La fiebre había tardado en bajar toda la noche y Maggie había estado a punto de meterla a bañar en agua helada porque literalmente estaba hirviendo. Bilbo cambiaba el paño de su frente cuando lo sentía de nuevo caliente, una acción que había repetido por horas. Pero con el amanecer parecía que había vencido lo peor, ahora dormía tranquila y ya no estaba balbuceando en idiomas incomprensibles. Uno de ellos parecía élfico, el otro era algo que jamás había escuchado.

-No ha habido aullidos en toda la noche. – dijo Maggie desde el umbral. Durante la mitad de la noche había sido ella quién había cuidado de Amariel hasta que el cansancio la venció y Bilbo tomó su lugar.- Iré a buscar ayuda.

Bilbo no respondió. Sabía que habría tenido que agradecerle, por todo lo que hizo, por no reprocharle nada; la dejó sola y fue en busca de lo que pudo ser su muerte pero ella simplemente lo había ayudado a cuidar a la persona que él más quería. Porque ahora no podía negar que no había nadie más que quisiera como quería a Amariel y el verla aún en peligro lo estaba destrozando.

La herida en la pierna probó ser algo hecho con un odio supremo. El corte estaba sucio, la carne se veía de un color oscuro bastante desagradable. Cuando el sanador dejó su casa lo hizo con sin poder darle buenas noticias, parecía que la infección recorría ya su sangre. Bilbo estaba al borde de las lágrimas pero tuvo que contenerlas, tenía que concentrarse, tenía que ayudarla. Maggie seguía ahí, cuando Bilbo entró a la cocina para cambiar el agua de su palangana, ella estaba ahí. La fiebre no era tan intensa pero aún no había desaparecido. Si volvía a elevarse tenían la indicación de bañarla en agua lo más fría posible.

-Iré a buscar a los otros dúnedain. –la voz de Maggie de repente lejana. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba por salir de la cocina y se dirigía ya por el pasillo hacía su habitación. Estaba haciendo las cosas mecánicamente, se sentía desconectado de la realidad. Pensó en el hecho de Maggie saliendo pero se dio cuenta de que en primera se preocupaba bastante tarde y segundo, parecía que las cosas volvían a la normalidad. No más aullidos, no más terror.

Los golpes en la puerta lo sacaron de su sueño. Le dolía la cabeza, le dolía el cuerpo entero, los brazos lo estaban matando por el tremendo esfuerzos de los días previos. Otros golpes con más intensidad. Bilbo se dio cuenta de que no había cambiado el paño en la frente de Amariel en un buen rato. Se había quedado dormido. Y además de todo había estado sosteniendo la mano de ella en la suya y ahora lo tenía firmemente agarrado, sus dedos enredados en los suyos.

Tuvo que soltar su mano, aunque eso le dolió en el alma. Los golpes en la puerta eran ahora constantes. Corrió a abrirla, encontró afuera a Haleth y Hazad parecían a punto de tirar la puerta abajo si no hubiera abierto en ese instante.

Hazad parecía saber lo que hacía. Revisó la herida a consciencia, en ningún momento su rostro traicionó sus sentimientos, metódicamente evaluó la condición del corte y comenzó a retirar las costras que se habían formado. A Bilbo le produjó un estremecimiento verlo sacar su cuchillo y calentarlo con llama de la vela que le había pedido. Haleth se había colocado detrás de Amariel, para poder sostenerla. El padre vio al hijo y ambos asintieron. Hazad cortó la carne, todo lo negro de alrededor y conforme cortaba, la herida empezó a sangrar de nuevo. Era sangre negra, de aspecto horrendo. Bilbo pensó que vomitaría otra vez, pero se obligó a permanecer en el lugar y a observar, no podía hacer otra cosa.

Conforme cortó más profundamente, Amariel comenzó a moverse y a quejarse, repentinamente el dolor fue intenso y gritó lo que hubiera jurado eran maldiciones. Seguía sin abrir los ojos pero aún así estaba llorando. La sangre comenzó a fluir pero ahora de color rojo. Bilbo sintió que eso era lo correcto, que eso le permitiría sanar.

Después de eso la fiebre comenzó a ceder verdaderamente.

-Partiré a Rivendell inmediatamente. –dijo Haleth y pareció que iba a salir en el instante. Bilbo los encontró a unos pasos de su puerta principal. Hazad tomó a su hijo por el brazo para detenerlo.

-No es algo que ella quisiera que hicieras. –le dijo. Haleth lo miró sin creerlo.

-¿Querrás que nos reclamé por qué su hija esta al borde de la muerte y nosotros no hicimos nada? –la voz de Haleth era controlada, no pensaba gritarle a su padre, pero tenía una carga emocional fuerte. Estaba asustado a más no poder, Bilbo podía entenderlo.

-¡Ella no va a morir! –gritó Hazad. Le tomó un momento volver a controlarse.- Tiene sangre de reyes, una herida no la va a matar.

-¡Sangre de reyes! –le tocó el turno de gritar Haleth, el tono que usó fue casi de burla.- Dile eso a Arathorn, no le valió para nada su sangre de reyes, ¿por qué con ella habría de ser diferente? ¿Por qué desciende de dos reyes? ¿Por su sangre naugrim?

-Hay cosas que ni en los peores momentos deben ser mencionadas y lo sabes. –dijo Hazad, la intensidad de sus miradas parecieron chocar. Haleth bajó los ojos después de unos segundos y pareció realmente apenado. Tanto el padre como el hijo se alejaron de la puerta y se perdieron en la oscuridad de la sala de lectura de Bilbo, se quedaron en completo silencio.

Bilbo fue a la cocina por otra palangana de agua, quería tenerla a mano aunque sentía no sería necesaria. Hazad entró en la cocina, estaba aplastando unas yerbas entre dos piedras.

-¿Tiene harina señor Baggins? –le preguntó.- Ya que estamos aquí pensé que podríamos hacer la cataplasma como se debe y no como la hacemos en el camino.

Bilbo le proporcionó todo lo que pidió y lo ayudó a preparar la pasta, después la colocaron en la pierna de Amariel y la cubrieron con una tela.

-Las heridas por las hojas de los orcos pueden ser difíciles de tratar, pero con los años hemos aprendido a enfrentarlas. –dijo Hazad con tranquilidad. Parecía el único que no dudaba que ella pudiera recuperarse de la infección.- No tenga miedo señor Baggins, si los dúnedain muriésemos cada vez que somos heridos, seríamos muchos menos de los que somos actualmente.

Aquello no tranquilizó del todo a Bilbo pero parecía que después de la aplicación de la cataplasma de hierbas, Amariel pareció dormir tranquila. Permanecieron callados por varias horas, Bilbo humedecía los labios de la chica de tanto en tanto. No se le ocurría qué más hacer, quisiera poder darle de comer pero era algo imposible, tenía miedo que le faltaran fuerzas para recuperarse si esto se prolongaba por más días.

-¿Qué significa naugrim? –preguntó de repente Bilbo. Hazad sonrió ligeramente, sabía que el hobbit había estado escuchándolos en la oscuridad de su corredor, perfectamente callado. Pero era algo que no pasaría por alto con toda su experiencia, podía escuchar la respiración de un solo hobbit con facilidad.

-Es la palabra élfica para enano. –respondió Hazad.

-Ah… -fue todo lo que Bilbo pudo decir. Bueno aquello respondía una interrogante, el por qué la estatura de Amariel no le parecía tan impresionante como debía ser, algo que le intrigaba.

Los dúnedain se fueron tras aceptar compartir los alimentos con Bilbo. Tuvo que comer, empezaba a sentirse mareado y la cabeza parecía dolerle todo el tiempo. Ahora estaba solo con ella y aún en esta sensación tan precaria, lo hacía sentir nervioso. No podía alejar de su cabeza el hecho de que ella tenía sangre de reyes. Podía imaginar tantas cosas, reyes perdidos, reinos destruidos y princesas patrullando La Comarca para proteger a los hobbits. Bueno, eso no lo imaginaba, pero quería saber la razón por la que ella podría estar aquí, en lugar de un palacio. Aunque en realidad el imaginarla con un vestido de seda, rodeada de lujos, con guardias encargados de protegerla, era más bien imposible. En vez de eso, imaginarla sentada en su cocina, con una taza de té, vestida con su ropa de viaje, sin quitarse la capa, con las botas manchadas de lodo; era tan perfecto que su mente viajó a esos días, donde ambos platicaban de cosas simples.

Amariel abrió los ojos y trató de reconocer el lugar dónde estaba. La casa de Bilbo, estaba segura. Había soñado con cosas horrendas y sólo se iban las pesadillas cuando sentía el calor de la mano del hobbit. La había estado cuidando, aunque no entendía cómo es que había llegado ahí, su último momento de consciencia fue cuando escuchó hablar a los orcos y para su espantosa certeza los había entendido. Después todo había sido fiebre, las cosas que veía deformadas, los sonidos distorsionados, pero ahí estaba Bilbo, eso jamás lo dudó. Había escuchado su voz aunque la mayoría de las veces no entendía nada de lo que decía. Cuando sus manos tocaban su cabeza y su cara mientras se daba a la tarea de cambiar los paños de agua, ella sabía que era él. Por eso ahora que abría los ojos, quería ver cómo estaba, asegurarse de que no se había descuidado por dedicarse a ella. Allí estaba el pequeño hobbit acurrucado en la silla al lado de su cama, por supuesto, con su mano tomando la suya. Amariel sonrió, aquello era algo que necesitaba, saber que él estaba a su lado, que estaba bien. Ahora tenía que volver a cerrar los ojos, quería soñar con los días junto a Bilbo, serenos, sin preocupaciones, tendría tiempo de sanar junto a él.

-Princesa Amariel. –dijo la voz de Bilbo. Ella abrió los ojos y le sorprendió lo demacrado que parecía su rostro, las grandes ojeras en sus ojos. Levantó su mano y tocó su cara. Él era la único persona que podría decirle esas palabras, con él no podía enojarse. De hecho le había gustado escucharlas, sonaban tan dulces viniendo de él.

-Despierta princesa. –dijo Bilbo y ella sonrió. Pero que precioso se veía su Bilbo cuando le decía princesa, tocó sus labios con sus dedos y los recorrió con ternura. Eran suaves, más que suaves.

Bilbo besó a Amariel aunque pensó que aquello no era cierto, debía estar soñando, el sueño más hermoso de su vida entera. Ella había abierto los ojos y parecía disfrutar el hecho de que él le dijera princesa. Sus dedos tocaron sus labios y no pudo hacer otra cosa que acercarse a ella y besarla. Fue algo que duró unos cuantos segundos, pero no podría pedir más, eso le había bastando para desbocar su corazón y para volver su respiración algo incontrolable.

-Princesa.