Capítulo 7: Sam

Sam miró a su alrededor intentando saber cuál era el camino de la cocina y recordando de dónde venía la voz de O'Neill. A su izquierda se abría un espacioso salón con una gran pantalla de TV y lo que parecía ser un cómodo sofá. Se imaginó a O'Neill con sus palomitas y su cerveza viendo los partidos de la liga de hockey hielo y una ligera sonrisa se aventuró en su cara. También había un par de mesitas a ambos lados de los brazos del sofá y un sillón, todo a juego. En la pared había una estantería con libros, pero nada más. Había mucho espacio y pocos muebles, dando la impresión de frialdad. También, vió unas cajas sin abrir en uno de los rincones, confirmando su sospecha de que el salón no estaba amueblado por completo y que la tarea estaba a medio hacer. Se preguntó cuantas cajas quedarían por abrir en el garaje o repartidas por la casa, pero su vista se posó en las fotografías que había en la repisa de la chimenea. No pudo resistir la tentación de acercarse y mirarlas detenidamente. Había una del propio General con algunos compañeros suyos de Operaciones Especiales. En otra aparecía Charlie, su hijo, muerto de un disparo accidental cuando solo era un niño y que le costó su matrimonio y casi su vida. A su lado había una fotografía del SG-1, una de las muchas que se habían hecho durante sus misiones. Evidentemente, no aparecía nada fuera de lo normal, tenían cuidado de no hacerse fotos delante del Stargate o de cualquier cosa que no pareciera terrestre. Simplemente aparecían ellos delante de una arboleda. Había otra de la fiesta de despedida de Jonas Quinn y al lado... Sam la miró fijamente. Era una foto de los tres: O'Neill, su padre y ella, de uniforme. Debía de ser de una foto hecha cuando Jack conoció a su padre. Recordaba que se la había hecho el fotógrafo oficial de la reunión y que había pensado pedir una copia, pero con todo el asunto de la pelea se había olvidado totalmente. Al parecer, Jack no. De forma casi inconsciente, alargó la mano y la cogió, acariciando con los dedos la imagen. Lo echaba muchísimo de menos. Desde que se unió a los Tok'ra, su relación con su padre había cambiado radicalmente y, aunque a veces se vieran poco, era una persona en la que se apoyaba cuando lo pasaba mal. Ella contaba con tenerlo durante muchos años a su lado, pero cuando nadie lo esperaba, Selmak y él habían decidido sacrificarse para derrotar a Anubis. Sam todavía notaba su ausencia y en momentos como aquel, en que se sentía tan sola y aislada en su nuevo destino, se acordaba más que nunca de su padre. En poco tiempo, además de su padre, también había perdido a Janet Frasier, otra persona muy importante para ella, su mejor amiga y confidente. De hecho, había perdido a cinco si contaba al SG-1. No le quedaba nadie. La sensación de soledad la abrumó. Vio que la imagen se volvía borrosa y se dió cuenta de que se le habían humedecido los ojos. Vaya, pensó, hoy tengo el día tonto, no puedo controlarme. Mientras sacaba el pañuelo del bolsillo para secarse las lágrimas que empezaban a resbalarle de nuevo por las mejillas, oyó unos pasos detrás de ella y se giró para ver a O'Neill entrando en el salón. En cuanto la vió, se acercó a ella rápidamente y la abrazó. Sam se agarró a él con fuerza dejando que su abrazo la sostuviera y la sosegara.

Jack no dijo nada, solo la abrazó, dejando que se desahogara.

En cuanto se sintió con fuerzas, se separó de él, un poco incómoda y avergonzada por la escena que estaba protagonizando.

- Ya sé que está un poco desangelado, pero no pensé que fuera para echarse a llorar...

Sam sonrió tímidamente. Las salidas alegres del General siempre la ayudaban a superar los malos momentos.

- ¿Mejor? - dijo Jack mientras la miraba con preocupación. Sam asintió. - Si quiere, hay un lavabo en el pasillo. Yo la estaré esperando en la cocina, un poco más allá.

- Gracias, señor, me irá bien refrescarme un poco - dijo Sam recuperando el aplomo y agradecida de que Jack le hubiera dado una salida airosa de la situación.

En cuanto se encerró en el lavabo se miró al espejo. Le pareció que no tenía muy buena cara. La noche anterior casi no había dormido por los nervios de volver a ver a Jack O'Neill. Luego estaba el pesado viaje en avión, repasando las notas para la presentación, y a eso se añadía todo el cansancio acumulado por el intenso trabajo de las últimas semanas. No le extrañaba en absoluto que estuviera tan sensible. Ahora, se daba cuenta de que sus nervios se estaban resintiendo y entendía por qué le costaba tanto controlarse. Sin embargo, eso tenía que cambiar. La presentación había ido bien y ahora estaba en casa de Jack. No tenía por que seguir sintiéndose tan insegura. Jack le había demostrado que seguía interesándose por ella, al menos como amigo. No sabía si había algo más o si habría algo más en el futuro, pero era el momento de empezar a descubrirlo y llorando todo el rato no era la manera. La cosa empezaba a ser un poco engorrosa y se sentía disgustada consigo misma. La verdad era que necesitaba descansar, no solo físicamente si no también mentalmente. Y que mejor manera de empezar que sentada en una mesa comiendo tarta con Jack O'Neill. Como hacía en el SGC, igual que en los viejos tiempos. Sonrió, ahora se sentía mejor. Se lavó la cara, se volvió a retocar el maquillaje y salió del lavabo con la determinación de no volver a perder los nervios ni una sola vez más. Al menos, no delante de Jack O'Neill ni en su casa en lo que quedaba de día.