetir la acción con otra flecha porque el otro orco estaba corriendo los pocos metros que lo separaban con la espantosa espada mellada en la mano. La espada de Amariel, estaba ahí, un poco más allá de dónde había estado el arco. Se movió más rápidamente que sus propios pensamientos, antes de saberlo ya la tenía en la mano e hizo lo único que le pareció natural para alguien de su tamaño, cortar hacia arriba. La sorpresa detuvo en seco el movimiento del orco puesto que Bilbo había cortado su abdomen y los intestinos comenzaban a salir por la abertura. Cayó a su lado aun tratando de alcanzarlo con la espada, los gritos eran horribles por lo que Bilbo le clavó una vez más el arma en el cuello, silenciándolo para siempre.

Escuchó un relincho a su espalda. No pudo más que sonreír porque el caballo de Amariel lo había seguido, literalmente se sentó al lado de ella para permitir que Bilbo la subiera sobre su lomo. De nueva cuenta la fuerza que Bilbo no sabía que tenía fue lo que le permitió lograrlo, siendo ella una cabeza más alta que él. A veces creía que era bastante pequeña para ser una hija de los hombres, había cosas que tendría que preguntarle, ahora no aceptaría respuestas evasivas de su parte. Lo quería saber todo de ella.

El camino fue lento pues no quería arriesgar a que ella se cayera del caballo por lo que no le sorprendió que llegaran a su casa pasada la media noche. Una muy sorprendida Maggie lo ayudó a meter a Amariel a la casa y luego a su cama, a pesar de la sangre y la suciedad con que estaba cubierta, no se le ocurría un mejor lugar para que descansara. Maggie se encargó de ella y Bilbo dio media vuelta de regreso a la cocina donde acabó de vomitar lo que tenía en el estómago, más que nada ácido y nada de comida.

Pero ella estaba viva y eso era todo lo que le importaba.