CAPITULO 7

Itariel había sido una constante durante su infancia, junto a su madre, la había criado. Era una elfa, una princesa de Mirkwood, pero para ella era siempre su amiga; aquella que había jugado con ella mientras fue una niña pequeña y que la había enseñado todas las bases para el manejo de la espada y el arco. Pero siempre, todos los días de su vida, la elfa había estado triste. Trataba de aparentar que no era así, sonreía pero sus ojos jamás se iluminaban de felicidad. Amariel le había preguntado en incontables ocasiones la razón de esa tristeza pero la elfa no le había contado nunca nada, simplemente cambiaba el tema o inclinaba ligeramente la cabeza y se iba, como si tuviera algo muy importante qué hacer.

Durante los años en Mirkwood, lugar dónde había nacido, la elfa era a menudo cuestionada sobre la razón para no aceptar cierto cortejo. Amariel era muy pequeña cuando esto había sucedido pero recordaba perfectamente al bellísimo elfo que había ido en numerosas ocasiones, procedente de Imladris simplemente para verla. Pero la elfa lo rechazó una y otra vez.

-Itariel, ¿por qué no te casas y vuelves a ser feliz? –le había dicho la niña pequeña que no entendía nada del amor, ni siquiera tenía 6 años en aquella ocasión. La elfa le sonrió y su rostro se llenó de tristeza que no intentó si quiera ocultar pero no le respondió. A veces la elfa peleaba con su padre por esa razón, pero en cuanto ella comenzaba a llorar su padre dejaba de insistir. Amariel odiaba que ella llorara, le partía el corazón verla así. Conforme pasó el tiempo y tuvieron que irse a vivir a Imladris, las cosas para la elfa se volvieron un poco más tensas. Ahora vivía en el mismo lugar que aquel que quería unir su vida con la de ella y había días que prácticamente se negaba a salir de sus habitaciones para no cruzarse con él. En cierta manera sufría todos los días y Amariel sentía que tenía ganas de salir huyendo, por eso la abrazaba muy fuerte, para recordarle que ella la quería y que estaría a su lado siempre.

El problema es que un día Amariel quiso probarse a sí misma, demostrar su valor y capacidad, así que tuvo que abandonar Imladris y aventurarse al lado de los dúnedain para sentir que su vida no era un total desperdicio. Su madre lloró y le suplicó que no se alejara pero ella estaba más que decidida a dejar su vida de comodidad y probar un poco del mundo. Itariel la apoyó, habló con su madre y la hizo ver que no era una niña y que finalmente estaría bien cuidado en caso de ser necesario. Amariel la adoró por eso aunque se sintió culpable de dejarla, con los años en Imladris se había vuelto, si es que era posible, aún más infeliz. Le había dicho que estaría siempre a su lado y ahora la dejaba.

-Jamás me dejarás pequeña, te tengo en mi corazón –le había dicho el día que se despidieron y Amariel se alejó llorando buena parte del camino. Y, cuatro años después de que se despidieron, por fin se reencontraba con Itariel en la ciudad enana de Ered Luin, el único lugar que le había prometido a su madre no pisar. Le había suplicado a Haleth que no la hicieran ir a la ciudad, que ella podría esperarlos en algún otro lugar, pero ellos simplemente no le hicieron caso y continuaron la marcha. Antes de entrar en la ciudad se puso la capucha y hundió su rostro en la profundidad, deseando que nadie le prestara atención, que nadie le dirigiera la palabra o le preguntara su nombre.

Entraron en la ciudad y rápidamente descendieron de los caballos, se encaminaron a la entrada a los pasajes subterráneos, ella iba algo retrasada, tentada con la idea de echarse a correr. Sentía su corazón latir con demasiada fuerza, era algo que no deseaba sentir, ansiedad y anticipación. No tenía idea de qué sucedía, por qué razón habían llamado a los dúnedain, ni su primo ni su tío había sido demasiado comunicativos con ella. Y ella tampoco había favorecido nada la comunicación, fuera de que necesitara a Haleth para subir y bajar del caballo, casi no le había dirigido la palabra desde que salieron de casa de Bilbo. Ella se sentía miserable y quería regresar con el hobbit pero no quería confesarlo, por lo que mejor se quedaba en silencio.

Los hicieron pasar a una habitación pequeña, dónde estaba otros dos capitanes dúnedain y para sorpresa de Amariel, estaba la elfa. Al verla se le olvidó todo lo demás, el cansancio, el dolor de la pierna por las horas en el caballo y su intranquilidad por estar en Ered Luin, simplemente se dejó llevar por la emoción y corrió a abrazarla con lágrimas en los ojos. Fue cuando entró en la habitación Dís, princesa de Erebor y Amariel pudo ver en su rostro sus mismos ojos, sintió que el mundo se le caía a pedazos, como pudo volvió a ponerse la capucha y fue a colocarse detrás de Haleth, esperando que la altura de su primo la protegiera de la mirada de la enana.

La elfa parecía esperar que la puerta volviera a abrirse, como si quisiera que alguien más entrara.

-Itariel querida, deberías sentarte –dijo Dís y fue como si el mundo de la elfa se derrumbara, cayó sobre una de las sillas y se quedó con la mirada fija en la enana.- La situación ha cambiado desde que solicité su ayuda, mi hijo mayor fue atacado por los orcos y mi hijo menor ha creído conveniente ir a rescatarlo.

Tal vez si jamás hubiera conocido a Bilbo, Amariel no habría entendido lo que vio en el rostro de la elfa antes estas palabras, puro terror, completo terror, a que aquellas persona que amas, le hubiera sucedido algo horrible. Parecía como si quisiera gritar pero las palabras se hubieran atorado en su garganta, como si quisiera llorar pero las lágrimas se hubieran congelado en sus ojos. La visión de la elfa completamente desgarrada era tremenda.

Las cosas sucedieron muy rápido, Dís dejó muy claro que Thorin no estaba en ese momento en Ered Luin, lo cual hizo que Amariel respirara más tranquila. Pero todo lo demás estaba muy mal, desde la presencia de los orcos hasta el hecho de que fuera muy claro de que estaban buscando a alguien y que a consecuencia de eso hubieran atacado a Fili sin matarlo. Fili, escuchar ese nombre hizo que algo en el corazón de Amariel se removiera. Su madre rara vez los nombraba e Itariel parecía sufrir nada más con pensar en ellos, por lo que no había insistido en que le contaran historias de esos años, dejándola casi en la ignorancia sobre ese tiempo de la vida de su madre y la elfa.

Se decidió rápidamente que habrían de rastrear a los orcos inmediatamente por lo que salieron de la habitación y de la ciudad al instante. Amariel se encontró siguiendo a Itariel pero no pudo evitar que sus ojos se cruzaran por un segundo con los de Dís, pudo notar la mirada interrogante de la enana y como la seguía cuando ya habían montado y comenzaba a galopar. Los caballos no les serían útiles mucho tiempo si se internaban en el bosque, cerca de Nogrod tendrían que abandonarlos para subir la pendiente pero la elfa no quería pensar en que tuvieran que llegar tan lejos.

-Hubo orcos y wargos en la Comarca hace unos meses –le dijo Amariel a la elfa cuando tuvieron que aminorar la marcha para poder avanzar entre los árboles con la luz escasa de la luna.- Me capturaron y extrañamente me querían viva.

Itariel ni siquiera volteó a mirarla pero sabía que sus palabras no habían hecho más que aumentar su miedo. Volvió a poner velocidad a la marcha y los dúnedain tenían que seguirla sabiendo que lo mejor era replicar su camino con exactitud, que la elfa y su caballo irían por el lugar más seguro en todas las ocasiones.

Sin embargo tuvieron que detenerse, después del amanecer la elfa se permitió un descanso, sabiendo que los orcos, si estaban viajando, tendrían que detenerse en algún momento. Aunque no sabía bien por dónde saldrían, tal vez tendrían planeado a travesar la Comarca para alejarse de Ered Luin de regreso a las Montañas Nubladas, la ruta no era muy clara pero tampoco era que los orcos fueran a poner especial interés en planear o seguir algún camino en específico.

-¿Cómo sabes a dónde vamos? –le preguntó Amariel cuando estaba terminando el tiempo de descanso que les dio la elfa. Ella notó el pequeño cojeó de la chica y una gesto de dolor cruzó por su rostro, a pesar del tiempo separadas, seguía sufriendo si ella sufría, como cuando se cayó de un árbol en Mirkwood y se rompió el brazo. Itariel sufrió en carne viva aquello.

-Estoy siguiendo mi corazón –respondió sencillamente.

-¿Por qué no me dijiste nunca? –inquirió la chica y la elfa dejó escapar más lágrimas, de esas que la lastimaban, de esas que nunca se permitía porque sabía que si iniciaba el llanto nunca lo terminaría.

-¿Qué se supone que te diría? –dijo la elfa con la voz alterada por la emoción.- ¿Qué tuve que decidir entre tu madre y el amor de mi vida? ¿Cómo te podía explicar eso?

Amariel se acercó a su amiga, prácticamente su otra madre y limpió sus lágrimas con sus dedos, sintiendo cada una de ellas con toda la intensidad que tenían. Era horrible, su madre había sufrido tremendamente por el rechazo de su padre pero Itariel había estado viviendo de igual manera con el corazón roto por no poder estar con la persona amada, pero era tal la lealtad que tenía para con su madre, que no podría traicionarla. Pero ahora era diferente, las cosas podían ser de vida o muerte y no pensaba quedarse con los brazos cruzados.

Encontraron al grupo de enanos que había salido tres días antes de su llegada en medio de bastantes problemas. Los orcos los habían rodeado e Itariel estuvo a punto de enloquecer cuando vio unos cadáveres tirados con heridas tremendas en la cabeza pero ninguno era el que buscaba. Amariel no se bajó del caballo, apretó las piernas y sosteniéndose lo más fuerte que pudo sacó el arco y preparó la flecha, los orcos aparecieron corriendo hacia ella en menos tiempo de lo que esperó. Tuvo que disparar muy rápido y lo logró, tiros perfectos a la cabeza, entrando por los ojos, matando al instante. Se había vuelto bastante buena aunque más que nada era por el miedo a que se le acercaran, detestaría la posibilidad de volverse a encontrar cerca de ellos. No podía permitir eso.

Cuando bajó del caballo, aunque más pareció que se dejó caer de él, Itariel y los dúnedain habían logrado acabar con los orcos y el grupo de enanos que estaba apertrechado unos metros por arriba de un promontorio rocoso, bajó. Fue cuando lo vio y sin dudarlo supo que aquel enano de apariencia casi infantil era Kili, lo poco que le habían contado de su primo era bastante específico. Un enano joven, con un rostro jovial, con sonrisa encantadora y ojos luminosos. Todo eso lo había dicho en una sola ocasión Itariel para nunca más repetirlo, pero ella no lo había olvidado. Volteó a ver a la elfa y la alegría que se reflejó en su rostro era evidente. Se miraron como hechizados, de repente era como si nada más en el mundo importara, como si ellos, tanto humanos como enanos, no existieran. La princesa de Mirkwood echó a correr, dejando caer en el proceso su espada. El príncipe de Erebor bajó saltando las últimas piedras, dejando caer en el proceso su arco. Cuando se encontraron, Itariel cayó de rodillas ante él y se abrazaron, en el acto de amor más perfecto que Amariel hubiera visto en su vida. Ambos reían mientras las lágrimas cubrían sus rostros, ambos parecían dichosos de estar en los brazos del otro, en el lugar perfecto, en el lugar más idílico que pudieran soñar.

Jamás pensó ver así a su amiga, la elfa realmente amaba al enano.


Gracias a todos los que han seguido leyendo, recuerden que las reviews son bienvenidas!

Elein88: Si, es su hija y aún quedan bastantes secretos que descubrir, si quieres saber más te recomiendo leer mi otro fic, Una montaña, un hogar. También abunda más en la relación de Kili e Itariel.

daya: Gracias por review en mi otro fic y me da gusto saber que ya leíste los demás y que te gusta como están entrelazados.

Sin su apoyo no podría seguir, gracias!