hey hey hey! ustedes están respondiendo de una manera maravillosa! mas reviews = mas capitulos. La historia se pone más y más interesante! creanme :D
Gracias a la persona que me dijo el nombre e la autora :) gracias. y gracias a todos por el apoyo.
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Capitulo Tres'
Esa mujer le estaba volviendo loco.
¿En qué estaba pensando? Enfrentarse a la ira de la hija de Greg Puckett era más fácil que luchar contra sus desmandadas hormonas. Después de pasar dos horas y media en los confines de la cabina de la camioneta con Sam, Freddie estaba al límite; o si no Freddie, sí la cremallera de la bragueta de los pantalones.
Agarró con fuerza el volante del coche. Le gustaba hablar con ella; pero cada vez que Sam volvía la cabeza, una ráfaga de perfume le envolvía. Olía a campo, olía a limón. Samantha era un vaso de limonada en un caluroso día de verano. Freddie quería saborearla, quería apagar su sed.
Estaba marcado.
Durante los tres últimos días había pensado en ella en los momentos más inoportunos en el trabajo.
Samantha era un peligro.
Freddie descubrió que incluso su ropa le gustaba, lo que le tenía muy sorprendido. Ese día llevaba un enorme jersey amarillo, una falda de vuelo que le quedaba a un palmo de los tobillos y unas botas marrones. Estaba toda tapada a excepción de la cabeza, pero era más sexy que cualquier joven en bikini. Era un milagro que aun no se saliera de la carretera durante el trayecto a Carmel. Por suerte casi parecía haber notado nada. Le había hecho preguntas sobre su villa, y lo que más parecía interesarle era su villa de pequeño en Missouri y su extensa familia.
-Gira a la derecha -le dijo ella mientras recorrían una avenida con árboles a ambos lados- Para ahí, delante del camino que da al garaje, las puertas de la verja se abren automáticamente.
¿Qué clase de casa estaba rodeada por una verja? Freddie pronto lo descubrió. En la distancia, una casa de dos pisos se perfilaba contra el horizonte como una villa mediterránea de estuco blanco, arcos, terrazas y balcones. Greg Puckett había amasado una gran fortuna; sobre todo, en los primeros tiempos de los ordenadores y las telecomunicaciones. Pero Freddie no había esperado una propiedad semejante.
"Algún día viviré en un sitio así. El primer paso es hacerme socio de la empresa".
Mientras Freddie giraba la llave de contacto para apagar el motor, Greg salió a recibirles. "Será mejor que esto salga bien", pensó Freddie sintiendo como si su carrera pendiera de un hilo.
Samantha salió del vehículo y abrazó a su padre.
-Hola, papá.
-Hola, cielo -Greg se quedó mirando la camioneta de Freddie-. Buen vehículo, y muy práctico.
Freddie se aclaró la garganta. Había intentado alquilar un vehículo mejor, pero no había encontrado lo que quería. Por suerte, había lavado la camioneta antes de emprender el camino.
-Me lleva a donde quiero.
-¿Tiene tracción trasera?
-Sí.
-Bueno para la nieve -Greg sonrió-Tenemos una cabaña en Tahoe. ¿Te gusta esquiar?
¿Una cabaña? Freddie estaba seguro de que debía parecerse más a un hotel que a una cabaña.
-Me encanta esquiar.
-¿Qué tal el viaje?
-Bien, sin problemas.
-¿Has tornado la autopista número uno?
-Sí.
-Es un camino precioso -Greg sonrió al ver que Freddie asentía- ¿Cómo estaba el tráfico?
-Ha habido algo de atasco en la bahía Half Moon -Freddie sacó el equipo de golf de la parte posterior de la camioneta.
Sorprendentemente, la bolsa floreada de Samantha era más pequeña que la suya.
Greg le quitó a Freddie la bolsa de Sam.
-Pam está preparando algo para comer. Espero que tengas hambre, hijo.
¿Hijo? Freddie tragó saliva. Respetado en el mundo profesional, Greg era famoso por no mostrar ninguna debilidad. Pero Freddie vio una debilidad en él, sus hijas.
-Estoy muerto de hambre.
Samantha tomó la mano de su padre.
-No queríamos llegar demasiado tarde, por eso no hemos parado a comer nada.
-Samantha, no es bueno quedarse sin comer -dijo Greg, como todo padre-. Freddie, no te fíes que se salte las comidas. Cuando no come se pone muy tonta.
-Papá -Samantha hizo una mueca-, nunca me pongo tonta. Melanie es la que se pone tonta si no come, yo no.
Greg arrugó el ceño.
-Sí, es verdad, cielo, tienes razón, es tu hermana. Freddie, olvida lo que he dicho.
Cuando Samantha entró en la casa, Greg le puso a Freddie una mano en el hombro, reteniéndolo.
-Sam también se pone tonta -le susurró-. Hazla comer.
Freddie lanzó una queda carcajada.
-Lo haré.
Entró en la casa y le pareció que había entrado en una mansión típica de una revista del hogar. El suelo del vestíbulo era de baldosas de terracota. Pinturas oriPamles decoraban las paredes.
-Vamos a dejar las bolsas en la entrada, luego las subiremos a las habitaciones -dijo Greg-. Vamos al cuarto de estar.
Sam agarró a Freddie de la mano y le condujo al enorme salón elegantemente amueblado. Freddie tenía cinco hermanos y todos habían crecido en una casa de campo de cuatro dormitorios. La escultura del rincón de aquella estancia costaba más que todo el mobiliario de la casa de sus padres después de haber sido arrasada por un huracán. El cuadro que había encima de la chimenea debía valer tanto como la hipoteca de toda la granja.
Samantha se paró delante de un precioso florero. Agarró un lirio y se lo colocó detrás de la oreja.
Greg indicó a Freddie un asiento.
-Siéntate, Freddie.
A Freddie le dio miedo ensuciar el sofá blanco, pero Sam tiró de él obligándole a sentarse a su lado. Mientras ella y Greg charlaban, Freddie examinó la estancia. No le interesaba demasiado la decoración, pero sabía reconocer lo bueno. Esa casa le tenía sobrecogido.
Freddie le dio con el codo.
-Cariño, ¿te apetece algo de beber?
-Sí, gracias.
-¿Qué quieres, cielo? ¿Una cerveza? -le preguntó Sam.
Cuando Freddie asintió, Greg dijo:
-Yo también quiero otra.
-Papá, tú siempre bebes...
-Quiero una cerveza -declaró Greg con autoridad, cortando toda posible discusión.
Sam le dio a Freddie un beso en la mejilla.
-Ahora mismo vuelvo, encanto.
-Pregúntale a tu madre si quiere que le ayudes.
Cuando Sam salió del cuarto de estar, Greg le dijo a Freddie:
-Hijo, no sabes el trabajo que va a darte.
Eso ya lo sabía él.
-Me las arreglo bien.
-Pam las ha mimado mucho a las dos.
Por lo poco que Freddie sabía de Sam, no parecía mimada. Vivía en un piso de una casa victoriana en la que crujían los peldaños de la escalera y a la que le hacía falta una mano de pintura. Su guardarropa consistía en ropa sencilla, nada de diseño.
-Aunque supongo que yo también las he mimado -añadió Greg-. Es difícil no hacerlo cuando se tiene todo esto.
Al mirar a su alrededor, los ojos de Greg descansaron en un retrato de sus dos hijas. Las dos llevaban jerseys y collares de perlas. Samantha tenía un aspecto... muy normal.
-¿De cuándo es esa foto? -preguntó Freddie.
-De cuando se graduaron en la universidad.
-Sam está muy...
-Distinta – dijo Greg
-Sí, distinta...
-Sam es muy obstinada, como yo. Una vez que toma una decisión no hay quien la haga cambiar de idea. Y es capaz de cualquier cosa con tal de demostrar que tiene razón.
-Sí, tiene mucha voluntad -dijo Freddie-. Es algo que admiro mucho en ella.
-Estupendo -Greg sonrió- Pero no olvides nunca que siempre cree que es ella quien está en lo cierto, no le gusta ceder. No dejes que siempre se salga con la suya Freddie.
Freddie no sabía qué era lo que Greg estaba tratando de decirle; pero como no iba a casarse con Sam, no merecía la pena intentar aclararlo.
-Sam y yo nos llevamos bien.
-Me alegra mucho oírte decir eso -Greg volvió a sonreír. -Bueno, dime, ¿qué tal lo está tratando Keny, tu jefe? ¿Te ha ofrecido ya hacerte accionista de la empresa?
¿Su madre estaba preparando la cena y su padre quería una cerveza? ¿Quiénes eran esos desconocidos? ¿Alienígenas? ¿Dónde estaban sus verdaderos padres?
Sam entró en la cocina y vio a su madre delante del mostrador preparando unas verduras. Encima de la cocina de guisar había una bandeja con panecillos.
Parpadeó para asegurarse de que no estaba soñando.
-¿Quieres que te ayude en algo, mamá?
Pam volvió la cabeza y sonrió. Normalmente la elegancia misma, llevaba un delantal color rosa encima de unos pantalones negros y una camisa blanca de punto.
-No os he oído llegar le había dicho a tu padre que me avisara cuando llegarais.
-Papá me ha pedido que venga a por unas cervezas. Creo que quiere hablar con Freddie a solas.
-Sí, seguro -Pam volvió los ojos a la brecolera-. Lleva toda la semana hablando de Freddie.
Samantha tragó saliva. Convencer a sus padres de que Freddie no era el hombre apropiado para ella iba a ser difícil, a pesar de ser evidente. Freddie y ella procedían de diferentes mundos, tenían distintas metas en la vida. Quizá, si se hubiera contentado con ser un agricultor en Missouri... pero era un inversor de capital en San Francisco. No quedaba otro remedio, sus padres tendrían que darse cuenta de que esa relación estaba destinada al fracaso.
-¿Quieres que haga algo?
-¿Por qué no preparas las cervezas? En el congelador tengo unas jarras.
¿Jarras de cerveza en el congelador? Samantha se quedó mirando a las cacerolas en el fregadero. Aquella cocina era el sueño de cualquier cocinero, un regalo para Pam después de que el cocinero se jubilara un año atrás; pero su madre jamás había mostrado interés en la cocina. Cuando tenían invitados, sus padres contrataban los servicios de una empresa para encargarse de las comidas. ¿Desde cuándo ese interés de su madre por el arte culinario?
Samantha sacó dos jarras de cerveza del congelador y las dejó encima del mostrador. Al abrir la puerta del frigorífico, vio tres marcas distintas de cerveza.
-¿Le gusta a papá alguna de estas marcas en particular?
-Le da lo mismo, pero sírveles a los dos la misma marca. Estoy segura de que tu padre quiere conocer la opinión de Freddie sobre la cerveza.
-¿Desde cuándo papá bebe cerveza? –Samantha abrió las botellas-. Creía que sólo le gustaba el whiskey.
-A tu padre siempre le ha gustado la cerveza -Pam se echó a reír-. Incluso tiene una base de datos de todas las marcas de cerveza que ha bebido. Hay una en particular que le gusta tanto que incluso ha llegado a invertir dinero en la empresa.
Cuando Samantha empezó a llenar una jarra, su madre la detuvo.
-Inclina la jarra, tu padre no soporta que tenga mucha espuma.
Samantha siguió el consejo de su madre.
-¿Qué estás preparando de cena?
-No es nada, algo muy ligero -Pam se limpió las manos en el delantal-. Champiñones rellenos, verduras salteadas y panecillos.
-Creía que ya no cocinabas.
-Sí, dejé de cocinar hace mucho, pero he empezado a echarlo de menos. Hace un año, cuando tu padre me regaló esta maravillosa cocina, me volvieron a entrar las ganas de cocinar. Además, es lo menos que puedo hacer para agradecerle el regalo.
-Papá debe estar muy contento.
Pam asintió.
-Sí, pero está engordando.
-Y la cerveza no le debe estar ayudando a adelgazar
-No -pero a Pam no parecía importarle, ya que Greg estaba feliz.
-Gracias por molestarte tanto por nosotros, mamá.
-Quiero que Freddie se sienta en casa. AI fin y al cabo, ya es prácticamente de la familia.
-Bueno, sí...
Pam suspiró.
-Samantha, tengo que decirte algo.
Su madre parecía haberse puesto muy seria de repente y Samantha empequeñeció los ojos.
-¿Qué pasa?
-Tu padre y yo hemos estado hablando de cómo íbamos a dormir este fin de semana.
Eso no era un problema. Samantha sonrió.
-No te preocupes por eso, Freddie dormirá en la habitación de invitados y yo en la mía.
-Eso es lo que tu padre ha dicho, pero yo no quiero que Freddie nos tome por unos puritanos.
-Mamá, Freddie no os va a tomar por puritanos. Esta es vuestra casa y, mientras estemos aquí, tenemos que adaptarnos a vuestras costumbres y a vuestras normas.
-Cielo, me gusta que hables así -Pam sonrió-. No sabes lo contenta que estoy de que hayas encontrado a alguien como Freddie. No quiero hacer nada que pueda...
-Estropearlo todo, ¿verdad?
-Sí, eso es. En fin, tienes derecho a tomar tus propias decisiones y a hacer tu vida.
Ahora que había encontrado un novio aceptable, sus padres parecían dispuestos a no interferir. No lo comprendía. Dirigía su propia librería, se ganaba la vida ella sola, iba al dentista cada seis meses y seguían sin respetarla. Pero, de repente, era una persona adulta porque había llevado a casa de sus padres a un hombre guapo y con un trabajo que a ellos les gustaba. No, no lo comprendía.
-No quiero que tu padre y yo causemos tensiones entre vosotros dos -dijo su madre por fin-. El primer fin de semana que tu padre pasó con mis padres, estaba tan nervioso que me dio miedo que le diera un infarto. Freddie necesita tenerte cerca.
Por lo general, su madre era más directa.
-¿Qué quieres decir, mamá?
-Que los dos podéis dormir en la misma habitación.
A Samantha casi se le cayó la botella de cerveza.
-Pero...
Pam arqueó una ceja
-Creí que te alegraría
-No puedo creer lo que estoy oyendo
No quería compartir la habitación con un desconocido. Tenía que encontrar la manera de salir de aquel embrollo.
-¿Y papá? No quiero que discutáis por mí.
-No te preocupes, de tu padre me encargo yo -declaró Pam con seguridad en sí misma-. Es hora de que se dé cuenta de que ya no tenéis diez años.
-Mamá, por favor. En serio, a Freddie y a mí no nos importa. Hemos hablado de eso durante el camino y no queremos hacer que os sintáis incómodos ni papá ni tú.
-No se hable más, ya está todo arreglado.
Sam ya no sabía qué argumentan ¿Qué diría Freddie?
-Gracias, mamá
Pam agarró una de las bandejas.
-Bueno, vamos a cenar afuera.
Samantha agarró las dos jarras de cerveza.
-Mamá, gracias por ser tan comprensiva.
-Sam, hija, yo también he sido joven.
-Aún eres joven, mamá.
A medianoche, Greg anunció que era hora de acostarse. Cuando Sam agarró su bolsa en el vestíbulo, seguía sin poder creer lo suave que había ido todo durante las tres últimas horas. No quedaba ni una miga de la deliciosa comida que su madre había preparado, incluyendo los panecillos. Freddie parecía muy relajado con sus padres, era casi uno más de la familia. El tener el brazo de él sobre el hombro, le había parecido la cosa más natural del mundo; casi había llegado a creer que estaban realmente prometidos. Y las sonrisas de felicidad de sus padres indicaban que no sospechaban nada.
Pam les precedió escaleras arriba, y Samantha la siguió. Cuando su madre abrió la puerta del dormitorio, Samantha sintió un nudo en el estómago. Ahora tendría que compartir la habitación y la cama con Freddie.
Al encender la luz, Pam gritó:
-¡Gregory!
Greg subió las escaleras corriendo y apartó suavemente a Samantha para entrar primero en la habitación.
-¿Qué pasa, querida?
-¿Qué has hecho? -Pam no parecía muy contenta.
-Nada, cielo.
-No puedo creerlo, lo vas a estropear todo.
Samantha no pudo dejar de notar la indignación de su madre. Curiosa por saber qué pasaba, entró en el dormitorio. Fue entonces cuando vio las dos camas.
"Gracias, papá", dijo en silencio, conteniendo la risa. Su madre podía haber ganado la batalla, pero su padre había ganado la guerra.
-¿Dónde está la cama de Samantha? -preguntó Pam.
-Querida, el colchón de Ness estaba muy viejo y tenía bultos. Necesitaba un colchón nuevo, así que se lo he comprado.
-Has comprado dos colchones nuevos.
-Estaban de rebajas -repuso Greg-. Dos por el precio de uno.
Pam se quedó mirando las colchas a rayas blancas y moradas.
-¿De dónde has sacado las colchas?
-De la misma tienda, también estaban rebajadas.
-Bueno, por lo menos son iguales -Pam se encogió de hombros-. Hija, Sam, espero que no te moleste.
No, no le molestaba en absoluto. Estaba de buena suerte.
-Esto está muy bien, ¿verdad, Freddie?
Freddie entró en la habitación y dejó su bolsa en una de las camas.
-Sí.
-Bueno, chicos, buenas noches -dijo Greg-. Estas paredes son muy finas así que, si hacemos demasiado ruido y no os dejamos dormir, decídnoslo.
El comentario le ganó un codazo de Pam. Al salir del dormitorio, Greg dejó la puerta entreabierta.
Sam sonrió, intentando ocultar su vergüenza.
-Mi padre no es muy sutil.
-Al menos, uno sabe con quién se las está jugando -Freddie le dedicó una traviesa sonrisa-. Si te toco, me perseguirá con una escopeta.
Sam se echó a reír.
-En ese caso, será mejor que no lo hagas.
-¿Así que vamos a dormir en la misma habitación? -a Freddie la idea no parecía hacerle muy feliz.
-Sí, gracias a mi madre. Al menos, mi padre ha tenido el sentido común de comprar dos camas. Es genial, ¿verdad?
-¿Qué había antes, en vez de las dos camas?
-Una enorme cama grande de dosel. No sabes lo contenta que me he puesto al ver las dos camas.
-Es un verdadero alivio -dijo Freddie-. Me gustaría poder darle las gracias a tu padre.
A Sam le molestó que pareciera tan feliz. ¿Tan horrible le resultaba la idea de acostarse con ella? Aunque, por supuesto, ella tampoco quería acostarse con Freddie.
-Sigo sin poder creer que nos hayan dejado dormir en la misma habitación.
-Como te acabo de decir, ha sido idea de mi madre. Pero mi padre se ha negado a permitir que durmamos en la misma cama.
-No estoy seguro de que nos dejara después de estar casados.
-Puede que tengas razón -dijo Sam, preguntándose cómo sería dormir con Freddie.
Freddie se frotó los ojos.
-De todos modos, nunca lo averiguaremos.
-No, claro que no -Samantha ignoró una repentina punzada de desilusión.
Pero era lo mejor. No le interesaban los hombres como Freddie. Una vez que el fingido noviazgo acabara, jamás volvería a verlo.
-¿Quieres entrar tú primero en el baño?
-No, hazlo tú -Freddie abrió su bolsa y le tiró una camisa-. Toma.
Samantha se quedó mirando la camisa blanca que tenía en la mano.
-¿Para qué me das esto?
-¿Has traído pijama?
-No.
-Pues ponte la camisa.
-¿Siempre eres tan autoritario?
-Sólo cuando mi razón depende de ello.
El comentario de Freddie la sorprendió. No sabía si tomarlo como un halago o no. Freddie era muy rígido, nada espontáneo. Quizá...
-¿Eras Boy Scout de pequeño, Freddie?
-Eagle Scout correspondió él.
Al ir a entrar en el baño, Samantha volvió la cabeza y le guiñó un ojo.
-¿Quiere eso decir que siempre estás preparado para cualquier eventualidad?
..
La puerta del baño se abrió y Samantha salió con su ropa en el brazo y la camisa de él puesta. El bajo de la camisa le bajaba hasta el medio muslo, los pechos perfilados bajo el fino tejido. Freddie contuvo la respiración. Debería haber metido en la bolsa el pijama de franela que su madre le había regalado por Navidad.
-El baño es todo tuyo -dijo Sam.
Freddie sintió un calambre en el bajo vientre.
-Las toallas están en el armario.
Freddie hizo un esfuerzo para apartar los ojos de esas bien formadas piernas.
-Gracias.
Después de agarrar su bolsa de aseo y unos calzoncillos, Freddie entró en el baño y cerró la puerta sonoramente. ¿Cómo iba a dormir con Sam a sólo unos centímetros de él? Apretó los dientes.
Llevaba demasiado tiempo sin acostarse con una mujer.
Quizá Samantha no fuera su tipo, pero era muy atractiva y muy diferente a las mujeres con ambiciones profesionales con las que él salía. O con las que saldría de tener tiempo para ello. Ese era su problema, que no salía. No era que Samantha le estuviera volviendo loco, le pasaría con cualquier mujer atractiva.
Freddie se echó agua fría en la cara.
Al menos, comprendía el motivo de su reacción física respecto a Sam. Pronto la olvidaría. Además, no había ido allí para satisfacer sus necesidades sexuales, sino por su futuro como inversor de capital. Se le había presentado una oportunidad de oro, pasar un fin de semana con Greg Puckett, y no estaba dispuesto a que sus hormonas interfiriesen.
Cuando Freddie regresó al dormitorio, Sam estaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo, de espaldas a él. Seguía con la flor en la oreja.
Sam volvió la -cabeza, pero no dijo nada.
Freddie supuso que estaba meditando.
-Siento haberte interrumpido.
-No lo has hecho, ya he acabado -contestó ella levantándose del suelo.
-¿Meditas todas las noches?
-No todas, pero me ayuda a relajarme -Sam se metió en la cama más cerca de donde estaba-. ¿Has hecho yoga alguna vez?
-No -respondió él.
-Ayuda mucho; sobre todo, después de horas de trabajo en un despacho.
-No soy la clase de tipo que hace yoga.
Sam se lo quedó mirando.
-No, no lo eres.
La certidumbre que notó en su voz le molestó, y también su sonrisa. Aunque, por supuesto, no le importaba lo que Sam pensara o dejara de pensar.
-El interruptor de la luz está a tu derecha.
Al ir a apagar la luz, Freddie vio un sujetador de encaje blanco encima del jersey amarillo de Sam. Parpadeó y apagó la luz. Iba a ser una noche muy larga.
Sam se metió en la cama. Los pies le sobresalían.
-Buenas noches, Sam.
-Buenas noches, Freddie.
Incapaz de dormir, Freddie se quedó mirando al techo. Le pareció ver estrellas. Cuando encontró la Osa Mayor, se dio cuenta de que estaba viendo estrellas.
-Sam.
-¿Qué?
-Hay estrellas en el techo.
-Sí.
Sam localizó la fluorescente Orion.
-¿Por qué?
-Siempre me ha encantado contemplar las estrellas.
-A mí también. Esa era una de las ventajas de vivir en la granja; sin las luces de la ciudad, se pueden ver las estrellas -Freddie buscó otra constelación y encontró Andrómeda-. Aún no me has dicho por qué tienes estrellas en el techo.
-Cuando era pequeña, solía sentarme en el jardín y, con el planisferio, me ponía a localizar las constelaciones. Un invierno, hacía tanto frío que a mi madre le dio miedo que fuera a agarrar una pulmonía. Mi padre hizo que me pusieran las estrellas en el techo de mi habitación para que buscara las constelaciones dentro de casa.
Freddie localizó las Pleyades.
-E hizo un buen trabajo.
-Contrató a dos astrónomos. Para ser el techo de una habitación, no está nada mal.
Freddie no podía imaginar lo que debía ser tener a Greg y a Pam como padres. No podía comprender lo que era tener dinero suficiente para hacer ese trabajo. Algún día...
-A mi madre tampoco le gustaba que estuviéramos fuera en invierno.
Sam suspiró.
-¿Por qué te marchaste de la granja? Debía ser el paraíso.
-Me cansé de vivir allí. Mis padres siempre andaban estrechos de dinero, preocupados por el tiempo y el precio del trigo.
Preocupados por el dinero de la educación de sus hijos. No era justo. Su padre sólo tenía cincuenta y dos años, pero parecía mucho más mayor.
-¿Y las ventajas de vivir en una granja? Nada de tráfico, todo espacios abiertos- comentó Sam.
Cierto, pero Freddie no quería vivir dependiendo de si tenía o no una buena cosecha aquel año. La única forma de conseguir lo que quería era saliendo de la granja. Quizá un sacrificio, pero un sacrificio que merecía la pena. Samantha se había criado siendo rica, no podía comprenderle a él ni a su familia, no podía comprender lo que era luchar para sobrevivir.
-Tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Sequías e inundaciones. No es una vida fácil.
-Siempre creí que debía ser muy divertido vivir en una granja -comentó Sam.
-Es una vida muy dura, mucho trabajo.
Una estrella cayó del cielo.
-¿Has visto, Freddie?
-¿Qué?
-Ha caído una estrella -dijo ella con entusiasmo-. Pide un deseo.
¿Un deseo a una estrella de plástico? Samantha debía ser la clase de persona que echaba monedas en las fuentes.
-No es una estrella de verdad, Samantha.
-¿Y qué? Vamos, no te va a hacer daño. Ten un poco más de imaginación -hizo una pausa- ¿Has pedido ya un deseo?
-Sí -había pedido un BMW-. ¿Y tú, Sam, qué has pedido?
-Si te lo dijera, no se me realizaría el deseo -contestó ella- Siempre he creído que se podía conocer a una persona por los deseos que pedían.
Freddie se preguntó que descubriría respecto a Samantha de conocer su deseo. Lo más probable es que hubiera pedido paz o que se acabara el hambre en el mundo.
-Me alegro de que hayas pedido un deseo, empezaba a pensar que no tenías ni una gota de imaginación. Bueno, buenas noches, Freddie -Sam se dio media vuelta.
-Buenas noches.
¿Qué indicaban los deseos sobre una persona? Freddie había pedido un deseo, y casi no podía creer lo que había pedido. Podía haber pedido acciones de la empresa, pero no lo había hecho.
Había pedido a Samantha
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