XII - Myrcella
Dolía. Dolía mucho. Dolía como si tuviese mil agujas incandescentes clavadas en el rostro. La realidad era mucho peor.
El maestre Caleotte no le había permitido mirarse en el espejo aunque ella había suplicado al borde de las lágrimas que la dejase. No recordaba haber pasado tanto miedo en toda su vida. Myrcella tenía diez años y todo lo que había conocido habían sido los pastelillos de limón, los encajes de Myr y las paredes de la Fortaleza Roja.
Echada entre los blandos cojines de su lecho en la parte alta de la Torre del Sol, en el Palacio Antiguo de Dorne, Myrcella podía oír las palabras que su tío Tyrion le había dicho una vez. Eres tan bonita como tu madre.
Lo había perdido todo: su familia, su hogar, sus costumbres y ahora también su belleza. Y todo era culpa de Arianne. El corte, el terrible dolor y la ausencia de su oreja. Todo por Arianne, esa arpía, y sus ínfulas de reina. Con todo, había mentido por ella. Y volvería a hacerlo, los Siete lo sabían bien. Porque su mayor deseo siempre había sido complacer a todos.
Sangraría, lloraría, maldeciría por ello. Pero no defraudaría a nadie. Jamás.
