CAPITULO 6
Llegó del mercado cargado con dos cestas enormes llenas de frutas y verduras y cuatro pescados para preparar una buena cena. Después de los días sin comer casi nada tenía que reunir muchas fuerzas y en cuanto a ella, debía recuperarse y necesitaba alimentarse correctamente. Había pasado un buen rato escogiendo las cosas que compró, pensado cada momento lo apetitoso que sería y en la manera en que ella sonreiría cuando se diera cuenta de lo mucho que se había esforzado en preparar una comida. La había dejado en compañía de Haleth por lo que no se sentía preocupado o apresurado. Sin embargo cuando se encontró a Maggie sintió ganas de regresar inmediatamente a su casa.
-Me da gusto verlo señor Baggins –dijo formalmente, como si no hubieran pasado días encerrados en la casa.- ¿Puedo preguntar por Amariel? ¿Se encuentra mejor?
-Mucho mejor en verdad –dijo animado Bilbo, agradeciendo que fuera ese el tema de conversación.
-Parece que le harás una gran comida –dijo ella con una gran sonrisa mirando las cestas que cargaba.
-Sí, una comida muy especial –respondió Bilbo alegremente antes de tomar las últimas calabazas que ya había pagado.
Maggie lo vio alejarse y no pudo evitar sentirse ligeramente triste después de haber sido testigo de todo el afecto que el hobbit le prodigaba a la dúnedain. Pero la tristeza se fue en un segundo, porque Amariel la había salvado aquella vez y era una buena persona, estaba segura de que merecía ser querida por alguien como Bilbo. Cuando varios hobbits respetablemente chismosos se acercaron a Maggie para preguntarle sobre la chica que ahora llevaba varios días viviendo en casa de Bilbo, todos dejaron escapar una expresión de sorpresa. Él le iba a preparar una comida muy especial.
Así que cuando entró en la cocina con las cestas se sorprendió de encontrarla ahí, sentada, mirando por la ventana como su caballo se comía todas las manzanas del césped.
-Haleth me trajo –dijo ella sin siquiera necesitar mirarlo, sabía que tenía una expresión de duda y cierta intranquilidad al imaginarla saltando por el pasillo hasta la cocina.
-Claro por supuesto –dijo él y ella sonrió. Aquello era realmente algo agradable, esperar a que llegara, verlo entrar todo cargado (y no poder ayudarlo) para que luego lavara todas las zanahorias y se las pasara a ella para rebanarlas con mucho cuidado, luego las papas, luego calabazas y así hasta tener todo listo para que él las sazonara y les pusiera su toque especial. Hoy era de esos días en los que pasaba por todo ese ritual de preparar la comida de manera silenciosa, parecía que ayer había hablado demasiado. O tal vez era que estaba prestando mucha atención, preparando cada cosa, poniendo mucho de él en el proceso.
Amariel lo miraba atenta, parecía un acto de amor, cómo fruncía el ceño mientras se concentraba o cómo trataba de rebanar y picar mucho más finamente lo que ella había partido sin que pareciera que estaba corrigiendo su trabajo. Entonces de repente Bilbo sacó harina, azúcar, huevos y sobretodo, lo que captó la mirada de ella fueron las cerezas. Le iba a hacer un pastel de cerezas, los ojos se le llenaron de lágrimas, de verdad parecía que estaba en su hogar.
El día anterior le había contado cosas de ella y había respondido muchas preguntas de él. Le había contado la razón de que su primo dijera de que descendía de dos reyes aunque no fue muy específica, al mismo tiempo respondió lo de su sangre naugrim. Le dijo que aquello era un gran secreto y que no debía de contarlo a nadie. Bilbo asintió, totalmente comprometido a guardar celosamente cualquier cosa que le contara.
Le contó un poco de la historia de Númenor, de su destrucción, de aquellos que huyeron y que fundaron reinos de gran belleza, de la decadencia de los reinos de los hombres y del heredero de Isildur, que habría de regresar el esplendor a Gondor y Arnor.
-El heredero de Isildur es un rey prometido, por decirlo de esa manera –dijo Amariel, cierta tristeza se había permeado a su voz, como si lo que le contara le trajera un poco de dolor. Bilbo se levantó de la silla y se sentó en la cama a su lado, ella se recorrió un poco para hacerle espacio, lo hizo lentamente evitando hacer un movimiento brusco con la pierna.- Siempre le dieron mucha importancia a la línea paterna, se considera heredero al hijo del padre, no a la hija.
Bilbo sintió una extraña punzada en el corazón, nunca jamás podría pensar que ella era menos importante por ser mujer, todo lo contrario, por serlo la consideraba mil veces más valiosa. Amariel le siguió contando como entre los dúnedain habían perpetuado la línea de los herederos de Isildur hasta llegar al hijo del hermano de su madre.
-Así que por eso tienes sangre de reyes –dijo él.
-Si, en parte –dijo ella. Luego se quedó en silencio bastante rato, Bilbo se levantó y camino durante unos momentos por la habitación, últimamente no salía mucho y sentía que le faltaba estirar las piernas. Pero realmente no quería dejar a Amariel sola mucho tiempo, disfrutaba su compañía y todos esos momentos a su lado los estaba atesorando. Dejó de caminar alrededor de la cama y se sentó a su lado de nuevo, en el lugar que ella había hecho para él. Ella sonrió de nuevo, era algo que él lograba provocar de la manera más sencilla. Instintivamente sus manos se buscaron y se encontraron.
-La otra parte viene de un rey naugrim que tal vez alguna vez en su vida recupere su reino –dijo apresuradamente como si no tuviera la menor importancia. Bilbo la miró con ojos sorprendidos.
-Por eso eres medio bajita –dijo con tono burlón. Amariel trató de responder algo pero fue tal la sorpresa por las palabras del hobbit que tuvo que asestarle un buen golpe con la almohada.
-¡No soy bajita! –gritó ella mientras seguía dando golpes con la almohada en la cabeza de él.
-Oh sí que lo eres –decía entre risas Bilbo mientras trataba de bloquear los golpes pero sin conseguirlo de todo.- Tu primo y tu tío son mucho más altos.
-Es que ellos son espantosamente gigantes pero yo tengo una estatura perfectamente normal –le explicaba mientras seguía con los almohadazos. Bilbo le arrebató la almohada con un rápido e inesperado movimiento, como resultado de eso ambos quedaron demasiado cerca, demasiado. En la memoria de él aún estaba el sentir sus labios, su calor, por lo que rápidamente sintió que se sonrojó, sus mejillas parecían arder.
-Princesa Amariel … -comenzó a decir él pero ella lo silenció de la mejor manera que conocía, con un beso tierno y que esta vez, pareció durar por siempre. Sus labios se movieron ligeramente sobre los suyos, Bilbo sintió la necesidad de tocarla con sus manos, su rostro enmarcarlo tiernamente y seguir unido a ella hasta que las fuerzas los abandonaran.
-Tendrás que dejarme de decir así o de lo contrario terminarás por hartarte de los besos –dijo ella en un susurro. El abrió los ojos para encontrarse mirando los de ella, con ese color azul tan profundo e hipnotizante que le era imposible dejar de mirarla. Así había sido desde la primera vez, perdido en su mirada desde que la conoció y a decir verdad no quería dejar de estarlo.
-No creo que eso sea posible –dijo sin detenerse a pensar y como resultado obtuvo la mayor sonrisa que había visto en la chica, sin embargo ambos volvían a ser conscientes de lo que hacían por lo que cada uno voltearon para el lado contrario.
-Pastel de cerezas –dijo ella repentinamente.- De alguna manera y a pesar de vivir entre los elfos, era algo que mi madre siempre lograba conseguir, yo lo adoraba.
Bilbo no podría olvidar esas palabras, por lo que aquella mañana en el mercado lo que realmente buscaba eran las cerezas y por fortuna, las había conseguido. Lo horneó con todo el amor del que era capaz y cuando ella lo probó se echó a llorar. Sabía a casa, a familia, a su niñez y era perfecto. Se secó las lágrimas y en menos de lo que pudieran pensar, habían terminado con el pastel.
Los momentos más impensablemente penosos eran cuando Bilbo debía ayudarla a bañarse, algo que parecía no preocuparle a Amariel pero que el insistía que debía hacerlo. Entrar y salir de la bañera sin recargarse en la pierna lastimada probó ser complicado a principio y más cuando Bilbo se empeñaba en mirar al piso dándole la espalda, dejando que ella se detuviera en él. La primera vez resbaló, la segunda lo hizo caer a él, la tercera se recargó tan fuerte en él que lo hizo perder el equilibrio y se cayó sobre ella. Bilbo gritó y ella se rio a carcajadas. Fue cuando se dio cuenta de que lo hacía a propósito y no supo qué pensar, estaba demostrando ser más osada de lo que él había pensado y de cierta manera le asustaba.
Luego la pierna empezó a sanar de verdad, la herida cerró por completo y por fin pudo poner su peso en ella. Ahora se podía mover por toda la casa y salir al jardín aunque fuera lentamente. Cuando él la encontraba ahí, después de volver del marcado, se detenía a recoger una flor y la ponía en su cabello. Era un gesto tierno pero podía significar tantas cosas, algo que tal vez le daba miedo expresar pero no demostrar.
Maggie pasaba frente a casa de Bilbo y la vio sentaba en jardín, con los ojos cerrados, disfrutando de la cálida brisa. Cuando vio las flores amarillas en su cabello una sola lágrima se deslizó por su mejilla. La secó con el dorso de su mano y abrió la verja con familiaridad, caminó lentamente hasta quedar junto de ella y se sentó a su lado.
-Serás muy feliz a su lado –le dijo la joven hobbit. Amariel abrió los ojos con sorpresa, no por su presencia sino por las palabras que había escuchado. En cierta manera lo sabía, por la manera dedicada que Bilbo ponía al acto de intrincar flores en su cabello. Pero escucharlo así, directamente, era algo que no se esperaba.
-Es un compromiso ¿verdad? –preguntó sin necesitarlo, en cierta manera le asustaba pero no era algo que ella no estuviera dejando que sucediera. Y le asustaba más por la posibilidad de que fuera algo que se esfumara, que no existiera el día de mañana. Las cosas en su vida tendían a desaparecer, a veces antes de que tuviera la oportunidad de conocerlas. Así había sucedido con su padre, al que su madre se negaba rotundamente que conociera. A veces le dolía estar tan cerca de él y verse imposibilitada para hacer el viaje, le había prometido por todo lo que ella creía a su madre que no iría a buscarlo. Y no podía regresar, no quería realmente. Por eso deseaba quedarse ahí, con Bilbo, ella no aspiraba a nada más. Bien podía ser una princesa pero por el lado de su madre eso no significaba nada, cualquiera valía más que ella en ese caso. Del lado de su padre simplemente no existía un reino, era más bien la casa de un dragón. Así que si era una princesa era en este lugar, en la casa de Bilbo y sólo él podría llamarla así.
Maggie se despidió de ella y después de un rato, cuando la temperatura empezó a descender y la brisa se volvió fría, Bilbo apareció para ayudarla a levantarse, sabía que la pierna se le había entumido un poco por no haberla movido. Ahora podía caminar normalmente, pero le quedaba un leve cojeo que se volvía más aparente cuando se enfriaba pero que disminuía conforme pasaba tiempo moviéndose.
Habían terminado de cenar cuando alguien tocó a la puerta. Bilbo dejó su pipa y se levantó a toda prisa. Amariel quiso esconderse, dentro de ella sabía que no podía ser nada bueno. Haleth entró y le dedicó media sonrisa.
-¿Puedes montar? –le preguntó y ella quiso mentir, decir que no y que fuera a dónde tuvieran que ir sin ella.
-Sí –respondió sabiendo que era imposible mentirle a su primo, podría pronunciar las palabras pero sus ojos la traicionarían.
-Hay un problema con los naugrim de Ered Luin, necesitamos acudir –dijo y esperó a que se levantara, Bilbo llegó al instante para darle la mano, era la sensación de frío lo que hacía que le costara trabajo flexionar la pierna en ciertas ocasiones.
-¿Por qué nosotros? –preguntó ella.
-Nos necesitan a todos –respondió su primo y al instante hizo una ligera inclinación hacia el hobbit y salió tan deprisa como entró. Bilbo aún sostenía su mano, ella quería que no la soltara. Pero ese era el camino que había escogido, en vez de quedarse en Rivendell con su madre, al cuidado de su primo.
-Princesa –le dijo él una vez que estuvieron en la puerta y había cambiado su ropa por la de viaje de los dúnedain y vestía de nuevo su capa y sus botas. Ella sabía que eso no podía ser una despedida por eso puso todo su corazón en ese beso y salió apresuradamente. Haleth la esperaba afuera, sostenía las riendas de su caballo y lo mantuvo quieto para ella pudiera subir. En un instante se había ido, con una sola mirada de ella mientras partían.
Bilbo se quedó parado en la oscuridad del camino por unos minutos, esperando tal vez que ella regresara; pero sabía que no sería así puesto que su princesa no era alguien que negara su responsabilidad. Cerró la puerta de su casa y fue a su habitación donde una vez tendría que dormir solo.
Elein 88: Muchas gracias por leer y por darte el tiempo de dejarme tu review. Aunque no lo parezca, mi idea original no era un fic sobre Bilbo y ahora tendré que adaptarlo a lo que pensaba hacer. Espero que las cosas no se me compliquen. Saludos.
